En Toda la vida, la nueva novela del escritor y periodista Héctor Aguilar Camín, la Ciudad de México del último cuarto del siglo XX recupera la memoria de lugares entrañables, personajes cercanos y confesiones delirantes. Este es el primer capítulo que abre la puerta a esta ficción en estado puro.

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No sé por qué voy al velorio del difunto Olivares. No es mi amigo ni conozco a su familia. Felo Fernández me da la noticia de que lo van a velar mañana. Me dice: “Igual nos vemos ahí”. Tengo debilidad por Felo Fernández. Llevo años de no verlo, pero no dejo de saber cosas inverosímiles de él. Por ejemplo, que masca vidrio cuando se emborracha. También, que ha montado un elefante. Mejor: ha contratado un elefante para que lo monte un candidato en campaña al entrar a un pueblo. El candidato quiere decirle al pueblo que los tiempos han cambiado y que él representa los nuevos tiempos. Felo discurre que haga una novísima entrada al pueblo montando el elefante de un circo que acampa en las afueras. Su ocurrencia tiene un éxito inusitado, pero Felo es obligado a montar el elefante antes que el candidato, a la manera de los catadores que comen los alimentos antes que sus señores.

En el velorio están todos los amigos de Olivares.

No sé si amistad es la palabra que describe lo que une a esos amigos. Son todos condiscípulos, más tarde cómplices, de la escuela de ciencias políticas de la vieja universidad nacional. Cierro los ojos y veo la escuelita de entonces, con su pequeño prado y su cafetería llena de muchachas, de las que Olivares fue siempre diligente cicerone, primero como alumno, luego como maestro, al final como director.

Al velorio de Olivares viene lo mejor de su generación: un ex rector, una ex guerrillera, un ex jefe de policía. Y el Pato Vértiz, ex de sí mismo. El difunto Olivares ha sido discípulo del Pato Vértiz, luego su secretario, más tarde su protector, cuando el Pato empieza a despeñarse hacia la vejez que porta ahora: los dientes sucios, la nariz hundida, la impúdica comba ventral.

Lo veo en el fondo de la sala al llegar. Me ve también. Arriesga un saludo sobre el mar de calvas y canas que llenan el recinto, con riesgo de que lo ignore pero a sabiendas de que nos une una historia que no puedo desdeñar. La historia salta dentro de mí como una punzada.

Es ésta: estoy perdido de borracho en un sillón de la casa de Liliana Montoya, borracha también. Tengo veinticuatro años; ella, veintidós. Liliana me dice que su hermana menor ha sido corrompida por un tipo al que ella, Liliana, ha mandado matar; se lo ha pedido al amante que tiene desde hace unos meses, un fulano mayor, doctor en ciencias penales, llamado Roberto Gómez Vértiz, mejor conocido como el Pato Vértiz, el mismo que me saluda ahora desde el fondo del velorio.

Liliana me cuenta su crimen en la madrugada de una fiesta familiar. Vive todavía en la casa de su madre, antes de mudarse con el Pato. Está borracha al punto de que un acceso de vómito la obliga a correr al baño. Luego se queda dormida en mis piernas. La brutalidad de la historia me parece entonces una extensión del alcohol, pero la consigno en un cuaderno al día siguiente. Durante años no sé si lo que me cuenta Liliana en el sillón de su casa es verdad o mentira, si lo invento en mi borrachera o Liliana en la suya. Tiendo a creer que la historia es verdad y Liliana capaz de llenarla. Siempre sé que la escena contiene una novela.

Es tiempo de decir que soy un escritor, que no hay inocencia en mis frases ni en mi camino narrativo. Voy a la vez al sesgo y al grano; no basta leer lo que escribo, hay que sospechar.

El Pato Vértiz es jefe de la red de maestros que cargan el estigma de ser gobiernistas en la universidad posterior al 68. Son los peones del régimen que la universidad desprecia.

Le dicen el Pato Vértiz porque camina como pato y tiene boca de pato, pero es lo único de pato que tiene. Lo demás es de lagartija y de cocodrilo. A los cuarenta años en que conquista a Liliana, muestra ya la piel seca y la calva sucia que tendrá a los sesenta. Es moreno, tiene los labios prietos y los incisivos superiores salidos, como iniciando el pico de un pato. Fuma cigarrillos con aroma de vainilla, de papel negro con filtro dorado. Reina sobre la facultad de derecho como un dios invisible. Es maestro de ciencias penales pero en realidad es el dueño de la facultad, la eminencia gris de las algaradas estudiantiles, el protector de pandillas, el alquimista de las elecciones de las sociedades de alumnos. Sabe la vida y milagros de los jóvenes prometedores y alguna miseria de cada uno, o de sus padres. Adivina al adulto sin escrúpulos en el joven disoluto, y las llamas paralelas de la ambición y la venalidad en la desfachatez con que las estudiantes de nuevo ingreso portan o no su minifalda. Podría ser un novelista omnisciente si no fuera de corazón un corruptor, un manipulador y un policía. Huele a Liliana Montoya desde el primer contacto, al primer atisbo de sus piernas altas, su mirada alerta, su risa ordinaria, capaz de encender cualquier oído.

Liliana es la hermana menor de mi amigo Rubén Montoya. La madre viuda de ambos ha tenido catorce hijos, seis hombres y ocho mujeres. Le faltan dos dientes del frente de la boca. Sus labios se pliegan con fruición al comer en busca de los dientes que le faltan. He utilizado su mirada morena y lo que entiendo de su corazón en un relato sobre una madre que busca a su hijo en los separos de la policía y, al saber que lo han matado, adopta al detenido de turno como hijo sustituto. Eso hace conmigo la mamá de Rubén. El día que me conoce me vuelve sustituto de Ricardo, su hijo muerto, mellizo de Liliana. Ricardo muere en la volcadura de un camión de peregrinos que va al santuario de la virgen de Chalma. Nada tiene que hacer Ricardo en ese camión pues no es peregrino ni va a Chalma. Él viene de Morelia a la ciudad de México, pero en la estación de autobuses de Morelia tiene un pálpito y se trepa al camión que va a Chalma para mezclarse con los peregrinos y conocer el santuario. Conoce la muerte.

A la casa de Liliana entro de la mano de Rubén, el hermano de Liliana, con quien voy a la universidad. El mismo día que cruzo la puerta de la casa de techos altos y cuartos viejos de los Montoya, en la colonia San Rafael, frente al ferrocarril de Buenavista, la mamá de Liliana me dice: “Eres como mi Ricardo”. Me persigna tres veces: una en la frente, otra en la boca, otra en el pecho. Me mira luego a los ojos como si buscara en ellos un secreto sólo accesible para ella. Mientras la madre de Rubén me bendice, yo miro al fondo del comedor. Hay un cubo de luz que filtra en un solo resplandor la primavera naciente de la ciudad. En medio del charco de luz hay una muchacha descalza. La luz dibuja su cuerpo tras el vestido. Los arcos de los pies son altos, las piernas largas, las caderas llenas, la cintura breve, el talle de niña, los hombros rectos, los brazos largos y llenos, como las piernas. Dentro del charco de luz brillan sus ojos de muchacha. La divierte la escena de su madre besándome. Tiene dientes blancos y pómulos de gato. Su pelo bajo la luz es oscuro, casi azul. Mientras su madre me besa, ella me mira. Sabe todo de mí. Sabe ya todo de mí.

En prueba de su adopción, la madre de los Montoya me da una llave de la casa. Liliana y yo pagamos su confianza con un incesto. Una tarde llego a la casa, de enorme cocina y largos corredores, y encuentro a Liliana lavando sus calzones en el fregadero. Es un jueves de Semana Santa. Su madre se ha ido a Morelia con el resto de la familia. Liliana se ha negado a ir y está sola en la casa. Dice:

—No tengo mudas. Mira.

Se alza la falda para que vea. Sus muslos y su vientre son morenos, el pelo de su pubis negro, casi azul. No olvidaré ese cuerpo y ese pelo. Ni ellos a mí. Entiendan esto desde ahora: no olvidaré ese momento. Liliana se abre para mí sentada sobre el fregadero. Diosa de la humedad. Huele a leña recién cortada, y al detergente con que lava sus calzones, y a un perfume dulzón de cabaret. Ríe como una lora mientras estoy en ella. Dice que va a acusarme con su mamá, que va a contarle las cosas que le estoy haciendo. Su dicho de aquella tarde se queda entre nosotros como una contraseña: “Te voy a acusar con mi mamá”. En adelante dirá esa frase como una guía de acción. Si la dice cuando estamos solos quiere decir que puedo alzarle la falda y entrar en ella sin preparación, pues ya está preparada. Si la dice frente a sus hermanos o su mamá, al final de la comida, o al despedirse por la noche para irse a dormir, quiere decir que debo fingir que voy al baño, donde ella estará ya con la falda arriba, sentada en el lavabo o recargada en la pared.

Todo eso viene a mí cuando el saludo del Pato Vértiz prueba mi memoria en el velorio del difunto Olivares. No me acerco a saludarlo; procuro que el azar de las conversaciones me impida llegar al fondo del velatorio. Pero el Pato se mueve con astucia por el recinto atestado, y oigo su voz cascada a mis espaldas:

—Maestro, ¿cómo estás?

Al voltear, veo que me tiende la mano, grande y temblorosa.

Repite:

—¿Cómo estás?

Respondo que bien. Y él, ¿cómo está?

—Leyéndote, maestro. Aprendiendo. Quién iba a decir que serías nuestro autor.

Silba al hablar, por asma o enfisema. Tiene un párpado más caído que el otro. El ojo a medio cubrir tiene una fijeza de muerte. Sus pestañas son largas y rizadas, la única lozanía que hay en su rostro. Dice:

—Tenemos que hablar. Nos tienes muy abandonados.

No sé de qué nosotros habla, porque no lo frecuento. Ni a él ni a nadie cuya cercanía lo incluya. Pienso que su plural prepara lo que luego describirá como un “reencuentro”.

Felo Fernández acude a mi rescate abriéndose paso entre los deudos. Dice:

—Te quiere saludar nuestro amigo el rector.

—Ex rector —precisa el Pato Vértiz, a mi lado.

Hay gracia y rapidez en su malicia. Felo responde, con humor invicto:

—Si nuestros ahorros bancarios están vigentes, líder, el puesto que los explica debe estarlo también.

La carcajada del Pato rompe el cuchicheo luctuoso de la sala. Su risa tiene un vigor que desmiente sus años, como si la vejez fuese sólo un disfraz del fondo alegre y predatorio de su alma.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2016).

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4 comentarios en “Toda la vida

  1. Me encanta la manera en que escribes Héctor, tu narrativa es divertida y culta. Tienes esa gran facilidad de cautivar al lector desde el principio. Pero sobre todo, me gusta la enorme creatividad que tienes al crear personajes, situaciones e irlas entretejiendo de una forma amena y por demás interesante. He leído casi toda tu obra y siempre estoy a la espera de lo nuevo que escribes. Creo que ahora en el otoño de tu vida te estás volviendo más prolifero y divertido. Muchas felicidades compa! Por cierto, una vez me autografiaste un libro que me regalaste en un desayuno de los que organizaba una asociación de agencias de publicidad a la que pertenecía. Tu libro estaba recién salido del horno: Historias Conversadas. Y es cierto, se ve que eres un buen conversador además de escritor. Te abrazo!

  2. He leído la novela “La Guerra de Galio” tres o cuatro veces y sigo pensando que el protagonista de esa novela, Carlos García Vigil, es uno de los personajes más entrañables de la literatura mexicana contemporánea. Así de cercanos son los personajes creados por Héctor Aguilar Camín de quién he aprendido que todas las historias son conversadas. Por consiguiente, seguro estoy de la riqueza literaria que encontraremos en su más reciente obra, aquí presentada “Toda la vida”, cuya probada, en esta edición electrónica, no es más que una invitación para leerla completa y sin pausa.

    Abrazo fuerte!!!

  3. Héctor he tenido la fortuna de leer varias novelas tuyas desde Morir en el Golfo, hasta Adiós a los padres, tengo que decirlo claramente empiezo a leerte y no puedo dejar de hacerlo y en cada novela aprendo algo, te veo cada lunes en Es la hora de opinar y cada vez que intervienes dictas cátedra, felicidades.

  4. Cierto, es una delicia leer a Héctor Aguilar Camín…Todos sus personajes están llenos de vida y energía. . .Adiós a los Padres es estrujante, conmovedora, arrebatadora y tal vez me falten otros calificativos. Lo único cierto es que desde los primeros renglones de cada obra de Héctor, te captura, no te suelta y te obliga a continuar la lectura hasta terminarla, lo que habla de esa difícil facilidad de los buenos escritores para lograr captar tu atención. Ya corro a comprar esta nueva obra literaria de Héctor de la que al menos en estos párrafos en Nexos, nos hacen abrigar la esperanza de otra gran obra de Aguilar Camín, mi ex subdirector en La Jornada.
    Un abrazo, maestro. . . .