La ciudad de Baltimore, en la costa este de Estados Unidos, ha trazado su línea biográfica con recurrentes episodios de adicciones, violencia y abusos policiacos. El más reciente sucedió el 26 de abril del año pasado. Esta es la crónica de aquellos días en los que los habitantes de los barrios afroamericanos se levantaron contra la policía local

El himno nacional de Estados Unidos conmemora una batalla naval librada sobre las aguas del puerto de Baltimore. Una noche de septiembre en 1813, 19 naves de la armada británica entraron a la bahía de Chesapeake, entonces uno de los principales nodos comerciales de Norteamérica, y abrieron fuego sobre el Fuerte McHenry. La lucha fue cruenta, en buena medida porque ambos bandos hicieron uso de la más avanzada tecnología militar del momento. En una de sus más famosas estrofas, el himno describe cómo el resplandor de bombardas y cohetes pintaba de rojo la niebla nocturna:

And the rockets’ red glare,
The bombs bursting in air,
Gave proof through the night
That our flag was still there.

Quizás sea por esto que la noche del 26 de abril del año pasado, cuando los habitantes de los barrios afroamericanos de Baltimore se levantaron contra la policía de la ciudad, no pude dejar de tararear la melodía de The Star-Spangled Banner. Resulta que los automóviles incendiados arden tan rojos como los cañones de una fragata.

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Ilustraciones: Adrián Pérez

 

Era lunes. Estaba por terminar una nota acerca de un asesinato en el Bronx cuando mi editor señaló hacia uno de los televisores que adornan las paredes de la sala de redacción. En la pantalla una multitud de jóvenes afroamericanos apedreaba a una falange de policías. Tras cada andanada las fuerzas del orden respondían con gas lacrimógeno y balas de goma.

“Necesito que te subas al próximo tren a Baltimore”, dijo mi editor, insistiendo en que me llevara una máscara antigás y un casco de guerra.

A bordo del Acela Express seguí en Twitter cómo empeoraba la situación. En el downtown de la ciudad varias tiendas habían sido saqueadas. En el empobrecido West Side alguien le había prendido fuego a una farmacia y a más de cien automóviles. La policía se batía en retirada, llevando a las autoridades a declarar un toque de queda y a movilizar a cientos de soldados de la Guardia Nacional.

Cuando llegué a Baltimore era de noche. Dejé mi computadora en el motel y salí a buscar un autobús que me llevara al epicentro de las revueltas, pero encontré las calles desiertas. Tras vagar por media hora, cuidándome de no pisar los vidrios rotos que cubrían cuadras enteras, encontré un taxi.

—Necesito que me lleves a la intersección de Pennsylvania y North Avenue —dije.

—¿Donde acaban de quemar la farmacia? —preguntó el taxista—. ¿Estás loco?

—Te pago 50 dólares —respondí.

El taxista dudó por un momento.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Pero en el momento en que la cosa se ponga fea te bajas, ¿entendido?

Condujimos por 10 minutos. En la frontera del West Side nos topamos con una turba de adolescentes con los rostros cubiertos. Los jóvenes nos ignoraron y cruzaron la calle corriendo, pero el taxista quedó aterrorizado.

—Hasta aquí —dijo—. Sigue sobre Pennsylvania Avenue y eventualmente llegarás a donde quieres ir.

En eso otro grupo de jóvenes pasó corriendo unas cuadras más adelante.

—Apúrate —dijo el taxista, arrebatándome los billetes.

Bajé del coche. El taxista dio vuelta en U y aceleró hacia el centro de la ciudad. Me di la vuelta y vi la avenida, vacía y silenciosa salvo por gritos ocasionales. Al fondo se levantaba una enorme pluma de humo púrpura contra el negro del cielo.

 

Días antes, el 12 de abril, un joven afroamericano llamado Freddie Gray salió de casa de su madre y se dirigió a las Casas Gilmor, un complejo de vivienda de interés social donde vivía la mayor parte de sus amigos. Gray tenía 25 años y, de acuerdo con los archivos del juzgado local, casi el mismo número de arrestos, la mayoría por la venta de uno o dos gramos de heroína. Carecía de diploma de secundaria. Nunca había tenido empleo formal. Tenía fama de bromista.

Ese día el Departamento de Policía de Baltimore había asignado la tarea de patrullar las Casas Gilmor al teniente Brian Rice y a los oficiales Edward Nero y Garrett Miller. (Los tres, cabe decirlo, son blancos.) Poco después de las ocho y media de la mañana Rice se topó con Gray. Según una declaración del teniente, el joven lo miró a los ojos y se echó a correr. Aquello bastó para que Rice ordenara a Nero y Miller que arrestaran a Gray. Varios videos del encuentro muestran que cuando le dieron alcance los oficiales azotaron al joven contra el pavimento.

—No puedo respirar —dijo Gray mientras los policías le vaciaban los bolsillos, buscando drogas inexistentes.

Nero y Miller no hicieron caso. Frente a una multitud de vecinos, según la fiscalía de Baltimore, levantaron a Gray y lo arrojaron de cabeza al compartimiento trasero de una camioneta de transporte de prisioneros. En vez de sentar a Gray en una banca y ponerle el cinturón de seguridad, los policías lo dejaron boca abajo en el suelo, esposado de manos y pies.

Caesar Goodson, el oficial afroamericano a cargo de la camioneta, arrancó el vehículo y se dirigió hacia la cárcel. En el camino, según la fiscalía, Goodson hizo varias paradas, durante las cuales la sargento Alicia White y el oficial William Porter, ambos afroamericanos, tuvieron oportunidad de ponerle el cinturón de seguridad a Gray. Los policías, sin embargo, optaron por dejar a su prisionero en el piso, incluso después de que cayera inconsciente.

No fue hasta las nueve y media de la mañana que los oficiales llamaron a una ambulancia. Para entonces era demasiado tarde. De acuerdo con la autopsia oficial, Gray sufrió un trauma al cuello tan severo que su espina dorsal quedó partida en dos, dejándolo parcialmente decapitado. El 19 de abril, tras dos cirugías y siete días en coma, el joven murió.

Las protestas no se hicieron esperar. Al principio fueron marchas pacíficas, pero las tensiones fueron creciendo. El 25 de abril una multitud destrozó varias docenas de coches en los alrededores del estadio de beisbol. Los intentos de la policía por controlar la situación sólo acrecentaron la furia de la muchedumbre.

Y entonces, el 26 de abril, un mensaje comenzó a circular entre los estudiantes de varias preparatorias públicas del West Side: Todas las prepas, el lunes a las tres vamos a purgar esta ciudad, empezando desde el centro comercial de Mondawmin y bajando por la avenida hasta el centro.

El mensaje resultó ser falso. De todos modos, las autoridades enviaron a cientos de policías antidisturbios a contener a los estudiantes. El resultado fue contraproducente: docenas de adolescentes, de por sí furiosos con la policía, fueron confrontados por una línea de granaderos. Primero fueron piedras. Luego, botellas. Eventualmente, alguien consiguió un galón de gasolina.

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Me puse el casco y eché a andar. No había avanzado cinco cuadras cuando topé con dos hombres de mediana edad. Sentados sobre la banqueta, bebían enormes botellas de una cerveza fuerte y barata. Detrás de ellos ardía una licorería.

—¡Oye, tú, blanquito! —gritó uno, señalando la tienda en llamas—, ¿por qué no nos traes algo más de tomar?

Seguí avanzando. Cada pocas cuadras, en una calle lateral, descubría un coche incendiado. En una esquina vi cómo un grupo de adolescentes salía corriendo de una zapatería. Un chico de unos 15 años se paró en medio de una intersección. En cada mano llevaba una caja de Nikes. Al verme, las alzó por encima de su cabeza y gritó: “¡Es Navidad, hijos de puta!”.

Finalmente llegué al corazón del West Side: la intersección de Pennsylvania y North donde habían quemado una farmacia. Una línea de policías antidisturbios bloqueaba la calle.

—No se puede cruzar —me dijo uno de los oficiales.

Traté de mostrarle mis credenciales de prensa, pero fue inútil.

—Me importan un carajo tus credenciales —dijo—. Te tienes que ir.

Sin saber qué hacer, me senté en una banca y me quité el casco. Consideré volver al motel a pie, pero la idea de regresar por donde había venido me daba náuseas. Entonces mi teléfono empezó a vibrar. Tenía un correo nuevo.

“¡Hola Nicolás!” —decía el mensaje—. “Me llamo William. Soy fotógrafo. Vi en tu Twitter que andas caminando solo por el West Side. ¿Quieres un aventón?”.

Contesté que sí. Momentos después, un veinteañero blanco y regordete apareció en un destartalado Ford.

—¡Súbete, cabrón! —me dijo—. ¿Viniste caminando hasta acá? No puedo creerlo. ¿Qué, eres suicida?

En el coche William me dijo que había nacido en los suburbios de Baltimore, pero vivía en la ciudad. De día trabajaba como técnico para una empresa telefónica. De noche se dedicaba a fotografiar escenas del crimen.

—Por ahora es un hobby —me dijo mientras dábamos vueltas por el West Side, buscando la acción—, pero tengo esperanzas de un día volverme profesional.

Nos dirigimos a la Iglesia Bautista Shiloh, donde el abogado de Freddie Gray, un ex juez afroamericano llamado Billy Murphy, había convocado una conferencia de prensa.

—Queremos decirle al mundo que aquellos que están cometiendo actos de violencia no lo están haciendo en nombre de Freddie —dijo Murphy desde el púlpito.

A ambos lados del estrado docenas de chicos afroamericanos asentían gravemente. Algunos llevaban las pañoletas azules de los Crips, otros los pañuelos rojos de los Bloods.

—Tenemos aquí a representantes de organizaciones rivales.,  Quieren hacer un llamado a la paz y dejar en claro que, contrario a lo que ha dicho la policía, nunca emitieron ninguna amenaza. Lo que tenemos aquí es un grupo de hombres afroamericanos asumiendo su responsabilidad —manifestó Murphy.

Terminada la conferencia, William y yo nos dimos una vuelta por otro incendio: un complejo de vivienda pública para ancianos. Tal vez por la composición química de los materiales del edificio las llamas brillaban con colores fantasmagóricos: rojos infernales, azules fosforescentes, amarillos que se acercaban al blanco.

Pasamos varios minutos en silencio viendo trabajar a los bomberos. Al tocar las llamas el agua de sus mangueras se evaporaba, mezclándose con el humo y la niebla y reflejando los colores del fuego.

—Puta madre —William mascullaba mientras tomaba foto tras foto del siniestro—. Puta, reputa, putísima madre.

Poco antes del amanecer regresamos al centro de la ciudad y nos despedimos. En el motel descubrí que mi ropa apestaba a hule quemado y a miedo. Me acosté y cerré los ojos, pero no pude dormir.

 

Baltimore está asentada en el centro geográfico de la Costa Este de Estados Unidos, a pocas millas de la línea de Mason y Dixon. Por ello su historia consiste en los encuentros y desencuentros de dos versiones contradictorias del proyecto norteamericano: el sur (agricultor, tradicional, esclavista) y el norte (industrial, moderno, emancipado).

De aquellos episodios, quizás el más significativo para entender los eventos del año pasado sea la famosa Gran Migración. Menos de una década después del fin de la esclavitud los estados del sur impusieron una serie de leyes diseñadas para restaurar la supremacía de los blancos. Estas medidas, conocidas como el régimen de Jim Crow, segregaban racialmente a instituciones tan diversas como las escuelas públicas y la cama matrimonial. Al mismo tiempo, grupos terroristas como el Ku Klux Klan sembraban el miedo entre los afroamericanos, linchando sin razón y con impunidad. Estos factores, aunados al colapso de una economía de plantaciones que dependía de mano de obra esclava, empujaron a cientos de miles de afroamericanos a emigrar hacia el norte. En 1900 nueve de cada 10 afroamericanos vivían en los estados del sur. Para 1950 eran cinco de cada 10.

Debido a su posición geográfica Baltimore fue una de las primeras ciudades del norte industrial en recibir un gran número de migrantes afroamericanos. Para sorpresa de los recién llegados, gran parte de los blancos de la ciudad compartían las actitudes racistas de sus vecinos sureños. Muchos prefirieron mudarse a los suburbios en vez de convivir con los recién llegados. El problema es que, por razones obvias, los blancos siempre han tenido más capital que los afroamericanos. (Hoy en día, a nivel nacional, la familia blanca promedio tiene 14 veces más capital que su equivalente afroamericana.) La huida de los contribuyentes más ricos vació las arcas del gobierno municipal, lo que provocó un desplome en la calidad de las escuelas y otros servicios públicos.

Todo esto desató un círculo vicioso: conforme más afroamericanos llegaban, más blancos se iban; conforme más blancos se iban, la ciudad tenía menos dinero; al caer la calidad de los servicios públicos, caía también el valor de los bienes raíces; conforme caían los precios de bienes raíces, más blancos vendían; conforme más propiedades quedaban disponibles, más afroamericanos llegaban. En 1950 uno de cada cinco residentes de Baltimore era afroamericano. Hoy en día, seis de cada 10 lo son.

Los problemas de los recién llegados se vieron acrecentados por el colapso de las industrias de Baltimore. Durante los primeros años de la Gran Migración muchos afroamericanos encontraron trabajo en los muelles de la ciudad y en las plantas acereras, como la Bethlehem Steel. Esos empleos, sin embargo, se esfumaron casi de inmediato. En 1959 Bethlehem tenía 35 mil trabajadores. Para finales de los ochenta sólo quedaban ocho mil.

El resultado es que Baltimore es hoy una ciudad moribunda. Su población ha caído de un máximo histórico de casi un millón de personas en 1950 a poco más de 600 mil. Una de cada tres casas está vacante. Los incendios provocados son comunes: resulta mejor negocio cobrar el seguro que tratar de rentar una casa en ruinas.

En el West Side la situación es aún más grave. Allí la tasa de desempleo es de 52%, el doble de la de Grecia. La falta de prospectos económicos empuja a muchos jóvenes a ganarse la vida vendiendo drogas. Las subsecuentes epidemias de adicciones y violencia han reducido la expectativa de vida de aquel barrio a los 69 años de edad, 10 menos que el promedio nacional estadunidense.

La biografía de Freddie Gray encarna estas estadísticas. De acuerdo con documentos disponibles en los archivos del juzgado de Baltimore, su madre era analfabeta y adicta a la heroína. Gray y sus hermanos pasaron parte de su infancia en una casa sin luz eléctrica ni agua corriente. Para empeorar las cosas, la pintura de muchos edificios del West Side contiene niveles tóxicos de plomo, lo que ha impactado el desarrollo mental de generaciones enteras. Una psicóloga que evaluó a Freddie cuando éste tenía 19 años de edad encontró que el chico tenía las capacidades escolares de un niño de tercero de primaria.

 

La mañana siguiente me encontró todavía despierto. Desorientado por la falta de sueño, me puse mis ropas hediondas y pedí un café en el restaurante del motel. En eso, recibí una llamada de mi editor, quien me dijo que mi colega Albert estaba por llegar a Baltimore.

—Pensamos que los refuerzos te caerían bien —dijo el editor—. Además, Albert trae coche.

Albert apareció minutos después. Juntos salimos a dar una vuelta por la ciudad. No había ni una sola nube en el cielo, pero la mayor parte de los negocios seguían cerrados. Por todos lados veíamos multitudes de soldados, muchos de ellos vestidos todavía con el camuflaje desértico que habían usado en Irak. En las cuadras en torno a la alcaldía, un edificio estilo Luis XIV, había barricadas y tanquetas.

Nos dirigimos hacía el West Side y dejamos el coche en un lote baldío. Conforme nos acercábamos al epicentro de los disturbios las calles se iban llenando. Para cuando llegamos a la esquina de Pennsylvania y North estábamos en medio de una verdadera multitud. La policía antidisturbios había bloqueado tres de cuatro entradas a la intersección, interrumpiendo el tráfico y formando algo parecido a una plaza peatonal. Parecía como si todo el vecindario, desde niños hasta ancianos, hubiera salido a la calle. Muchos cargaban con escobas o bolsas de basura. Siguiendo las órdenes de líderes improvisados, se dedicaban a limpiar los destrozos de la noche anterior.

Al avanzar la mañana, las tareas de limpieza dieron paso a una atmósfera de carnaval. Alguien empezó a repartir cervezas frías y piezas de pollo frito. Otro sacó una trompeta y se puso a improvisar jazz. Un tercero organizó una batalla de rap. A una cuadra al sur de la intersección, los feligreses de una iglesia bautista salieron a la calle, cargando un órgano eléctrico con grandes amplificadores y una batería.

—Un, dos, tres, probando —dijo el pastor al micrófono—. ¡Alabad al señor! ¡Bendito sea su nombre! ¡Dad testimonio de su bondad! ¡Aceptadlo en vuestros corazones!

El organista tocó un par de acordes mayores, y el pastor se echó a cantar en un sonoro barítono:

Amazing grace, how sweet the sound
That saved a wretch like me
I once was lost, but now I’m found,
‘Twas blind, but now can see

Los feligreses se unieron, formando un coro. Al principio la música era lenta y solemne, pero el ritmo y el volumen fueron creciendo, hasta que el viejo spiritual dejó de ser réquiem y se volvió celebración. Los feligreses empezaron a bailar, levantando las manos al cielo. Las bocinas se reventaron, dándole a la voz del pastor y a los acordes del órgano un tono distorsionado y etéreo, como si un ángel tratara de comunicarse con la tierra a través de una radio de transistores.

Mientras tanto yo caminaba a un lado, sumido en la irrealidad acuosa que a veces inunda al mundo tras una noche sin sueño, preso de emociones que resultan difíciles de describir.

Albert y yo pasamos el resto de la tarde paseando por la intersección, escuchando las conversaciones de los vecinos. Muchas de ellas tenían un tono explícitamente político.

—¡40 acres y una mula! —decía uno—. Eso fue lo que nos prometieron con la emancipación, pero no nos dieron nada. Por eso estamos como estamos: jodidos. Ahora tenemos que cobrarles. ¿Te das cuenta de lo que aquello valdría si le añades interés?

—¿Has escuchado hablar del Wall Street de los Negros? —preguntaba otro—. Hace cien años, había decenas de bancos con dueños afroamericanos. ¿Y ahora, qué?

—Lo que necesitamos es una fuerza policiaca comunitaria —decía un tercero—. Mientras los chotas respondan a los fiscales del downtown, aquí no va haber justicia.

Pronto quedó claro que la revuelta había creado un espacio de discusión que antes no existía. Gracias a la garantía de que nadie iba a matar a nadie y que nadie iba a ser arrestado, la intersección de Pennsylvania y North se había convertido en algo parecido al ágora de una polis.

Todo aquello, sin embargo, tenía fecha de caducidad. El toque de queda empezaba a las 10 de la noche.

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Hasta la fecha las autoridades no han establecido con certeza legal lo que sucedió entre el arresto de Gray y su llegada al hospital. El rumor en el West Side, de acuerdo a mis fuentes en el vecindario, es que Gray sufrió lo que en el argot local se conoce como un rough ride. Estos “aventones rudos” son un tipo de castigo extralegal en el que un policía maneja bruscamente un vehículo de transporte de prisioneros, lanzando al arrestado de un lado a otro. Dentro de la camioneta no hay testigos ni cámaras de celular. ¿Quién va a creerle a un maldito narcomenudista del West Side?

Los “aventones rudos” sólo representan una fracción de los abusos policiacos a los que muchos afroamericanos de Baltimore dicen haber sido sometidos. Basta pasar una tarde caminando por las calles del West Side para descubrir que los más vulnerables de la ciudad viven en un constante estado de sitio. Las más de las veces este asedio toma la forma de pequeñas humillaciones: un policía ve a un adolescente afroamericano caminando a casa después de la escuela, lo detiene sin mayor causa, y le vacía los bolsillos en busca de drogas. De vez en cuando la situación se vuelve un poco más tensa: el adolescente, cansado de que lo traten como a un criminal, se niega a poner las manos sobre la patrulla; el policía responde con un macanazo; el adolescente amanece en la cárcel con el rostro amoratado y una nueva entrada en su expediente criminal. Rara vez —pero con mucha más frecuencia de lo que uno esperaría de una sociedad democrática— el adolescente termina muerto. Nada de esto, sobra decirlo, sucede en la parte blanca de la ciudad.

El resultado es que muchas comunidades afroamericanas —no sólo en Baltimore, sino a lo largo y ancho de Estados Unidos— perciben a las fuerzas del orden como sus enemigos. Esto resulta trágico porque muchas de estas comunidades sufren de los mayores índices delictivos del país. Al tratar a todos los afroamericanos como criminales, los cuerpos de policía de Estados Unidos garantizan que la mayoría que vive dentro de los confines de la ley nunca denuncie a la minoría criminal. El adolescente que camina a su casa desde la escuela es dos veces víctima: del oficial que lo trata como maleante, y del maleante a quien el oficial no arresta porque nadie en el barrio confía en la policía.

Todo esto, sin embargo, no explica los eventos que ocurrieron en Baltimore en abril de 2015. ¿Por qué este abuso y no otro? ¿Qué detonó las revueltas? Pretender dar una respuesta simple sería absurdo, pero cabe mencionar que 2014 y 2015 fueron dos de los peores años en memoria reciente en términos de brutalidad policíaca. Sin mayor comentario, he aquí una lista incompleta de los afroamericanos desarmados que murieron a manos de la policía en el año anterior a la muerte de Gray:

Eric Garner, neoyorkino de 43 años de edad, murió el 17 de julio de 2014 a manos de un detective del NYPD. Su crimen: vender cigarrillos sueltos en un parque. La causa de su muerte, según el forense de la ciudad: homicidio por estrangulación. Sus últimas palabras, según un video de celular que se reprodujo viralmente por internet: “No puedo respirar”.

Michael Brown, un estudiante de preparatoria de un suburbio de Saint Louis, murió el 9 de agosto del mismo año, minutos después de que un policía local le ordenara que no caminara en la calle, sino en la banqueta.

Tamir Rice, de 12 años, murió el 22 de noviembre del mismo año en un parque de Cleveland, minutos después de que alguien llamara al 911 quejándose de un afroamericano con una pistola. Los policías llegaron minutos después y abrieron fuego inmediatamente. La pistola resultó ser de juguete.

 

Al acercarse el toque de queda la situación en Pennsylvania Avenue se fue tornando tensa. Los niños y ancianos desaparecieron, dejando atrás solamente a los jóvenes. Los feligreses de la iglesia bautista se fueron a sus casas. El pollo frito se terminó. Entre aquellos que habían estado bebiendo la alegre intoxicación de la tarde dio paso a una borrachera irritable y ansiosa.

Al anochecer, a eso de las siete de la tarde, cinco helicópteros de la policía aparecieron en el cielo. Un evangelista blanco se paró sobre una caja de madera en una esquina y, megáfono en mano, comenzó a predicar un sermón sobre el fin de los días.

—¡Algunos de ustedes morirán esta noche! —gritaba—. ¡Arrepiéntanse ahora, antes de que sea demasiado tarde!

A las nueve y media, 30 minutos antes del toque de queda, no quedaba nadie en la plaza excepto un manojo de periodistas y un grupo de chicos claramente dispuestos a pelear.

—Por favor, váyanse a casa —uno de los policías dijo a través de un altavoz—. No le den excusas a nadie que ande buscando problemas.

Por supuesto, nadie se fue.

—¡Chinga tu madre! —gritó uno de los jóvenes que seguían en la plaza—. ¡Freddie está muerto!

Dieron las 10 de la noche. La plaza entera se sumió en un silencio sobrenatural. Por un momento no pasó nada.

Y entonces la policía comenzó a avanzar.

Se movían despacio, deliberadamente. A intervalos regulares, golpeaban sus escudos con sus macanas, haciendo un estruendo de legionarios. Los chicos respondieron de inmediato con botellas de vidrio, pero las andanadas no parecían tener ningún efecto sobre la formación. De pronto, un policía en la tercera o cuarta línea disparó un cartucho de gas lacrimógeno. Otro lanzó una granada de humo. Un tercero abrió fuego con una ráfaga de perdigones de hule.

Súbitamente, la formación entera se lanzó al ataque. El aire se volvió irrespirable. Saqué mi máscara antigás y me la puse, mal, sobre la cara. Miré a Albert y lo descubrí en camiseta de ropa interior, con la camisa amarrada sobre nariz y boca.

—Cabrón, te van a arrestar —le dije—. Tienes pinta de criminal.

No había terminado de hablar cuando los policías dispararon tres o cuatro más cartuchos de gas lacrimógeno. Albert y yo corrimos hacia nuestro coche, ahogándonos en nuestra propia tos, escuchando los perdigones de hule pasar a centímetros de nuestros oídos.

Tras correr cinco o 10 cuadras nos dimos la vuelta. El humo no se había disipado del todo, pero era fácil ver que no quedaba nadie en la calle. El West Side estaba desierto. La plaza pública no existía más. La policía había ganado.

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El primero de mayo de 2015, días después de que mis editores me pidieran que volviera a Nueva York, Marilyn Mosby, la fiscal general de Baltimore, convocó a una conferencia de prensa. Frente al monumento que conmemora la batalla del Fort McHenry, la joven abogada, hija y nieta de policías afroamericanos, anunció que presentaría cargos criminales contra los seis oficiales involucrados en el arresto de Freddie Gray.

Un silencio incrédulo se cernió sobre la sala de redacción. Habíamos pasado todo aquel año reportando sobre brutalidad policiaca, pero en todos los casos anteriores —Brown en Missouri, Garner en Nueva York, Rice en Ohio— los fiscales habían determinado que los policías responsables no habían cometido ningún crimen. Ahora, sin embargo, había una posibilidad de que un grupo de oficiales fuera a parar a la cárcel por la muerte de un afroamericano. Las acusaciones de Mosby, además, eran severas. En el caso del oficial Goodson, quien condujo la camioneta en la que Gray resultó herido, incluían homicidio en segundo grado, un crimen que el arcaico código penal de Maryland tipifica como “asesinato de despiadado corazón”.

De inmediato el West Side estalló en júbilo. Albert, quien seguía en Baltimore, vio cómo decenas de pandilleros y vendedores de droga se arremolinaban frente a televisores y celulares, lanzando vivas por Mosby.

—Imagínatelo, cabrón —me dijo—, Bloods y Crips festejando a la misma señora que hace dos semanas mandó a sus amigos a la cárcel.

Los pandilleros de Baltimore no fueron los únicos en celebrar. A lo largo y ancho de Estados Unidos afroamericanos de todos estratos sociales vieron la conferencia de prensa de Mosby como una catarsis emocional y un triunfo político. La joven fiscal había dado forma concreta al eslogan de un creciente movimiento social: Black Lives Matter.

Los contraataques, sobra decirlo, no se hicieron esperar. Muchos comentaristas conservadores especularon que las acusaciones de Mosby carecían de fundamento legal, y que se trataba más bien de un intento de prevenir nuevas revueltas. Algunos intelectuales de izquierda se preguntaron por qué la fiscal había reservado sus acusaciones más serias para un oficial afroamericano y no para su supervisor blanco. Por su parte, la Orden Fraternal de Policías, el sindicato del departamento de Baltimore, acusó a Mosby de tener motivos políticos, apuntando que su esposo representaba al West Side en la Asamblea Legislativa de la ciudad.

Aquella, sin embargo, no fue la declaración más siniestra de la Orden. Días después de la conferencia de prensa, el líder del sindicato dijo en un comunicado de prensa que sus hermanos tenían “miedo de ir a la cárcel tan sólo por hacer su trabajo”. Casi de inmediato el número de arrestos mensuales cayó en picada. Al mismo tiempo, la violencia en el West Side y otros vecindarios afroamericanos se disparó. Al acercarse la fecha escogida para los juicios de los oficiales la tasa de asesinatos en Baltimore ascendió a niveles no vistos en décadas. En 2014 la ciudad atestiguó 33 homicidios por cada 100 mil habitantes. En 2015 fueron 49. Entre los varones afroamericanos de la ciudad, sin embargo, la tasa de homicidios se acercó a los 150 por cada 100 mil habitantes, una situación comparable a la de Ciudad Juárez en sus peores días.

La policía de Baltimore, en otras palabras, se puso en huelga, y los afroamericanos de la ciudad pagaron el precio en sangre.

 

Hace un par de meses volví a Baltimore para asistir al juicio del oficial Goodson, aquel del despiadado corazón. La noche anterior, para pasar el tiempo, fui a jugar billar con mi amigo Justin, un profesor de preparatoria a quien conocí en una protesta poco después de las revueltas.

—Mira —decía Justin—, yo soy el primero en lamentar la violencia del levantamiento. Muchos de mis alumnos terminaron con un expediente criminal. Digo, era obvio quiénes participaron: los chicos que aparecieron la semana siguiente con tenis nuevos.

En eso, Justin metió la bola negra con un tiro imposible.

—Eso sí —siguió diciendo—, si no hubiera habido revueltas, Mosby nunca hubiera acusado a los policías. Quéjate todo lo que quieras de la violencia como táctica política. El hecho es que funciona.

Después del billar nos fuimos a sentar a la barra. Pedí otra ronda de National Bohemian, la espantosa cerveza local. Por un momento nos quedamos en silencio. Finalmente, le pregunté sobre el futuro de lo que él y muchos de sus amigos llaman “el movimiento”.

—La gente está cansada —dijo Justin—. Antes, cada que había una audiencia en la corte juntábamos por lo menos a 30 o 40 personas para hacer presión. Pero a estas alturas es difícil convencer a cinco a que salgan a la calle.

Al día siguiente desperté con una resaca terrible. Sin tener tiempo de bañarme, me puse traje y corbata y fui corriendo a la corte. La expectativa era enorme: por fin descubriríamos si el sistema de justicia norteamericano era capaz de reconciliar a una ciudad que insistía en herirse a sí misma.

A las nueve en punto de la mañana el juez Barry Williams, un veterano jurista afroamericano, entró en la sala. En deferencia, la audiencia entera se puso de pie.

—No se molesten en volver a sentarse —dijo Williams.

El juez explicó que los abogados de uno de los oficiales le habían pedido a la Corte Superior del estado que resolviera ciertas cuestiones técnicas antes de proceder a juicio.

—Por lo tanto —siguió Williams—, esta corte queda en receso hasta nuevo aviso.

Con ello, el juez abandonó la sala. Confundido, le llamé a mi editor y le pregunté qué quería que hiciera.

—¿Crees que esto pueda detonar otra revuelta? —me preguntó—. ¿O por lo menos una protesta?

Salí a la calle para ver si ocurriría algo por el estilo, pero el downtown estaba vacío. No había nada que reportar. Tras un par de horas me di por vencido y regresé a Nueva York.

Hasta la fecha ninguno de los oficiales involucrados en el arresto de Gray ha ido a la cárcel. Mientras tanto, la bandera de barras y estrellas sigue ondeando sobre el Fuerte McHenry, y el corazón despiadado sigue latiendo.

 

Nicolás Medina Mora
Periodista y candidato a la maestría de No-Ficción de la Universidad de Iowa.

 

2 comentarios en “Baltimore: El Corazón Despiadado

  1. Algunas correcciones sin prepotencia: CRIPS es el nombre correcto de la red delictiva antes pandilla de Compton eterna rival de los Bloods no ‘Cribs’, y la horrible cerveza baltimorean es National Bohemian no ‘Natural’ Saludos!! Excelente reportaje/crónica