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Presentamos un relato incluido en Capricho de la reina (Anagrama) de Jean Echenoz. “En Capricho de la reina encontramos el virtuosismo Echenoz, el encanto Echenoz, el humor Echenoz, y su talento, ese talento presente en sus otras obras, y aquí más libre que nunca”, escribió Bernard Pivot.


Invierno de 1802, mansión en la campiña inglesa, acude a cenar el almirante Nelson. Los demás invitados se agolpan tan pronto aparece él en el salón entre tapices, candelabros, retratos de ancestros, pinturas florales y flores. Nelson suscita la admiración general a su regreso de la batalla de Copenhague. Parece cansado, se comenta, pero qué guapo, piensan ellas. Cansado, desde luego, y con razón, después de todo lo que ha visto.

Problemático fue ya para un marino el malestar que le invadió la primera vez que subió a un barco, marinero a los trece años en el buque de guerra de tercera clase Raisonnable. Entonces pensó que se le pasaría, pero nada de eso, en los treinta años que lleva navegando no ha dejado de sufrir día tras día un espantoso mareo.

La gente se afana en torno al almirante, sentado junto al ventanal desde donde se divisan jardines ingeniosamente desordenados, flanqueados por sotobosque y por un muro de árboles. Un criado con una bandeja en la que tiemblan copas se inclina hacia Nelson, que coge una con mano blanda. Nelson es un hombrecillo delgado, afable, juvenil, de excelente presencia, en efecto, pero acaso un poco pálido. Y aunque sonríe como un actor haciendo de sí mismo, tiene un aire extremadamente frágil, quebradizo, a punto de romperse algo a cada momento.

Fina figura ataviada con medias blancas, zapatos con hebillas de acero, calzón y chaleco blancos bajo una levita azul cuyo bolsillo izquierdo parece abultado por un puñado de chelines y en cuya pechera refulge la Orden del Baño, sus ojos brillan también pero cada uno con un fulgor distinto, el derecho con menor viveza que el otro. Su mano ha vacilado al coger la copa porque desde que veinte años atrás contrajera el paludismo en las Indias mientras se hallaba al mando de la fragata Hinchinbrook, los recurrentes accesos de fiebre, jaquecas, polineuritis y toda la pesca no han vuelto a abandonarlo.

En el salón, comoquiera que la conversación discurre sobre la paz de Amiens, alguien llama la atención del almirante sobre un punto delicado respecto a la evacuación de la isla de Elba y le tiende un periódico que aborda el particular. Nelson coloca la hoja al bies a su izquierda pues al parecer no puede leer más que de ese modo, lateralmente, y es que en otra ocasión, durante el bombardeo de Calvi, mientras cruzaba el Mediterráneo a bordo del navío de setenta y cuatro cañones Agamemnon, el impacto de un cañonazo le proyectó en pleno rostro esquirlas de gravilla que le hicieron olvidar el uso de su ojo derecho.

Los invitados pasan a la mesa, y aunque se habían dispuesto pequeñas partes previamente cortadas para el almirante, éste muestra suma pericia en el manejo del cuchillo y el tenedor utilizando una sola mano, y es que, en otro infortunado episodio, éste a la altura de Santa Cruz de Tenerife, cuando a bordo del Theseus proyectaba hacerse con una importante cantidad de oro codiciada por un navío enemigo, Nelson resultó alcanzado por un disparo de mosquete que, fracturándole el húmero en varios puntos, le privó del uso del brazo derecho, que hubieron de amputarle de inmediato.

Convertido en zurdo, el almirante tuvo que reaprender a escribir y a utilizar, en la mesa, los cubiertos —si bien hubo de recurrir diariamente al opio para mitigar los sufrimientos de su miembro fantasma—, y se desenvuelve perfectamente, la cena transcurre con entera normalidad. Sin embargo, al observar que la luz declina y que no tardarán en colocar los candelabros, hete aquí que Nelson se levanta abruptamente entre dos platos, pide a la concurrencia no sin rudeza que se sirvan disculparle durante unos minutos y se retira. Abandona el comedor, atraviesa antecámaras y salones y sale al jardín mientras los invitados se miran frunciendo el ceño.

Y así, manco, tuerto y excitado, el almirante se interna entre macizos y arriates y se aleja a solas hacia los bosques, no sin pasar por un cobertizo donde echa mano de una regadera. Avanza en el día declinante, recreándose en la contemplación de la campiña y de los bosques. Podría perfectamente vivir allí pero, en su ansia de hacerse a la mar, prefiere acudir a casas ajenas para ejecutar la operación siguiente.

En la linde del bosque, Nelson recorre el espacio que lo separa de los primeros árboles: toma medidas, escogiendo distintos puntos a unas veinte yardas unos de otros y cuyo emplazamiento marca con una piedra. Arrodillándose ante el primero, procede a cavar el suelo a una profundidad de dos o tres pulgadas; con una sola mano no resulta fácil, pero el almirante se ha visto en peores lides. Acto seguido, se hurga en el bolsillo y extrae no el supuesto puñado de chelines, sino una docena de bellotas, e introduce la primera en el fondo del agujero para luego taparlo y prensar aplicadamente la tierra, que a continuación riega lo necesario, así se lo parece —un poco demasiado en realidad—, tras lo cual Nelson rehace esa operación tantas veces como se lo permite su provisión de bellotas.

Porque planea las cosas a larguísimo plazo: repuebla y cualquier ocasión le parece buena. Tan pronto se aleja del mar, aprovecha que se halla en tierra firme para sembrar sobre ésta con el fin de preparar sobre aquél el tráfico naval, de cara a las generaciones venideras. Pone todo su empeño en plantar árboles cuyos troncos servirán para construir la futura flota naval. De esas bellotas que entierra nacerán los mástiles, los cascos, las cubiertas y entrecubiertas de toda índole de barcos destinados al comercio o al transporte de hombres, pero sobre todo de buques de guerra, todo tipo de navíos de línea, corbetas, acorazados, fragatas o destructores que surcarán mucho después de él los océanos del mundo, para mayor gloria del imperio.

Pero los grandes robles de Suffolk no sirven tan sólo para construir navíos, con ellos se fabrican asimismo barriles y barricas; toneles que además se embarcan a bordo y pueden prestar señalados servicios. Por ejemplo, en Trafalgar, tras apuntar el marinero francés Guillemard a Nelson mientras recorría la cubierta del Victory, tras penetrar la bala en el cuerpo del almirante por el hombro izquierdo, fracturándole el acromion y sus segunda y tercera costillas, atravesándole el pulmón, seccionándole una rama de la arteria pulmonar para luego romperle la columna vertebral, los oficiales se preguntarán qué hacer con su cuerpo. Después recordarán que deseaba que lo enterraran en su casa, y no que lo arrojaran al mar como suele hacerse con los marinos muertos. Para conservar a Nelson hasta el regreso a Inglaterra, lo sumergirán en una barrica de aguardiente, sellada y amarrada al palo mayor del navío, bajo estrecha vigilancia armada.

 

Jean Echenoz
Escritor. Ha publicado: Lago, Cherokee, El meridiano de Greenwich, Ravel, Relámpagos y Correr, entre otros libros.
Traducción de Javier Albiñana.

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