Una lectora nos escribe (La Stampa, Turín, 29 de noviembre de 1959, sección Specchio dei tempi [Espejo de los tiempos]: “Soy una estudiante de séptimo grado y como muchas de mis compañeras he ido a ver la exposición sobre los campos de concentración alemanes que cierra el domingo. A la salida estuvimos discutiendo. Había quien expresaba sus dudas, quien decía que la exposición era sólo propaganda antialemana. Algunas afirmaban que había mucho de exageración y otras que todo era cierto. Algunas de mis compañeras dicen que ‘si estas cosas hubieran ocurrido de verdad, en nuestros libros de historia se diría algo’. Dice otra cosa: ‘Si esas fotos fueran verdaderas yo creo que podrían ampliarse y montar una exposición (magna)… Otras dicen que no quieren que estudiemos la última guerra porque ocurrieron cosas demasiado terribles. Los profesores dan la razón a los que piensan así. Suspiran y dicen ‘por desgracia’, pero a mí me gustaría que alguien me contara algo más. Yo, hija de un fascista, me quedé muy asustada por lo que vi y le rogué a Dios que mi padre sea inocente de esa masacre.

“Además, me gustaría decirles a quienes montan las exposiciones que las organicen más despacio. Yo, que para poder verla (y no he podido observar bien muchos cuadros que estaban demasiado altos), tuve que ir tres veces nada menos”. (Firma:) La hija de un fascista que quisiera saber la verdad”.

Primo Levi, autor de Si esto es un hombre, un libro sobre los campos de exterminio traducido ya a todos los idiomas, nos escribe (La Stampa, 3 de diciembre de 1959):

“En nombre de la asociación de ex Deportados, que ha organizado la exposición sobre los campos de concentración alemanes, me gustaría dar las gracias a la lectora ‘que quisiera saber la verdad’, porque la carta publicada en la sección Specchio dei tempi es la carta que esperábamos.

“No, señorita, no hay manera de poner en duda la veracidad de esas imágenes. Esas cosas ocurrieron de verdad, y ocurrieron así: no hace siglos, no en países remotos, sino hace 15 años y en el corazón de esta Europa nuestra. Quien lo dude, no tiene más que coger un tren y visitar lo que queda de esos tristes lugares. Y ni siquiera hace falta: aquí, en nuestra ciudad, hay docenas de testigos oculares; fueron miles y miles (incluidas mujeres, incluidos niños: ¡niños!) los que acabaron confundidos en esos montones de huesos, y dan testimonio con su ausencia, con el vacío que han dejado.

“Entendemos, aunque no podemos aprobar, a esos profesores que suspiran y dicen por desgracia. Son hombres, como también lo somos nosotros, y como lo eran los autores materiales e intelectuales de las matanzas: no es extraño que muchos, incluso inocentes, se sientan avergonzados ante hechos como ésos, y prefieran el silencio. Pero el silencio es un error, casi un crimen, en este caso: el propio (inesperado) éxito de la exposición lo confirma. Hay hambre de la verdad, a pesar de todo: la verdad, por lo tanto, no ha de ocultarse. La vergüenza y el silencio de los inocentes puede enmascarar el silencio culpable de los responsables, posponer y eludir el juicio histórico.

“Espero yo también que el padre de la lectora sea inocente, y es muy probable que lo sea, puesto que en Italia las cosas ocurrieron de modo diferente. Pero la exposición no está dedicada a los padres, sino más bien a los hijos, y a los hijos de los hijos, con el fin de demostrar qué clase de reservas de ferocidad yacen en el fondo del espíritu humano, y qué clase de peligros amenazan, hoy como ayer, a nuestra civilización.

Primo Levi”.

 

Fuente: Primo Levi, Leonardo de Benedetti, Así fue Auschwitz. Testimonios 1945-1986 (edición de Fabio Levi y Domenico Scarpa, traducción de Carlos Gumpert), Ariel, México, 2015.