Las salas del Museo del Estanquillo exhiben actualmente parte de la colección de fotos que Carlos Monsiváis adquirió poco a poco, gracias a “golpes de suerte” y a un gusto que pronto, como él dice, se volvió “una obcecación” que duró 50 años. Las fotografías que prefería el ojo coleccionista de Carlos Monsiváis eran de la ciudad de México: “Me apasiona incluso como el gran logro de la autodestrucción. Creo que la ciudad de México es un clásico de la autodestrucción y ver cómo esa ciudad en algún momento fue un clásico de la construcción, que fue armónica en partes, que tuvo aspiraciones neoclásicas, que dejó fluir cierta armonía, me parece divertido, contrastándolo con el desastre unívoco de hoy. Actualmente no hay zonas que no sean de desastre. O es la seguridad pública o es la inminencia de la crisis de suministro eléctrico o es la amenaza de la crisis de agua potable o son los problemas de tráfico o son los macroproblemas de la vivienda. No hay dónde depositar la mirada que no se localice de inmediato un desastre”, apuntó en una entrevista realizada en 1998.

Monsiváis también atesoraba rostros, imágenes de gente de toda clase que había poblado esa ciudad “armónica” extinta y ahora adquiría un sitio privilegiado en el universo caótico del coleccionista. “Prefiero el retrato de gente con personalidad facial. La gente con personalidad facial me atrae. Ahora, si además son famosas, el hechizo es múltiple. La foto de Novo me resulta en verdad hipnótica o la de Villaurrutia o la de Jorge Cuesta, para no hablar de Frida”, abundó en aquella entrevista antes de que le preguntara la razón que lo había llevado a poseer una amplia selección de retratos de las divas y tiples que hacían las delicias eróticas de los caballeros de principios del siglo XX. ¿Qué le atrajo de esas mujeres regordetas que hoy se ven francamente ridículas? “El candor —respondió Carlos Monsiváis—. El candor de la época, el candor del fotógrafo, el candor de la diva. Son un mito muy disminuido. Ya a estas alturas quién sabe quién fue Emma Padilla o Celia Padilla; María Conesa, sí; Celia Montalván, algo; pero básicamente es el candor de una época. Aquí el mito es la ilusión de una belle époque en una ciudad más bien pequeña, llena de zonas de miseria, que sin embargo tenía pretensiones de grandeza urbana que no se correspondían en verdad con su realidad estricta, pero que le permitían espacios de ilusión, entre ellos el espacio de ilusión de una belle époque en donde las divas figuraban de modo preeminente”. Incluso, yendo un poco más lejos, esos frutos del pecado que se revelan ante las buenas conciencias, obedecen a una liberación no sólo masculina, sino eminentemente femenina, tal como apuntó el propio Monsiváis en su libro Escenas de pudor y liviandad (1988): “¿Quién observa o registra el esfuerzo de las mujeres por incorporarse a la sociedad que fomenta la revolución institucional? El avance se nota cuando una señorita de clase media deviene la tiple Celia Montalván, cuando una dependienta de almacén resulta ser la vedette Lupe Vélez. Detrás de cada diva conspira revanchistamente, lo reconozcan o no, una legión de sufridas mujeres”.

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Compañía Industrial Fotográfica. Lupe Rivas Cacho, 1924. Plata / gelatina. Fotos cortesía del Museo del Estanquillo.

 

Pero volviendo a las manoseadas tarjetas exhibidas hoy en las vitrinas del Estanquillo, las mismas que propiciaron los sueños lúbricos de la generación inmediatamente posterior a la Revolución mexicana, donde María Tereza Montoya, tras enredarse en una cortina floreada deja al descubierto un hombro y un atisbo de la corpulencia de su espalda, o Lupe Rivas Cacho en traje de china poblana, con sombrero de charro y trenzas, sonríe inocentonamente a la cámara, o Adelina Vehi desde su vestido de gala porfiriano trata de sostener un abanico entre unos dedos regordetes… Ante esas imágenes cabía la pregunta: ¿Considera usted eróticas estas fotografías? A lo que Monsiváis respondió de inmediato: “No. Es un erotismo que ya murió porque es un erotismo fechado, es una noción de la sensualidad muy vencida. Los cuerpos ahora son distintos; hay gimnasio, hay el work out de Jane Fonda, y mucho más. Ellas más bien eran rollizas y voluptuosas de acuerdo a un sentido de acaparamiento del espacio que hoy sería imposible de concebir. Eran latifundistas de la carne”.

Es un gran lujo poder detenerse hoy en los trozos de historia que la ofuscación tenaz y persistente de Carlos Monsiváis coleccionó para nosotros. Uno de los grandes cronistas de la ciudad y de lo mexicano hizo a partir de su selección una suerte de crónica visual de la ciudad y su bestiario. No se encuentran las 25 mil fotografías que el escritor legó al Museo del Estanquillo cuatro años antes de morir, pero en los dos pisos destinados a su exhibición actual se abordan grupos de imágenes en torno a temas como el retrato, la identidad nacional, escenas de la ciudad y el mundo del espectáculo, el cual incluye una sección en torno a la época de oro del cine mexicano. Hay fotos tomadas por célebres retratistas como Juan Crisóstomo Méndez, Julio Valleto, Antíoco Cruces y Luis Campa, o por grandes fotógrafos como Gabriel Figueroa, Lola Álvarez Bravo, Agustín Jiménez, Tina Modotti, Nacho López, Héctor García, Gustavo Silva, Luis Márquez, Graciela Iturbide o Pedro Valtierra.

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Compañía Industrial Fotográfica. María Tereza Montoya, 1925. Plata / gelatina virada al sepia.

 

La primera vez que vio la luz esta colección fue para el festival de fotografía Fotoseptiembre, en 1998. Entonces le pregunté a Carlos Monsiváis si estaba nervioso, y respondió que sí. “Es la primera vez que se expone. Y por supuesto que estoy nervioso porque nunca la he visto. Está en cajas. Mi casa no es amplia y además todo el espacio está tomado por la biblioteca. Sólo hay huecos donde pongo algunos grabados. Imposible que la colección estuviese expuesta. Para mí es una novedad”. Entonces quise saber si sabía con exactitud qué fotos poseía y si podía encontrarlas si las buscaba. “Supongo que sí —respondió—. Cada vez más dificultosamente, pero sí. Mi casa simplemente ya es inviable. Hay cuartos que tengo terror de abrir para que no se me venga encima todo. Pero todavía, durante unos tres meses más, supongo controlaré”. Monsiváis, que había ya escrito varios textos en torno de la fotografía, algunos de los cuales fueron recopilados póstumamente en Maravillas que son, sombras que fueron (Ediciones Era, 2012), entonces habló insistentemente de su obcecación coleccionista: “Lo que es anecdótico es la actitud del coleccionista. Ya como se reparte esa sola anécdota da igual. En qué momento encontré tal cosa, de qué modo me enloquecí. Las frustraciones que llevo en el alma por no haber conseguido tal foto. Pero eso no tiene importancia, lo anecdótico es que haya una persona que crea que coleccionar es una actividad valiosa, cuando además sabe que no puede ver su colección sino muy esporádicamente. El capricho del poseedor no tiene límites. Raúl Salinas tenía no sé cuántas propiedades en la ciudad de México, yo tengo no sé cuántas caricaturas, no sé cuántos grabados, no sé cuántas fotos. Supongo que la actitud ética puede ser distinta, pero la manía acumulativa es la misma en cualquier coleccionista, trátese de la colección que sea: la de propiedades de Raúl Salinas, la de un museo o la modestísima mía”.

¿Cuál es el espíritu de su modestísima colección?

En primer lugar, el azar: en la colección está lo que he podido conseguir. Y en segundo lugar, el azar discernido u orientado por un gusto personal. Desde luego no están muchísimas de las fotos que me gustaría poseer. Un coleccionista es un frustrado permanente. Pero sí están muchas de las fotos que he logrado adquirir y que me interesan o incluso me fascinan. En ese sentido también un coleccionista es alguien que equilibra las frustraciones con los instantes de despliegue del gusto.

¿Hay un criterio afectivo?

Está lo que me ha sido posible adquirir, el criterio afectivo viene después, con la posesión. Al principio se da el hallazgo y la coincidencia del hallazgo y el gusto.

¿Cuándo comenzó su coleccionismo?

Como tal, muy recientemente. Llevo 25 años comprando fotos, pero no había sistematizado la compra hasta fechas muy recientes. Había insistido en mi colección de arte popular y de caricatura y grabado, pero de pronto descubrí que la fotografía me era muy importante. Dedicaba un tiempo considerable a ver fotografías, a leer sobre fotografía, a ver exposiciones, a comprar libros y decidí que entonces ya tenía que orientarme más a esa obcecación, a esa negación de las libertades del espíritu que es la actitud del coleccionista, y ahora estoy convertido en un obseso.

Al coleccionista no le basta el aprecio de una pieza, necesita poseerla, porque quiere sentir la posibilidad de, en cualquier momento —aunque sea una ráfaga, una mínima porción—, tenerla al alcance de la vista. Eso es a fin de cuentas tanto la avaricia como la generosidad del coleccionista.

Es una sensación de gusto cumplido, de deseo satisfecho. El placer de tener ahí, ante los ojos, en el momento en que a uno le dé la gana algo que admira, si bien tiene que ver con el poder en determinada medida, tiene que ver con algo que no es frecuente: la sensualidad del poseedor. El consumismo no lo permite y el coleccionismo, si está orientado de acuerdo a una admiración continua, sí.

Empecé con caricatura, que es una pasión continua. De pronto tuve la posibilidad de adquirir un lote de Miguel Covarrubias. Empeñé todo y lo conseguí. A partir de ese momento ya estaba perdido, no tenía remedio, estaba indefenso frente a la locura adquisitiva. Podría tener —idealmente— una casa en Coyoacán o un buen departamento, pero prefiero tener mis colecciones.

¿Sería lo mismo apreciar una perfecta copia que un original?

Desdichadamente no. Debía ser así. Y el que diga desdichadamente prueba hasta qué punto estoy devastado por el coleccionismo. Una foto vintage —revelada e impresa por el autor— me parece siempre más valiosa que una foto de edición reciente, por espléndidamente impresa que esté. En eso hay fetichismo, no lo voy a negar; hay manía, no lo voy a negar, y hay placer, tampoco lo voy a negar.

¿Cómo adquirió los álbumes familiares o los retratos de Julio Valleto?

Por golpes de suerte. Los álbumes son de lo más valioso que tengo. Como esta colección tiene idealmente el sentido de constituir una donación al país, me da gusto. A estas alturas ya es una colección rara. Y las fotos de Julio Valleto las adquirí como en 10 años. Él fue muy importante como retratista.

¿Todo lo compró en México?

Sí, en La Lagunilla, en la Plaza del Ángel, en subastas, de personas que me hablan y me ofrecen fotos. Lo que tengo de foto adquirida fuera no está en la colección. Decidí que interrumpía el criterio de mirar.

¿Hay alguna fotografía que sea especialmente valiosa?

Las fotos de escritores y la foto de los ojos de María Félix en Enamorada. La foto de Porfirio Díaz es de las que me costaron más caras. Yo en lo personal detesto lo que fue el porfirismo. Me parece un autócrata execrable. Pero la foto es espléndida. Además es una edición rarísima. Es una foto tomada el 1 de enero de 1910 para figurar como la efigie presidencial que se repartía en secretarías de Estado y despachos de gobierno. Es una imagen de la megalomanía y del disparate de una dictadura, en ese sentido me interesa. No soy porfirista en lo más mínimo.

La personalidad de Díaz es irrefutable. Pero está hecha por 30 años de dictadura, por todo lo que sabemos de él, por la impronta que dejó en la historia de México, por ese final melancólico y tristón en París. Por demasiadas cosas. Es una personalidad que se engrandece por todo lo que le atribuimos. No es una persona a quien no conocemos y cuyo rostro nos llame soberanamente la atención; es un dictador.

Algunas fotos son de autores contemporáneos. ¿Con cuáles sostiene o sostuvo un vínculo afectivo? ¿O el vínculo es sólo estético?

Amistoso, con todos los que he podido. En mi caso el afecto viene de la admiración. Yo trato de hacerme amigo de gente que admiro. Ese es un principio, si se quiere, un tanto oportunista de la amistad, pero espero que no y espero, además, que la admiración sea el principio del trato.

 

Aquella tarde de otoño de 1998 en que el rostro hierático de Carlos Monsiváis se iluminaba por las chispas de una excitación peculiar cuando hablaba de su colección fotográfica, frente a un escritorio cubierto de papeles, con dos o tres gatos durmiendo sobre ellos, y un par de teléfonos que implicaban, según apuntó, “un problema constante de cronofagia”, el coleccionista me explicó la razón de llamar a ésa la primera exposición de sus tesoros fotográficos, En tus ojos o en los míos. “Es parte de un soneto de Carlos Pellicer dedicado a Adolfo Best Maugard (Adolfo, si en tus ojos o en los míos/ anda la luz buscándome te ruego/ que escondas en la sombra de su fuego/ las soledades de nuestros navíos) y elegí esa línea porque creo que en todo caso el sentido de una colección de fotografía es lo que reverbera en la mirada o del coleccionista o del que la contempla. En tus ojos o en los míos está la posibilidad de apreciar, evaluar o criticar el material ahí presentado”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

 

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Entrevista con Carlos Monsiváis