In memoriam, Lobo y Melón.

 

Aunque nací en la década de los cuarenta y apenas había cumplido veintidós años en 1968, el conjunto musical legendario de mi adolescencia no fueron los ubicuos Beatles, sino los ya olvidados Lobo y Melón. Es posible que, dentro de veinte años, Los Beatles le resulten al cambiante mundo tan desconocidos como Lobo y Melón son hoy para la humanidad bailante de su patria. Pero hubo una época de la ciudad de México en que ese desconocimiento hubiera sonado a estupidez o herejía. En aquel tiempo, las casas de la ciudad abrían sus puertas generosas a la celebración de cumpleaños y graduaciones, con tal fruición y frecuencia que era posible ir a fiestas todo el fin de semana, de viernes a domingo y de la tarde a la madrugada, sin haber sido invitado, mediante el simple recurso de ponerse traje y corbata, echarse a la calle y escurrirse con discreción en la primera fiesta que se cruzara, preguntando: “¿Ya llegó Roberto?”.

Naturalmente, Roberto no existía, salvo para facilitar la impresión de que nos había citado él en ese sitio y, por tanto, teníamos una especie de derecho natural a deslizarnos hasta la cocina, pedir una cuba libre, inspeccionar las viandas y pasar luego al recinto propiamente dancístico para medir la intensidad y el atractivo de la fiesta, que podía consistir sólo en la mirada de alguna muchacha de buena familia, decidida, como uno, a dejar de serlo en cuanto lo permitieran las circunstancias. Si el alcohol era escaso, si las viandas eran pobres, si las muchachas eran tan decentes como uno, entonces uno podía seguir a la siguiente casa enfiestada, que solía estar en la misma manzana, para preguntar nuevamente por Roberto y reiniciar la inspección. Y así, hasta dar con la fiesta idónea a los caprichos de la caravana.

Bueno: en cada una de esas casas abiertas a la fiesta, en las divertidas y en las gazmoñas, en las ricas y en las pobres, en las alegres y en las taciturnas, en todas y cada una, como si uno pasara por diferentes canciones del mismo long play, los momentos culminantes del baile, de la sensualidad y de la diversión verdadera, que es la que quita los disfraces y reúne a la multitud en el eufórico olvido de sus nombres, venían unidos a la música y a las voces inolvidables de Adrián Navarro, Lobo, y Luis Angel Silva, Melón, dos cantantes que habían armado el mejor conjunto de rumba del país y lo recorrían, en persona y en disco, haciéndolo bailar como nadie lo había logrado desde Pérez Prado y el mambo, veinte años atrás.

En aquella ciudad perdida y provinciana, Lobo y Melón encarna unos años fugaces el clímax de la furia tropical y romántica que por décadas, y aun por siglos, había llegado a México proveniente de Cuba. Al irse petrificando, la Revolución Cubana se llevó los sueños revolucionarios de mi generación, pero secuestró también algo más imperdonable y fundamental: la extraordinaria música cubana, su inmensa capacidad de alegría sensual, pegada a los humores fundamentales de la tierra, a la risa y al baile, al deseo y la urgencia del otro, a la comunión sudorosa de los cuerpos, devueltos por la música a la pulsión adánica de buscarse sin impedimenta, ligeros e inocentes en su vocación de excitarse al golpe de cadera de un danzón, de ayuntarse al ritmo frenético de un guaguancó, de añorarse más tarde en los vaivenes melancólicos de una habanera. "Llegó el Comandante y mandó parar", recuerda un orgulloso estribillo musical de la Revolución Cubana, aludiendo al fin de las miserias y los abusos en la isla. Entre las cosas que pararon se contó también la música viva de Cuba, la música de siglos, venida del principio de los tiempos, la música loca y profunda que parecía manar sin cortapisa del alma impura y creativa de la isla.

El crecimiento absurdo de la ciudad de México, por su parte, se llevó aquella nuestra ciudad de las fiestas ecuménicas, abiertas a los modestos intrusos que abusábamos de ellas; cerró las puertas de nuestras casas y volvió nuestras celebraciones un ritual endógeno, una colección de encierros familiares con recelosos derechos de admisión, impuestos por una vida urbana demasiado sacudida por la inseguridad, el crimen y la desconfianza, como para entregarse a sus ingenuos impulsos comunitarios de solidaridad y convivio.

También nosotros nos fuimos secuestrando y perdiendo en esos años —mi generación quiero decir, los nacidos entre 1940 y 1950. Fuimos perdiendo la soltería y la línea, el pelo y los sueños de una pronta solución a la injusticia esencial del mundo. Fuimos ganando peso, responsabilidades, familia, paciencia e ilusiones perdidas. Conservamos, sin embargo, al menos yo, a los amigos que aquella adolescencia fértil y extravagante nos legó, entre pleitos y desencuentros, como el mayor de sus dones.

Pienso ahora, particularmente, en Luis Linares, quien suplió, sin proponérselo ni saberlo, mis urgencias de un hermano mayor o un padre sustituto o un simple modelo a quien querer parecerse en la vida, mientras la propia vida nos enseña, irremediablemente, que no hemos de parecernos sino a nosotros mismos. Con Linares aprendí a fumar cigarrillos sin filtro y a beber sin perder el conocimiento; aprendí a adorar a las mujeres, a discutir y a leer no como un entretenimiento, sino como parte de la ingeniería de la propia vida; en su complicidad obtuve mi primer bienaventuranza sexual, y una larga pedagogía terrena sobre los bienes laicos de la vida: el amor y el desmadre, la libertad y el orgullo, la contención sentimental, la adicción a la fiesta, el valor de tener un punto de vista propio y defenderlo.

En la cercanía de Linares, obtuve también el conocimiento personal de Lobo y Melón, durante una de las célebres rumbeadas que se organizaban entonces en El Limonal, una casona del barrio de Coyoacán, propiedad de un viejo francés que combatía la evidencia entrecana de sus años llenando su casa de rumberos y licor, que a su vez atraían, como un imán, a racimos de muchachas encendidas y toda clase de especímenes de la golfería.

Recuerdo esa fiesta con peculiar precisión, porque no hice en ella otra cosa que mirar cantar a Lobo casi una hora, antes de que se fuera, con el conjunto, a cumplir su trabajo nocturno en el cabaret Run Run, que estaba en la Reforma, junto al Cine Roble, en un local que el terremoto de 1985 demolió y en donde, desde el cierre del Run Run, en los setentas, habían fracasado todos los negocios imaginables: un restaurante chino, un ristorante italiano, un lote de coches y cuatro centros nocturnos. Como si el declive de la rumba y de Lobo y Melón en la ciudad, hubiera creado su propio vacío irrellenable.

Digo "mirar" a Lobo, porque de oírlo me había cansado en fiestas y discos, y porque su presencia era visible como pocas cosas: añadía un toque de veracidad rumbera a la música, un "toque santo", como sólo encontré después en Daniel Santos o en Celia Cruz. También, lo recuerdo ahora, en Omara Portuondo, a quien escuché una triste noche del 85, desarreglada y en chanclas chinas, en un triste bar de una Habana deteriorada y triste, el bar de donde salió caminando años más tarde José Antonio Méndez, para perder la vida, atropellado, en la capital latinoamericana donde menos automóviles hay. (Aclaro que nunca vi en persona a ninguno de los otros monstruos: ni a Pérez Prado ni al Trío Matamoros ni a Benny Moré, ni a Olga Guillot, ni a La Lupe, aunque sí a Silvestre Méndez, que durante años hizo en el Bar Cartier de la avenida Juárez, la más eléctrica y orgásmica versión imaginable de Chivo que rompe tambó).

Lobo era moreno y delgado, de perfectas orejas, barba cerrada y unos labios gruesos, sensuales, en medio del rostro largo y fino; tenía las cuencas profundas y los ojos grandes, subrayados en su expresión melancólica por unas pestañas tan largas y rizadas, que le sombreaban los pómulos. Melón era blanco, con una pinta amateur que no se borraba de su apariencia ni cuando cobraba, pero era el arreglista del conjunto, el compositor y el empresario, la parte sobria, madrugadora, de aquel barco nocturno, borracho de rumba y fandango.

Lobo cantaba, tocaba las claves, rascaba el güiro, golpeaba las tumbadoras, ritmaba el cencerro con un palo de batería. Pero era mucho más que eso, era la cara pública y la frescura del grupo, su ángel magnético capaz de todos los registros, de la nostalgia arrabalera del bolero al frenesí liberador del guaguancó. El timbre cambiante de su voz, podía imponer igual los ritmos afros del batey o las nobles evocaciones del bohío, en una conjunción de fiesta y brisa que traía a la audiencia, casi físicamente, todas las cosas que el joven Carpentier había reconocido y recordado desde París en esta música: el paisaje cubano, "bañado por una luz de perenne incendio"; el "ritmo seco, obsesionante, todopoderoso" de la rumba; las tonadas que saben, según los casos, a "patio de solar" y "puesto de chinos", a "fiesta ñáñiga" o a "pirulí premiado". Y el son que debe amarse, por encima de las buenas costumbres, como hay que amar, en la memoria irrevocable de Cuba, “el solar bullanguero y el guiro, la décima, la litografía de la caja de puros, el pregón pintoresco, la mulata con sus anillas de oro, la chancleta ligera del rumbero, la bronca barriotera, el boniatillo y la alegría de coco”.*

Lo vi cantar una hora y atender los ofrecimientos, bastante explícitos, de un trío de apetitosas locas que le pedían canciones en servilletas pintadas con bilé. Al final de su tocada, sin embargo, antes de irse al cabaret, Lobo no buscó en ellas su compañía de la noche, sino que las rodeó y fue al fondo de la fiesta, en caza de su propia elección. Poco después pasó junto a mí, riendo y hablando en el cuello de una mujer de melena negra y bronceados hombros desnudos. Enfundaba la perfecta exhuberancia de su cuerpo en un vestido rojo que cortaba a la mitad las redondeces generosas de su busto y sus muslos. “Me la tenían escondida”, dijo Lobo al pasar, dirigiéndose a mí, campechanamente, como si me conociera de años, riendo su atractiva sonrisa de labios gruesos y dientes blancos, parejos y luminosos, como el propio fulgor de su vida.

Lo escuché entonces, frente a mí, decirle en el oído:

—Esta noche no duerme Caperucita Roja. ¿Sabes por qué?
—No —dijo la muchacha, meciéndose en él, como si le hiciera cosquillas.
—Porque hoy le toca comer lobo —dijo Lobo, engarzándola por la cintura con su brazo.

La risa fresca de la muchacha siguió el trazo de sus cuerpos ya empalmados, y de mi envidia, hacia la puerta.

Pasaron aquellos años, desaparecieron del mundo Lobo y Melón, igual que los hábitos y las fiestas que nos habían hecho entrañables sus voces. Durante los setentas, la rumba abandonó el centro de la escena musical. Se refugió en la memoria de sus cultivadores y en unos cuantos antros marginales, que consagraron sus noches a la repetición infatigable de viejas tonadas y clásicos probados de la isla. Era posible oír a Fellove y a Silvestre Méndez en algunos cabarets de tercera, meterse a bailar rumba en algunos salones de mala muerte, como el África en Bucareli o el Siglo XX en San Juan de Letrán. Sobre todo, era posible atestar el pequeño Bar del León de la calle de Brasil, para escuchar a Pepe Arévalo y sus Mulatos, un conjunto que pareció durante los setenta y los ochenta el albacea mexicano de aquella música prodigiosa.

Aunque estudiamos la misma carrera, que elegí para seguir sus huellas, Linares tomó su camino y yo el mío, no sin que antes me consiguiera un trabajo en una empresa de conductores eléctricos y otro, más tarde, en la Villa Olímpica. No obstante, después del 68 decidí abortar para siempre mi carrera de ejecutivo en comunicación, empecé a escribir reseñas literarias en los periódicos, ingresé a El Colegio de México para un doctorado en historia, me casé, tuve una hija, una breve carrera académica, un divorcio y una rápida carrera periodística que me encontró, en 1979, como coordinador editorial del diario unomásuno, un diario crítico, de izquierda, que se había hecho su espacio de credibilidad y golpeteo entre las élites políticas y los sectores ilustrados del país. Antes del 68, Linares había cursado una maestría en la Universidad de Pennsylvania, se había vuelto un alto y eficiente ejecutivo de la empresa privada, había consolidado un patrimonio familiar, procreado tres hermosas hijas y el futuro se abría para él promisorio y seguro. Entonces, ay, le dio por la política —en realidad, le dio por la misma vocación de siempre, marinera y libre, gustosa del riesgo y el azar, numen consejero de los jóvenes, los que emprenden y los que se enamoran.

Probó suerte sucesivamente en el PRI del DF, en la Secretaría de Gobernación, en la Secretaría de Comercio y en la Secretaría de Educación Pública. El año de 1979, lo encontró como director de comunicación de la Secretaría de Programación y Presupuesto cuyo ministro tenía aspiraciones y posibilidades presidenciales. No había dejado de ver a Linares, pero nos reuníamos poco, entre otras cosas porque no había vinculaciones prácticas en nuestras vidas. Su nuevo puesto político, y mi posición en el diario, facilitaron el reencuentro, de modo que volvimos poco a poco a tomarnos el pulso, saliendo a comer, cambiando información política y hasta conspirando un poco, juntos, en favor de su causa. Pero nada nos unió de nueva cuenta tan intensamente, como el día en que Linares me llamó diciendo que había ido la semana anterior a un antro de rumba en el centro y que debíamos volver esa noche él y yo, juntos, sin falta, porque no podíamos perderlo.

Era martes, yo tenía al día siguiente un desayuno tempranero y una jornada larga de trabajo —los miércoles me tocaba escribir el editorial del diario y eso siempre terminaba tarde, por mi lentitud redactiva, rayando las doce— de modo que le pedí que lo dejáramos para el viernes.

—No puede ser el viernes, cabrón. Tiene que ser hoy martes, hoy mismo —dijo Linares por el teléfono, con su vehemencia natural. —Y no alegues, porque no tienes una idea de lo que me encontré en ese lugar. Tenemos que ir.
—Tengo que trabajar, Linares.
—Qué trabajar ni qué la chingada. Esto es más importante que el trabajo —dijo Linares. —Esto es la vida. Paso por ti a las diez.
—No puedo, Linares.
—A las diez, cabrón. No te vas a arrepentir. Me cae de madre que no te vas a arrepentir. A las nueve y media estoy por ti en tu periodicucho.

A las nueve de la noche ya estaba en mi despacho —despacho es un decir: un espacio separado con mamparas en un ángulo de la redacción—, bien vestido y jovial, aunque calvo como siempre, explicándome su anticipación horaria:

—De ésta no te me escapas, aquí te espero hasta que acabes, porque de aquí te voy a llevar al antro, como quedamos. A ver, dame algo de leer de las mentiras que van a publicar mañana.

Como a las diez terminé y le dije:

—Vengo en un momento. Voy al baño.
—Te acompaño —me dijo, con una sonrisa maliciosa: una vez lo había dejado solo en un restorán con ese truco. Siguió: —Te acompaño al baño, al lavabo, al elevador y, si fuera necesario, hasta al portero del edificio.

Aludía con eso a un viejo chiste adolescente cuya última frase se había quedado en nuestro lenguaje como un dicho reflejo. El chiste recordaba la respuesta de un antiguo huésped de la casa de mi madre, Lorenzo Méndez, mejor conocido como El Cachorro, a quien otro amigo le preguntó, refiriéndose a una muchacha preciosa que caminaba frente a ellos: “Mírala bien, Cachorro: ¿se lo mamabas?”. A lo que El Cachorro había contestado: “A ella, a su hermana, a su prima y, si fuera necesario, hasta al portero del edificio”. Así que cada vez que estaba dispuesto a todo con tal de conseguir algo, Linares decía, viniera a cuento o no: “Y si fuera necesario, hasta al portero del edificio”.

Me acompañó pues al baño, al lavabo, al elevador y no me dio tiempo solo hasta que llegamos a la puerta de su elegante coche oficial, donde esperaba el más paciente y entrenado chofer del mundo, que aguantaba a Linares, nada menos.

—Yo manejo —le dijo Linares. El chofer se pasó al asiento de atrás y yo subí adelante con su jefe.
—No tienes idea —dijo Linares. —Vas a ver esta cosa, no tiene madre. No lo puedes creer. Vas a ver.
—¿De qué se trata, Linares?
—Vas a ver, cabrón. Le vas a vivir agradecido toda tu vida a tu amigo Linares por esta excursión. Vas a ver. ¿No tienes hambre?
—Mucha.
—Vamos entonces primero aquí a La Posta, cenamos y luego nos vamos al antro aquél. Al cabo que empieza tarde, no tiene caso que lleguemos orita.
—Tengo un desayuno mañana, Linares.
—Qué desayuno ni qué la chingada —dijo Linares. —Llama que no puedes ir. Pero, mira: vamos a La Posta, cenamos como marqueses, ahí está el trío del compadre Juan, que es mi escudero y, mientras cenamos, tirilín tirilín, nos tocan unas músicas, nos cantan unas clásicas y quedamos listos para la mera buena cosa a la que te voy a llevar.
—Pinche Linares. Hoy no quiero tomar.
—Aááááááh —se espantó Linares. —Pero si ¿quién ha dicho que vas a tomar, gran cabrón? Te estoy diciendo que vamos a cenar. ¿No te puedes imaginar ya una cena sin copas?
—Una cena contigo sin copas, no me la puedo imaginar.
—Pues entonces tómate unas copas, muchacho. Pero no me eches a mí la culpa. Tú eres el que no puedes imaginarte el asunto. ¿Yo qué pitos toco en esa flauta?
—Pinche Linares.
—No tienes idea lo que vas a ver, muchacho. Y a oír. No tienes una puta idea. Vas a ver. Tú déjame, yo me encargo.
Se encargó de nuestra cena en La Posta, que fue abundante en viandas y cubas, con un brandy al final y el trío de su compadre Juan que cantó sin parar todas las clásicas —José Antonio Méndez y Alvaro Carrillo—, mientras Linares me contaba los intríngulis de la política ministerial, las últimas pugnas macroburocráticas y la lista actualizada de reporteros y columnistas que cobraban aquí y allá, para garantizar su independencia periodística (“La pobreza no da independencia”, bromeaba Linares. “Eso dicen tus colegas periodistas. A ver, defiéndelos. No sé cómo te fuiste a meter en esas cuevas. No los puedes creer a estos cabrones”).
—Ellos cobran, pero tú les pagas —le reproché el reproche de siempre. —¿De qué te quejas?
—De ninguna manera les pago —dijo Linares. —Los estoy borrando a todos de mi lista.
—Te van a apuntar en la suya entonces —le dije. —Y van a tirarte a matar, hasta que te aniquilen.
—Que me aniquilen. No les doy un centavo. Ni un centavo.
—Haces bien, porque no quieren centavos. Quieren pesos. Miles de pesos.
—Ni un peso —dijo Linares.
—Dólares entonces.
—Ni un puto peso, ni un puto dólar, ni un puto viaje. Una fumigación general es la que necesitan, incluyendo tu periodicucho, que le juega al puro.
—¿Quién de mi periódico, Linares? Nada más no incluyas al director en tu denuncia, y de ahí para abajo, fumigamos al que quieras.
—¿Los corres?
—Los quito de mi lista, como tú.
—No le saques. ¿Los corres?
—Depende cuántos sean. ¿Ya te sabes el verso aquel sobre la bondad y la cantidad?
—No, ¿cuál es?

Le dije:

Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos
Que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos.

—Es una vergüenza nacional —dijo Linares.
—Los sarracenos terminaron siendo españoles, Linares.
—Son una vergüenza nacional tus colegas. Y además son muchísimos. Cómo hay periodistas en esta ciudad.

Pidió de últimas una tonada que echó sobre mí, como siempre que la escuchaba, una ráfaga voluptuosa del pasado. Cantó el trío Niebla del riachuelo, una favorita de Lobo y Melón:

Niebla del riachuelo
amarrada al recuerdo

—Hace años que no oía esa —le dije a Linares, mientras el trío de su compadre Juan perdía la letra.
—Años —aceptó Linares, precipitándose sobre su brandy para contener el torrente de sus emociones.

Siguió el trío:

este amor tan completo
me vas recordando

—Así no es, don Juan —le reclamó Linares.

Nunca más me vio
—siguió el trío—
nunca más me oyó
nunca más su amor
estuvo ya cerca de mí

—No no no, así no es don Juan —dijo Linares. —La está usted inventando.
—A la canción que no sabemos, le ponemos imaginación, don Luis —explicó don Juan.
—Si por eso es mi escudero este cabrón —dijo Linares, encantado con la respuesta de don Juan. —Pero a ver, empiécela de nuevo que aquí este muchacho y yo se la vamos a cantar para que se la aprenda.

De no sé dónde, del arcón de la verdadera memoria, que es, desde luego, involuntaria, Linares y yo desempolvamos intactas las estrofas del principio de la canción que habíamos tarareado miles de veces, años atrás, sin pretender aprenderla nunca. Mal cantamos:

Turbio fondeadero
donde van a recalar
barcos que en los muelles
para siempre han de quedar

Sombras que se alargan
en la noche del dolor
náufragos del mundo
que han perdido la ilusión

Y más adelante, corrigiendo a don Juan pero no a nuestras voces:

Nunca más volvió
nunca más la vi
nunca más su voz
nombró mi nombre
junto a míííí

Esa misma voz
me dijo adiós

—Puta, cabrón —dijo Linares, cuando terminamos de desentonar, acudiendo de nuevo a su brandy. —¿Te acuerdas de El Limonal?
—Me acuerdo —dije yo, acudiendo también a mi brandy.
—Pues salud, cabrón.
—Salud —le dije.

Acudimos entonces los dos a nuestro brandy con la justificación del brindis y luego, sin darnos tiempo a que ese breve encuentro buscado nos obligara a encontrarnos de veras, Linares dijo y yo lo agradecí:

—Son las doce y media. Ya es hora del antro.

Pidió la cuenta, la pagó en efectivo y compartió después unos generosos billetes con su compadre Juan y los miembros del trío. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos en una pequeña mesa cercana a la pista de, efectivan ente, un antro del centro histórico de la ciudad. No conocía ese antro y no volví a él sino ahora que lo evoco, porque tuvo una vida efímera, como la vida misma de lo que quería conservar, quiero decir: la rumba de aquel tiempo, el enorme decorado de palmeras de satén y playas de lentejuelas, el mesero vestido de gala que ofrecía bebidas baratas y la fauna de mujeres jóvenes, viejas como su oficio, que se ofrecían desde la barra, ya un poco ebrias, adelantando su producto.

—Vas a ver —dijo Linares.—No das crédito lo que vas a ver. Y cuando te pregunten quién te trajo, vas a decir: “Mi amigo Linares”. Porque no se te va a olvidar y si se te olvida, que se muera la mujer del puerto.

Era otro resabio de nuestro código adolescente. Durante mucho tiempo, Linares había vivido precariamente en la ciudad de México, con lo que le enviaban desde el puerto de Acapulco sus hermanas y su madre. En realidad, se lo mandaban sus hermanas, Chelo y Diana, que trabajaban, pero acuciadas laboriosamente por su madre. Con el candor característico de las madres de entonces, doña Consuelo Zapata esperaba volver a Linares un hombre de bien, un profesionista próspero, capaz de rescatarla a ella de la viudez, a sus hermanas de la orfandad —el padre de Linares había muerto siendo ellos pequeños— y a las tres de la estrechez económica en que vivían. Todo eso sucedió con el tiempo —“más o menos aproximadamente”, como gustaba de decir en forma pleonástica Linares— pero hasta entonces, como todo varón que se respete, Linares había vivido su vida sin voltear a los lados, y mucho menos hacia las mujeres que apostaban cada mes por él y su futuro, remitiendo el poco dinero excedente que ganaban.

Las hermanas y la madre de Linares vivían en Acapulco y eran, al empezar los años sesenta, un trío extravagante de mujeres blancas y finas, tal como las soñaba y las inventaba Linares, y tal como las alucinaba y las miraba yo, elegantes y secretas en el aluvión retraído de sus tesoros femeninos: altas, lánguidas, contenidas, como dispuestas a entregarse una sola vez.

Linares era uno de los pocos en la casa de huéspedes de mi madre que recibía su pensión con puntualidad prusiana, pero no la recibía solo: toda la población hambrienta y mal proveída de la casa, acudía a la recepción de su giro para comprobar, una vez más, que había llegado el envío de La mujer del puerto, mote cariñoso y jodedor que la crápula amistosa había impuesto a doña Consuelo, aludiendo con ello al papel más bien antimaterno de una prostituta que Andrea Palma inmortalizó en la película mexicana del mismo nombre. Con el tiempo, Linares y nosotros todos acabamos refiriéndonos cariñosamente a doña Consuelo Zapata, como La mujer del puerto, expresión que Linares seguía usando veinte años después, dondequiera que doña Consuelo cruzaba por su memoria haciéndose recordar, lo cual sucedía —lo sé yo, porque a mí me pasaba lo mismo con mi madre y tampoco sabía confersarlo— todo el tiempo.

Explicado esto, puedo decir que llegaron los músicos y, con los músicos, un presentador viejo y relamido, como sólo pueden serlo los presentadores en los antros de cuarta, de modo que aproveché para ir al baño, ante las protestas de Linares:

—Espérate, cabrón. Ya falta un minuto.
—Pero si voy y regreso.
—Pero en lo que vas, empieza todo.
—Pues lo veo empezado, porque si no, lo voy a ver húmedo.

Llevaba de verdad mucho rato pendiente y tuve en el mingitorio del antro uno de esos desahogos renales cuya desaparición es el primer síntoma claro de que la juventud se ha ido, una de esas descargas que no cesan de fluir, en las que uno tiene la sensación de que podría dormirse o fumar un cigarrillo mientras acaba, o simplemente se desespera y desea terminar, pero el chorro sigue fluyendo, autónomo, lejano ya del alivio o de la voluntad de orinar, pegado a su propio caudal terso, inoxidado, transparente, libérrimo.

Mientras eso pasaba por mi organismo, la voz del presentador iba y venía melosamente, rebotando en las paredes del baño, sin que pudiera entenderse bien a bien una palabra de lo que decía. En algún momento se calló y dio inicio la música. Es posible que fuera una extensión de la modesta eternidad líquida que cruzaba por mí o, más sencillamente, como diría Linares, porque la música, más que los olores de la magdalena proustiana, es el verdadero picaporte de la memoria. Lo cierto es que los primeros acordes de un bolero, sus ritmos familiares y entrañables, cayeron sobre mí en ese baño como una epifanía, una iluminación irresistible, que me hizo volver atrás, no exactamente a los años pasados, sino al lugar que esos años ocupaban en mi cabeza, esencializados en la nostalgia irredenta de haberlos vivido, a salvo ya de mí mismo y de los otros, y de la minuciosa imperfección de lo real.

Afuera, veinte años después, en el antro de cuarta que me había impuesto Linares, tocaban y cantaban Lobo y Melón. Oí su andanada introductoria guiada por las tumbas y la batería, y por un plano loco y juguetón que fintaba el inicio de Amalia Batista para detenerse a tiempo, en espera del aplauso que celebrara, anticipada y agradecidamente, la actuación del grupo. Alguien dio las gracias, el piano hizo un acordeón, el vocalista se aclaró la voz y empezaron, como siempre, como entonces, con una suavecita. Cantaron:

Sobre todas las cosas del mundo
No hay nada, primero que tú

Concluyó mi dosis de eternidad en el mingitorio y salí tarareando la canción rumbo al pequeño paraíso que me esperaba afuera. Pero no lo encontré. El grupo que tocaba era de unos ancianos mal mezclados con un muchacho que aporreaba sin piedad la batería y otro que se empeñaba en el piano en repetir la alegría infantil de las escalas de La Gallina, el pianista de Lobo y Melón. Pero no era La Gallina y hacía la chamba equivalente como si en efecto fuera una chamba y con tal esfuerzo que, aparte de las notas que salían de sus brazos enervados y rígidos, en su propio rostro joven había tal recuerdo de mejores tiempos por imitar, que era como un anciano más.

El grupo tenía al fondo un enorme gordo que soplaba un saxo trombón, justamente aquello de lo que el grupo de Lobo y Melón había carecido siempre, los ostentosos metales, y que le había permitido ser el mejor conjunto batachá del mercado conocido de la rumba, el combo pequeño, cuasi familiar, cuasi tribal, que no había dado el salto a la orquesta y que tenía suficiente con sus instrumentos de ritmo, las voces, el piano y, en el colmo del refinamiento, una flauta, nada más. Lo único interesante de ese paraíso perdido, parecía ser el cantante, un cincuentón todavía en línea, pero estragado por sus excesos, que no parecía contradicho sino estimulado por la decadencia del contexto general en que proyectaba su hermosa voz cascada y sabia. Era una voz inclasificable, nasal, penetrante y simple, como la tonada que cantaba por enésima vez, con una frescura desengañada y hasta irónica, pero frescura al fin:

Aunque a ti te parezca mentira
 las cosas del alma
despiertan dormidas

La verdad de esa voz y esa facha borraron el resto y tuve la siguiente epifanía de la noche, en realidad una vaga estimulación que me dejó atrás sin entregarme del todo su secreto. El cantante era un flaco moreno, más moreno aún por el contraste de su piel de avellana con las dos largas patillas de canas que aspiraban a compensar el copete ralo, también plateado y escaso, aunque firme como una visera, que le corría coquetamente sobre la frente despejada. Supe quién era aunque no lo creí, y lo supe otra vez, crédulamente, mientras me acercaba a la mesa, preguntándole a Linares:

—¿Quién es?
—A ver, cabrón, ¿quién es? —contrapreguntó, beligerante, Linares.
—¿Te cae de madre, Linares? —le dije, mientras me sentaba, mirándolo no a él sino al vocalista, hipnotizado aún por su fragante y espantosa decadencia.
—Me cae de madre de qué, cabrón —jugó Linares, cruzado por la sonrisa indefensa que sólo sabía obtener en él la memoria de La mujer del puerto. —A ver, ¿quién es?
—Es Lobo, Linares —le dije.
—¡Pero claro que es Lobo, cabrón! —dijo Linares, golpeando en la mesa como si me otorgara el premio de los 64 mil pesos. —Personalmente y en persona, nada más ni nada menos que Lobo. Y atrás de Lobo, todo lo demás. ¿Te acuerdas de Lobo? ¿Te acuerdas de El Limonal? ¿Te acuerdas de María Rosa? ¿Te acuerdas de los sesenta? Pues ahí está todo. Oye: la música trae todo.

obo cantaba y su voz, efectivamente, traía sin mediación aquel pasado, epidérmico y terso, como acabado de vivir:

Cada instante
que paso a tu lado
se impregna
mi alma de ti

—¿Te acuerdas de María Rosa? —volvió Linares, con el nombre de su novia acapulqueña que lo hizo escalar balcones, desfalcar al municipio, emborracharse hasta el vómito en el Waikikí, descreer de las mujeres seis meses seguidos y adorarlas después, con intermitencia y veneración, toda su vida. —Cómo bailé esto yo con María Rosa, cabrón. No hicimos nunca el amor, pero esto fue mejor. Es igual, vuelve todo. Mira, orita mismo con esa tonada, estoy oliendo a María Rosa, tostada por el sol. La estoy oliendo, cabrón. Porque esta canción es la primera que bailé pegado con ella en el Mauna Loa de Acapulco. Hija de su madre, qué bien estaba, no tienes idea, cabrón. Púúta. ¡Mesero!
—Y ahora, a sudar familia —dijo Lobo, luego del aplauso por la balada. Su conjunto contrahecho, su timbalero impreciso, su pianista manco le tupieron entonces con enjundia a la gran clásica del sudor y la rumba de otras épocas. Y con los acordes y los repiqueteos de la entrada, se puso de pie todo el antro para sacudirse en la pequeña pista del lugar con Pelotero la bola.

Linares no acudió a la pista, pero bailó en torno de la mesa como si los años no hubieran pasado por él, como había bailado toda su juventud, fina y ágil y cachondamente, marcando contratiempos y dejando la cadera ir de un lado a otro, hacia atrás y hacia adelante, sin que su torso se alterara un milímetro, recto y joven, en el centro de gravedad de los brazos, que volaban también completando y siguiendo la euforia rítmica de los pies, el giro de las rodillas, las piernas flexionadas en la dicha de posarse sobre el corazón mismo de la rumba, la rumba ligera y eterna que cuando anida en alguien, anida para siempre.

Mientras cantaba, Lobo se acercó a Linares, que daba su propio espectáculo, y le aprobó los pasos con una sonrisa y un pulgar levantado. Al terminar la canción, se acercó a nuestra mesa y le dijo:

—Dos más y estoy contigo, socio.
—¿Te pido brandy? —le preguntó Linares.
—Doble, pero del mío, mi hermano —dijo Lobo. —El mesero sabe.
—¡Mesero! —dijo Linares, y ordenó una ronda doble.

Lobo arrancó con En un bote de vela. Linares volvió a enloquecer y a bailar junto a nuestra mesa, ante la risa abierta y lujosa de Lobo, que volvió a celebrarlo con un pulgar aprobatorio. Cantó Lobo:

En un bote de vela
sin marca y compás
rumbo no sé dónde
quiero naufragar

—Tienes la boca santa, Lobo, carajo —le gritó Linares, quien había tomado todos los botes de vela que le había propuesto la vida.

Suévere bodá
Pará cutí bará
Suévere bodá

Y de nuevo:

Suévere bodá
Pará cutí bará

Terminó Lobo con otra balada (Yo nunca entrego, el corazón así/ Me lo robaste, yo no te lo di) y, todavía entre los aplausos del respetable, llegó a la mesa y se bebió de un sorbo el primer brandy y de otro el segundo, antes de volver al sitio del micrófono, para acabar de agradecer. Linares ordenó la reposición de sus tragos, de modo que cuando Lobo regresó de nuevo tenía sus brandys intactos enfrente.

—Gracias, socio —dijo Lobo, al reparar en ellos.
—Bebes como vaquero sediento del oeste —le dijo Linares.
—Hay mucha prisa, socio —dijo Lobo, jugueteando. —Andamos muy poco tiempo en esta fiesta y falta mucho por beberse. No nos acabamos el alcohol que hay, ni velando. ¿Quieres dejarle a tus hijos un mundo lleno de alcohol?
—Eso sí que no —dijo Linares. —Nos lo bebemos todo nosotros.
—Ese es el reto, mi socio —dijo Lobo, y luego mirándome, con gran cordialidad y extendiéndome la mano: —Mucho gusto. Es un placer que esté usted aquí con el amigo Linares. ¿Hace cuánto que no nos veíamos, Linares?
—Púúta, cabrón —dijo Linares.—Déjame, te digo: desde el carnaval del 67 en Tlacotalpan.
—¿Todavía estaba con Melón? —preguntó Lobo.
—¿Cuándo se separaron? —preguntó Linares.
—Por ahí del 67 —dijo Lobo.
—Entonces todavía andaban juntos —dijo Linares. —El carnaval debe haber sido febrero o marzo. Pero no estabas ahí con él, ni estabas cantando. Ibas de civil. Con el que estabas era con el Rafico.
—Filisola Cobos Rafael, cómo no —dijo Lobo, con una enorme sonrisa. —¿Te acuerdas que usaba lentes y cuando los traía puestos se sentía respetable?
—Sí, pinche loco —festejó Linares.
—Entonces —siguió Lobo— si le gritabas por la calle: “¡Ey, Rafico!”, se daba la vuelta hacia ti, venía muy serio, se te paraba enfrente y decía: “Soy el ingeniero Filisola Cobos Rafael, para servirle”. Entonces se quitaba los lentes, los guardaba en su estuche y decía: “Ahora sí ya puedes llamarme Rafico, cabrón”.

Nuestras carcajadas interrumpieron al trío que se esforzaba por cantar en la mesa de al lado.

—Traéme otros brandys, mi socio —le dijo Lobo al mesero. Se los trajeron y siguió: —Tenía un club en Tlacotalpan el Rafico.
—Cómo no —dijo Linares. —El Club de los Tejones.
—¿Ya sabes cuál era el lema del club? —dijo Lobo.
—No —dijo Linares.
—“Para ser tejón, hay que ser cabrón” —dijo Lobo. —Y lo eran, mi hermano. Qué partida de cabrones, no se les ocurrían más chingaderas porque no estaban más tiempo juntos. Un día, mandó Rafico a sus lugartenientes a confesarse con los dos curas que había en la ciudad. Había el párroco, ya ancianito, rascando los sesentas, y un cura más joven, como de treinta. Pues no se le ocurrió mejor chingadera al Rafico que mandar a confesarse con ellos a sus lugartenientes, que eran dos muchachas preciosas del pueblo, una con cada cura. La que fue con el cura joven, le confesó que se estaba acostando con el cura viejo; y la que fue con el cura viejo, le dijo que había incurrido en sodomía con el cura joven. “Les doy tres semanas para que caigan por su propia boca”, dijo Rafico. No pasó ni una semana, hermano. Llegó a los pocos días un visitador eclesiástico de Veracruz, y los cambiaron de parroquia a los dos curas. Resultó que los dos se habían denunciado entre sí con sus superiores. Fue un escándalo. El Rafico juntó entonces a las mujeres de su club y les contó todo el asunto, en medio de unas carcajadas que se oyeron hasta Cuba, mi hermano. Pero luego se puso los lentes y les dijo, con toda seriedad: “Esta fue una lección cívica, juarista. Acaban ustedes de comprobar cuánto saben guardar su secreto de confesión los ministros de Cristo. Son más chismosos que mi tía Bengala, carajo. Allá ustedes si siguen contándoles sus intimidades”.
—¿Amalia estaba en el club? —preguntó Linares
—Estaba —dijo Lobo.—Aunque ella es mucho mayor que Rafico.

—Este muchacho aquí es como mi hermano —dijo Linares, señalándome. —Es periodista, escritor, y anduvo en todas aquellas rumbeadas de El Limonal.
—Es del arma entonces —dijo Lobo, brindando conmigo. —¿De qué periódico eres?

Le dije y respondió:

—Muy serio tu periódico. Muy profundo. Tanto, que no se le entiende nada, mi hermano.

Nos reímos, contagiados por la gracia de sus énfasis y sus rápidos giros verbales.

—No es cierto, mi hermano —dijo Lobo después.—No conozco tu periódico. No leo periódicos. Para malas noticias, me basto solo.

Tomó del brandy que quedaba y Linares pidió de inmediato su reposición.

—Quiero que le cuentes la historia de Amalia —le dijo Linares a Lobo. —La que me contaste el otro día.
—¿Para su periódico? —preguntó Lobo.
—Para su consumo privado —dijo Linares. —Para que aprenda este cabrón dónde están las cosas importantes de la vida.
—Para eso hay que ver telenovelas, Linares —dijo Lobo. —Ahí está todo tal como es. La buena, la mala, la santa, la puta.
—El patrón, los sirvientes —completó Linares. —Tienes razón: nada más falta El Rafico.
—Y Amalia —dijo Lobo, yéndose por un momento fuera de su ánimo sanguíneo y cordial. Luego se volteó hacia mí: —Si me prometes hacer una telenovela con mi nombre, te la cuento mi hermano.
—Corre videoteip —le dije, asintiendo.
—Ah, caray: te viste muy técnico, socio —dijo Lobo y asintió imitando mi lenguaje televisivo: —Dale el quiú al mesero que nos traiga otra ronda.

El mesero trajo la siguiente ronda y Lobo se inclinó sobre la mesa:

—Es una historia muy sencilla, socio —dijo.—Tiene que ver con esta chiquita llamada Amalia, que ahora es una señora con hijos casi de tu edad. ¿Qué edad tienes tú?
—Treinta y dos —le dije.
—No, los hijos de Amalia son menos grandes que tú, pero ya grandes. Quiero decir que, para estas horas, ya está jamona y vivida y jodida como yo, mi socio, pero hace treinta años, cuando ella tenía quince y yo veinte, era una chiquita blanca y tierna y con todo el saoco que podían sumar juntas las riberas del río Papaloapan. ¿Sabes lo que es el saoco? —me preguntó Lobo.
—No —le dije. —¿Qué es el saoco?
—El saoco es lo que hace que cuando una orquesta o una banda o un batachá toca, te den ganas de bailar —dijo Lobo. —Hay miles de orquestas profesionales en el mundo que no tienen saoco, nada más tocan bien. Pero la más desharrapada banda de pueblo de Cuba, Jamaica o Tlacotalpan, tiene saoco a cubetadas. Nomás empiezan a tocar y te tocan, como si sus instrumentos y sus ritmos estuvieran en ti. Eso es el saoco, la magia de contagiar. Amalia Sobrino, mi chiquita, tenía sola más saoco que el Trío Matamoros y Benny Moré juntos. Qué les voy a contar, fue mi obsesión. Y a lo mejor lo sigue siendo. Me pasa una cosa curiosa. Hace como tres años fui a Tlacotalpan y la vi: jamona y jodida, como ya les dije. Pero yo no la ví así, Linares. Yo seguí viendo en ella a la chiquita con saoco de entonces, su carita blanca y sonrosada, sus ojos claros y los labios y los dientes, qué labios. Y qué piernas y qué hombros y qué caderas, mi hermano. Yo, como la recuerdo más es caminando por la ribera del río una tarde, con una falda corta, descalza, los brazos desnudos y el pelo movido por la brisa de la ribera. Una diosa, mi hermano. Al menos para mí.
Lobo alzó la mano reclamando al mesero nuevos brandys, aunque tenía uno sin tocar todavía enfrente.
—Yo nací en Tlacotalpan —siguió. —Y ahí, desde muy temprano, empezamos con la rumba. Teníamos un conjuntito que tocaba en fiestas y donde se podía. Nos lo patrocinaba un tío del Rafico, un muchacho como nosotros, pero que también traía el guaguancó en las venas. Se llamaba Ramón Robles Perea, pero le decían Monchorro. Era rico, él compró los instrumentos, los timbales, el güiro, las tumbas y aportó también el piano, una reliquia que tenía en su casa y que su mamá hasta le celebró que se lo llevara. En una de las bodegas de la pulpería de su papá, escombramos y pusimos nuestra sala de ensayos. Y a darle, mi socio. A darle a todo: rumba, fandango, sones de la región, y que si La Bamba y El Querreque y lo que fuera. Pues nos fuimos haciendo de público. Monchorro tocaba el piano y cantaba, yo cantaba y tocaba lo demás y ahí nos íbamos de pique, a ver quién le metía más cosas al arreglo y a ver quién hacía el mejor jícamo para jalar a la gente. ¿Saben lo que es el jícamo?
—No —dijo Linares.
—El jícamo es la improvisación de los gritos y letras del conjunto. Por ejemplo, ya con Lobo y Melón, teníamos el mejor jícamo de México. —Cantó Lobo: —Guá parero papa parero guá, parero papa parero guá. Eso es jícamo: voces, ocurrencias, variaciones sobre la letra y los coros. Louis Armstrong es el rey mundial del jícamo, no puede cantar nada sin añadirle. Monchorro era muy bueno para el jícamo y bueno para el piano también. Pero era gordo y, aunque la rumba le brotaba a borbotones por todos lados, no se la podías creer, porque era gordo. Bueno, pues Amalia entró a cantar con nosotros para completarme a mí. Y era todo lo contrario de Monchorro: le creías hasta lo que no traía encima. Si desentonaba, parecía estar haciendo variaciones; si cambiaba la letra por olvido, el cambio mejoraba la letra. Y no necesitaba empezar a bailar, insinuaba el primer paso y pensabas que lo siguiente era Ninón Sevilla. Yo, apenas la vi, apenas canté con ella la primera vez, dije: “Ésta. No hay más”. Ya ves que a cierta edad uno tiene obsesiones absurdas, como qué va a ser de grande y ese tipo de cosas. Yo tenía la obsesión de qué mujer iba a elegir y cuál era mi tipo de mujer. A los dos días de conocer a Amalia Sobrino, dije: “Ésta”. Y ésa fue. Pero lo fue tanto, que me apendejé, mi hermano. Como dicen, que el amor apendeja. Andaba con ella en todas partes: tocábamos juntos, ensayábamos juntos. Los domingos en la mañana nos subíamos en una lancha y salíamos al río. Pero nunca íbamos solos, ahí es donde estaba la pendejada. Siempre venía con nosotros Monchorro y siempre venía friegue y friegue con el asunto de quién era mejor rumbero, él o yo. Y que si yo no sabía más que cantar y rascar pero nada de música y él tocaba el piano, componía arreglos y tenía la voz mejor educada. Y luego, que si teníamos éxito por mi voz o por sus arreglos. Y luego, que le habían dicho que por qué me tenía al frente del conjunto cantando y él atrás. Puro pique, rivalidad. Lo cierto es que nos iba muy bien y hasta empezamos a ganar algún dinero de tocar en los pueblos de la ribera. No faltaban fiestas ni tocadas. En todas estábamos. Un día que volvíamos de una tocada, nos tocó en la lancha juntos a Amalia y a mí. Estaba la luna grande y blanca en el cielo y su camino de plata sobre el río, como dice la canción. Entonces voy y le tomo la mano a Amalia de sorpresa, me la quiere retirar pero no la dejo y le digo: “Te adoro, chiquita. Quiero que seas mi mujer”. No me dice nada, se queda como retraída y le insisto: “Quiero que seas mía. Me quiero casar contigo”. Acababa de cumplir ella diecinueve años y yo tenía veinticuatro, así que estábamos tal para cual. Pero entonces me dice: “No puedo”. “¿Por qué no puedes?”, le pregunté yo. “Porque no”, me dijo ella. “¿Por qué? ¿Por qué?”, insistí yo y entonces ella me dijo: “Quiero a otro”. Bueno, pues naturalmente me quise morir y anduve como un loco bebiendo y dando pena una semana, luego de lo cual me reintegré al grupo. Y me recibe Monchorro con la sorpresa: “No sabíamos cómo decírtelo”, me dice el cabrón, “qué bueno que ya te lo dijo Amalia. El caso ahora es que, como Amalia y yo nos queremos desde hace tiempo, hemos decidido casarnos”. “¿Tú y Amalia?”, le dije a Monchorro, le grité. “Amalia y yo”, me dijo Monchorro, muy serio. “Pero si tú no eres más que un pinche gordo”, le dije. “¿Cómo crees que Amalia va a estar enamorada de ti? Se va a casar contigo por conveniencia, porque eres rico, cabrón”. No había acabado de decirle eso, cuando ya lo tenía encima tratando de triturarme. Me zafé como pude y luego abusé de él, pegándole por todos los lados, bailando a su alrededor y esquivándolo cuando trataba de abrazarme. De ahí me fui directo a casa de Amalia. No quería salir, pero al fin se asomó a la ventana. “Te vas a casar por conveniencia”, le dije. “Tú no puedes querer a ese pinche gordo. Lo que quieres es su dinero”. No dijo nada, sólo se me quedó mirando y empezó a llorar. Y yo entendí eso como una aceptación de que se iba a casar por dinero. Entonces le dije “Voy a volver a este pinche pueblo más rico que él y te vas a arrepentir de lo que estás haciendo ahorita”. Yo había visto aquella película de Jorge Negrete y Gloria Marín donde no los dejan casarse porque ella es rica y él pobre y Jorge Negrete se va y regresa rico años después. Me dije: “Yo voy a hacer lo mismo”, y así fue. De hecho ya tenía una oferta para irme a cantar con un conjunto a Veracruz. Acepté y me fui
—Y empezó el éxito —dijo Linares.
—Empezó el éxito —dijo Lobo.—Mejor dicho: llegó. Llegó casi de un mes para otro. Me encontré con Melón, formamos nuestro conjunto y empezamos a tocar en fiestas y donde se pudiera. Casi todos los días teníamos, a veces hasta dos tocadas. Empezamos a cobrar más y a meter nuestros propios arreglos. De pronto, en el curso del mismo mes, nos cayó una propuesta para grabar un disco y otra para tocar en un centro nocturno de la ciudad de México, ganando el triple de lo que ganábamos. Pues de ahí para el real: tuvimos llenos sin parar en el centro nocturno y cuando salió el primer disco, pás, en una semana diez mil discos vendidos, cincuenta mil en dos meses y cien mil ese semestre. Y la avalancha de lana y chamba y presentaciones. Y muchachas. El año del 59 fue el gran año para nosotros. De pronto estábamos en las fiestas de todo México y todo México venía a vernos, donde nos presentáramos: en giras, en bailes de gala, en centros nocturnos, en los bailaderos populares, en todas partes… Menos en Tlacotalpan. Porque no quería yo volver a Tlacotalpan, sino hasta que ese éxito fuera abrumador. Pero el éxito nunca es abrumador, Linares. Siempre quiere más, siempre está insatisfecho, exige siempre más de lo que tiene. Es como algunas mujeres, como las mujeres que valen la pena. Entonces no quería ir a Tlacotalpan, hasta que vino un día Melón y me dijo: “Tenemos esta oferta de tu pueblo hace un año. Empezaron ofreciendo menos que nadie y ahora pagan dos veces más que cualquier otro pueblo”. “No es un pueblo, cabrón”, le dije yo. “Es mi ciudad natal”. “Igual pagan el doble”, me dijo Melón. “Ya firmé que vamos. Si tú no quieres venir, yo voy solo. Total, cobro la mitad de lo que ofrecen pero gano doble, porque no voy a compartir contigo”. Me mató con ese argumento. No por el dinero, porque el dinero nunca me importó ni me importa ahora. Me mató porque puso las cosas como eran, a ras de tierra.
—Y porque sabías ya lo de la quiebra de Monchorro —dijo Linares, que había escuchado la historia unos días antes.
—¿Cual quiebra de Monchorro? —pregunté yo, que no la había escuchado.
—La quiebra de su familia —precisó Lobo. —El papá se metió en un lío de juego y el tío hizo un fraude de no sé qué. El caso es que vendieron la mitad del centro de Tlacotalpan, que era de ellos y la fortuna se fue al caño. Se la llevó el Papaloapan, como decían allá cada vez que algo se perdía: gallina, mujer o riqueza. Monchorro conservó suficiente para poner una tienda de abarrotes y quedarse con una casa de las afueras, lo cual, para los Robles, su familia, era como vivir en el resumidero del río, en la mandinga, en la mierda. Ellos, que habían vivido por generaciones en el corazón de Tlacotalpan. Pero tiene razón Linares. Yo me había enterado de esa quiebra y, te lo confieso, hermano —me dijo a mí, como si me debiera esa lección y quisiera evitarme su comprobación en carne propia—, te lo confieso: por eso fui, no por otra cosa: porque quería llegar en triunfo, como me había propuesto, y verlos quebrados, viviendo en las afueras, donde yo había vivido siempre. Para mí eso había sido mi orgullo. Pero para ellos era la humillación. Y para mí, mi triunfo. Así de simple y triste es la venganza, mi hermano. Una mierda. Y un goce terrible. Así de simple. Llama al mesero que nos ponga gasolina.

No hizo falta. El mesero estaba ahí junto, escuchando la historia y escuchó también la orden de Lobo, que seguía pidiendo por adelantado, cuando le quedaba todavía una copa sin probar en la mesa.

—Así fue, mi hermano —dijo Lobo, antes de emprenderla con ella.

Se quedó un rato callado, pasándose el dedo índice por el labio inferior, primero como si recordara cosas autónomas de su relato que lo hacían reír, luego con un gesto obsesivo y enfático, que deformaba su rostro.

—Entonces llegaron a Tlacotalpan —dijo Linares, desatando ese remanso de silencio imbécil y a la vez conmovedor, como si en él viviera todo el estupor de Lobo por el desenlace de su propia historia.
—Llegamos, mi hermano —dijo Lobo, llegando efectivamente a la orilla de su laguna. —Y era una fiesta Tlacotalpan, como si estuviera de carnaval. Los barcos en la ribera tocaban sus sirenas, repicaban las campanas de la parroquia, los niños de la escuela estaban formados haciendo valla y todos los conjuntos del Papaloapan tocaban a nuestro paso nuestras canciones. No puedes imaginar lo que fue esa llegada en nuestro autobús al centro. Era la rumbeada más grande del mundo, mi hermano. Te digo: como carnaval. Y así siguió, toda la tarde y hasta la noche. Cuando pusimos nuestros instrumentos en la plaza de armas, había una multitud como de mitin político. Y en cuanto echamos el primer acorde, todos a bailar. Pura rumba, mi hermano. Ni una suavecita les echamos, pura rumba y guaguancó y africanadas. Y a sudar, mi hermano. Sudaron toda la sangre negra de Tlacotalpan esa noche, mi hermano. Veías ancianas y gente mayor moviendo el bote como si trajeran cuerda, horas y horas, hasta la madrugada. No nos dejaban ir, y no nos queríamos ir tampoco. Les tocamos tres veces todo el repertorio, hasta que Melón dijo: “Ya estuvo. Vámonos”, y nos escurrimos al hotel sin decir nada, metiendo poco a poco a los suplentes para que la música siguiera sin nosotros. Llegué al hotel afónico, vaciado, feliz como no recuerdo haber estado nunca. Y para coronar la fiesta, quién crees que estaba esperándome ahí, en el lobby.
—Doña Amalia Sobrino —dije yo.
—Amalia Sobrino —dijo Lobo y agregó con su gentil ironía. —¿Cómo adivinaste? ¿No será que ves demasiadas telenovelas?
—Ni una —dije yo.
—Pues por lo menos ésta que te estoy contando, mi socio —dijo Lobo.
—Ojalá fuera una telenovela —dije yo.
—Eso sídijo Lobo. —Nos hacíamos ricos, ¿no?
—¿Pero qué pasó con Amalia? —urgió Linares.
—La cosa más linda del mundo, mi hermano —dijo Lobo. —Ni una palabra nos dijimos. Se vino derechito a mí, como si acabáramos de vernos el día anterior, se metió bajo mi brazo y diez minutos después estábamos metidos en la cama, sin hablar, sólo haciendo y haciendo, ya sabes tú: haciendo y haciendo, mi hermano, nada de jícamo, puro saoco, hasta el amanecer. A veces pienso ahora que todo el esfuerzo y la chamba de mi vida han tenido el único sentido de que pudiera yo vivir aquel día y aquella noche. Lo demás, ha sido como un pilón, y así lo tomo: como un extra. Ahora, te voy a decir lo que más recuerdo de esa noche con Amalia: luego de que termino, me recuesto a su lado y la veo que me mira sonriendo, maliciosa y maternalmente, como saben mirar las mujeres, y le digo: “¿De qué te ríes, chiquita?”. Y me contesta: “De ti”. “¿De mí por qué?”, le pregunto. “Bueno, de mí también”. “¿Por qué también de ti?”, le digo. “Porque me gusta”, me dice. “¿Te gusta qué?”, le digo. “Me gusta como te vienes”, me dice. “¿Cómo me vengo?”, le pregunto. “Con mucho sonido”, me dice. “¿Con mucho sonido? ¿Cómo?”, le digo. Y entonces me dice la cosa que más recuerdo de todas: “Como sirena de barco”, me dice. Hazme el favor, Linares como sirena de barco. ¿Te han dicho eso alguna vez?
—No —reconoció, muy impresionado, Linares. —Esa sí que no.
—Pues esa fue, mi hermano: como sirena de barco —dijo Lobo. Volvió a ponerse el dedo índice sobre el labio y a repasarlo con un énfasis juguetón al principio y obsesivo al final.
—¿Y entonces? —volvió a urgir Linares.
—Entonces nos levantamos —siguió Lobo, —nos bañamos, nos vestimos, y le dije: “Nos vamos al mediodía en el autobús. Quiero que recojas tus cosas y te vengas conmigo”. Y me dice: “No”. Le digo: “¿Necesitas más tiempo? Vengo por ti mañana o la semana entrante. Cuando tú me digas”. Y me dice: “No me voy a ir contigo”. “Pero por qué, chiquita?”, le digo. “Porque no”, me dice. “¿Pero por qué, por qué, carajo?”, le digo, gritándole casi. “Ya te lo dije”, me dice la chiquita. “Quiero a otro”. “Lo quieres fregar”, le dije. “¿Cómo me vas a decir que quieres a otro después de la noche que nos pasamos?”. “Yo te debía esa noche”, me dijo. “Y me la debía también a mí. Porque me gustas mucho. Porque siempre me gustaste. Pero yo quiero a Monchorro, y así es”. “No entiendo chiquita”, le dije. Y no entendía Linares, todavía no entiendo bien ahora, pero entonces menos. “No entiendo”, le dije, “¿Cómo es posible que te vengas a acostar conmigo y quieras a otro? No lo entiendo”. Y me dice la chiquita “Igual que tú te has acostado con otras queriéndome a mí”. “No es igual”, le digo. “Tú me rechazaste”. “Es igual”, me dice. “Y yo no te rechacé. Lo único que pasa es que yo quiero a Monchorro. Y vine a verte anoche para quitarte de la cabeza que me quedé con él por su dinero. No fue por eso. Fue por él”. Entonces sí enloquecí, Linares. Tiré el pichel contra el espejo y empecé a brincar en la cama, de rabia, hasta que se rompió el tambor. Amalia se encerró en el baño. Al rato se me pasó el coraje y le toqué. Abrió y asomó su carita perfecta, blanca. “Ya entendí”, le dije. Entonces ella empezó a llorar. Al rato también se le pasó. Recogió su chal y su bolsa y vino a despedirse. Me dijo: “Pase lo que pase, prométeme que te vas a acordar de esta noche conmigo”. “Voy a comprar una sirena de barco”, le dije. “Yo ya tengo la mía”, me dijo. Me acarició la mejilla y se fue. Ya por la tarde, en el autobús, me quedé dormido y de pronto, en una curva, me desperté con el recuerdo de Amalia fijo dentro de mí. Y un vacío, mi hermano, como un golpe en el estómago. Y ahí están todavía: el recuerdo y el vacío, como letra de bolero. Yo digo que no me recuperé de esa. Trae más brandy —le dijo al mesero.

Nos quedamos callados, viéndolo y él viendo un punto muerto en el piso del bar. Finalmente sacudió la cabeza y nos regaló su maravillosa sonrisa.

—Pues eso fue todo —dijo. —Ahora, por lo que se refiere al éxito, pues ya viste que siguió algunos años. La gente, la rumba, las chamacas. Y qué chamacas, mi hermano. Pero ya todo fue como fiesta de carnaval, ¿no, Linares? Quiero decir, en el carnaval uno va de baile en baile, de trago en trago, de cama en cama, pero al día siguiente te bañas y todo se va por el caño. Nada se adhiere bien, nada se queda en ti. Pues yo digo que así fue para mí lo que siguió, como si le pasara a otro: el éxito, la lana, el trago, la buena ropa. Y las chamacas, siempre las chamacas. Sin presumir: no sé cuántas. Pero como les digo, igual que en el carnaval: tampoco puedo recordar prácticamente a ninguna. ¿Me crees, Linares? A ninguna.
—Yo recuerdo una con la que te vi salir de El Limonal, hace veinte años —le dije.
—¿Iba contenta, mi hermano? —preguntó Lobo.
—Desmayada —dije yo.
—¿Y estaba bien?
—Sophia Loren.
—¿Así de bien, mi hermano? —dijo Lobo.—¿No tendrás a la mano su teléfono?

Reímos una vez más con la frescura y la rapidez de su humor, pese a la increíble colección de brandys que se había bebido.

En eso ocupó el escenario el último conjunto tropical de la noche y empezó a tocar Amalia Batista. Lobo empezó a tararearla desde la mesa, pegando con el revolvedor en los vasos y creando con el tintineo una pequeña atmósfera musical para nosotros. “Esa es la mejor de todas”, sentenció cuando terminaron. Luego nos dijo:

—Les voy a cantar una para celebrar que me hicieron recordar a Amalia. Voy a cantarles la que siempre le he cantado a ella. Una de las pocas que sigo cantando como si la cantara por primera vez, porque me recuerda a la chiquita. Va para ustedes.

Le dio unas cuantas instrucciones al pianista y otras al cantante sobre los coros. En medio de los aplausos, tomó el micrófono y, sobre las primeras notas del conjunto, dijo: “Para unos amigos aquí presentes que me han hecho recordar mejores tiempos, esta canción que nos recuerda aquellos tiempos”.

—Mira nada más la que va a cantar este cabrón —dijo Linares, desbordado de dicha.

Lobo empezó a cantar, efectivamente:

Turbio fondeadero donde van a recalar
barcos que en los muelles
para siempre han de quedar

—Niebla del riachuelo, cabrón —dijo Linares. —Es la que estábamos cantando en La Posta.

Cantó Lobo:

Sombras que se alargan en la
noche del dolor
náufragos del mundo que han
perdido la ilusión

La increíble melancolía de la canción manaba de su voz multiplicada, con el fulgor de una verdad densa y triste, casi voluptuosa en la desnudez nostálgica de su sufrimiento, casi celebratoria de su indigencia.

Puentes y cordajes donde el viento
viene a aullar
barcos carboneros que jamás han
de zarpar

Las riberas del Papaloapan y el ángel pluvial que custodia Tlacotalpan bajaron hacia mí por esos versos, envolviendo con la voz honda e inspirada de Lobo la imagen acuática, eternamente joven, de Amalia Sobrino.

Torvo cementerio de las naves
que al morir,
piensan, sin embargo, que hacia
el mar han de partir

—¿Oyes la sirena de esos barcos, Linares? —le pregunté.
—Completita —dijo Linares, y cantó desde su asiento, con Lobo:

Niebla del riachuelo
amarrada al recuerdo:
yo vivo esperando
Niebla del riachuelo:
este amor para siempre
me vas alejando

Entonces Lobo vino hacia nuestra mesa, con su gran y fresca sonrisa amistosa de toda la vida, y nos cantó enfrente los versos que no se habían marchitado en él y cuyo secreto era nuestro secreto de esa noche.

Nunca más volvioó
Nunca mas la vií
Nunca más su voz
nombró mi nombre
junto a míííí
Esa misma voz
me dijo adiós

—A él —dljo Linares. —Precisamente a él.

Nos despedimos de Lobo ya de madrugada, en las afueras del antro. Linares me llevó a mi casa, con su estoico chofer dormido atrás. No hablamos en el camino. Tampoco volvimos al antro la semana siguiente, como habíamos prometido.

Casi un año después, llegó al periódico la noticia escueta de que Adrián Navarro, mejor conocido en el ambiente artístico de los años sesenta como Lobo, había muerto durante un descanso de sus shows en un cabaret de la ciudad de México, donde seguía presentándose. Llamé a Linares para decírselo. Nos dolimos de nuestra indiferencia y de no haberlo ido a escuchar de nuevo. Traté de escribir entonces un relato contando la historia que Lobo nos había regalado. No pude. Hice sólo una mención adolorida de su muerte, en el cuerpo de un artículo sesudo que se quejaba, retóricamente, por no sé qué falsa calidad perdida de nuestra vida pública. Cuando lo leí al día siguiente, pensé que Lobo no lo hubiera entendido y reconocí sin más mi deuda con su historia, esa deuda inefable cuyo monto de dicha y desdicha no he podido pagar sino hasta ahora, cuando todo aquel mundo se ha ido pero queda sin embargo para siempre, como la rumba, en nuestro cuerpo y en nuestro corazón.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. . Su novela más reciente es Adiós a los padres.


* Alejo Carpentier: Crónicas, Vol. ll, pp. 80 y ss. Instituto Cubano del Libro, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1976.

 

4 comentarios en “Los motivos de Lobo

  1. Acompaña la lectura
    Suévere bodá
    

Lobo y Melón Pará cutí bará
    irrumpe gozosamente al nocturno silencio
    Suévere bodá

  2. Magnífico relato nostálgico y gozoso: no tiene desperdicio. Queda la melancolía de los que, frente a personajes como Lobo, nos queda muy en claro que no sabemos vivir. Hay actores y hay espectadores y sus mundos son inconmensurables. Es como escuchar un gran bolero con una tesis.