1.- Una ciencia en problemas

A los economistas les gusta pensarse científicos. Pocas veces lo son. Por lo general, los economistas se adscriben a una teoría o a otra y les cuesta muchísimo aceptar que con frecuencia  sus hipótesis no pasan la más básica de las etapas del método científico: la verificación.

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Tras la horrenda crisis financiera global de 2008-2009, la cual ha dejado secuelas que reverberan hasta nuestros días, la mayoría de los economistas sufrió una vergonzosa refutación de sus principales postulados, en especial de aquel que afirma que un mercado lo más libre posible lleva al crecimiento sostenido y a un ciclo económico sin recesiones en la ausencia de shocks de oferta negativos (como por ejemplo un terremoto).

Pero las creencias son difíciles de abandonar. Y ni siquiera la tremenda, directa y violenta constatación de que la desregulación, el aliento a prácticas bancarias que lindan con el fraude, la tolerancia y la promoción de un excesivo endeudamiento de las familias y las empresas, todo en el ánimo de entorpecer en lo más mínimos los ímpetus naturales a la maximización de la utilidad privada, causaron sin lugar a dudas la peor crisis económica del mundo de los últimos 80 años, ha convencido a los economistas de que el esquema mental predominante de esa profesión no es un método científico incapaz de ser constatado con hechos, sino una carta de creencia tan útil en términos técnicos como una historia infantil poblada de magos y súper héroes.

A Milton Friedman, cuya concepción de la economía predominó por décadas y cinceló la visión de miles de profesionistas, le gustaba hablar de una “economía positiva”, y describía a ésta como aquella que mejor predecía los eventos económicos futuros.

Es fama que una inmensa mayoría, una abrumadora proporción de los economistas, no sólo no previó la catástrofe financiera de 2008-2009, sino que denostó a un breve puñado de profesionistas de la materia que advertían espantados, del maelstrom que se nos venía encima. La “economía positiva” que en su elegancia formal pregonaba su vocación adivinatoria como la carta irrefutable de su condición científica, falló de manera espectacular y humillante. El modelo económico tradicional fue incapaz de prever (y siendo la previsión la virtud que más pregona), la debacle más sonora de la economía del mundo en el último siglo.

Lo anterior debería de bastar para que las legiones de economistas que andamos por el mundo fuéramos lo suficientemente humildes y revisáramos radicalmente nuestro método. Si nuestros esquemas y herramientas no fueron capaces de predecir, y por lo tanto, de comprender, el maremoto que se nos volcó encima, fue porque dista mucho de ser una práctica científica: una fundada en la elaboración de hipótesis y en el descarte de las mismas cada vez que son refutadas por los hechos.

Soy unn mal economista académico. Mi destino me ha hecho un economista de mercado. A lo largo de los años en que me ha tocado en varias instancias, ser analista de las economías de México, de Estados Unidos, de Brasil, Argentina, Chile y Europa he tenido que echar mano de los preceptos económicos de los autores que me han servido. En eso he sido muy utilitario. Ha sido más que por selección, por descarte. A lo largo de los años las herramientas que acaban sirviendo de manera consistente son con las que me he venido quedando para trabajar a la hora de analizar, invertir, diseñar políticas o dar clases.

Sorprendentemente la mayoría de esas herramientas que a lo largo de los años han mostrado ser efectivas para mi trabajo como economista, no viene de la economía: más que la econometría, las series de tiempo; más que la microeconomía, la teoría de juegos; más que la teoría del equilibrio, la organización industrial. Y por supuesto la geografía y la manera en que los ingenieros piensan a la hora de estructurar proyectos de infraestructura.

No es gratuito que los dos inversionistas más importantes y sagaces del mundo no sean economistas en el sentido estricto de la definición: George Soros es filósofo de formación; mientras que Warren Buffet, si bien estudió economía, no se adscribe a una teoría que no sea la de ese sabio del capital que fue su preceptor, Benjamin Graham. Los inversionistas van tras los resultados, no sobre las hipótesis. Para ellos equivocarse en una hipótesis es la diferencia entre la fortuna y la ruina.

Pero no haber previsto la peor crisis financiera del último siglo debió haber bastado para que los economistas y aquellos que toman decisiones económicas y financieras dejaran de lado las concepciones prefabricadas con las que funciona la economía tradicional y funcionar como funciona un médico, un ingeniero o un científico. Descartar lo que claramente no sirvió.

Pero no ha ocurrido.

Al frente de un grupo de economistas pragmáticos, dispuestos a tomar medidas heterodoxas1 con tal de salvar a la economía de una gran recesión tuvimos la suerte de contar con Ben Bernanke, el presidente del banco central de los Estados Unidos, la Fed.

La ortodoxia dice que los bancos centrales no deben de usar bonos no gubernamentales para regular la liquidez de la economía: Bernanke compró para la Fed todo tipo de bonos imaginables, inyectando liquidez al sistema. A Bernanke le enseñaron en la escuela que los bancos centrales no deben de financiar los déficit de los gobiernos, él tiró ese mandamiento por la ventana cuando se dio cuenta que si no lo hacía la economía iría al caño, como ocurrió en los 1930 cuando la Fed de entonces se adscribió a lo que la ortodoxia dictaba.

Gracias a que un gran economista pragmático, Ben Bernanke, siguió un método práctico y orientado a resultados, y no fue un guardián del modelo tradicional, Estados Unidos logró evitar una gran depresión y seis años después de la recesión del 2008-2009 es de las pocas economías del mundo que funcionan y crecen.

Pero el Banco Central Europeo (el BCE), y muchos otros bancos centrales y gobiernos nacionales por todo el mundo, fueron muy lentos y tímidos en adoptar medidas que reinicien el crecimiento de las economías y regresen a millones de familias a un entorno de bienestar y prosperidad, únicamente porque hacerlo contravenía lo que dice el modelo económico tradicional.

El ejemplo más claro es la actitud ante el problema más complicado de la economía actual: su imposibilidad de crecer y la amenaza creciente de que uno tras otro un conjunto de países entren en un escenario en donde los precios en vez de subir, bajen. Para varias generaciones, acostumbradas a que el riesgo que acompaña a la palabra precios es la de “alza”, es comprensible que sea difícil admitir que los precios puedan bajar durante un período prolongado de tiempo.

Y sin embargo, es eso lo que está ocurriendo. El fenómeno no es nuevo, y ni siquiera extraño. Japón, la tercera mayor economía del mundo y que alguna vez fue modelo de dinamismo y pujanza, lleva casi ya tres décadas en un hoyo en donde la economía no crece y los precios caen, es decir, en deflación. Japón lleva casi 30 años de ser una economía desinflada, sin aire bajo sus velas que la impulse.

En física, a los fenómenos en dónde las leyes tradicionales no funcionan, o parecen funcionar al revés, les llaman una “singularidad”. Una de las singularidades más conocidas son los hoyos negros. Son puntos pequeños pero desproporcionadamente densos, allí la masa es tan pesada que la gravedad es tanta que absorbe hasta la luz que pasa cerca. Por eso se llaman hoyos negros, no podríamos verlos porque la luz no los alumbra. En los hoyos negros las leyes físicas parecen funcionar al revés: el espacio es tan curvo que, volcado sobre si mismo, se concentra en un solo punto: un hoyo.

En economía también existen singularidades, y así como un físico newtoniano se escandalizaría de pensar lo que ocurre en un hoyo negro, un economista tradicional (neoclásicos les dicen), abomina de siquiera atisbar a lo que ocurre en una de las singularidades más difíciles de la economía: la deflación, y su gemela, la trampa de liquidez.

Paul Krugman, gusta de decir que la economía funciona distinto cuando se está en deflación. Cuando estamos en un escenario de estancamiento en donde los precios caen, ocurren cosas raras: las tasas de interés son negativas, el dinero se regala pero nadie lo gasta, los bancos dejan de prestar, la gente y las empresas dejan de consumir porque quieren esperar a que los precios sigan bajando y comprar más barato, tal y como lo haría un especulador en la bolsa de valores con una acción que quiere comprar al mejor precio.

Eso es justamente la descripción física de una singularidad: una situación en dónde las cosas funcionan distinto, en donde lo normal es lo raro, en donde lo contra intuitivo es lo lógico. Así funcionan los hoyos negros, y así funcionan las economías en la deflación. 

Los físicos llegaron al descubrimiento de los hoyos negros y han sido capaces de escudriñar su funcionamiento (a pesar de no estar nunca en ninguno de ellos), destruyendo las teorías que se contraponían con la que los hechos chocaban. Cuando los físicos comprendieron la teoría de la relatividad de Einstein, echaron por la borda a Newton, a quien tanto querían, pues la física clásica es insuficiente para entender el universo. Cuando Stephen Hawking y otros se dieron cuenta que las ecuaciones de Einstein implicaban casos singulares en donde la gravedad, el espacio y el tiempo funcionan distinto a la normalidad, no dudó en parecer un hereje y presentar sus resultados que al principio parecieron estrafalarios pero que hoy son aceptados incluso en la cultura popular.

Lo mismo deberían de hacer los economistas: dejar atrás teorías, métodos y herramientas que no fueron útiles, olvidarse de pensar con esquemas que fueron fútiles incluso para millones de inversionistas.

No es una misión difícil. Es simplemente tomarnos en serio el método científico que tan bien ha servido en muchas disciplinas: hacer hipótesis, y si es claro que los hechos la desmienten, descartarlas. Cierto, en economía es difícil conducir ese método como si fuera una ecuación o un laboratorio, pero cuando una abrumadora mayoría de los profesionales de un oficio fallan en pronosticar el evento más importante de su disciplina, claramente algo se debe hacer.

Si aprendemos a abordar los problemas económicos sin prejuicios, sin adscribirnos a una escuela específica y usamos análisis comparativo para ver escenarios, usamos el enorme poder de cálculo de las nuevas tecnologías para modelar escenarios que hace años eran impensables, si escuchamos a los mercados, si leemos bien la historia, podremos descifrar y atacar los problemas de esta economía desinflada hacia donde la economía de muchos países en el mundo parece dirigirse.

2.- La economía desinflada

La economía la hacemos todos: las familias, las instituciones, incluso la naturaleza y el azar, y las empresas, pero la regulan dos: los gobiernos y los bancos centrales. Los gobiernos se encargan de la política fiscal: los impuestos, la recaudación y el gasto público; los bancos centrales se encargan de básicamente una cosa: cuidar que el dinero fluya de manera adecuada hacia la economía.

Cuando todos esos actores confluyen de manera armónica las economías  prosperan y la riqueza fluye hacia la población. Cuando existen interferencias entre ellos, la economía no marcha bien, los negocios no venden bien, los empleos no son suficientes y las familias no tienen sosiego.

¿Qué está ocurriendo en la economía de muchos países del mundo, entre ellos los más desarrollados, que los últimos años el crecimiento, el empleo y los ingresos han estado muy por debajo de lo que las familias y las empresas requieren para progresar?

Las economías modernas son un entramado de redes tremendamente complicado. Las economías rurales tenían pocos riesgos, casi todos ligados al clima. Los riesgos de la economía moderna, múltiples veces más productiva que la rural, son igual de variados y complejos. Riesgos tecnológicos, monetarios, de operación, riesgos de competencia y de mercado. La economía moderna es un perpetuo vencer de riesgos, es surfear sobre un mar de riesgos de la manera más elegante y rápida posible.

Si tuviéramos que decir cuál es el principal riesgo de la economía mundial en este momento, no habría muchas dudas: la deflación. El riesgo de que una serie de economías nacionales entren en un período prolongado de baja en los precios, de alto desempleo, y por lo tanto, de estancamiento del producto interno, o de plano, de reducciones en el mismo.

En muchos sentidos, varios países ya se encuentran en esa situación: Japón desde hace casi 30 años; España e Italia a finales de 2014 y principios de 2015 presentaron los primeros síntomas; Grecia lleva ya más de cuatro años en medio de ese malestar. Uno tras otro, países con economías desarrolladas y generadoras de innovación y bienestar caen en la trampa de la deflación.

En 2012 el banco central de Dinamarca tomó la inaudita decisión de implementar tasas negativas para sus bancos comerciales, incentivando también a que algunos de sus bancos ofrecieran tasas negativas en algunos préstamos a sus clientes. Actualmente las tasas de interés del banco central danés se encuentran en -0.75%. Pero no está solo. El banco central sueco lo siguió en 2014 hasta hundir sus tasas en -1.1%, y en ese mismo año el Banco Central Europeo sumergió sus réditos debajo de cero y actualmente cobra una penalización de 0.25% sobre los depósitos de los bancos centrales.

En conjunto, las economías de las naciones que en este momento han implementado tasas negativas representa el 23% del PIB mundial. Es decir, la cuarta parte de la economía del mundo vive asustada por el fantasma o la presencia ya de la deflación. En Europa la tasa anual de inflación es de apenas 0.4%, y en algunas naciones la deflación es rampante.

¿Por qué es mala la deflación? Si los consumidores adoramos las baratas y las rebajas, si gastamos horas escudriñando tiendas con tal de encontrar el mejor precio. ¿Qué hay de malo con que toda la economía sea una enorme ganga, una venta de saldos, una barata de enero?

Hay varios problemas con que los precios caigan: algunos por parte de los consumidores, otros por parte de los productores, y otros por parte de el mercado.

Cuando los consumidores están en un escenario de deflación se comportan de manera distinta a la normal. Si los consumidores saben que mañana los precios estarán más bajos que hoy, entonces no comprarán hoy, sino que pospondrán su consumo. Y si los precios siguen cayendo, tampoco comprarán mañana, esperarán a pasado mañana. Es decir, en una economía en deflación, los consumidores posponen al límite, in extremis, su consumo, y en las economías modernas, en donde el consumo representa en promedio el 65% del producto interno, es fácil imaginar el efecto que posponer el consumo tiene.

Un productor que está en deflación tiene dos problemas. Si los salarios que paga no están ligados a la inflación, sino que es un monto fijo, al caer el precio de los bienes que vende su margen se reducirá conforme sus ingresos bajen por la deflación. Esta reducción en el margen de beneficios seguirá hasta que la remuneración al capital sea menor que el que haya pretendido ganar el productor, en cuyo límite cerrará la empresa.

Pero si los salarios caen con la inflación (lo cual sería a su vez un problema para los consumidores). Entonces el productor enfrentará un dilema idéntico al del consumidor en deflación, la patología del trader de la bolsa que quiere comprar el precio de una acción al menor precio posible: esperará. Esperará a que los salarios bajen más para contratar más trabajadores, esperará a comprar insumos pues sabe que estarán más baratos, esperará a comprar la maquinaria que necesita para maximizar la ganga.

Del lado del mercado las cosas son aún más extrañas. Lo raro es que los consumidores llegaron a un estado en donde posponen su consumo justo porque los bancos centrales los querían hacer consumir más.

Durante la crisis terrible del 2008-2009, y para evitar que la economía cayera en una gran depresión, los bancos centrales recortaron sus tasas de interés de manera extremadamente agresiva, y la recortaron una y otra vez hasta llegar a lo que parecía era un límite infranqueable: una tasa de interés de cero por ciento.

Una tasa de interés de cero por ciento significa que el prestamista recibe del prestatario únicamente el monto del préstamos. Nada más. Ningún interés. Es dinero gratis, sin ningún costo, nada más hay que regresar el monto solicitado. Para un consumidor esto es un paraíso en la tierra: el dinero no cuesta nada. A tal grado tuvieron que llegar los bancos centrales para salvar al mundo de una gran depresión en el 2009.

Pero hay un problema: si bien para un consumidor un dinero con costo cero es algo espléndido, para quienes prestan el dinero es todo lo contrario.

Quien está regalando el dinero no son los bancos que usted y yo conocemos, los bancos comerciales. Quienes regalan el dinero son los bancos centrales, y lo regalan a los bancos comerciales con la esperanza de que con ese dinero en su panza, los bancos se lo presten a usted y a mí para que consumamos e invirtamos. Usted y yo no podemos ir a los bancos centrales a pedir un préstamos a una tasa del cero por ciento, la ventanilla del banco central solamente atiende a los bancos comerciales. Es el banco de los bancos.

Los bancos centrales están dando a los bancos comerciales dinero a cero por ciento para que lo presten a los consumidores y las empresas. Pero los bancos comerciales son empresas como cualquiera, y existen para tener ganancias, y las ganancias de los bancos provienen de la diferencia entre el costo del dinero que ellos obtienen y la tasa a la que los prestan. Si los bancos centrales le prestan a cero por ciento, bastaría entonces cualquier margen positivo para que fuera un negocio atractivo para el banco.

Pero hay un detalle. Así como nuestro consumidor en deflación pospone su consumo esperando menores precios, los bancos en deflación posponen dar el préstamo esperando mejores tasas. Si las tasas están en cero, razonan los bancos, eso quiere decir que ya no van a bajar más, una tasa de interés no puede bajar de cero, no puedo darle mi dinero a mis clientes (pero, ¡oh sorpresa!, si se puede, como veremos más adelante). En un ambiente de tasa cero, los bancos que reciben liquidez del banco central esperarán a que las tasas suban, algo que parece inevitable, para así conseguir mayores ganancias.

En deflación, cuando las tasas son cero, los consumidores posponen su consumo y los bancos posponen sus préstamos. En deflación todos posponen, todo se estanca esperando que los precios y las ganancias se muevan en la dirección correcta. Es como si la economía entrara en una hibernación.

Existen dos soluciones estrafalaria para romper este círculo de Escher que es la deflación con tasas de interés cero: la primera se conoce como el helicóptero, la segunda son las tasas de interés negativas.

La parábola de helicóptero es una metáfora que los economistas usan en la esquina de su desesperación: si los bancos centrales están regalando dinero a los bancos comerciales, prestándoles a tasa cero, y si ni en ese caso los bancos le prestan a sus clientes, quedándose con el dinero en su panza, entonces los bancos centrales deben de darle vuelta a la banca comercial y deberían de tirar dinero desde un helicóptero para que los consumidores lo gasten. Pero por muy mal que estén las economías, creo que nunca veremos a Mario Draghi, Janet Yellen o a Agustín Carstens subidos en un helicóptero soltando billetes al vacío.

El caso de las tasas de interés negativas es aún más perplejo. Las tasas de interés son el premio que aquél que presta tiene a cambio de dar sus ahorros a aquél que lo necesita. Los ahorradores hacen un sacrificio dejando de consumir hoy y deciden consumir mañana, y el premio a ese sacrificio es la tasa de interés, que les recompensa por diferir ese consumo.

Por eso suena de lo más absurdo hablar de tasas de interés negativas. Pero si; en la deflación, en este momento del mundo, en muchos países, existen tasas de interés negativas. Lo normal es que el que presta, cobre, y el que pide prestado, paga. Cuando existen tasas de interés negativas el que presta, paga, y el que pide prestado, cobra. Es el mundo al revés, como en el hoyo negro.

¿Por qué las tasas de interés negativas pueden ayudarnos a salir de la deflación?

Decíamos antes que si las tasas de interés son cero, y si los bancos piensan que ya es imposible que bajen más, entonces esperarán a que las tasas suban para comenzar a prestar. Pero si el tabú del límite cero de las tasas de interés se rompe. Si las tasas pueden bajar de cero por ciento y volverse negativas. Si alguien está dispuesto a pagar para prestar, entonces los bancos la van a pensar dos veces antes de esperar a prestar.

Los bancos posponen sus préstamos porque esperan que las tasas estén tan bajas que no tengan otra mas que subir en el futuro. Pero si existe otra opción, y si las tasas en cero son solo una estación rumbo a tasas más bajas, entonces los bancos decidirán prestar ahora antes de que las tasas bajen más aún. Si las tasas son cero al menos no reciben nada a cambio por el préstamo. Con las tasas negativas no recibirán ni siquiera la totalidad del préstamos, prestarán a descuento.

Las tasas negativas entonces son un incentivo para que los bancos rompan la dilación para prestar. Si a pesar de que están en cero las tasas pueden seguir bajando, los bancos comenzarán a prestar antes de que las tasas bajen más. Éste es un mecanismo eficiente para convencer a los bancos de prestar el dinero que les inyectan los bancos centrales y poder así romper el círculo vicioso de las tasas cero en deflación.

Las tasas negativas son eficientes, pero son tan raras que sus efectos son difíciles de evaluar. Una tasa negativa significa que quien presta acepta que no le devuelvan la totalidad de lo prestado. Que quien deposita sus ahorros en su cuenta esté dispuesto a que le quiten parte de sus ahorros, en vez de recibir un pequeño premio.

Las tasas negativas destruyen el ahorro, desincentivan la actividad financiera y erosionan el capital de los bancos. Pero no hay de otra. El exceso de liquidez en el mundo es tal que es necesario buscar medidas extremas, inusitadas, para que los consumidores gasten, para que las empresas inviertan, para que los bancos presten.

Pero existe una peor desventaja. Una terrible. Y ésta es que las tasas negativas son la última arma contra la recesión, y que si una nueva recesión llega y nos pesca con tasas negativas, no tendremos ningún recurso para salir de ella. Cuando una recesión llega, los bancos centrales reducen las tasas de interés para que las familias pidan créditos para consumir y las empresas financien su expansión. Pero si las tasas de interés son negativas y llega una nueva recesión, no habrá margen de maniobra alguna, no habrá tela de dónde cortar, los bancos centrales entrarían a un nuevo ciclo recesivo sin herramientas para reaccionar.

Estamos combatiendo los inicios de una posible deflación con armas tímidas, con escarceos vacilantes, y quizá se necesiten acciones más definitivas para anular la posibilidad de que el espectro deflacionista se extienda a más países, a más sectores, a otros territorios.

La inflación es mala, erosiona nuestros ingresos y hace difícil la planeación a futuro. Pero a lo largo de los años hemos sabido cómo lidiar con ella: en el peor de los casos un freno severo, un apretón monetario que envíe la economía a una recesión temporal acaba desterrando la inflación. Pero con la deflación no sabemos cómo lidiar, la experiencia japonesa de varias décadas no ha producido una receta para combatir ese espectro terrible que acecha a las economías del mundo y que podría convertirse en una complicada norma en los próximos años.

 

Edgar Amador


1 Es sintomático cómo un adjetivo que sirve para designar actitudes religiosas se usa también para los economistas. Un economista heterodoxo es simplemente aquel que usa lo que sirve y que no se adscribe a modelos preconcebidos. En cualquier profesión se le llamaría “práctico”. Aquí el epíteto de heterodoxo es inquisidor.

 

4 comentarios en “La economía desinflada (consideraciones sobre el riesgo de deflación)

  1. El que escribe el artículo tira para un lado y luego para el otro… Al principio da a entender que la regulación de la economía por parte de los gobiernos y bancos centrales es buena. Luego dice cosas como ésta “En muchos sentidos, varios países ya se encuentran en esa situación: Japón desde hace casi 30 años; España e Italia a finales de 2014 y principios de 2015 presentaron los primeros síntomas; Grecia lleva ya más de cuatro años en medio de ese malestar. Uno tras otro, países con economías desarrolladas y generadoras de innovación y bienestar caen en la trampa de la deflación.” El común denominador en esos países es la sobreregulación y el exceso de facultades del gobierno en temas económicos. Keynesianos al 100%.

    Y al final menciona que el pedo actual es el exceso de liquidez (dicho de mejor manera hay mayor masa monetaria de la que se justifica racionalmente)… “Las tasas negativas destruyen el ahorro, desincentivan la actividad financiera y erosionan el capital de los bancos. Pero no hay de otra. El exceso de liquidez en el mundo es tal que es necesario buscar medidas extremas, inusitadas, para que los consumidores gasten, para que las empresas inviertan…”, Pero la paradoja es que en un mercado sin regulaciones, un verdadero libre mercado, la masa monetaria es la que se requiere por ley de oferta y demanda. Ergo, la regulación de la que tan bonito habla al principio es la causa del problema que desarrolla al final de su artículo.

    Y eso a grandes razgos, casi en cada párrafo hay una falacia, en resumen, no me gustó.

  2. Acerca de la comprensión del fenómeno de la deflación, no es posible dejar de lado la formula descriptiva del mismo atribuida al famosos economista mexicano Edmundo Flores: “Inflación es cuando un huevo cuesta un peso, y, deflación es cuando un peso cuesta un huevo”

  3. En mi opinión el artículo es bueno aunque abarca bastante información no correlacionada directamente. Estoy de acuerdo con que hay realmente pocos economistas que se apeguen a la ciencia y de ahí deberíamos hacernos ante nuevas propuestas algunas de las preguntas que plantean personas como Clive Ganger en “Empirical Modeling in Economics” ante distintas hipótesis como: ¿Qué propósito tiene?Qué tipo de decisiones económicas ayuda a tomar?¿Existe alguna evidencia que me permita evaluar su calidad en comparación con teorías o modelos alternos?
    Por otra parte no considero que no se previera la crisis sino que era algo que no se quería preveer. Y es ahí cuando hay que pensar que tanto el gobierno como bancos centrales solo deberían intervenir ante fallas de mercado.
    Finalmente no considero la deflación como el principal riesgo de la economía mundial sino a la información asimétrica.