Desde el principio, lo que atraía a los extraños que se acercaban a una reunión de cristianos era la presencia de un grupo que se había unido por efecto de una fuerza espiritual para formar una gran familia. Seguramente muchos llegaron en situación angustiosa, y algunos probablemente sin dinero. En Roma, los enfermos que frecuentaban los templos de Esculapio, el dios griego de la sanación, tenían que pagar cuando consultaban con los sacerdotes sobre hierbas, ejercicios, baños y medicamentos. Estos sacerdotes también organizaban pernoctaciones de los visitantes en las dependencias del templo, donde se decía que el dios visitaba en sueños a los suplicantes. De manera similar, aquellos que deseaban acceder a los misterios de la diosa egipcia Isis, buscando su protección y sus bendiciones para esta vida y para la vida eterna más allá de la muerte, tenían que pagar unas tasas considerables por su iniciación y aún debían gastar más para comprarse la vestimenta ritual, las ofrendas y todo el equipo.

San Ireneo, que dirigió un importante grupo cristiano en las Galias durante el siglo II, afirmó en sus escritos que muchos se acercaban por primera vez a los lugares de reunión de los cristianos esperando beneficiarse de algún milagro, y algunos lo conseguían: “Curamos a los enfermos poniendo nuestras manos sobre ellos y hacemos salir a los demonios”, es decir, las energías destructivas que causan desequilibrios mentales y angustia emocional. Los cristianos no cobraban dinero y aunque no fuera cuestión de milagros aquellos que estaban necesitados podían encontrar ayuda práctica inmediata en casi cualquier lugar del imperio, cuyas grandes ciudades —Alejandría en Egipto, Antioquía, Cartago y la propia Roma— estaban entonces, como ahora, abarrotadas de personas precedentes de todo el mundo conocido. Los habitantes de los amplios barrios pobres que rodeaban estas ciudades solían buscar la supervivencia dedicándose a la mendicidad, la prostitución y el robo. Sin embargo, Tertuliano, un converso y apologista cristiano del siglo II, escribe que, a diferencia de los miembros de otros grupos y asociaciones, que recaudaban cuotas y tasas para costear sus fiestas, los miembros de la “familia” cristiana aportaban dinero voluntariamente a un fondo común para mantener los huérfanos abandonados que vagaban por las calles y por los vertederos de basuras. Los grupos cristianos también llevaban alimentos, medicinas y solidaridad a los presos que hacían trabajos forzados en las minas, estaban desterrados en islas constituídas en penales o sencillamente cumplían condena en una cárcel. Algunos cristianos incluso compraban ataúdes y cavaban tumbas para enterrar a los pobres y a los criminales, para evitar que los cadáveres de éstos fueran abandonados sin enterrar al otro lado de la muralla de la ciudad.

Fuente: Elaine Pagels, Más allá de la fe. El evangelio secreto de Tomás (traducción de Mercedes García Garmilla), Editorial Ares y Mares, Barcelona, 2004.

03-cristianos