El pelo: ¿corto o largo, masculino o femenino? Demos la vuelta a la pregunta. Interroguemos a las mujeres para saber lo que opinan sobre el pelo corto de los hombres. Probablemente responderían que es un asunto que sólo les incumbe a éstos. En Zúrich, el director de un hospital ha despedido a una enfermera por cortarse el pelo. ¿Sería posible que una mujer directora de un hospital despidiera a un auxiliar masculino por esa misma razón? De hecho, el pelo de los varones es largo, los antiguos germanos se lo ataban en coleta, en la Edad Media caía sobre los hombros y en tiempos del Renacimiento, por reminiscencia de la costumbre romana, se usaba cortarlo. En la época de Luis XIV volvía a cubrir los hombros, después era tejido en trenza para luego, durante la revolución francesa, caer de nuevo por encima de los hombros en largos rizos schillerianos. Napoleón lo llevaba a lo César. Hoy lo llamaríamos corte a lo garçon. Las mujeres también se hacían cortar el cabello —¡cómo no!— y llamaban ese estilo peinado a lo Tito. Dejemos, pues, a los hombres que comparten con las viejas su afición por el cotilleo escandalizado romperse sus huecas cabezas sobre el motivo por el cual el pelo femenino habría de ser largo y el masculino corto. Pero pretender ordenar a las mujeres que lleven el pelo largo porque genera sensaciones de placer y las mujeres sólo sirven para proporcionar estímulo erótico a los hombres ¡es una impertinencia! Ninguna mujer llegaría a la desvergüenza de elevar a exigencia moral tales secretos de su vida íntima erótica. Las mujeres llevan pantalones y los hombres, faldas, entre los chinos. En Occidente es al revés. Pero parece ridículo mezclar fruslerías de esa índole con el orden universal y divino, con la naturaleza y la moral. Las mujeres trabajadoras visten pantalones o faldas cortas: así ocurre con nuestras campesinas y pastoras serranas. En cambio, para las mujeres que no tienen nada que hacer es leve cosa cargar con sus ropajes. Si, por el contrario, el hombre quiere dictar normas a las personas del sexo opuesto, lo único que expresa con eso es que considera a la mujer como su sierva sexual. Más vale que se ocupe de su propia vestimenta. Las mujeres se bastan a sí mismas para decidir la suya.

Fuente: Adolf Loos (1870-1933; arquitecto austriaco, precursor del movimiento moderno), Revista de Occidente 366, noviembre de 2011.

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