Moisés Sáenz tal vez sea el redentor más olvidado de la historia mexicana del siglo XX. En parte eso se debe a que su particular vía para la redención pasaba por las instituciones, por una en particular: la escuela rural. En efecto, en los años veinte y treinta Sáenz fue el arquitecto de las escuelas rurales en el país. Sáenz también es muestra de un fenómeno ahora casi olvidado: el fructífero diálogo entre intelectuales mexicanos y norteamericanos. La Revolución mexicana interesó a pensadores del otro lado de la frontera. Hoy queda poco o nada de esa relación que involucró la inteligencia, pero también las pasiones, de hombres como John Dewey, Manuel Gamio y Moisés Sáenz. Sin embargo la historia de esa relación es uno de los mejores capítulos de la imaginación binacional compartida. Recordar los empeños es evocar una posibilidad. Moisés Sáenz: vigencia de su legado (Monterrey, Escuela Normal Superior “Moisés Sáenz Garza”, 2015) es una prueba de que la evocación todavía resuena en los herederos de ese legado. De esta forma, Edmund T. Hamann se apropia de una herencia común de mexicanos y norteamericanos. Un legado en el cual se mezclan los empeños redentores de Moisés Sáenz y los sueños democráticos de John Dewey. El libro tiene una dimensión autobiográfica, que no es un preámbulo ocioso, sino una clave de interpretación sin la cual la obra sería sencillamente incomprensible. Del libro de Hamann está ausente, para bien, la distancia fría del estudioso que mira a la distancia a su personaje y sus predicamentos. El autor ve en los pasos de Sáenz un camino, una senda, que él mismo, en su vida profesional ha caminado en sus propias andanzas educativas en tierras mexicanas. Ha estudiado a los niños mexicanos migrantes que regresan del norte. Ahí se encuentra la simiente de dos civilizaciones. Dos culturas que se miran siempre, pero que usualmente no se entienden. Al final, nos dice el autor, siempre regresaba a Sáenz. ¿Por qué?

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Ilustraciones: Raquel Moreno

En parte porque en el ex subsecretario de Educación había un optimismo y una fe en el poder de la voluntad individual que le hablaba —y le habla aún— a los norteamericanos. Porque les recuerda una fibra de su manera de ser en el mundo. No en balde Sáenz era protestante. Creía en la redención, no sólo en sentido religioso, sino cultural y político. Como afirma Hamann, uno de los principales lemas de la SEP en 1920 era: “Educar es redimir”. Sáenz quería forjar patria, porque no sólo era un nacionalista, sino un patriota. Pero ante todo, era un redentor. Creía que los mexicanos “merecían una redención educativa e independencia económica y psicológica, a la par de un sentido de nacionalidad común”. A diferencia de muchos redentores mesiánicos que no dudaban en ofrendarse en sacrificio, pero que consideraban innecesario consultar a quienes pretendían redimir, Sáenz era un demócrata y un individualista. Ello se pone de manifiesto en las páginas de este libro tan personal. Hamann explora la influencia de Dewey en Sáenz. La fe del educador en la escuela es inexplicable sin las nociones del filósofo, quien pensaba que “la escuela es simplemente esa forma de vida comunitaria en que están concentrados todos los medios que serán más eficaces para llevar al niño a compartir los recursos heredados de su raza [de la humanidad] y a usar su propio potencial para fines sociales”.

En el libro el recorrido por los empeños de Sáenz en los años en los que moldeó las instituciones del joven Estado posrevolucionario es preciso e iluminador. Asistimos al descubrimiento por parte del educador de las comunidades rurales apartadas, lo vemos concebir un ambicioso plan de reforma pedagógica, imaginar una escuela ideal que civilizara y forjara mexicanos. En efecto, afirmó Sáenz en 1932: “Nuestra tarea es civilizar —nada menos que esto— elevar el nivel de las masas; hacer al indio uno de nosotros; organizar al país; elevar el nivel de vida; mejorar el nivel económico del trabajador y el campesino; crear instituciones y transformar elementos étnicos, sociales y políticos en una nación. Civilizar, nosotros lo declaramos al principio y lo debemos repetir en este punto, es perder algo de lo que es nuestro y limitarlo con el fin de amoldarlo a lo que es universal”.

A principios de los treinta Sáenz concibió en un pueblo de Michoacán una escuela modelo que no era una escuela sino un proyecto de redención comunitaria: Carapan. Hamann nos relata cómo nació y murió niño ese proyecto. Escaso año y medio sobrevivió a los vaivenes políticos y financieros del Leviatán revolucionario. Y hay una melancolía en este relato de empeños. Porque este libro es presa del mismo mal que aqueja a todos los que nos hemos asomado a ese expediente de la redención mexicana a través de la educación en esos años: la nostalgia. Una nostalgia de un país abierto a la experimentación y la innovación, en el cual todo estaba por hacer y los ánimos estaban, aparentemente, a la altura de las circunstancias. En 1932 Sáenz afirmó: “estas escuelas rurales son nuevas; no tienen pasado; no están perturbadas por la tradición. Son las hijas de la Revolución; tienen una absoluta desaprobación del dogma educativo e ilimitada confianza en sí mismas”.

Hamann no es ciego a los errores de Sáenz; le critica su ceguera, probablemente herencia de su maestro Dewey, a la opinión y a las emociones. Sin embargo, creo que pasa por alto dos elementos que me parecen cruciales. El primero es que sólo menciona de paso lo que de hecho fue un gran debate, no sólo pedagógico, sino fundamentalmente filosófico, entre dos concepciones encontradas de la educación. Por un lado el pragmatismo de Dewey naturalizado por Sáenz en tierras mexicanas y por otro al arielismo de José Vasconcelos, quien en De Robinsón a Odiseo formuló una formidable crítica al proyecto de Sáenz. Vasconcelos reivindicó el conocimiento de lo bello y lo cierto en contra de cualquier utilitarismo anglosajón. De ahí que concibiese al pragmatismo de Dewey como una especie de barbarismo. Para el filósofo norteamericano, como nos recuerda Hamann, no existía el conocimiento puro: “No existe tal cosa como conocimiento auténtico y comprensión fructífera a excepción del producto del hacer. El análisis y reacomodo de los hechos que es indispensable para el crecimiento del conocimiento, la capacidad para explicar y para clasificar correctamente no puede ser logrado completamente de manera intelectual —sólo dentro de la cabeza—. El hombre tiene que hacer algo cuando desea descubrir algo; tienen que cambiar las condiciones. Esta es la lección del método de laboratorio, y la lección que toda la educación tiene que aprender”.

El riesgo de hacer demasiado énfasis en el hacer es que fácilmente se puede caer en el antiintelectualismo. En Estados Unidos, como nos recuerda el historiador Richard Hoftsadter, muchos discípulos de Dewey sacaron exactamente esa lección. Moisés Sáenz no era un acólito; era un hombre de convicciones propias. De ahí su enorme mérito. Sin embargo, en los primeros años de su actuar estuvo sin duda marcado por el instrumentalismo de Dewey. Por ejemplo, para Sáenz “el programa educativo fundamental está construido alrededor de estos cuatro problemas: cómo preservar la vida, cómo ganarse la vida, cómo establecer un hogar y una familia, y cómo disfrutar la vida”. Todas estas cuestiones son muy importantes, pero la ambición de una escuela que sea capaz de enseñarnos a disfrutar la vida tal vez sea desmedida, porque trasciende los límites pedagógicos para adentrarse en aguas que pertenecen a otras empresas humanas, como la religión. Esto me lleva al segundo punto, que es el redentorismo de Moisés Sáenz. El reformador era víctima de las patologías que aquejan a todos los redentores. Hay mucho de misionero en Sáenz. No se equivoca el autor al ver como un antecedente de su cruzada educativa a los misioneros del siglo XVI. Sin embargo, el redentorismo protestante de Sáenz tiene una diferencia crítica con el de inspiración católica. El subsecretario creía en la redención individual, no colectiva. Su misión estaba tamizada por la vocación democrática de Dewey. De ahí que su obra tomara un cariz muy distinto a la de Vasconcelos.  Moisés Sáenz no creía en el martirio ni en el holocausto necesario en aras de la salvación. Aunque su ambición era enorme —nada menos que civilizar—sus métodos eran terrenales: aprender a cuidar pollos, establecer un hogar, aprender a “disfrutar la vida”. Todo eso que Vasconcelos despreciaba como tareas indignas de la alta misión de la cultura, la raza y el Espíritu.

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¿Es vigente el legado de Moisés Sáenz? El autor así lo cree. Afirma: “la calidad de la enseñanza en las primarias de México también ha sufrido desde su establecimiento original en la década de los años veinte, no obstante que la capacidad técnica, la profesionalización y los recursos disponibles se han incrementado. El fracaso en salvaguardar la independencia y la libertad de los maestros, en la que Sáenz insistió, ha significado el gradual crecimiento de la burocratización dentro del proceso educativo. Ahora las horas de enseñanza son determinadas por un sindicato distante y por el ministerio federal de educación; los maestros son de una región distante; y el plan de estudios es creado por un consejo centralizado que todavía no responde adecuadamente a la permanente heterogeneidad de México”. De igual manera afirma: “La escuela primaria rural ya no es la primera preocupación educativa en México. De hecho, está probablemente al final de la lista”. Eso es cierto, pero debemos recordar que la población rural en el México actual es muy inferior a la de principios de los años treinta del siglo pasado. Hace muchas décadas que México es un país mayoritariamente urbano. En otra parte del libro Hamann afirma: “La historia reciente de México hace pensar que el país está a punto de experimentar otra serie de trastornos sociales. Si ese es el caso uno puede sólo esperar que en el caótico periodo de posguerra, mientras el polvo se asienta y el humo se disipa, el fervor de Sáenz reencarne, que ocurra otra movilización de masas e inicie otro periodo de progreso. La infraestructura, la pequeña escuela rural, todavía existe en los pueblos y en las más remotas aldeas. Lo que Sáenz creó, lo que Sáenz promovió, lo que Sáenz respaldó todavía puede ser apropiadamente aplicado a todo lo largo de México”.1 Sin embargo, esta es una visión lastrada críticamente por la nostalgia. Y la nostalgia, como señala Christopher Lash, conlleva riesgos. En algunas cosas el país de hace 85 años se parece aún al actual, pero en muchas otras es radicalmente distinto. En el México contrahecho, posmoderno, del siglo XXI el redentorismo de Sáenz tiene escasa cabida. En parte porque la urbanización de México que tuvo lugar a partir de los años sesenta del siglo pasado es un fenómeno irreversible y de amplias consecuencias culturales. La comunidad rural como la concibió Sáenz no existe más, ni siquiera en poblados apartados. Hoy fuerzas distintas, y a menudo menos benévolas, moldean las mentes y las aspiraciones de los jóvenes, desde los narcocorridos hasta la televisión.

No obstante, y  a pesar de lo anacrónico que pueda ser su legado, hay algo que todavía nos conmueve en las cruzadas educativas de hombres como Sáenz y Vasconcelos; algo que nos recuerda que podemos ser mejores y distintos. Una fe en el futuro, en un futuro que vaya más allá de los límites convencionales. Ese es su mejor legado: el sueño impertérrito del instructor.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 “Si la escuela rural convenció a los mexicanos de que eran parte de una nación, miembros de una entidad más grande, común y políticamente definida, eso puede ser ahora una herramienta para combatir la estratificación social y los persistentes prejuicios. Moisés Sáenz murió hace setenta años. Logró mucho pero su trabajo todavía no está terminado”, p. 104.

 

Un comentario en “Estampas del redentor democrático

  1. Excelente trabajo el de JA Aguilar desarrolla muy bien la reseña y fundamenta sus conclusiones