Hace unos meses tuve la fortuna de leer, analizar y disfrutar el libro de Carlos Tello Díaz, Porfirio Díaz: Su vida y su tiempo, para presentar la primera parte (La guerra: 1850-1867) de esta magna obra en Querétaro. Las reflexiones que hago a continuación surgen de la idea de este libro no solamente en su  calidad de documento histórico, sino también desde una perspectiva  metafórica, es decir, como una narración literaria que nos hace transitar en un viaje a lugares y con personas conocidas en un imaginario oficial, pero transformadas en personajes distintos de ese imaginario acartonado gracias al tratamiento que otorga Tello, en especial, por supuesto, a un hombre fundamental de la historia de México.

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Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Porque de eso se trata, entre otras muchísimas cosas, este libro. Es un viaje en el tiempo: como cualquier libro que recoge un periodo de la historia de un país, en estas páginas volvemos a los años turbulentos del siglo XIX en México, en el que se logra la independencia de España, pero a un costo muy alto por los sucesos que le siguieron.

Lo más importante, sin embargo, es la reconstrucción de un personaje ambiguo en la historia de México. La historia oficial, ese fenómeno que surgió en los años posteriores a la Revolución mexicana, produjo un discurso maniqueo en el que como en el Juicio Final los justos estaban a la derecha y los condenados a la izquierda de Cristo. Así, a personajes como Porfirio Díaz les tocó casi siempre estar a esa izquierda de un régimen que necesitaba legitimarse como un padre benefactor de los desprotegidos; convertirse en ese “papá gobierno” que ha refinado los términos burocracia, dictadura de partido y populismo a niveles insospechados y envidiados seguramente por muchos. La figura de Díaz no se correspondía ni se corresponde con este discurso, y se le envió a la lista negra de los antihéroes nacionales. Sin embargo, como todo cae también por su propio peso, los personajes míticos, sea en su beneficio o en su detrimento, van perdiendo su lado romántico o fatal gracias a escritores, investigadores y académicos, como es el caso de Carlos Tello, que por su seriedad, minuciosidad y lucidez reescriben la historia de nuestro país en su verdadera dimensión a través de la reconstrucción de estos personajes.

Para hablar de Porfirio Díaz se tiene que hablar, necesariamente, de su momento histórico, como bien apunta el título del libro, y de aquellos personajes que estuvieron íntimamente ligados a él y que marcaron de alguna forma su destino, como lo fue el caso de Marcos Pérez, Matías Romero o Benito Juárez, por supuesto, entre muchos otros.

Antes de continuar, quiero apuntar y aclarar varias cuestiones, con el objetivo de que las personas que lean estas reflexiones comprendan la perspectiva que ofrezco. Mi lectura de la obra sobre Díaz está sesgada hacia mi especialidad, que es la literatura. Creo que la historia no está nunca desligada del todo de la literatura. La historia, finalmente, es una narración. Los poemas épicos de los héroes antiguos sentaron las bases de la cultura de las naciones actuales.

Nuestra cosmovisión está asentada en mitos que pueden ser verdad o no, que pueden ser fantásticos o verosímiles, pero cuyo sustrato es una manera de ver y entender el mundo. Además, no es del todo mentira el cliché de que los triunfadores de las guerras sean quienes escriban su historia desde su muy particular punto de vista; es por ello que causan tanto revuelo los libros que desmitifican el discurso hegemónico. La historia y sus personajes cumplen con todo aquello que se puede esperar de una novela de ficción: un contexto en el que se desarrolla la acción; un personaje principal, varios personajes secundarios e incidentales; un comienzo, un clímax, un desenlace, y entremedio, recursos de analepsis, prolepsis, digresiones, metáforas y usos retóricos sin fin.

La diferencia con la novela de ficción o supuesta ficción —porque, como sabemos, hay una muy delgada línea entre el relato testimonial, autobiográfico y lo puramente inventado— es que la historia nos presenta pruebas escritas de lo dicho, fotografías, documentos que avalan episodios, pero aun así, debemos siempre tener presente que esos documentos tangibles, aquellas fotos, son solamente un atisbo de una realidad mucho más compleja y ya inasible. Esas piezas que consideramos pruebas fehacientes de un mundo pasado y desconocido para nosotros son, a su vez, fragmentos de relatos y perspectivas ideologizadas por quienes las dejaron.

Como apunta Hayden White en su libro Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, los recursos de los que se vale un escritor para inventar sus relatos los utiliza el historiador para reconstruir los suyos. Dependiendo de cómo estructure su obra, el peso que le da o no a ciertos personajes, la obra tendrá necesariamente uno u otro tipo de discurso. El historiador hace uso, asimismo, de una poética, es decir, su relato es un protocolo lingüístico o la interpretación de la historia por medio de tropos, en el que se sustentará para explicar sus acontecimientos.

Me permití esta larga digresión en torno al objeto de la historia y sus vínculos con la literatura para explicar mi reconstrucción, según el texto de Carlos Tello, del personaje Porfirio Díaz. Esta reseña corresponde a la primera de tres partes de la vida y tiempos de Díaz, es decir, la etapa comprendida entre los años de 1830 a 1867, que reúne a su vez tres estadios: los orígenes de Porfirio y su vida de niño y de joven estudiante; los periodos de la Reforma y de la Intervención.

No pretendo de ningún modo hacer un resumen del libro, tarea por demás imposible, dada la infinidad de detalles, acontecimientos y personajes. Tampoco busco hacer una interpretación al modo de un historiador, porque no lo soy, y porque para eso está justamente esta obra y lo que los académicos expertos en el área tengan que decir. Lo que quiero es poner de relieve lo que Tello ha logrado con este documento: reconstruir el personaje de Porfirio Díaz en un ser humano de carne y hueso.

Vayamos por partes. Primero que nada, Tello logra que uno pueda leer esta historia como lo haría con una novela de suspenso, sin demeritar con ello el exhaustivo trabajo de investigación y documentación que la sustenta. Lo digo porque los libros de historia son, a veces, como esos eruditos geniales, que dan una conferencia magistral en un tono monocorde que nos manda al mundo de la ensoñación. Se pierde la importancia de lo que están diciendo por el modo en como lo dicen.

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El autor tiene la facultad de hacer que los hechos históricos se transformen en un relato que no podemos soltar. Porfirio Díaz, entonces, muta de figura hierática y severa, solidificada en las clásicas imágenes que todos conocemos, en un hombre con una gran sensibilidad, dignidad, fortaleza y a veces frialdad. Este libro no es una apología a Porfirio Díaz. Carlos Tello se cuida mucho de hacer tal cosa. Es un acercamiento inusual a un personaje encasillado en un discurso ya desgastado. Es como si Tello hubiera puesto una lupa en ese mundo en donde Díaz se movía. Uno puede ver con más detalle cómo se sucedieron los acontecimientos y por qué. Y por ello el lector comprende mucho mejor las decisiones, los aciertos y los equívocos no solamente de Díaz, sino de la pléyade de personajes que lo acompañaron, o aquellos que fueron sus enemigos, o su familia, como doña Petrona Mori, su madre, que en unos cuantos trazos se destaca en la narrativa como una mujer de quien heredó Porfirio el temple de acero. Hay personajes míticos como la espía zapoteca Juana Cata, siendo él comandante en Tehuantepec, de la que se especula un romance con Díaz pero que nunca se ha comprobado. Y, evidentemente, están personajes importantísimos como Juárez, en tanto diputado, gobernador y presidente de la República; Maximiliano de Habsburgo; Delfina Ortega, sobrina de Díaz; Mariano Escobedo, general del Ejército del Norte; Juan Álvarez, jefe del Plan de Ayutla; el mariscal Achille Bazain, jefe de Expediciones durante el sitio de Oaxaca, y muchísimos más que el lector irá conociendo en el transcurso de esta riquísima lectura. Incluso el propio México como ente colectivo se convierte en otro personaje que va jugando distintos papeles. Es impresionante, por ejemplo, la reacción de la mayoría de los estados de la naciente República ante la invasión norteamericana. La apatía que describe Tello en voz de las gacetas periodísticas de la época nos deja con la boca abierta. Y, justamente, de no haber sido por la personalidad de Oaxaca y su raza, quién sabe qué destino le hubiera tocado en suerte a México. Oaxaca se perfila como esa fuerza combativa que pocos igualaron y demuestra con sus personajes su independencia de espíritu.

La vida de Porfirio Díaz se abre paso en infinidad de acontecimientos. Carlos Tello estructura su obra de modo cronológico para que el lector pueda hacerse un mapa mental de cómo se desarrolló México durante las primeras décadas del siglo XIX, pero dentro de ese panorama global inscribe opiniones, cita periódicos, memorias e incluso cita al propio Díaz para reconfigurarlo, porque hace uso también de sus memorias, así como de las biografías y otros documentos que han hablado largamente sobre él. Sin embargo, el tono del autor es a un tiempo riguroso en su sustento historiográfico, y poético en la imaginación y la hipótesis cuando la comprobación de un hecho no está a su alcance. Es hermosa la descripción que hace de los espacios por donde transita Porfirio, porque uno puede evocar en la mirada de Tello lugares que hoy se han transformado o que han desaparecido.

La lectura fluye entre el acontecimiento político y social, y el acercamiento a una cotidianidad e intimidad pocas veces usada en los libros de historia. Ésta, la historia, siendo una de las cosas más fascinantes, se transformó en una materia árida porque se le despojó de lo que hoy encontramos en este libro: humanidad. Como el discurso oficial tiene que ser maniqueo, los personajes se acartonan y pierden sus matices. Porfirio Díaz es retratado aquí como un hombre en todo el sentido del término: con sus características nobles y agradables, pero también con sus pifias y sus mezquindades. Y no solamente Díaz: todos los personajes son tratados con la objetividad de lo científico, pero con la mirada del ser humano falible.

Quiero citar un ejemplo de lo que he dicho hasta ahora para poner de relieve cómo un drama social y político es al mismo tiempo un momento de reposo y familiaridad. Reescribo una parte durante los años de la Intervención, cuando Díaz se reencuentra con Matías Romero:

Antes de partir, el licenciado Romero renunció a su empleo en la legación de su país en los Estados Unidos. El 17 de julio abordó una diligencia en San Luis Potosí. Pasó por Dolores, San Miguel y Querétaro, y tres días más tarde, llegó a Celaya. Ahí tomó con sus acompañantes unos caballos en alquiler, para continuar hacia Acámbaro. Cabalgaron bajo la lluvia, arribaron al atardecer, hallaron con dificultad un alojamiento en ese pueblo que parecía lo que era: un cuartel.

“Tomamos chocolate y a las siete fui a ver a Díaz. […] Me recibió muy bien. Estuve platicando con él hasta las once sobre asuntos públicos. Me hizo quedarme con él y mandé traer mi equipaje. Dio alojamiento en otra casa a mis compañeros de viaje”. Matías había visto por última vez a Porfirio hacía ocho años ya, en Oaxaca. Ambos eran jóvenes, aunque uno había perdido el cabello y el otro tenía un mechón de canas sobre la cabeza.

Carlos Tello hace uso de tres recursos: la narración histórica, el diario de Matías Romero, y su propia alusión a temas ordinarios como las canas de uno y la calvicie del otro, o el incidente donde Matías y su gente toman chocolate. Me atrevo a pensar que su formación literaria es lo que ha hecho de Tello un gran narrador de la historia y un reconfigurador de su ancestro. Él mismo afirma en la introducción de esta obra que la diferencia entre esta biografía de Porfirio Díaz y las que ya existen es la infinidad de artículos, documentos, legajos y demás fuentes antes no citadas. No lo dudo por un momento, pero como yo no soy conocedora de estas biografías, no soy quién para decir o juzgar al respecto. Lo que sí sé, por mi formación profesional y por mis propias lecturas, es que la destreza narrativa de Tello es excepcional. Su estilo recuerda un poco a la sobriedad de un Agustín Yáñez o al hieratismo de un José Revueltas. Y sin embargo hay episodios en los que Tello cuestiona, analiza y secretamente se frustra ante la imposibilidad de saberlo todo. No es el clásico historiador de voz omnisciente, ni en su espacio histórico-literario, es un deus ex machina. Carlos Tello es afín a la historia que cuenta, inscribiéndose en ella como un testigo más.

Es de mal gusto comparar, pero no puedo evitar pensar en la tan celebrada novela de Fernando del Paso, Noticias del Imperio, cuya estructura es: en los capítulos pares se cuenta la historia “verdadera” entre comillas del tiempo del Imperio, y en los nones la voz de Carlota provee su visión de una realidad también velada por su supuesta locura. Este libro es una biografía de Porfirio Díaz. Sin embargo logra, como una suerte de hilván, tejer un siglo de episodios complejísimo, con la soltura de una hilandera belga. La narración no está separada como el caso de la novela de Del Paso, sino que están entretejidas la imaginación y la poética en el relato histórico como un entramado donde apenas se vislumbra el hilo de una y otro, sin confundirlos.

Si queremos conocer a profundidad la vida y el tiempo de un hombre que, para bien o para mal, dejó una huella tan trascendental en la historia de México, la lectura de este libro es insoslayable, y tal vez juzguemos con menos ligereza no sólo a Díaz, sino a todos aquellos que nos legaron el país que tenemos hoy.

 

Mónica Sigg Pallares
Doctora en humanidades con línea en teoría literaria por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y traductora del inglés y alemán. Es autora de una antología sobre escritores de Querétaro y de una monografía sobre el pintor Julio Castillo.

 

8 comentarios en “Un viaje al pasado de Porfirio Díaz

  1. Asistí a la presentación y se llevó las palmas esta reseña de la Dra Mónica Sigg, felicidades

  2. Excelente libro y aún más excelente nuestro General Porfirio Díaz , que nos dio la grandeza de la que hoy disfrutamos con esa arquitectura y ese ordenamiento !

  3. Excelente ese tipo de información, este es el uso que debieramos dar a las redes sociales que ilustren el acervo cultural de las personas, que en ocasiones no tienen para, adquirir libros.

  4. Soberbia diseccion de un libro escrito con el alma, pero sobre todo con la inteligencia y luz que brotan de la lectura de documentos fundamentales en los que se sustenta la narrativa del Sr. Tello; aclarando que el analisis de la Dra Sigg no desmerece ni se queda atras de la obra. Felicitaciones.

  5. Nunca se mencionó que Porfirio era un oportunista… unas veces liberal, y otras conservador.

  6. No se puede entender la historia de Mexico sin la participacion de Oaxaca con sus hombres ilustres como Benito Juarez, Marcos Perez , Matias Romero y Porfirio Diaz entre otros,Solamente hay que ver que las principales batallas durante la intervencion francesa, fueron en su mayoria en suelo oaxaqueño y la defensa ferrea y patriotica de su pueblo.
    Felicitaciones a la Dra. Mónica Sigg Pallares por su muy atinado Analisis sobre “UN VIAJE AL PASADO DE PORFIRIO DIAZ”