Tomé un pedazo de papel del desordenado escritorio de Moshe e hice una lista de ropa invernal para comprar:

Un par de pantalones de pana
Dos camisas de franela
Camisetas térmicas de manga larga
Pantalones interiores
Calcetines de lana
Y quizá también un pijama nuevo

 
Todo esto para él; y para mí:

Un suéter
Una falda de invierno
O quizá mejor unos pants. Algo no muy caro
Medias calientes
Un camisón de franela
(Cambiar la mecha de los calentadores de queroseno y el foco de la luz que indica si el boiler está funcionando o no.)

En el desayuno le dije, “Escucha, Moshe, el verano ya se acabó y al final no hicimos ese tour guiado por España, así que en lugar de eso quizá podrías darme los tres mil quinientos shekels para comprar algunas cosas para el invierno”. Moshe dijo, “Está bien, pero escucha, primero tengo algo que decirte. La cosa es esta. Durante la excursión de la fábrica a Netanya, el mes pasado —te acuerdas— cuando no tuviste ganas de acompañarme, conocí a una mujer, y resultó que después nos seguimos viendo y ahora, bueno, he decidido dejarte, aunque me da mucha pena. Honestamente. Pero, ¿qué puedo hacer, Bracha? Simplemente no tengo opción”.

¿Dónde estaba yo aquella mañana cuando se conocieron por primera vez durante la excursión de la fábrica a Netanya? Por más que trato de acordarme, creo que estaba en la peluquería. Mientras Lucien estaba cortando tres cuartas partes de mis rizos, Moshe y esa mujer se estaban escabullendo de la conferencia del director adjunto para sentarse juntos en las sillas del lounge del hotel de Netanya, desde donde probablemente se puede ver el paseo de la costa, el mar y las nubes. Por cada uno de mis rizos que caían al suelo ellos intercambiaban una sonrisa o algún gesto de complicidad. Para cuando Lucien apagó la secadora ya se habían enamorado. Cuando estaba pagando, lista para marcharme, ellos ya se estaban dando la mano. ¿Y mis rizos? Suzy, una chica con labial morado que trabaja de aprendiz con Lucien y se parece un poco a una actriz, los barrió hacia la calle, así que todo el mundo los pisó. Después, una brisa marina se los llevó. ¿Dónde están ahora? Probablemente volaron al otro lado de la frontera hasta Jordania. Qué tontería, cortarme tres cuartas partes de mis rizos, y en esa precisa mañana.

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Ilustraciones: David Peón

 

Al día siguiente le pregunté, “Moshe, ¿podrías decirme al menos qué fue lo que hice?”. Se puso enojado, pero silencioso. Simplemente levantó el tenedor y descargó su ira sobre el huevo duro que tenía en el plato, hasta que la clara quedó hecha una papilla y la yema toda aplanada contra el tenedor. Clavé mis ojos en el plato todo el tiempo porque tenía miedo de mirarlo a él. Pero no dijo nada. Quizá no me oyó, o quizá dio la casualidad de que estaba pensando en otra cosa. A menudo está pensando en otra cosa cuando la gente le habla. No lo culpo por no oír a veces lo que le digo porque realmente la pasa mal en el trabajo. Tiene mucho sobre sus hombros y ese Alfred lo trae con la correa muy corta. Volví a intentarlo. Le dije, “Moshe, me debes al menos esto, por lo menos dime qué hice mal”. Levanté mis ojos y vi que estaba leyendo el Daily News, pero hizo un esfuerzo y bajó un minuto el periódico para contestarme. “Bien, ves, ese es precisamente el problema contigo, nunca aprendes a entender cuándo estoy ocupado y cuándo no estoy de humor y cuándo no molestarme y dejarme en paz. Además de eso, Bracha, no es por ti —es por ella—. ¿Por qué no puedes entenderlo?”.

Ahora que lo pienso con calma veo que pude haber escogido un mejor momento para hablar con él. Y ahora que lo pienso con calma, también me doy cuenta de que de hecho hubo varias noches durante el mes pasado en las que no llegó a casa, o llegó tarde, cuando ya estaba dormida. No le puse atención. Pensé, quizá tienen muchos embarques otra vez, algún pedido grande, y Alfred lo tiene toda la noche ahí. Cuando llamé un par de veces a la fábrica en la noche y nadie me contestaba, no pensé nada de eso tampoco. Pensé, quizá esté en la planta o en el andén de carga, y tiene que quedarse ahí para supervisar los embarques nocturnos. No lo quería molestar. Es mejor dejarlo tranquilo cuando tiene problemas en el trabajo, o cuando está presionado. Ni siquiera lo pensé aquellas tres o cuatro veces que el teléfono sonó en la casa y cuando lo contestaba y decía Hola, quien quiera que fuera el que estuviera llamando colgaba. Al menos podía haber marcado *42 para ver quién era, pero no se me ocurrió entonces. No estaba buscando señales. Sólo desde que me dijo, “Bracha, te voy a abandonar”, desde entonces no puedo dejar de buscar señales todo el día. Aunque, ¿a dónde me llevará eso de buscar señales? ¿Cuál es el punto?

 

Todas las mañanas me encuentro el fregadero lleno de platos, algunos incluso de la noche anterior, y en lugar de lavarlos me tomo otra taza de café, y otra, y a veces otra más, hasta que mi corazón empieza a agitarse, y entonces me siento en su escritorio y arranco una hoja de papel con el logo de la fábrica, y comienzo a planear qué hacer para la cena y qué comprar en el supermercado y qué comprar mejor en la verdulería. Mientras Moshe siga en casa cocinaré para él. Mientras siga teniendo la mayoría de sus cosas aquí, lavaré y plancharé. Cuando sus cosas ya no estén quizá tome un descanso de la cocina. Y de planchar. Una vacación. Comeré de pie, directo del refrigerador, y listo. Menos platos.

De cualquier forma, en las mañanas no tengo ganas de hacer demasiado. Excepto ver televisión: me levanto, me pongo una bata, me siento en la cocina y miro por el pasillo hasta la sala. Lo que sea que estén pasando ­—ninjas, programas sobre los leopardos que solían habitar en el desierto de Judea y que casi han desaparecido por completo, sobre cómo sobrevive la gente en zonas de terremotos, sobre selvas y cocodrilos en Brasil. Una vez pasaron un programa sobre dos hombres, Yossel el pintor y Yossel el escritor, buenos amigos desde el Holocausto, y podías verlos de pie en una habitación medio empujándose, pero no con fuerza sino como lo hacen los amigos, ¿sabes? O quizá estaban montando un show, pretendiendo ser amigos para el camarógrafo.

Alrededor del mediodía apago la televisión, me quito la bata y regreso a dormir a la cama, y los platos, bueno, pueden esperar, cuál es la prisa.

No recuerdo en absoluto haberme hecho un omelet en la mañana, y tampoco recuerdo habérmelo comido, pero recuerdo muy bien que mientras más dejas un huevo frito en una sartén más difícil es tallarla después. Y recuerdo muy bien que si dejo de comer comida frita y empiezo una dieta… pero realmente no tiene sentido. Mido un metro sesenta y seis y peso sesenta y seis kilos, así que según las estadísticas estoy bien y no necesito perder peso. Ni siquiera sé si la mujer de mi marido es más delgada que yo. Quizá es todo lo contrario —llenita, medio redonda— y si yo tuviera un poco de sensatez haría el esfuerzo por engordar un poco para no parecer una escoba.

Al final lavé los platos después de todo, en caso de que volviera a casa para llevarse más cosas y se enojara conmigo por nada.

En el refrigerador hay un pequeño pizarrón que tiene una cubierta plástica y un lápiz especial con el que escribes los pendientes del día; después levantas el plástico y todo se borra, no queda nada, como si nunca hubiera estado.

Jitomates
Zanahorias
Bollos
Quesos

Y desde ahora se acabaron las simulaciones en la cama.
No necesito usar ese rígido brasier con agujeros en las copas para él.
“Házmelo como me lo hiciste en Tiberias”.
“Hoy quiero que me hagas el cáliz”.
Ya no tengo que fingir orgasmos.

Challah
Huevos
Café instantáneo
Bolsas de basura
Jabón para la lavatrastes y detergente para la lavadora
Cerillos

El la columna de consejos de Sigalit dice:

La edad es mental. Eres tan vieja como te sientes.
Un hombre antes y después de tener sexo son dos creaturas completamente distintas.
La forma para evitar que ande por ahí es ser todo un harén para él. Variedad sexual: todas las mujeres la tienen.
Revelación: Kitty Kensington nos descubre nueve maneras para seguir siendo misteriosa. Pero, sobre todo, recuerden que una relación debe basarse primero y sobre todas las cosas en la consideración y el respeto mutuo.
Expertos daneses analizan el misterio del amor: ¿es una forma de egoísmo, de generosidad, o ambas?
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Nueva investigación: ¡La vida comienza cuando los hijos se van de casa!

Le tengo que contar a mis hijos y a sus esposas lo que sucedió.
¿Por qué yo? Que lo haga él.
Pero ¿debería recordarle que les cuente? Se enojaría conmigo si lo hago.

Baguettes
Yogurts
Pollo congelado
Berenjenas
Papas
Aguacates
Aceitunas
Enfermedades
La tumba

Me vestí y fui a hacer algunos recados y algunas compras. Pronto llegará el invierno y aún no hemos arreglado la fuga de la ventana del balcón. Además, el técnico tiene que venir a ajustar la televisión, aunque Moshe medio la arregló en el Purim porque en los canales de cable había estática la mitad del tiempo. ¿Quién es ella, esa mujer que conoció en la excursión de la fábrica en Netanya? ¿Cuántos años tiene? ¿Está casada? ¿Será soltera? ¿Estará divorciada o será viuda? ¿Tendrá hijos? ¿Qué regalos le habrá comprado ya?

Seguro se la va a llevar a ese tour guiado por España en mi lugar. Lleva dos años hablando de España, España, pero nunca se pudo. Primero porque remodelamos el balcón, y el año pasado en lugar de ir a España cambiamos la lavadora.

¿Le habrá comprado ropa? ¿Para el invierno? ¿Qué le compró? ¿Dónde la compró? ¿Qué tipo de regalos le da? Cuando tú le das algo siempre dice, “¿De verdad? ¿Para qué? Por todos los cielos, ¿qué crees que voy a hacer con esto?”. ¿Qué será lo que ella ve en él? Con su panza y sus lonjas y los pelos de sus orejas y su olor. Tiene un problema con sus glándulas sudoríparas. Por eso, y por su aliento, prefiero que me lo haga por detrás, con mi cara hacia el colchón. O sentada sobre él, lo más alejada de su boca. ¿En que posición se lo hará a ella? ¿Cómo se las arreglará con el olor?

¿De qué me sirve saber si ella tiene que usar un brasier rígido con agujeros en las copas y fingir el orgasmo? ¿O si él le dice, “Vamos, haz el cáliz para mí”? ¿Realmente qué me importa cómo es? Aunque desde que me lo dijo me he estado fijando mucho en las mujeres. Después de todo, ella podría ser cualquier mujer de dieciséis hasta cincuenta, porque cuando cumplí cincuenta prometió llevarme de segunda luna de miel a España, sólo que en lugar de eso convertimos el balcón en un estudio para él.

¿Quizá es ella, la cajera rusa del supermercado? Esas rusas tienen algo muy sexy: dan la impresión de haber hecho de todo y de estar dispuestas a hacer todo lo que les pidas en la cama. ¿O quizá sea esa rubia de minifalda que está magullando las verduras? ¿O aquella de allá, la de los pechos enormes? Él siempre volteaba a ver a las rubias en minifalda y a las que no son rubias ni tienen minifalda pero sí tienen pechos enormes. Luego me decía, “De verdad, ¿por qué te importa tanto, Bracha? ¿Y qué si volteo? Perro que ladra no muerde, ¿cierto?”.

¿Quizá es la chica que se paró frente a mí ayer, en la cola del banco, y que se la pasó volteando a verme? ¿O quizá es la zorra esa de los shorts y los tacones que trabaja en la boutique, la que está tratando de llamar a un taxi con la mitad del escote de fuera? ¿O podría ser alguien que conozco personalmente? ¿Alguien de la fábrica —la secretaria gorda de Alfred, o esa contadora que se pasea por todos lados vestida como una adolescente? ¿Podría ser incluso, por casualidad, la misma vendedora de la boutique que me está mintiendo ahora mismo, diciéndome que me veo fabulosa con estos jeans blancos, aunque ambas sabemos que miente, que son muy grandes para mí, porque no tiene de mi talla?

Qué tonta soy. Con mis piernas podría usar minifalda. Incluso shorts. O quizá es Dahlia. Después de todo, ayer, cuando estaba saliendo del Maiman Deli la vi saludándome desde lejos de forma extraña, y luego desapareció. ¿Por qué huyó de mí? O quizá no lo hizo y sólo me lo pareció. La seguí hasta la mitad de la calle y la llamé, “Dahlia, Dahlia”, pero no lo suficientemente fuerte, o quizá sí, pero no me escuchó porque los coches empezaron a tocarme el claxon en ambos sentidos, así que me quedé atrapada en medio de la calle, sin poder cruzar ni regresar al otro lado. Al final logré regresar a la banqueta e incluso por un instante pensé en llamarla por teléfono y preguntarle, “Dahlia, ¿pasó algo?”. Pero en lugar de hacerlo me senté en una banca en el parque memorial y empecé a peinar mi cabello con un peine y un espejito que traía en mi bolsa. Lo peiné largo rato, aunque apenas y tengo algo de cabello después de lo que me hizo Lucien y no tengo a quién culpar más que a mi propia estupidez.

Después de todo, no será de mucha ayuda saber la verdad, pero de cualquier forma me gustaría saber si la ama o si se trata sólo de sexo, y si me ama aunque sea un poco o si alguna vez me amó. ¿Al menos al principio? ¿Cuando aún me llamaba dulzura? Y si a ella también le gusta exprimirle los barros, y si él se deja hacer y no se enoja con ella. Y, en general, me gustaría saber qué se siente el amor verdadero. Me gustaría sentirlo una vez, sólo para saber.

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Si hablamos de relaciones podría decirse que, en general, en treinta años tuve muy buen trato, consideración, uno que otro regalo, incluso a veces me hacía un piropo sobre mi atuendo o mi comida o sobre cómo cuidaba las cosas. “Eres la mejor, Bracha. Bracha, nadie te supera”. Y cada vez que discutíamos, al final nos reconciliábamos. Cada vez que salía al extranjero por trabajo siempre traía regalos para mí y para los niños. Casi siempre me compraba algún perfume —Poison, porque tenía miedo de escoger algún otro. Su amante también usa Poison; lo pude oler en sus ropas cuando me lo dijo y, desde entonces, dejé de usar perfume, pero su ropa todavía huele. Una vez leí en la columna de consejos de Sigalit que la atracción sexual de un hombre está dirigida principalmente por el olfato. Esa Sigalit está completamente equivocada porque si ese fuera el caso, y si su amante y yo usamos el mismo perfume, ¿entonces por qué cambiaría a su mujer?

Me senté un rato en la banca del memorial que recuerda a los héroes caídos de la Marina y consideré mis preguntas desde todos los ángulos. ¿Quizá Moshe le dio mi perfume a propósito para que yo no descubriera el olor de otra mujer y sospechara algo? ¿O quizá, por mera coincidencia, ella también usaba Poison antes de empezar a salir con él? ¿Quizá no fue él quien empezó todo sino ella? ¿Quizá cuando me dijo, “Mira, Bracha, no tengo opción”, lo que quiso decir fue que ella estaba embarazada? ¿O si, simplemente, al principio Moshe le dijo que Poison era su perfume favorito y ella, en cuanto escuchó eso, salió corriendo a comprar uno porque también había leído la columna de Sigalit? Eso sería lo único que le preguntaría si nos conociéramos algún día. Lo demás no me importa. Y, ahora que lo pienso, eso tampoco importa. De por sí resulta demasiado vergonzosa la forma en que traigo el cabello. Y esa misma mañana.

¿Quizá la llevó a la casa cuando yo no estaba?

¿Una vez? ¿Varias?

¿Habrá inspeccionado las fotos de la vitrina? ¿Habrá pasado sus dedos por nuestra foto de bodas?

¿La habrá desvestido y recostado en el sofá de la sala? ¿En el tapete? ¿O incluso en nuestra recámara, en nuestra cama? ¿Sobre la colcha o la habrá quitado?

¿Le habrá pedido que hiciera el cáliz? ¿Se lo habrá hecho ella? ¿Habrá sentido repulsión?

¿Cuál de mis toallas habrá usado?

¿Habrá usado mi pasta de dientes después? ¿Mi cepillo? ¿Mis algodones? ¿Se habrá puesto un poco del Poison que me trajo de Roma? ¿Habrá acariciado las faldas de mi closet? ¿Habrá revisado mis cajones? ¿Inspeccionado mi ropa interior? ¿Se habrá preguntado sobre el brasier con agujeros?

Me quedé sentada otro rato en la banca porque no tenía prisa de ir a ninguna parte y necesitaba pensarlo todo realmente bien. Afortunadamente llevaba una pequeña libreta con el logo de la fábrica en mi bolso, de esas que tienen páginas que puedes arrancar y una de esas pequeñas plumas doradas que caben adentro. Escribí:

Lavar la ropa
Planchar
Llevar el saco de Moshe a la tintorería
Comprar flores el viernes para la sala —quizá tengamos invitados para el Sabath
Licor: revisar qué hay en el bar
Nueces
Galletas
Pretzels
Aceitunas negras
Quesos, tomates cherry y botanas de todo tipo
Quizá también algo de helado, dos sabores

Y en el invierno cuando está mojado afuera y todo está vacío, te sentarás en casa sola, noche tras noche, viendo el Shopping Channel, escuchando el agua que cae por las canaletas.

Algo de fruta
Servilletas de papel
Buen café
Dulces variados

También necesito hablarle al técnico para que arregle la estática en la mitad de los canales de películas. Y llamar a Shirley, la mujer de  Ilan, y a Orly, la mujer de Yoav, porque ellos están de viaje, para decirles que su padre y yo nos vamos a divorciar. Yoav va a regresar en unos días e Ilan va a estar fuera al menos durante otro mes; me cuesta trabajo acordarme cuándo se fue cada uno y, en general, todo me cuesta un poco de trabajo ahora. Y cambiar las mechas de los quemadores de queroseno y el foco que indica si el boiler está trabajando o no.

Comprar un juguete para Yaniv y arreglar la fuga del balcón que convertimos en estudio y hacer dos llaves para el buzón para reemplazar la que se perdió y para que el buzón no esté abierto todo el tiempo y nuestros encantadores vecinos hurguen en nuestras cuentas y notificaciones bancarias. Pagar de una vez la cuota de mantenimiento —Moshe lo sigue postergando, y eso empieza a resultar desagradable. Después de todo, ya estamos en octubre, casi es invierno, y después viene la Pascua —necesito planear la comida y preparar todo a la perfección, esta vez sin favores de la presumida esposa de Yoav, ni de la otra, la molesta esposa de Ilan. Esta pequeña libreta y su pluma dorada me cayeron directamente del cielo.

¿Qué tiene de malo ser una mujer dependiente que vive sola en su casa, sin sus gritos, sin las secciones dominicales del periódico desperdigadas por toda la casa cada semana, sin gotas de orina en el excusado, sin calcetines hechos bola bajo la cama y el sillón, sin tener que hacerle el cáliz y pretender que tienes un orgasmo?

Después de un rato me levanté de la banca, me paré frente al monumento de piedra negra y leí uno por uno los nombres de los héroes caídos de la Marina, tan jóvenes, niños en realidad, cada uno con una madre —¿cómo puedo comparar mi tragedia con la suya?—. Medité sobre el hecho de que seguramente algunos de ellos murieron sin haber tocado a una mujer, vaya pena, porque ahora, en mi nueva situación de mujer dependiente, por qué no, podría ponerme un poco de Poison así, sin problema, y cada tanto llevarme a un héroe caído a la cama para hacerlo sentir bien, y a mí, en el tiempo que me queda, antes de que llegue el momento de las enfermedades y la tumba.

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Después me fui del parque memorial y deambulé por las calles y vi algunos aparadores o, para ser más precisa, me miraba en el reflejo de los vidrios para ver cómo me veía. A veces me veía corta y cuadrada y otras parecía delgada y alta como un cerillo. Con el dinero de las vacaciones a España que no tomamos el verano pasado para celebrar mi cumpleaños podría haberme hecho un facelift o ponerme pechos. Hoy día te puedes hacer cualquier cosa. O, por casi el mismo dinero, podría haber ido a visitar a mi amiga Behira, que vive en Ginebra desde hace veinte años. Ella es muy acaudalada, y una vez me escribió para decirme que podía visitarla cuando anduviera por ahí. Ahí no se llama Behira sino Blanche, y su marido es un ingeniero alemán mucho más joven que ella. Behira fue la primera chica en la clase del Heroes Hill que se compró un brasier y bragas de encaje transparentes, que por entonces eran toda una novedad, y que nos contó que volvían locos a los chicos, y también a las chicas.

Las calles están llenas de mujeres de todo tipo. De pronto tuve la necesidad de saber qué tipo de brasier y bragas usaban cada una. Algunas caminaban por la calle en pares y se reían en voz alta. Había muchas rubias, la mayoría con el pelo pintado, que seguramente usaban microtangas. Negras. Yo podría pintarme de rubia sin problemas —¿quién me lo impediría?—. O comprar ropa interior como esa o lencería de encaje transparente, como la de Behira. Para que así, cuando Moshe me invitó a la excursión a Netanya, hubiera dicho que sí e incluso hubiera comprado ropa interior sexy para el viaje, medias de lazo, minifalda, y me hubiera pintado el pelo de rubio. Moshe se hubiera vuelto completamente loco por mí y ni siquiera hubiera volteado a ver a esa mujer. En lugar de eso, ese mismo día, fui con Lucien y dejé que me trasquilara. Qué tonta. Me llevé al matadero yo solita.

En lugar de haber ido con Lucien para un corte a la garçon debí haber ido con Sandra para hacerme la permanente. Ahora es demasiado tarde. Por lo general el viento sopla de oeste a este, así que seguramente mis rizos han volado de aquí hasta China. Pero ¿por qué estoy sentada aquí escribiendo todo lo que pasó en la libreta con el logo de la fábrica de Moshe? No es para que lo lea Moshe, Dios me libre. Y definitivamente no es para los niños. ¿Quizá acabe siendo una larga carta para mi amiga Behira, mi antigua compañera de escuela? Excepto que nadie la llama Behira desde hace tiempo; ahora es Blanche, y desde hace mucho que no vive aquí sino en Ginebra, con su esposo, el ingeniero alemán que es bastante más joven que ella. Saludos Behira, querida Blanche. ¿Cómo estás y cómo están las cosas por allá? ¿Te acuerdas de nuestra maestra Tzila Tzipkin, la de las botas rojas? Han de haber pasado treinta y cinco años desde la última vez que nos vimos, pero no importa. Siempre fuiste mi mejor amiga y lo sigues siendo, así que por eso estoy aquí sentada escribiéndote sobre esta tragedia que me acaba de ocurrir. Me pregunto si sigues usando esa increíble ropa interior de encaje, la transparente, para mantener entretenido a tu ingeniero alemán y que no se te escape. O quizá sea al revés y lo dejas escaparse las veces que quiera porque tú tienes a tu amante y sólo usas ese brasier sofisticado y esas bragas rosas de encaje para él? Si tan sólo tuviera tu dirección en Ginebra podríamos empezar a escribirnos. ¿O será que tu marido también te echó a un lado? Después de todo eres de mi edad o, de hecho, ¿no eres dos meses mayor que yo?

Durante el camino de regreso a casa sólo me fijé en las mujeres. No vi a ningún hombre, o quizá los hombres se volvieron transparentes para mí, como de vidrio, excepto los héroes de la Marina, que ya están muertos y perdidos. Miré con atención a las mujeres que traían minifaldas o shorts, con o sin pantis. Nunca me ha gustado que las piernas de las mujeres sean delgadas debajo de las rodillas y que arriba se hagan más gruesas y pesadas. ¿Qué tiene eso de sexy?  Las rodillas siempre me han parecido feas, como si alguien hubiera tomado dos palos y los hubiera soldado y el resultado no fuera muy bueno, medio áspero e hinchado. Algunas de las mujeres que vi en la calle olían mucho a perfume, y empecé a seguirlas y a tratar de olerlas —¿olían a Posion? Una de esas chicas incluso se molestó, volteó hacia mí y me dijo, “Disculpe, ¿cuál es exactamente su problema?”. Y yo le contesté, “Nada, mucho gusto en conocerla. Mi nombre es Bracha y estoy apunto de divorciarme”. Fue la primera vez que dije esas palabras en voz alta, y cuando las escuché salir de mis labios casi me desmorono. Fue el miedo al ridículo lo que me sostuvo, no podía romperme en pedazos enfrente de un extraño y empezar a llorar en mitad de la calle. Así que me contuve.

Y, al final, Behira, fui a la guardería de Yaniv, llegué justo a tiempo, y lo llevé a comprar su juguete y, de camino, le conté que su abuelo me iba a abandonar. Yaniv me preguntó si era por su culpa, porque se había portado mal el otro sábado que fue a la casa. Le dije, “¿Cómo puedo saber la razón? Quizá sería mejor que le preguntes directamente a tu abuelo, Yaniv. Háblale al trabajo y prométele que no vas a hacer berrinches ni a dejar cosas tiradas nunca más. Que nunca vas a volver a jugar con su videograbadora. ¿Quizá eso lo conmueva?”. Yaniv me dijo, “Está bien”, y se llevó un dedo al corazón y luego tocó el mío. Una niña con jeans se sentó en la banca que está frente a la oficina postal con un pequeño perro en su regazo. Yaniv fue hasta ahí para acariciar al perro un minuto, y cuando nos marchamos me dijo que el perro había tratado de morderlo. Le dije, “No seas tonto, el perro no te hizo nada”, y Yaniv contestó, “No, no me mordió, pero quería hacerlo”. Le pregunté por qué decía una cosa así, cómo podía saber lo que el perro estaba pensando. Yaniv empezó a hacer puchero y ya no quiso seguir hablando conmigo.

 

Amos Oz
Escritor. Ha publicado: Judas, El mismo mar y No digas noche, entre otros libros.

Publicado en The New Yorker, 21 de septiembre de 2015. 

Traducción de César Blanco.