Anoche llovió en el hipódromo, se respira en la cuadra. Antes de que rompa el día las caballerizas despiertan. Sigo el rastro de herraduras sobre el camino de tierra que guía hasta la pista. “Nunca camines del lado derecho de un cuaco”, me advierte un galopante. Me pego a la izquierda y me rebasa. El pura sangre es alto y brioso. Relincha con fuerza. Me hace sentir pequeña.

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Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Me siento en el pasto y observo. Entre la neblina aparecen cientos de caballos desfilando: retintos, tordillos, alazanes y colorados. Aprenden a girar, a frenar. Unos montados por jinetes, otros arreados. Deben entrenar antes de que el sol caliente.

Huele a estiércol, hierbas y tierra. Mi aliento es vaho. Escucho los frenos, bocado metálico de cada bestia. De los caballerangos, algunas groserías. El cuarto de milla camina una parte de la pista y corre de regreso. El pura sangre recorre el óvalo completo. Son las dos razas que compiten sobre ese espacio.

—¡Corre película! —gritan. Volteo. La voz viene de un hombre delgado de estatura baja. Detiene una cámara de cine imaginaria, como de principios del siglo pasado. Con una mano finge girar el rollo de celulosa. Apunta la lente hacia mí y me roba una risa.

Al acercarse desaparece la cámara y en sus manos sostiene un café y un cigarro. Lo toma americano, con mucha crema y azúcar. Viste vaqueros, botas altas, sudadera, chaleco azul, casco y gafas de protección. Los guantes son para galopar y el frío. Debe ser jinete, jockey.

Se presenta como César e inhala el tabaco con satisfacción. Dice que lo relaja. Siempre lo ha hecho. Le gusta conversar. A mí su nariz. Leyó una encuesta donde los boxeadores salieron como los deportistas con mayor desgaste físico, pues les es difícil dar el peso antes de cada pelea. Después, los jinetes. Estoy en desacuerdo. Los boxeadores profesionales de 10 y 12 rounds pelean con recesos de varios meses. Los jinetes montan cada semana. Dan el peso todo el tiempo.

César monta pura sangre. Le permite crear estrategias y administrar el coraje del caballo. Con el cuarto de milla “si no partes, no ganas”. Debe mantenerse en 51 o 52 kilos, incluyendo equipo, para poder competir cada viernes, sábado y domingo. Los lunes descansa. Las carreras se equilibran mediante el peso y la condición.

De martes a viernes galopa en las madrugadas. Su rostro me dice que tiene cerca de 50 años. Sus dientes también. Cuerpo liviano. Mirada pesada. Cuenta chistes y usa palabrotas. Conoció las carreras cuando tenía 13 años. Le tocaba su domingo y su padre no tenía cambio. Ofreció dárselo en el hipódromo; le gustaba apostar. César, a regañadientes, lo acompañó.

“¿Quieres que te dé el dinero o que te juegue una carrera?”. Pidió dinero. En ese momento salieron los caballos al desfile y le gustó uno.

“¿Si? Te lo juego”. Señaló a un segundo, eran un cuatro y un nueve. Los más chicos del tablero. Su padre les apostó exacto, 20 pesos. ¡Pum!, ganó dos mil 500 pesos. Se los entregó completitos. Compró dulces, ropa y muchos juguetes.

El siguiente domingo César quería más dinero fácil. Volvió con su padre al hipódromo y apostó todo su domingo y lo que le había quedado. Perdió. Decepcionado bajó a la pista. Esperó a la siguiente carrera y otra más. Los jinetes fueteaban y gritaban. ¿Qué sentía? Lo habían contagiado de adrenalina y emoción puras.

Cuando desmontaron notó que los jinetes eran de su tamaño. Veía caballos reparar y se sacudía. Razas briosas, con buena condición física. A los 15 días comenzó a entrenar. Entonces había una escuela de jinetes en una pista junto a la de carreras. Empezó montando uno mansito. Aprendió a acomodarse, bajar los pies a los estribos, doblar las rodillas, abrir las manos y tomar las riendas.

Iba por etapas. La más canija era una yegua, dura de hocico. Sufrió su primera caída. 15 días con yeso y 15 de recuperación. Radio, cúbito y muñeca rotos. “Ya no se subirá”, decía la gente.

Volvió a montar y se convirtió en jinete. El 22 de mayo de 1984 debutó y ganó. Aprendió a sentir una carrera, a ponerle la mano al caballo, a leerlo y hablarle. A que debe ir encapotado, frente derecha, para que trabaje todos los músculos. A encontrarle la forma y estilo a cada cuaco. A hacer de un cerrador un puntero y a defenderse en la inagotable lucha contra el peso y las habladurías.

A nuestro alrededor iluminan los primeros rayos del sol. Aparece la inmensa ciudad que nos rodea. “Antes se veía bosque”, César bebe el último sorbo de su café. Quedan pocos galopando. “El papel de baño de los hipódromos son los jinetes”, concluye César y propone que lo alcance en la cafetería de las caballerizas. Acepto y desaparece.

Afuera de una cuadra los caballerangos bañan cuacos sudados. A uno lo meten a una alberca. Baja una rampa y comienza a nadar. El agua es pesada y les abre los pulmones. Al salir lo escurren y secan. Cuidan, pasean, alimentan y ensillan a cada uno. Limpian su establo y les dan agua. Todos los días revisan sus extremidades, y con un gancho metálico rascan el casco de sus cuatro pezuñas. Cuando hace frío los cubren. Algunos también son veladores. Los siguen sus gatos. Duermen en catres dentro de las cuadras. Uno ha puesto un altar con lucecitas en una esquina. El radio es su eterna compañía.

También cepillan el pelo y la cola del caballo. Borran cuando corren el fuete y se les pinta. Han ganado su confianza, aprendieron su idioma. Después del ejercicio les dan grano bien molido. Por la noche, otra vez. Su estómago es pequeño. El cólico y la inactividad los puede quebrar.

Zanahorias y manzanas son sus favoritos. El equino es un animal de costumbres. Sabe cuándo compite porque esa mañana no desayuna. El resto del día lo pasa en su establo. El que tiene ventana se asoma. Acaricio a uno. Su pelaje es muy suave. Parece manso pero en la pista debe ser difícil controlarlo. Su cama es viruta de madera. Cuando la yegua es nueva se alborota, la pisan y saca polvo.

Dentro de un establo me sorprende una oveja balando. Es compañera de un cuaco y lo espera con ansias. Una gallina o un espejo también puede ser remedio para sus nervios. La soledad no encaja con su temperamento.

César me espera sentado en la cafetería. Las camisetas del uniforme de algunas cuadras decoran las paredes. Hay más de 400. Rosas, azules, con líneas, círculos. Cada dueño diseña la suya. En sus manos sostiene el programa de carreras de la tarde. Correrá en tres. Me señala cuáles son sus favoritos, “a este ya lo monté, este me ganó a nariz, este por cabeza…”.

Una mesera se acerca y le sirve un jugo de naranja, un plato con huevos a la mexicana, frijoles, café y un pan dulce. Del último sólo se come la parte que tiene azúcar, la que le gusta.

Desde las seis de la tarde de ayer no ha probado alimento. Así baja medio o hasta un kilo. La gelatina ayuda a no subir de peso ni sentir hambre. Entre semana hace una buena comida al día, con sopa, pollo, carne o pescado. Le varía. Después del desayuno no volverá a comer hasta las nueve de la noche que acabe de montar. Una caída, con el estómago ocupado, puede causarle una congestión.

Los kilos que sobran se exprimen en el cuarto de jinetes. Cada uno tiene su técnica. Corren cubiertos de hule o sudan en el vapor. Los que toman laxantes sufren de calambres. En el tirón final se engarrotan de manos y pies. Las úlceras y la gastritis son normales.

Los pesan antes y después de montar. Si les faltan kilos les ponen plomo pero el peso muerto no ayuda, carece de impulso y dominio.

A medio bocado César se levanta de la mesa y sale corriendo. Ha olvidado la cartera en la cuadra. Todos los días abre los ojos a las cinco de la mañana. No necesita despertador. Es creyente y agradece que todo salga bien en el día. Toma vitaminas. Tiende la cama, abre las ventanas y echa desodorante. La mugre lo atosiga. Con media taza de café despierta, aborda el pesero y se va a entrenar.

A las ocho o nueve de la noche cae rendido. Tiene todos los canales de cable pues le gustan las películas, los programas de ciencias, ciencia ficción y misterio como CSI. En internet ve las carreras de los hipódromos del mundo. Todas son diferentes. Ve cómo se manejan; si ganan por dentro o por fuera. Ve partidos de beisbol pero no de futbol, no es de reyes. Una noche se quedó dormido con Criminal minds. Las pesadillas lo despertaron. Sentía que alguien lo perseguía y después descuartizaba.

 “No te creas que la fama es tan bonita”, me dice al regresar, “es estrujante, exige mucho y hay que hacer buena cara”. Después de debutar se aficionó a ganar. Podía entenderse con el caballo, sacarle jugo, en la carrera y en su temple, aplomo y actitud.

Comenzó pasando la meta por nariz, luego pescuezo, cabeza, medio cuerpo y largos. Tres, cinco largos. Lo contrataban para ganar y cumplía. La suerte montaba con César.

“Un jinete puede cobrar mucho o muy poco”. El primer lugar se lleva 10% del premio del dueño, 60% del premio total, el resto son impuestos. El segundo y tercero ganan un porcentaje menor. Al resto les pagan la monta, 250 o 300 pesos dependiendo de la carrera. Aparte está la propina. Es opcional. Algunos dueños de cuadra les dan dinero, coches. Saben que les conviene, quieren que la familia y los amigos vean a su corcel triunfar.

En 1990, 94 y 95 César fue líder. Un día ganó siete carreras. Récord. Montaba fuerte y lo preferían. Sabía lucirse y acomodarse para que el caballo rindiera. Todos se le acercaban. Las mamás y papás le ponían a las hijas, “ve, gánatelo”, pensaban que los haría millonarios, que sabría qué caballo ganaría.

Pero el jinete no sabe, es un piloto. La carrera lo define todo. El caballo no es exacto, puede amanecer triste o que le toque correr por afuera cuando sólo lo hace por dentro. La posición de salida es por sorteo. Hay caballos que se inspiran pero es fácil que se lastimen. Se monta con suerte, mañas y envidias. “Arriba un pie está en el panteón, el otro en el estribo”.

A César lo rodeaban mujeres, dinero y reventón. Se casó. Compró un departamento de todo un piso en una colonia cara, cuatro coches y puso una comercializadora. La novedad era el antidoping. Salió positivo y lo suspendieron por un tiempo. Perdió la patria potestad de su hijo, después lo demás. “Me vale madres”, se dijo y cerraron el hipódromo.

Se fue a Miami dos años. Plan desmadre. Galopaba en los hipódromos pues su visa lo permitía. Hablaba inglés pero no aguantaba a los gabachos. Sus formas contra los latinos. Regresó y el hipódromo reabrió sus puertas.

Volvió a ganar y a salir positivo. Marihuana y cocaína. La suspensión fue indefinida. Vagando probó la piedra y se le hizo fácil robar un auto. Lo agarraron y metieron a la cárcel.

Adentro aprendió a sobrevivir, a respetar las jerarquías y responder ante los tiros. Se aventó más de 40. Tenía que evitar que lo picaran. Lavaba ropa. Logró apadrinarse bien y que no le hicieran nada. Tocó fondo. Decidió no volver a probar nada ni caer en deudas.

No le avisó a nadie. Sentía pena. Una señora notó que no lo visitaban. Preguntó por qué. Le contó que había sido jockey. Lo había perdido todo. Pocas semanas después apareció su madre en llanto. Lo creía muerto, pedía que le dijeran dónde, para enterrarlo.

Al salir, la ciudad tenía segundos pisos. Quería evitar las viejas amistades y sus tentaciones así que se mudó a un estado al norte. Allá no había hipódromo. Sólo había acabado la secundaria. Rentó un cuartito por 300 pesos a la semana y comenzó a trabajar en un Oxxo. A los cuatro meses lo ascendieron a encargado.

Un día lo sorprendió una llamada. Era de un amigo jinete pidiéndole que regresara al hipódromo, que le darían chance. Se negó. Le había tomado cuatro años comprar un refri, una televisión y montar su casa. No quería perder. “Si no, yo te doy chamba”. César creyó en su palabra.

Vendió todo y regresó en el primer autobús que encontró. Le pidieron cientos de papeles, “solo faltó el acta de defunción”. Cumplió. Sabía que si no lo intentaba jamás volvería a montar.

No tenía piernas ni condición. Cinco veces, al hilo, lo tiró el caballo. Volvió a correr, a hacer ejercicio y tomar vitaminas. Por las noches acababa molido. La despertada le costaba pero llegaba a galopar en la penumbra. Tenía 47 y montaba con jóvenes de 20 o 25 años.

El dueño de una cuadra le dejó montar uno de sus caballos. Cuando se paró en el ensilladero, casi 12 años después, al unísono le aplaudieron. Sintió bonito. Montó un alazán café claro de nombre Delirio. Recordó lo que era sentir ese cosquilleo de qué va a pasar antes de partir. Ese día llegó cuarto o quinto.

Cuando menos lo esperaba se fue de punta a punta. Limpio. Ganó por nueve largos. “¡Cómo pasa el tiempo!”, exclama César al ver que el reloj de la cafetería marca el mediodía. Nos hemos quedado casi solos, el resto de los jockeys han partido rumbo al cuarto de jinetes.

Antes de las carreras César descansa. Se recuesta y escucha Pink Floyd o cualquier cosa que sea progresiva. Piensa en sus montas del día. Esa tarde debutará a un potro. Cuando se lo dieron tiraba mucho, lo dejó mansito. Debe decirle al dueño si tiene futuro ganador.

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Desde las gradas y el área de apuestas las caballerizas se ven a lo lejos, están del otro lado de la pista. Son casi las cuatro de la tarde. El público se prepara. El espectáculo está por comenzar. Junto a mí hay una pareja. Sobre la mesa tiene sus papeles de apuesta. A ella se le ha olvidado volverse a pintar las canas. Sus manos parecen huesos con pellejo. Se chupa un dedo y torna una hoja del programa de carreras. Él se pone los lentes y apunta. Cada uno bebe cerveza tamaño caguama.

Después de las fanfarrias los caballos montados entran a la pista para desfilar. Los ponyboys los acompañan. Son caballos montados más corrientes. Junto a ellos, los que compiten se tranquilizan. Tienen 15 minutos para calentar antes de dirigirse al arrancadero.

Faltan ocho minutos. Lo leo en el tablero. Frente a la meta, en un balcón, están los jueces de carrera y las cámaras. Cada caballo es cronometrado. Los jueces de meta determinan el ganador. Hay árbitros y un locutor. Los jinetes pueden protestar una carrera. No deben estorbarse y provocar que el otro corte su aire. Manos y patas tampoco pueden tocarse o pueden caer. El fuete sólo debe usarse como acelerador.

A lo lejos se acerca una nube oscura. A los caballos les gusta el lodo, se divierten. Para el jinete es peor. Una ambulancia los sigue. Deben ir bien apoyados para aventarse en caso necesario, hacerse bolita y rodar. Entre más flojito, menos huesos rotos. También está el carrito de las desgracias, recoge a los cuacos lastimados, dependiendo del veredicto será su destino. El tiro de gracia puede ser el camino.

César está todo parchado. Se ha roto dos clavículas, cinco costillas, dedos, radio, cúbito, muñecas, tibia, peroné y más. Después de una caída, en la ambulancia, no escuchaba la sirena de tanto que gritaba.

El locutor presenta a “César Mora con el número siete”. Es el potro que va a debutar. Al llegar al arrancadero los ponyboys se alejan. Dejan a los cuacos en manos de los aguantadores que desde una tablita los detienen de los frenos.

 Suena el timbre y “¡aaaarrrancan!”, exclama el locutor. Las puertas se abren, los caballos brincan. A los más malos les dicen perros. “Se mueven por fuera”, continúa el locutor. Llegan a la curva. En segundos se acercan a la meta, “¡vieeene!”.

Algunos son pesados de cabeza, tiran hacia afuera y el jinete batalla. Se escuchan las herraduras, gritos y fuetazos. Los caballos se empeñan por ir con los demás, el jinete debe administrarlo para que dé el jalón final. Si se cansa no llegará en primer lugar.

Tres veces montó junto a su ídolo el jinete Laffit Pincay. César exprimió al caballo y aun así llegó segundo. Pincay lo regañó, “si traes caballo ganas, si no traes no”. Aprendió que si no llegas entre los primeros cuatro no vale la pena exprimirlo, es mejor dejarlo tranquilo para que la siguiente sea mejor.

César llega en quinto. Decido abandonar las gradas y dirigirme al ensilladero. Falta media hora para que comience la siguiente carrera. Detrás de los barandales la gente observa en silencio a los jinetes y caballos que se preparan. Botas de piel, tacones, tenis, faldas y pantalones, la afición cumple con todas las modas.

Unos ven que el caballo les guiñó. Otros basan sus apuestas en las estadísticas. La sangre es parte de la especulación. El padre, la madre y el padre de la madre determinan que un caballo crezca en precio de subasta. Entre más triunfos mejor. Los caballos que pasan por subasta son elegibles para ciertas carreras.

Identifico a César. Volverá a montar. Entre carreras se baña rapidísimo y recarga pila. El nuevo cuaco tiene buena cuadratura, es parejo tanto de alto como de largo. “Cuando hay buen ojo no es necesario saber de sangres”, me dice un hombre mayor que junto a mí también persigue a la suerte.

César lo monta, le da dos palmadas en el cuello y le susurra al oído. Corriendo serán uno mismo. Cuando responden bien les habla bonito. Pero en ocasiones el caballo corre bien y las palabras desaniman. Se trata de instantes. Saber moverlo y hablarle. El jinete tiene el control en las manos.

Decido apostar por César y el caballo que montará. Faltan 10 minutos. Compro una cerveza y espero. Recuerdo la historia del Tardado, un potro mal nacido, parido en junio. En el hipódromo se considera que todos los caballos cumplen años en enero. Era difícil inscribir al Tardado para una carrera, se abrían pocas que abarcaran su condición. No ganaba primero pero era noble, corría bien, llegaba en segundo o tercero. El dueño, desesperado por un triunfo, lo inscribió en una carrera de reclamación. El Tardado corrió por un premio y un precio y un entrenador lo reclamó.

Cambió de dueño. Durante un entrenamiento notó que respiraba extraño. Lo revisaron y descubrieron que tenía sinusitis. Por dos hoyos le drenaron pus, se repuso y volvió a competir. Las siguientes 10 carreras llegó en primer lugar.

En el tablero las apuestas han cambiado de favoritos. Si César gana, me llevo más. Vuelve a sonar el timbre y los caballos arrancan. César parte bien, lleva la delantera. El locutor se emociona, la gente también. Por una cabeza llega en primer lugar.

Frente a la meta desmonta. Al caballo lo desensillan. Tiene un nombre en inglés aunque es mexicano. “Monté como nunca y perdí como siempre”, me dice César bromeando mientras avienta el fuete. Le gusta el chascarrillo. Después de volverlo a pesar se retrata junto al caballo, al dueño de la cuadra, sus invitados y al caballerango. Yo paso a la taquilla a cobrar.

La semana siguiente volví a las caballerizas al alba. A lo lejos, del otro lado, inerte y oscuro está el mundo de las gradas y las apuestas. Allá se juega dinero. Acá el pellejo por unos pesos. Los caballos y jinetes galopan sobre la pista. Unos cantan, otros chiflan.

Una sombra se aproxima, “en esta vida hay que ser trompudos pero tampoco marranos”. Es César, está cubierto en lodo. Galopó a una yegua que cuando siente terrones no quiere ir y quiso curtirla. Vuelve a montar y lo pierdo de vista. Ha ganado más de dos mil carreras.

Camino a la salida atravesando las caballerizas. El olor a pastura me hipnotiza. Herreros, jinetes, galopantes, caballerangos y veladores viajan de cuadra en cuadra. Platican, se ríen. Los cuacos los observan desde las ventanas de sus establos. Me sorprende una voz que batalla. Es un joven, debe tener menos de 20 años. Ha amarrado una silla de montar sobre unas pacas. Con un alambre ató la rienda y el freno. Está montado, simula galopar, grita, con el fuete golpea la paca, lo cambia de mano, lo gira y vuelve a golpear. Tiene el rostro sudado. Quiere ser jinete. Se prepara para debutar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.

 

2 comentarios en “Vida de un jockey

  1. Excelente artículo. Solo una observación: por la izquierda del caballo es por donde hay que pararse, es el lado bueno. Buena falta le hace al Hipódromo de las Américas este tipo de promoción y por cierto, la Revista entera está magnifica… Felicidades a Héctor Aguilar Camín y todos sus colaboradores