En el número de diciembre de nexos Carlos Elizondo publica una reseña de mi nuevo libro ¿Cómo salir de la trampa del lento crecimiento y alta desigualdad? El libro le parece claro y preciso, pero no acaba de convencerle. Elizondo sigue dos líneas de argumentación en su crítica del análisis y propuestas contenidos en el libro. La primera es que las políticas recomendadas no han funcionado en otros países como Brasil (su ejemplo favorito), y pueden incluso haber sido contraproducentes. La segunda es que México no tiene la capacidad institucional para aplicar efectivamente las políticas propuestas, a diferencia de lo que sucede en países del este de Asia con mejores instituciones. De esta manera lo importante es fortalecer la actualmente muy débil capacidad institucional. Hay una cierta tensión entre estas dos líneas de argumentación: ¿Dónde está el problema de fondo? ¿En las políticas mismas que no son las deseables o en las instituciones que impiden que estas políticas sean efectivas? La reseña oscila entre una y otra de estas dos posibles interpretaciones sin dejar claro cuál es la posición del autor.

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En cualquier caso, ninguna de las dos líneas de argumentación resulta convincente. Si se hubiera publicado hace un par de años, a diferencia de lo que asegura Elizondo, mi libro no podría haber puesto a Brasil como ejemplo exitoso de las políticas propuestas en él a pesar de que el desempeño de la economía brasileña en términos de crecimiento económico fue muy superior al de la economía mexicana durante la primera década de este siglo. Doy sólo algunos ejemplos. ¿Cómo puede ser Brasil mi “modelo” si este país tiene una inversión pública menor aún que la de México en porcentaje del PIB, como lo asegura Elizondo? ¿Cómo puede ser el ejemplo a seguir si es uno de los países en América Latina donde más se sobrevaluó la moneda nacional durante el auge de las materias primas de los primeros años del presente siglo? ¿Cómo si tiene, según Elizondo (aunque yo no estaría tan seguro), una sociedad más desigual que la mexicana? ¿Cómo si tiene un sistema fiscal que, al igual que otros países latinoamericanos, prácticamente no redistribuye el ingreso? ¿Cómo si tiene la economía donde la industria manufacturera ha perdido quizá más participación en el contexto latinoamericano?1 ¿Qué sentido tiene intentar refutar mis propuestas con el caso de un país que no las siguió y que, además, está en recesión debido al fin del auge de las materias primas en los mercados mundiales?

La segunda línea de argumentación no cuestiona la bondad de las políticas propuestas sino su efectividad ante la débil capacidad institucional del Estado mexicano. Supongamos que Elizondo tenga razón en el sentido de que con las instituciones actuales las políticas que propongo no serían efectivas. Muy bien, fortalezcamos las instituciones. ¿Pero para hacer qué políticas? Instituciones más fuertes no nos van a sacar por sí solas de la trampa en que está el país. No creo que a estas alturas Elizondo siga pensando, como en su libro de 2011,2 que se necesita un Estado más fuerte frente a los intereses creados que impiden que se realicen las “reformas estructurales que el país necesita”. Falta saber entonces qué políticas se van a aplicar en las nuevas condiciones institucionales. Aunque las políticas que propongo no fueran suficientes, en presencia de fallas institucionales que impiden su efectividad, de todos modos son necesarias. Sobre esto Elizondo no termina de pronunciarse claramente.

Veamos en mayor detalle los argumentos de Elizondo sobre cada uno de los capítulos del libro. Los dos primeros sobre el “déficit de infraestructura” y la “trampa fiscal” abogan en favor de un aumento en la inversión pública para fortalecer la infraestructura y aprovechar el potencial productivo de las regiones atrasadas del sur del país, así como de una reforma fiscal redistributiva que permita financiar esos gastos y atacar la gran falla del sistema fiscal mexicano que es su incapacidad de redistribuir ingresos. Si el gobierno no tiene la capacidad de ejercer una mayor inversión pública ello apunta a la necesidad de elevar esa capacidad pero no elimina la necesidad de una mayor inversión pública ni la de mayores recursos públicos para financiarla. Este es un caso en que Elizondo parece estar de acuerdo con mi análisis pero se rehúsa a aceptar sus implicaciones. ¿Qué es lo que estoy diciendo si no es precisamente que se requiere una reorientación del gasto público y también de mayores recursos públicos para poder financiar mayores niveles de inversión y bienes públicos? Si tuviéramos el nivel de recaudación tributaria de Brasil (33.8 puntos del PIB según la fuente de Elizondo) quizá podríamos concentrarnos exclusivamente en la reestructuración del gasto pero con una carga fiscal de 10 puntos del PIB (excluyendo la renta petrolera) no podemos dejar de enfrentar el desafío de elevar sustancialmente los recursos públicos y superar la trampa fiscal que mantiene al Estado incapaz de proveer a la sociedad los bienes públicos indispensables para el funcionamiento de la economía. Como lo digo en el libro, con la actual carga fiscal (que sin contar con la renta petrolera es equivalente a la que tenían los países hoy desarrollados a principios del siglo XX antes de la emergencia de un Estado de bienestar) el Estado es apenas capaz de cumplir sus funciones de Estado guardián y, en el caso de México, incluso esto está en duda como lo estamos viendo. ¿Qué quiere decir en este contexto posponer los cambios necesarios hasta que fortalezcamos las “capacidades institucionales” del Estado? De lo que estoy hablando es precisamente de fortalecer la capacidad del Estado para proveer de más inversión y bienes públicos a la sociedad con una revisión a fondo del actual sistema fiscal. Sin ello, seguiremos teniendo un Estado anémico por más cambios “institucionales” que hagamos. Y ¿no es una revisión a fondo de nuestro sistema fiscal precisamente una gran reforma institucional? Por otra parte, ¿debemos posponer la inversión en infraestructura en el sur hasta que esta región tenga las “instituciones para atraer inversión productiva”? Sin la necesaria infraestructura el sur va a seguir estancado y empobrecido como lo estuvo el sur de Estados Unidos antes del gran impulso que la administración del presidente Roosevelt dio a esa región y que, por cierto, fue un gran éxito sin necesidad de cambiar institucionalmente a los estados del sur (algunos cambios institucionales vinieron después en gran medida como consecuencia del desarrollo económico). Por eso tomo como ejemplo esta experiencia. Si el sur de Estados Unidos hubiera tenido instituciones pro crecimiento, como lo afirma con ligereza Elizondo, ¿por qué estaba estancado y rezagado antes del gran impulso en infraestructura de los años treinta y cuarenta del siglo pasado?3

En la discusión del capítulo sobre la baja intermediación financiera Elizondo se limita a decir que el crédito en México ha estado creciendo más que el PIB (que por cierto no ha crecido gran cosa) y concluye que en consecuencia la trampa financiera de la que hablo debe considerarse cosa del pasado. También menciona que “no hay un mayor crecimiento del crédito no por falta de oferta sino por falta de demanda”. Creo que Elizondo subestima el papel que las deficiencias del sistema bancario han jugado en el lento crecimiento. El crédito ha crecido más que el PIB desde el año 2000 pero partiendo de un nivel extremadamente bajo (13%, uno de los más bajos del mundo) y en condiciones en que el PIB ha crecido muy poco. El resultado es que México tiene aún hoy en día un nivel de intermediación financiera anormalmente bajo para su nivel de desarrollo económico (una cuarta parte del de Chile). Este fenómeno, por cierto, no lo atribuyo, como cree Elizondo (y como sí es el caso del diagnóstico que inspira la reforma financiera de 2013), a problemas de oferta sino a las interacciones entre problemas de oferta y de demanda de crédito que mantienen a la economía precisamente en una “trampa de subdesarrollo financiero”.

En la discusión de la política industrial el argumento de Elizondo es que la política industrial de Brasil en épocas recientes y la de México en los setenta fracasaron y los países que han sido más exitosos en este terreno como China y Corea del Sur cuentan con capacidades institucionales que no tenemos.4 A Elizondo se le olvida hablar del México de los cincuenta y sesenta, los años dorados de la industrialización mexicana cuando la economía crecía a tasas de más de 6% anual y la pobreza se reducía año tras año, años en que los gobiernos mexicanos aparentemente tenían la capacidad institucional de instrumentar políticas industriales exitosas. Pero estoy de acuerdo en que esa capacidad no existe hoy en día ¿Por qué no existe más esa capacidad institucional? ¿No será porque ha sido desmantelada a lo largo de los últimos 30 años en los que en la práctica, y a veces también en la retórica, no tener política industrial ha sido considerado la mejor política industrial? De hecho, en este capítulo soy bastante pesimista sobre la viabilidad de una política industrial intervencionista y agresiva, como la llama Elizondo. Una razón tiene que ver, en efecto, con el desmantelamiento de la capacidad institucional necesaria. Otra razón se refiere a las restricciones que los acuerdos comerciales internacionales imponen a la utilización de instrumentos de política industrial. De ahí que lo que propongo en este capítulo es una versión bastante light de una política industrial, muy distinta de lo que Elizondo tiene en mente, consistente en una política cambiaria reformada, una política de desarrollo regional (consistente con nuestros acuerdos comerciales) que favorezca las regiones atrasadas y estancadas del país, y la revitalización de la banca de desarrollo.

Elizondo parece coincidir con el análisis de las limitaciones que la política monetaria ha tenido al permitir una apreciación recurrente del tipo de cambio real y las consecuencias adversas de ello en el crecimiento económico. Sin embargo, se rehúsa nuevamente a aceptar las implicaciones del análisis. Como lo explico en el capítulo, y contrariamente a lo que afirma Elizondo, la política propuesta no requiere de saber cuál es “el tipo de cambio óptimo” ni tampoco de una gran acumulación de reservas (con sus efectos cuasifiscales) ya que la política de tasas de interés puede jugar el papel de contener la revaluación.

En su discusión de una política de recuperación del salario mínimo real, Elizondo no aduce falta de “capacidades institucionales” para lograr este objetivo. Su argumento en este caso es que, si bien tenemos el salario mínimo real más bajo de América Latina,5 en México “casi nadie” gana el salario mínimo y, por otra parte, de 1998 a 2008 los salarios contractuales reales crecieron 275.16% en condiciones en que el salario mínimo real cayó.6 Sobre cuánta gente gana el salario mínimo en México, las afirmaciones de Elizondo no coinciden con lo que muestran los datos del INEGI. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, en el tercer trimestre de 2015 había en el país 3.2 millones de trabajadores subordinados y remunerados que ganaban hasta un salario mínimo (un millón de ellos en áreas rurales). Es cierto, como lo afirma Elizondo, que del total de trabajadores (asalariados o no) que ganaban hasta un salario mínimo “sólo” 35% trabajaba más de 35 horas, pero éstos son 2.4 millones de trabajadores (ya que el total en este caso es de 6.9 millones de trabajadores de los cuales, por cierto, casi medio millón trabajaba más de 56 horas). ¿Son increíbles estos datos? En cierto modo lo son pues resulta increíble que en un país de ingreso medio-alto haya tanta gente en las condiciones de vida que implica ganarse el sustento diario con 70 pesos por ocho horas de trabajo. Que el salario mínimo real de México sea el más bajo de América Latina debería ser motivo de vergüenza nacional, en particular de las elites gobernantes, y no de descalificación displicente del problema.

En cuanto a la evolución de los salarios contractuales parece ser Elizondo en este caso el que cree estar en el este de Asia. La realidad de México es muy distinta. La gráfica presenta la serie de salarios contractuales reales de 1990 a 2014 construida con los incrementos porcentuales que proporciona el Banco de México en su banco de datos. El periodo que escoge Elizondo se inicia con la recuperación de los salarios reales después de su fuerte contracción con la crisis de 1995 y termina antes de su virtual estancamiento después de 2008. En este periodo, 1998-2008, los salarios contractuales reales aumentaron 21.5%, a una tasa anual de 2% que se desaceleró a una tasa anual de 0.35% entre 2008 y 2014. Para 2014 los salarios contractuales seguían por debajo de su nivel en 1990 (aproximadamente 13% por debajo). Por cierto, en el periodo mencionado por Elizondo los salarios mínimos reales no cayeron sino que se mantuvieron constantes en un nivel aproximadamente 75% por debajo del que habían alcanzado en los setenta.7

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Elizondo concluye que las políticas propuestas en el libro son una falsa salida y que el desafío está en construir instituciones más fuertes. Pero como ya lo mencioné, ¿instituciones más fuertes para llevar a cabo qué políticas? En realidad, después de releer con atención la reseña de Elizondo, me quedo con la impresión de que en el fondo de su crítica hay una aversión profunda a las políticas y reformas que propongo para elevar el crecimiento económico y reducir la desigualdad. Es una aversión no a mi análisis, que Elizondo dice compartir en varios aspectos, sino a sus implicaciones de política. Y como no tiene mucho que decir sobre el análisis que sustenta las implicaciones de política económica, apela a distintos subterfugios para intentar refutar las propuestas. En algunos casos, como la propuesta de fortalecer la infraestructura en el sur o la reforma de un sistema fiscal profundamente injusto, aduce la ausencia de “capacidades institucionales” necesarias para que éstas sean soluciones efectivas. Cuando no es posible recurrir a las “capacidades institucionales”, como en el caso de una política de recuperación del salario mínimo, se traslada a un mundo imaginario que no tiene nada que ver con el México de hoy, un mundo donde casi nadie gana el salario mínimo y en el que los salarios contractuales reales crecen a las tasas más altas del mundo. En otros casos, lo único que hay son comentarios titubeantes que no enfrentan el análisis presentado en el libro ni sus implicaciones.

Una observación final sobre la posición de Elizondo. Creo que su pesimismo nos condena al derrotismo y la inactividad. ¿Qué hay que hacer? ¿Esperar a fortalecer las instituciones para más adelante poder aplicar las políticas con efectividad?8 Me parece que esta ruta nos condenaría a otra década de estancamiento si no es que mucho más. La capacidad institucional es en gran medida consecuencia del propio desarrollo económico y en cualquier caso se construye a lo largo de este proceso de desarrollo. Ello me recuerda el dicho de Gordon Brown, el ex primer ministro británico: “En el establecimiento del Estado de derecho los primeros cinco siglos son siempre los más arduos”.9 Afortunadamente, la relación entre Estado de derecho y crecimiento económico no es tan simple como parece creerlo Elizondo. Las experiencias exitosas del este de Asia y otras partes del mundo en desarrollo han mostrado ser consistentes con una variedad de condiciones institucionales y políticas, con gobiernos autoritarios y en democracia, con Estados más o menos intervencionistas.10 Siempre cabe la posibilidad de que los cambios propuestos salgan mal y no den los resultados deseados (por razones institucionales u otras). ¿Es ésta una razón para no hacer nada? Sí, si las cosas estuvieran bien (¿para qué arreglar algo que está funcionando?). No, si las cosas están tan mal como en México hoy en día. Y las cosas van muy mal. Desde la crisis de 2008-2009 la economía mexicana parece haber entrado en una trayectoria de crecimiento aún más lento que la previa del periodo de 1990 a 2008, en la que la inversión pública cae año tras año y se encuentra como porcentaje del PIB en su nivel más bajo en 70 años, la participación de los salarios en el ingreso total sigue cayendo, los indicadores del mercado laboral siguen peor que antes de la crisis y la pobreza se resiste a disminuir, por decir lo menos. ¿Qué exactamente hay que hacer para detener y revertir estas tendencias?

 

Jaime Ros
Economista. Catedrático de la Facultad de Economía de la UNAM.

Agradezco a Claudia Córdova su ayuda en la investigación.


1 Reproduzco a continuación lo que escribí en febrero de 2012 (hace casi cuatro años) en el número 32 de la revista Configuraciones (p. 65): “Termino con un breve comentario sobre la situación económica de Brasil. Llama mucho la atención la preocupación generalizada, entre los economistas brasileños y otros observadores de la situación económica de ese país, porque la economía brasileña estaría sufriendo en los últimos años de la llamada ‘enfermedad holandesa’, es decir de los efectos adversos en el desarrollo a largo plazo (productividad y salarios reales incluidos) que los auges de exportación de materias primas y/o las entradas de capital a corto plazo pueden tener, por medio de la sobrevaluación cambiaria real que generan, al llevar a la desindustrialización de la economía. En este sentido, impresiona mucho el dato de la participación de la industria de la transformación en el PIB de Brasil, que llegó a ser de 27% en los ‘años dorados’ del desarrollismo brasileño, es hoy en día de sólo 15%”. Sobre el tema de la “enfermedad holandesa” en Sudamérica y los peligros que involucraba, véase también mi artículo “Latin America’s trade and growth patterns, the China factor, and Prebisch’s nightmare”, Journal of Globalization and Development, vol. 3, núm. 2, marzo de 2013.

2 Por eso estamos como estamos. La economía política de un crecimiento mediocre, Debate, México.

3 Digo con “ligereza” porque la posición institucionalista sobre este tema, tal y como está ejemplificada por el libro Why Nations Fail? de Daron Acemoglu y James Robinson, es distinta y atribuye la convergencia del sur de Estados Unidos a la abolición de la segregación racial y el movimiento de los derechos civiles en los cincuenta y sesenta del siglo pasado. Sin embargo, estos cambios institucionales ocurrieron después de que empezara el despegue del sur precisamente como resultado de las grandes inversiones en infraestructura del periodo de Roosevelt. En otras palabras, el despegue del sur se dio a pesar de la presencia de instituciones adversas y no gracias a instituciones pro crecimiento. Véase sobre el tema mi libro Rethinking Economic Development, Growth, and Institutions, Oxford Universty Press, 2013, capítulo 17.

4 Erróneamente Elizondo atribuye también el rápido crecimiento de los países del este de Asia a la compresión del consumo cuando en realidad el consumo por habitante y los salarios reales han crecido a tasas altísimas en esos países.

5 Más precisamente de un conjunto de 22 países de América Latina y el Caribe para los cuales la CEPAL tiene información comparable.

6 Además, Elizondo teme que al aumentar el salario mínimo se desatarían aumentos de salarios para los trabajadores sindicalizados del sector público, salarios que “son pagados con nuestros impuestos”. Vale la pena recordar que los salarios de las empresas del Estado no se pagan con nuestros impuestos sino con la producción que generan los trabajadores de estas empresas.

7 Cabe agregar que Elizondo menciona también la disminución desde 1984 en la proporción de hogares cuyo ingreso total era de hasta un salario mínimo sin darse cuenta que ello se debe principalmente a la brutal caída desde entonces en el valor real del salario mínimo.

8 En una formulación inesperada de su posición, Elizondo afirma que: “No hacerse cargo de estas debilidades institucionales es caer en el mismo error de quienes creían que la apertura comercial por sí sola podía generar mayor crecimiento”. ¿Significa esto que, mientras no hayamos fortalecido las capacidades institucionales, deberíamos haber pospuesto la apertura comercial y el TLC?

9 La revista The Economist, en su número del 19 de septiembre pasado, inicia con esta frase su reportaje especial sobre México.

10 Véase para un análisis de este tema el capítulo 19 de mi libro Rethinking Economic Development, Growth and Institutions, Oxford University Press, 2013.

 

4 comentarios en “Instituciones, ¿para qué?
Réplica a Carlos Elizondo

  1. Excelente respuesta de Jaime Ros a la crítica que presentó Carlos Elizondo.

  2. Successful institutional frameworks and governance tend to be identifiable from economic success, which in turn is a function of characteristics such as respect for the rule of law, competition, transparency, accountability, and an environment conducive to creativity and innovation. Institutions are generally a key influence on economic prosperity.

  3. Elizondo es un analista plagado de limitaciones y lugares comunes; siempre compara peras con manzanas y plantea falsos problemas, como cuando afirmó en su desafortunado libro “Por qué estamos como estamos…”, que el mayor problema de la educación en México era la Sra. Gordillo (así, ad hominen), y es indescifrable que opinará ahora, siempre inspirado por sucesos anecdóticos y gráficas inconsistentes con sus aseveraciones.

  4. http://www.ieee.es/Galerias/fichero/cuadernos/CE_162_La_inteligencia_economica_en_un_mundo_globalizado.pdf
    http://economia.elpais.com/economia/2014/10/24/actualidad/1414166822_226290.html
    La llamada geoeconomía —en contraposición a la geopolítica que se refiere a un territorio determinado—, se refuerza en los últimos 25 años como una disciplina que traspasa fronteras en busca de seguridad en el suministro de materias primas y dominio de los mercados. En 1990, el analista francés Pascal Lorot definió la geoeconomía como “las estrategias comerciales decididas por los Estados para adquirir el dominio de ciertas tecnologías clave y/o conquistar ciertos segmentos del mercado mundial”. Otro experto, el estadounidense Edward Luttwak, la definió ese mismo año como el “mantenimiento de la antigua rivalidad existente entre las naciones utilizando medios económicos en lugar de bélicos”.

    http://economia.elpais.com/economia/2014/06/06/actualidad/1402078604_420158.html
    Pregunta. ¿Qué habilidades debe dominar un analista de inteligencia?

    Respuesta. La primera es saber recabar información pero también tener el talento para analizarla, darle forma y comunicarla. Se pueden manejar los mejores datos del mundo y contar con el mejor análisis pero el reto es hallar la información clave y transmitirla de manera concreta y directa. Es una habilidad muy valiosa.

    P. ¿Y esa información que usan de dónde procede?

    “Lo cierto es que la información está hace tiempo al alcance de todos, pero la gente no lo sabía”
    R. Es una gran pregunta. Hace 30 años, cuando empezó esta disciplina, la actividad estaba dirigida a hallar información oculta. Lo cierto es que estaba al alcance de todos, pero la gente no lo sabía. Hoy existe un enorme volumen de recursos que proceden de Internet, de las redes sociales, del análisis de datos a gran escala o, incluso, de fuentes tradicionales, como los gobiernos. El mundo se ha vuelto más complejo.