Human beings are members of a whole,
In creation of one essence and soul.

(Fragmento de un poema de Saadi
inscrito en los billetes de 100,000 riales )

Con el ánimo de provocar una reflexión —tal vez, espero, un debate— para pensar de manera constructiva en el presente y porvenir entre dos países distanciados por más de trece mil kilómetros, sirvan las siguientes líneas. Sin ser un optimista de café, intuyo un futuro cuando menos interesante entre México e Irán. Para el primero, esta relación formaría parte de una política de diversificación de mercados que da mayor certidumbre y fortaleza económica frente a una crisis como la de 2008. No es un esfuerzo menor, sin duda. Recuerdo —a este propósito— una entrevista que le hacen a Carlos Fuentes en 1977. Cuando el interlocutor le inquiere sobre su estancia en París como embajador de México en Francia, el autor de Terra Nostra afirma haber buscado en todo momento servir “a una política a favor de la independencia nuestra, que básicamente requiere diversificación de apoyos políticos, económicos, comerciales […]”.

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A la luz de los acuerdos del G5+1 (cónclave formado por Alemania, China, Estados Unidos (EU), la Federación Rusa, Francia y Reino Unido) sobre las negociaciones con Irán para que su programa nuclear tenga fines exclusivamente pacíficos, materializados en el documento Joint Comprehensive Plan of Action firmado el 14 de julio de 2015, un número interesante de naciones ha decidido replantear postura y posicionamientos con respecto a la relación bilateral con esta república islámica. Esta restauración de los vínculos se basa, sobre todo, en las expectativas generadas por el concomitante levantamiento paulatino de sanciones económicas por parte de la Organización de las Naciones Unidas, Estados Unidos y la Unión Europea que, entre otras cosas, permitirá transacciones bancarias, opciones de inversión extranjera —incluidos los sectores energético y automotriz—, de comercio (exportaciones e importaciones), formas estándares de pago a compradores, utilización del rial iraní para intercambio comercial con personas y entidades extranjeras, acceso a créditos, garantías y seguros para la exportación. En pocas palabras, se creará un entorno de certeza y normalidad para hacer negocios con Irán. El interés económico y comercial, pues, se ha vuelto un asunto de minucioso balance. Cada país lo sopesa, cada empresa lo dimensiona y cada consultor lo sugiere. En esas anda el mundo con respecto al tema.

Perfilando el esenario actual, desde 2013 se organizan más regularmente misiones comerciales en las que compañías europeas y latinoamericanas, de todos los tamaños y sectores, han emprendido el viaje a Teherán para conocer de primera mano las oportunidades de negocio que se vislumbran bajo las nuevas condiciones promovidas por los acuerdos nucleares. Del otro lado, empresarios iraníes han hecho lo propio en varias ocasiones. Se han gestado, también, iniciativas de diversa índole comercial en los últimos meses: ferias, convenciones y conferencias. Baste mencionar, como ejemplos sintomáticos, la Conferencia Irán —Unión Europea organizada en julio pasado en Viena, Austria, o la misión comercial de empresarios iraníes que visitó México a fines de 2015.  

En medio de estos aires de novedad y restauraciones, a México se le presenta la oportunidad de barajar un nuevo jugador para diversificar los mercados en los que puede competir. Esta carta en el mazo le da a nuestro país la opción de detonar un diálogo en el sentido más amplio, una discusión en diferentes niveles y entre múltiples actores para razonar la conveniencia y factibilidad de encontrarnos con Irán en una convivencia en la que ambas naciones puedan crecer no sólo en el ámbito económico sino también en los campos de la política, la diplomacia, la cultura, la educación y la cooperación, entre otros. La pregunta no es trivial. De ahí que merezca la pena atacar la cuestión con todas las armas posibles y desde todos los ángulos que tengamos a la mano.

Por mi parte quiero contribuir a la reflexión con un primer saque en lo que toca al ámbito económico, principalmente sobre el futuro de los intercambios comerciales y de inversión entre ambos países. Tres conceptos, tres ángulos, pretendo lanzar al aire para golpear la bola: el reconocimiento, el potencial y el timing.

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Aterricé en el Aeropuerto Internacional Imam Khomeini de Teherán, la capital del país. Tomé un taxi que me llevaría directo hacia el Hotel Esteghlal, donde me hospedaría en mi primera visita a Irán. El hotel no estaba a más de treinta minutos de distancia y el verano de aquel mes de julio había sido muy condescendiente conmigo. Usualmente calurosa en la época, la ciudad me recibió con una casi madrugada que refrescaba perfecto con la ventana del coche abierta. En la radio se escuchaba una narración en farsi de lo que muy seguramente se trataba de un encuentro deportivo. A decir por los momentos de aplauso y júbilo y el ritmo del cronista, asumí que se trataba de un juego de fútbol. (Lo pensé así simplemente porque en mi prejuiciosa cabeza el fútbol es el único espectáculo deportivo seguido mundialmente.) Lo pensé así por mi desconocimiento total del persa, del farsi. El taxi que me llevaba, en su singularidad inicial, me parecía muy viejo. Tal vez un modelo de la década de 1970. Conforme me acostumbraba al paisaje de la ciudad —como quien pasa de la obscuridad absoluta a la luz en un instante, como quien se topa con la caverna de Platón— fui enterándome que el grueso del parque vehicular lucía muy similar, sin importar el modelo del automóvil. (Vale la pena acotar que un par de días después, transitando por una avenida llena de aparadores de boutiques exclusivas, me topé con varios Porsche Panamera y no menos Mercedes Benz. Por supuesto son excepciones a la regla). Una suerte de homogeneización y austeridad parece ser la norma que impera por las calles de una ciudad plagada de enormes retratos de los mártires de la guerra con Iraq, con un tráfico tan o más desagradable que el Distrito Federal donde, por increíble que parezca, la sincronía entre coches y peatones es tal que nadie detiene su paso en ningún momento y todos logran atravesar su camino a salvo.

Apenas salíamos del aeropuerto enfilando hacia Behesht-e Zahra, la avenida principal que lleva a Teherán y sobre la que se ve del lado derecho la majestuosa tumba del Ayatolá Khomeini, el taxista me preguntó en un inglés bastante fluido lo evidente. “De México”, le respondí, ligeramente atolondrado por el vuelo de tantas horas y varias escalas. Reviró —con una mueca de asombro que alcancé a ver por el espejo retrovisor— con el dato que tenía más a la mano, el único en realidad: “México le ganó a Irán tres a uno en el Mundial de Futbol de 2006, en Alemania”. Inmediatamente después opinó que la selección mexicana era una potencia y que juegan muy bien, a diferencia de la suya: “los nuestros no son nada buenos”. “Sin embargo”, continuó: “en voleibol somos de lo mejor”. Justo en esos momentos me presumía, señalando la radio, que el país se encontraba paralizado por la final de la liga mundial de la disciplina entre Irán y Brasil.

En adelante, el chofer se ciñó más bien a preguntar todo lo que se le ocurría sobre México. De vez en cuando acotaba mis respuestas con algún comentario de comparación con Irán, acentuando similitudes y diferencias. Nada conocía de México, salvo aquella anecdótica derrota o la intuición de una gastronomía exuberante y muy picosa. No sabía, ni siquiera, que el Shah Mohammad Reza Pahlavi pasó alrededor de cuatro meses en México, huyendo de la revolución en 1979, después del exilio en Egipto, Marruecos y Bahamas y antes de llegar a Estados Unidos, acompañado de una mortal enfermedad que buscaba derrotar en Nueva York.

Meses después, durante otra visita a Irán, viajé a la ciudad industrial de Tabriz, la cuarta más importante del país. Aseguran algunos estudiosos que en esa región se localiza el punto exacto donde en algún momento estuvo el edén que mencionan las religiones judía, católica e islámica. Tabriz es muy famoso por su bazar y por los tapetes de seda que fabrica. Platiqué, entre otras, con cuatro personas que tenían un rasgo en común. Uno de ellos era el guía que mostraba la mezquita azul construida en el siglo XV. El otro era un maestro en la Tabriz Islamic Arts University. Un tercero era un alto funcionario municipal de la región. El último era un arquitecto local que me acompañaba en todo momento. El rasgo común me pareció muy poco común pero muy atractivo: todos conocían a Emiliano Zapata. Cada vez que mencionaba a México, inmediatamente me hablaban de él con tal familiaridad y conocimiento que parecía uno más de sus mártires. El guía lo conoció al ver la película de Elia Kazan del ’59; el político porque, según él, se lo enseñaron en la escuela; y los otros dos no recuerdo muy bien por qué.

Hoy en día, en el trato cotidiano con representantes de todos los niveles y perfiles ideológicos, de ministerios de economía, finanzas, relaciones exteriores, petróleo; en comidas informales con empresarios, legisladores, líderes gremiales; encuentro una cierta familiaridad con México. Las referencias sobre nuestro país ya no carecen de conocimiento previo. Algunas referencias son precisas, otras incompletas. Lo interesante ha sido encontrar iraníes a los que no les es ajeno nuestro país. Esto no sucedía cuando visité el país por vez primera.

En mi última visita a Teherán, hace apenas unos días, me encontré con más de cien empresarios que hablaban de México con bastante naturalidad, convencidos de un interés por hacer negocios y definir estrategias de mayor acercamiento. Una interesante experiencia escuchar iraníes ofreciendo un diagnóstico de México bastante preciso e informado.

Estoy convencido que, en gran parte, esta tendencia muy actual se debe al trabajo que han llevado a cabo personajes relevantes de la política y la economía mexicanas. Senadores, funcionarios públicos, diplomáticos, empresarios, representantes de organizaciones empresariales, promotores y artistas mexicanos han visitado recientemente Irán y han logrado permear datos y detalles de la existencia de México, puntualizando su liderazgo regional en América, su vibrante relación con Estados Unidos  y Canadá (gracias a los más de 20 años de TLCAN) y su economía manufacturera cada vez más sofisticada. Tambén han identificado ámbitos de potencial cooperación como la educación y la cultura, al mismo tiempo que señalan coincidencias que nos permiten pensar en lazos amistosos a futuro basados en dos culturas milenarias cuya grandeza histórica puede ser un puente de entendimiento muy valioso.

Si bien el reconocimiento entre ambos países se encuentra en un mar de pequeños pedazos de información, pequeñas muestras de conocimiento, imágenes apenas vistas en un lago en moviemiento, existe un camino que se ha empezado a trazar que nos permite pensar que el futuro puede decantar en un espejo de agua detenida donde las imágenes, los pedazos de información y las muestras de conocimiento sean completadas a simple vista, ya sea con los ojos de un iraní como con los ojos de un mexicano.

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En diversas columnas de opinión se han vertido diversas interpretaciones y perspectivas sobre el impacto de los acuerdos nucleares del G5+1 en la economía mexicana. Uno de ellos, quizá el más constante, está vinculado con la oferta mundial y los precios del petróleo. No pocos advierten un escenario complejo para la economía mexicana. Sin embargo, no se ha generado una masa crítica que discuta las oportunidades de intercambio comercial entre ambos países. Han sido los propios empresarios quienes han manifestado públicamente el interés por pensar en Irán como un socio comercial estratégico.

Sin duda hay un importante potencial en explorar esta veta que empresarios y gobierno han identificado en estos últimos años. Irán es un mercado de casi ochenta millones de personas y una puerta de entrada a otros países de la región (Pakistán, Afganistán e Iraq, por ejemplo). En total podemos pensar en un mercado potencial de más de 350 millones de habitantes y 1.4 billones de dólares.

La simple posibilidad del levantamiento de sanciones abre puertas para que compañías mexicanas —incluyendo pequeñas y medianas— se beneficien de la demanda de productos alimenticios como los cereales, la soya, el aceite de palma o el garbanzo; por aparatos y máquinas eléctricos, electrodomésticos, metales, autopartes, dispositivos médicos y hasta productos químicos y farmacéuticos, todos ellos con oferta disponible en nuestro país. También hay una demanda creciente por productos cárnicos. En este sentido, empresas mexicanas están haciendo la tarea correspondiente para integrar la oferta que tienen a los parámetros del mercado Halal.

El levantamiento paulatino de sanciones tiene implicaciones sustanciales para detonar el impulso del sector empresarial mexicano para ver a Irán como parte de una estrategia de diversificación alrededor del mundo. Por un lado, resuelve en gran parte las dificultades para llevar a cabo las transacciones comerciales. Al día de hoy, no existen formas ortodoxas de pagos por transacciones comerciales tan sencillas para cerrar negocios de exportación, derivado de las sanciones. Este inconveniente resulta en muchos casos ser un disuasivo natural para abortar la misión exportadora. Por otro lado, los empresarios mexicanos enfrentan cotidianamente los costos de oportunidad de hacer negocios con Irán. Uno muy grande es el de seguir exportando a Estados Unidos. No pocas veces he escuchado a empresarios argumentar que no les interesa exportar a Irán porque pueden perder a sus clientes norteamericanos. Quizá en un futuro no muy lejano el levantamiento de sanciones implique el levantamiento de restricciones para que la mirada de los mexicanos sea dirigida a este mercado, que puede resultar muy provechoso.

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Hoy se interseca el levantamiento de sanciones a Irán con la solidez de las empresas mexicanas  exportadoras y su vocación por diversificarse, con el esfuerzo de varios sectores por dar a conocer a México en Irán, y con la confluencia de oferta y demanda de productos entre ambos países. El momento resulta propicio pero hay que aprovecharlo inteligentemente discutiendo los cómos y las estrategias. Un paso fundamental es detenerse para conocerse y reconocerse mutuamente. Esto ha comenzado a suceder, ahora sería prudente profundizar en las similitudes y diferencias, en las oportunidades y las barreras.

 

Juan Antonio Cepeda