para Fernando Terron

Y para el verano de aquel año, ya no quedaba ninguno. Uno por uno, la ciudad fue presenciando su desaparición, como pájaros o animales previamente destinados a extinguirse. No se sabe a ciencia cierta cómo surgieron, pero en las conversaciones de las cantinas, donde la especulación anda suelta, se dice que todo empezó cuando Telecatch, un exluchador de lucha libre, apareció en la ciudad, y conoció a mi hermano.

Seducidos por los ronquidos de una honda cuatro ci­lindros, una vez que rápidamente consolidaron su extraña amistad, ambos empezaron a seguir la rutina del dueño, que perdía las tardes nadando en un club de los suburbios. Con una copia de la llave, desaparecían con la motocicleta tan pronto el tipo tenía el traje de baño a media nalga.

Y así pasaron cerca de dos meses. Arrancaban con los cuellos de las chamarras de cuero levantados y desaparecían en el asfalto, el viento erizaba sus copetes. Claro, hasta que el propietario los descubrió. Fue chistosísimo verlos ante el juez: “¿Qué uso le daban al vehículo?” —quiso saber su Excelencia. “¿Pequeños asaltos en la región o algo parecido?” Los dos maleantes suspiraron al unísono: “Sólo queríamos andar en moto”. Mi papá se cubrió el rostro con la mano, cabizbajo, y estallamos en carcajadas.

Tiempo después de ese episodio, Telecatch consiguió un empleo en un taller mecánico y finalmente se compró una moto. Mi hermano no se quedó atrás y, con ayuda de un tío loco, también consiguió la suya. Poco a poco, el dúo se agigantó ante los ojos de los chamacos, todos desesperados para conseguir hacerse de sus motos de ochenta cilindros y seguirlos en ellas sin rumbo fijo por la carretera. En pocos meses, la ciudad fue invadida. Los motociclistas desfilaban por las avenidas con una pachorra descomunal, los hombros abrumados con el peso del mundo, los cigarros encendi­dos en las comisuras de la boca, y unas gorras de cuero desgastado como ellos mismos, hijos de mecánicos en sus máquinas cayéndose a pedazos, engrasados desde la infan­cia por las uñas percudidas de sus padres. Telecatch y mi hermano iban al frente, y me es difícil describirlos, en su insolencia de salvajes salidos de alguna película de los años cincuenta. Aquella era otra época y con el paso de los años la distancia hizo que ambos adquirieran contornos míticos. Ahora hay un velo que no me deja verlos con otros ojos que no sean los de la adolescencia: Telecatch y mi hermano siguen siendo mis héroes.

Al final de las tardes lluviosas, se reunían en la aveni­da principal y el estruendo de los escapes abiertos parecía sustituir el barullo de las garzas reunidas en los árboles de antaño. Llegaba la noche y la humareda de las viejas motos se elevaba, ocultando la luna. Yo miraba a mi hermano y su manera de menear las cadenas niqueladas de la cintura, los pantalones de mezclilla sobre el tubo de las botas mi­litares negras. Sentado cerca de la avenida, a la orilla de la banqueta, yo encendía veinte marlboros mientras esperaba a que el aguacero disminuyera. Después hacía explotar el río Mekong con mis misiles nocturnos. Buuum.

Bastó un año para que el grupo se completara. Delgadas, las doce siluetas con marcadas lordosis vagaban por los barrios, en una larga fila movediza. Dentro de la noche, era posible seguirlos, en sus zigzagueos por las esquinas, gracias a las brasas de los cigarros, que se mantenían encendidos aun contra el viento. Había un perfil fantasmagórico en aquella pandilla, ya ni nos acordábamos del sonido de sus voces. Parecían estar en movimiento continuo y, si conversaban, debía ser apenas entre sí.

Transcurrieron los años y la ciudad creció. Como las carre­teras a su alrededor ya no servían para nada, iniciaron las obras de una autopista. También desaparecieron las peque­ñas canchas de futbol, ocupadas por edificios enormes, y encontrar por ahí un callejón donde todavía entrara el sol se volvió imposible, ni siquiera nuestro barrio era fácil de reconocer. Telecatch, mi hermano y su pandilla se alejaron del centro y podían ser vistos en el trébol de la entrada a la ciudad, indolentes, mirando desde la cima de los asientos de sus máquinas, a las revolvedoras y los obreros que destruían las pistas viejas de tantos arrancones y victorias secretas.

Entonces empezaron las muertes. En el bochorno de una noche de enero, Telecatch volaba a doscientos por hora entre las jardineras de la carretera nueva en obras, y, en un descuido cualquiera —tal vez una lechuza lo distrajo o la luz intensa de luna se le metió en los ojos—, un camión lo arrolló de lleno, justo a la altura del trébol.

En la clara mañana de sol del día siguiente, el único objeto oscuro que se movía era la procesión fúnebre del ataúd con Telecatch dentro, levantado en andas por cuerdas amarradas a las motocicletas. El leve temblor en los labios, que la muchachita se había mordido hasta sangrar —sen­tada en la orilla de la banqueta, a la sombra negra de los motociclistas que se desplazaban— no era suficiente para hacer que el tiempo regresara. Una nube cubría el rostro de la gente, de los árboles y las casas, conforme las ruedas avanzaban por la avenida y el amarillo percudido del perro callejero vibraba contra el betún del asfalto.

A principios de febrero, Cãozinho, el más joven de todos, después de ganar una apuesta de alcanzar los 140 kilómetros por hora en 50 metros, fue coronado por la puerta delantera de un opel que atravesaba la autopista, justo en el mismo lugar donde Telecatch había muerto. Fue difícil sacarlo de ahí, de tan aferrado que quedó a los laureles de la victoria.

Los accidentes continuaron durante los meses siguientes. En marzo, le tocó su turno a Oi, conocido por la única palabra que le habían oído pronunciar. Otros muchachos fueron desapareciendo en el retrovisor —en marzo, abril, mayo, junio—, cada mes había un motociclista anotado en la hojita del calendario —y en julio y agosto, otros más. Ya nadie se acordaba de sus nombres, hacía tanto tiempo que se habían convertido en unas sombras veloces. Fue entonces que a alguien se le ocurrió identificarlos por los meses. Septiembre murió en septiembre, Octubre al mes siguiente y Noviembre en el noviembre más caluroso que habíamos tenido en muchos, muchos años. Cuando llegó diciembre, once de la banda habían muerto, siempre en el mismo trébol, y sólo quedaba mi hermano. La gente de la ciudad comentaba que Telecatch debía ser una especie de flautista de Hamelin, pero con el paso del tiempo también se olvidó su nombre. Así fue como le empezaron a decir Enero.

Un día hubo algarabía, chamarras negras hinchadas por el humo, aullidos de comanches y el ruido de las motocicletas que invadía las aceras para provocar a las muchachas. Era como si aquellos tipos fueran apóstoles de la vastedad que desapareció con ellos. Y, de repente, llegó la quietud a la sombra de los edificios. Sólo el ronquido de un motor aún funcionaba como aviso, anunciando a todos que llevaran sus codos de las barras en los bares, a sus casas, pues el último motociclista acababa de pasar. Los taxistas permane­cían adormilados en sus sitios, los sueños del recepcionista del hotelito cercano a la estación de camiones seguían ilu­minados por la luz de la tele fuera del aire, y alguna puta continuaba insistiendo en hallar al único cliente de una noche poco rentable —la falda inflada por el viento de las esquinas.

Era esa la hora preferida de mi hermano, cuando patrullaba cada callejón guiado por las luces rojas de la zona y la claridad de la luna llena. En esos momentos debía de recordar a Telecatch y a su pandilla, cuando los estalli­dos de los escapes abiertos de las motocicletas inundaban la madrugada de aquella pequeña ciudad de provincia. Yo lo acompañaba en su ronda, sin que el tripié de su moto tocara nunca el suelo. Ya no sabría decir si estaba vivo o muerto.

Su fantasma apareció en una mañana bochornosa. Yo ha­bía pasado la noche en vela, estudiando para los exámenes finales de la escuela, padeciendo pesadillas algebraicas con el profesor de matemáticas. Entonces el día clareó y ahí estaba, de pie al lado de la cama, el dedo índice y el brazo apuntando hacia la pared atrás de mi cabeza, la chamarra negra de siempre, apestosa a gasolina. Cuando intenté gi­rar el cuello para ver lo que señalaba, la parálisis me lo impidió. Fueron necesarios segundos interminables para que la aparición desapareciera. Y debo de haber roto todos los récords de velocidad en la carrera a la cocina, dejando por lo menos la rótula de la rodilla derecha en la esquina de alguna pared del camino. Sobre la mesa del desayuno, el periódico del viejo parecía reflejar mi palidez. Mis ojos estaban en el fondo de la taza de leche que mi madre me sirvió —abiertos de par en par.

Después de restablecerme, regresé al cuarto. En el calen­dario de la pared, la fotografía de mi hermano, sentado en la moto, su sonrisa brillante como el Verano clavado en una curva del pasado, mientras en el aire sonaba la canción que venía de alguna estación de radio de flashbacks. Atrapado en la hojita —finalmente doblado— mi hermano, el mes de Diciembre.

(De Curva de rio sujo, Planeta, 2003.)

Incluido en: Paula Parisot (compilación), La invención de la realidad. Antología de cuentos brasileños, traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo, Cal y arena, México, D.F., 2013.

 

Joca Reiners Terron
Autor de los libros de relatos Curva de rio sujo, Hotel Hell y Sonho interrompido por guilhotina, además de las novelasNão há nada lá, Guia de ruas sem saída y A tristeza extraordinária do leopardo-das-neves. Su novela, Do fundo do poço se vê a lua, recibió el Premio Machado de Assis de la Biblioteca Nacional.


La invención de la realidad incluye cuentos de Marçal Aquino, João Anzanello Carrascoza, João Paulo Cuenca, Rubens Figueiredo, Rubem Fonseca, Milton Hatoum, Michel Laub, Patricia Melo, Ana Miranda, Cíntia Moscovich, João Gilberto Noll, João Ubaldo Ribeiro, Luiz Ruffato, Deonísio da Silva, Veronica Stigger, Lygia Fagundes Telles, Cristovão Tezza, Dalton Trevisan, Elvira Vigna, Joca Reiners Terron y Adriana Lisboa.

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