Ocurrió que cierto domingo, luego de que yo había terminado la liturgia, mientras caminaba a mi casa dos hombres de mediana edad con barbas vinieron hacia mí dando gritos; uno dijo: “Oh, santo señor, ¿qué nos mandas hacer? Se nos ha ordenado mediante un ukase [edicto] del emperador que nos rasuremos las barbas; pero estamos dispuestos a ofrecer nuestras cabezas por nuestras barbas. Que nos corten la cabeza si eso salva a nuestras barbas”. Me sorprendió esta pregunta súbita e inesperada, y por un tiempo fui incapaz de contestarles según algo que estuviera en las Escrituras. Les respondí, sin embargo, haciéndoles a mi vez la pregunta de qué volvería a crecer: ¿la cabeza cortada o la barba rasurada? Les sorprendió la pregunta, pero luego de un breve silencio uno dijo: “La barba crecerá de nuevo, pero la cabeza no”. “¿No sería entonces mejor”, les dije, “que sacrifiquen sus barbas que van a crecer de nuevo así las rasuren diez veces, en lugar de perder sus cabezas, que una vez cortadas nunca crecerán de nuevo sino hasta la resurrección general de todos los hombres?”. Luego de decir esto me fui a mi celda; muchos de los principales ciudadanos me acompañaron ahí y tuvimos una larga conversación sobre el asunto de rasurarse o no rasurarse la barba. Y al enterarme de que muchos de ellos, quienes, en obediencia al ukase del emperador, se habían rasurado sus barbas y ahora abrigaban dudas sobre su propia salvación, porque al haberse privado de sus barbas habían perdido la imagen y semejanza de Dios, los exhorté a desechar tales dudas y les dije que la imagen y semejanza de Dios no estaba en la cara externa y visible del hombre, sino en el alma invisible; y más aún, que incluso en este caso no tenían por qué dudar de la salvación de sus almas, en tanto que no se habían rasurado por voluntad propia sino debido a un ukase del emperador. [Este es un pasaje de la Vida de San Dimitri de Rostov. Se explica porque en 1698 Pedro el Grande regresó a Rusia de un tour por Europa. Con el deseo de modernizar su país, él personalmente les cortó a sus nobles las largas barbas que tenían. En 1705 instauró un impuesto a la barba: salvo los campesinos y los sacerdotes ortodoxos, todos los hombres que quisieran tener pelo en la cara debían pagar. Dimitri, cuya Vida al parecer se publicó anónimamente, nació dentro de una familia cosaca en 1651 y tomó sus votos religiosos en el monasterio de San Cirilo en Kiev. Fue canonizado por la Iglesia Ortodoxa Rusa en 1757, cuarenta y ocho años después de su muerte.]

Fuente: Lapham’s Quarterly, otoño 2015.

00-cabos