La primera aparición del mar en la literatura griega ocurre en el verso 34 del canto I de la Ilíada: el sacerdote Crises, recién humillado por el caudillo Agamenón, que se niega a devolverle a su hija Criseida, se aleja de los campamentos aqueos caminando por la orilla. El silencio del anciano contrasta con el inacabable discurso de la mar. A partir de este momento, el rumor de las olas y los aromas de yodo y de salitre no dejarán ya nunca de impregnar la escena poética. Si amputáramos la presencia del mar, la poesía griega quedaría descolorida y casi muda. En el trayecto que va de Homero y Hesíodo a poetas tardíos como Rufino o Filipo, toda una imaginería del mar fue quedando acuñada para uso y disfrute de generaciones venideras. Todavía no la hemos descartado. ¿En qué ciudad costera, en qué corniche, en qué paseo marítimo falta un local que se llame Odisea o Ítaca o Poseidón? ¿En qué puerto falta un barco bautizado como Calipso, Nereo, Tritón o Nausicaa?

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Fuente: Aurora Luque, Aquel vivir del mar. El mar en la poesía griega. Antología, Acantilado, Barcelona, 2015. [En la cubierta del libro se muestra un fragmento de En los días de Safo de John William Godward (1904, óleo sobre lienzo, 58.4 x 73.7 cm, The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles. Aquí reproducimos la pintura completa. Con las gracias a Alejandro García Abreu.]