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Los romanos estaban obligados al servicio militar, al principio en realidad, luego en teoría, mientras se encontraban en edad de iunores, entre los diecisiete y los cuarenta y seis años. Durante ese periodo —la flor de su vida— podían llamarse “jóvenes” —iuvenes o adolescentes— hasta bien avanzados en sus treinta y cuarenta años. Salían de la niñez —pueritia— y se convertían en jóvenes al vestir la toga virilis a los catorce años. Entre los cuarenta y seis y los sesenta se iniciaba el ocaso hacia la vejez, y a los sesenta se entraba en franca senectud: desde entonces los ciudadanos quedaban exentos de formar en el jurado y los senadores de atender a las sesiones en el Senado. La vejez se precipitaba sobre las mujeres más aprisa que sobre los hombres. Julia, la hija caprichosa de Augusto, sólo tenía treinta y ocho años cuando ya se consideraba próxima a envejecer. Todo mundo convenía en que la vida se apagaba demasiado pronto. Trimalquión [o Trimalción, el personaje del Satiricón de Petronio] “tenía en su comedor un reloj y un trompeta vestido de uniforme para recordarle que el tiempo pasaba sin volver”. A la vista de una botella de vino exclamó con morboso sentimentalismo: “tiene más vida que los hombres”.

Fuente: J. P. V. D. Baldson (ed.), Los romanos. Versión española de Cecilio Sánchez Gil, Biblioteca Universitaria Gredos, Madrid (1ª edición, 1966; 3ª reimpresión, 1987).