A diferencia de las ciudades europeas, la nuestra era una ciudad silenciosa. La excesiva vitalidad europea aquí suavizaba su aspereza y el griterío de España o de Italia disminuía la intensidad de su registro. Ni los mercados resultaban en México demasiado ruidosos. Al final del siglo no se oía otra cosa que el paso de los caballos o de un carruaje, los sonidos de las campanas y los anuncios del pregonero, como si el grave carácter de los indios, su cortesía oriental, impusieran a los vecinos españoles y a sus hijos una reserva y una contención desconocidas en la Península. En las Indias la voz se oía en sordina.

Fuente: Fernando Benítez, La vida criolla en el siglo XVI (1ª edición, 1953; 2ª edición, El Colegio de México, 2012).

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