¿Quién elige sus sueños?

¿Por qué con Martha, la mejor amiga de mi mujer y esposa de mi mejor amigo? Empecé a soñar con ella y luego seguí soñando. Y en esos sueños sucedía de todo. En persona, en las frecuentes reuniones entre los cuatro, aparentaba yo —¿o aparentábamos?— normalidad y suponía que nada se notaba.

Hasta que una noche Eduardo y yo nos quedamos solos después de cenar, con una nueva copa de vino y más café, mientras Martha y mi mujer iban al baño a ver algo de un maquillaje que acababa de salir al mercado.

Eduardo dio un trago a su copa de vino, respiró profundamente y dijo, seco:

—Por favor, deja de soñar con mi mujer. No haces más que inquietarla.

 

La llave

Era tarde, lloviznaba, y le pareció preferible quedarse en el pueblo por el que pasaba antes de llegar a su destino.

Encontró cerca de la carretera un pequeño hotel que no tenía mal aspecto.

Entró y atrás del mostrador lo atendió un viejo gordo y calvo, con dos mejillas sonrosadas y una larga nariz en cuyo extremo cabalgaban peligrosamente los pequeños lentes de aro de metal.

—Buenas noches, señor —se volvió enseguida al tablero de las llaves—. Aquí tiene su llave, señor.

—Pero… —dijo él mostrándole la tarjeta de crédito.

El viejo hizo un gesto displicente y le sonrió.

—Por favor, señor —se limitó a decir.

Subió al cuarto con su pequeña maleta. Encendió la luz de una lámpara de flecos en la mesita de noche. Lentamente, los muebles fueron saliendo de la sombra, delineándose como una placa fotográfica al contacto de las sustancias que la revelan: maderas opacas, una cretona deshilachada, una cama matrimonial con dosel, un armario con una gran luna.

Al día siguiente salió del hotel poco después del amanecer. Al intentar pagar, el viejo gordo volvió a sonreírle, mirándolo por encima de los lentes de aro de metal. Tomó la llave, se volvió y la puso en su lugar.

—Aquí tendremos siempre su llave, señor.

 

Nacimiento del alma humana

Dicen los etólogos que el hombre logró primero erigirse en dos pies. La mujer tardó más por el peso de los embarazos y del pecho.

Así, el alma humana nació cuando el hombre y la mujer hicieron el amor mirándose a los ojos.

 “¿Quién está ahí adentro?”

A veces, cuando estás dormida a mi lado, te pregunto, sin que me oigas: “¿Quién está ahí adentro?”.

 

La horca

Era una manera de mantener la puerta abierta, aseguraba Paco Mireles, un buen compañero y brillante estudiante, por cierto, con quien había yo compartido la primaria en una escuela de jesuitas. Padecía claustrofobia espiritual, agregaba. La puerta siempre abierta a amplios paisajes, a nuevas e insospechadas posibilidades de vida… o de vidas después de la vida (porque durante un tiempo se leyó todos los libros sobre el tema). Nada de presiones o imposiciones absurdas. Además, qué sabor hacer el amor frente a una horca.

—No te imaginas: primero se asustan de ver la cuerda en la recámara al entrar. Cómo hacer el amor ahí, y ¡cómo!, ¿hacer el amor ahí? ¿No hay manera de esconderla mientras tanto, por lo menos al principio? Por lo menos, al principio… en lo que se calentaban…

Paco hablaba de su horca y de sus mujeres con una euforia insospechada en un joven que, hasta hacía muy poco, parecía modelo de decencia y de fidelidad matrimonial. Pero, se comentaba, el divorcio y alejarse de sus dos hijos —tan lindos, tan pequeñitos, tan parecidos a él— pareció destramparlo hasta la locura. De otra forma, ¿cómo entender que alguien —recién divorciado, además— instale una horca en el centro mismo de su recámara?

—Luego hasta resulta que les es más fácil el orgasmo nomás de ver la horca encima de ellas, apretándonos mucho, protegiéndonos mutuamente. ¿Para qué la tienes ahí, eh?, preguntan todas. El chantaje perfecto. Porque yo les contesto: por si me dejas, por si ya no me quieres, por si te metes con otro. Qué ternura, termina por despertarles el instinto maternal, sólo yo voy a salvarte, ya sabes.

La verdad es que era cierto: la horca llamaba la atención en el centro de la recámara (en un departamento que era casi pura recámara), exactamente frente a la cama, presidiendo los sueños de Paco (“¡qué alivio despertar de una pesadilla y tenerla ahí enfrente!”), balanceándose suavemente como un péndulo macabro, agorero.

Gozaba con el asombro de todos, muy especialmente de sus amigos de “antes”, mostraba la perfección del nudo corredizo, acercaba el banquito, se trepaba en él para demostrar cuán fácil era meter la cabeza, sí, así, ahí, allá, dónde.

—Una patada al banquito y plaf, se acabó, el mundo estalla hecho añicos. ¿Y luego?

Y hasta bailoteaba un poco sobre el banquito, con los movimientos nerviosos del que va a iniciar una carrera.

—¡Bájate de ahí por Dios! —quién podía evitar gritarle, correr a detenerlo, abrazarlo por la cintura, sobre todo las mujeres, claro.

—¿A qué puede compararse esa experiencia; meter tú mismo la cabeza en el misterio, como la metía Alicia en el espejo? —preguntaba con el mismo aire con que daba su lección en la escuela—. El Padre Nuestro dice: no nos dejes caer en la tentación. ¿Y a qué otra tentación puede compararse una horca, el método más antiguo para fugarse de este mundo, por cierto? La pistola debajo de la almohada termina por volverse tan insulsa, sabes, y no se diga del frasquito con veneno, el balcón al vacío, todas esas tonterías, bah. Sólo la horca es demostración palpable de que la escapatoria requiere de la convulsión del cuerpo hasta el orgasmo. ¿Te imaginas venirte en el instante mismo de morir?

Y, de nuevo, me mostraba su álbum de fotos de ahorcados con la erección o en franca eyaculación.

También supimos, por el testimonio de ella misma, de la mujer a la que amenazó con matarse si lo dejaba. Ella reaccionó en sentido contrario al instinto maternal aquel que le suponía a todas: mátate pues, qué esperas. O te ahorcas ahora mismo o me largo yo. Y de pronto agregó: es más, de todas maneras ya me voy. Y se fue sin dar más explicaciones porque él seguía, torpemente por lo nervioso que estaba, haciendo el simulacro de irse a ahorcar, de bailotear sobre el banquito, como lo hacía tantas veces. Y quizá de pronto tropezó. Ya sin una mujer al lado, suponemos, se ahorcó accidentalmente. ¿Será?

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Aterrizaje forzoso

Como si el angustioso hecho de un aterrizaje forzoso pudiera hacer girar al revés las agujas del tiempo. Nunca he entendido bien a bien por qué sucedió, pero sucedió. Al fin de cuentas, nada de lo importante en nuestras vidas puede ser descifrado. Lo de veras importante debe arrastrarse inconscientemente con uno, como una sombra. Así, encajado dentro de mí mismo, en posición fetal dizque para aguantar mejor el golpe, durante tres o cuatro minutos, recordé intensas escenas de mi pasado, y las imágenes se me encadenaron en forma interminable, infinita. Cuando sentí la sacudida brutal del panzazo del avión sobre la pista, volví a respirar y a mi supuesto estado “normal”. Comprendí que si quisiera enumerar todo lo que había recordado (y vivido en el recuerdo) necesitaría de horas y horas, y sin embargo todo sucedió en esos tres o cuatro minutos. La angustiosa experiencia sirvió para —una vez en mi casa con un whisky en la mano— reconocer que había vivido plenamente. Y, a pesar del miedo de volver a vivirlo, pensé que si pudiera permanecer en ese estado (pero Dios nos libre), dentro de esa “otra” realidad transcurrirían decenas, quizá cientos de años, mucho más intensamente de lo que estoy viviendo ahora, al servirme un nuevo vaso de whisky.

 

El reflejo

Cansado de mirarse en el agua, una mañana Narciso la removió con una rama.

Sintió cómo su cuerpo empezaba a desvanecerse. Sólo alcanzó a pensar:

—El reflejo era yo.

 

Rodeados

Siempre estamos rodeados de seres vivos por los cuales vivir y morir, pero también de seres ya muertos por los cuales vivir y morir, seres que podrían manifestarse en cualquier momento, pero en especial en el momento de nuestra muerte.

 

El viejo monasterio

A través de senderos montañeses abiertos a fuerza de ser andados, ascendió al viejo monasterio, levantado en plena soledad, entre piedras hirsutas. Soplaba un viento gris y rasgado, que levantaba una tierra amarilla, muy suelta. La vegetación era hostil. Maleza, espinos retorciéndose. Una sublime sensación lo guiaba en aquel duro ascenso matutino. Al descubrir las altas ventanas enrejadas, las gárgolas de agua, los remates góticos, el corazón le dio un vuelco. ¿No sería ahí donde, desde siempre, debía haber estado? Los muros se habían cuarteado y el atrio estaba invadido de hierbas. Al entrar en la capilla lo sobrecogió un gran Cristo crucificado sobre el altar, tan inclinado hacia el frente que parecía a punto de caer. Las bancas estaban vacías.

El sacristán se acercó a bisbisarle al oído la conveniencia de que se ubicara en alguna banca trasera, entre las sombras: su presencia podía perturbar a los oficiantes, acostumbrados a la falta de fieles. ¿Para quién oficiaban entonces? Obedeció.

De pronto, una fila de monjes encapuchados apareció junto al altar y se ubicó en los asientos del coro. El sacerdote inició la ceremonia con la aspersión del agua. Los del coro entonaron el Asperges. Las casullas oscuras, con su cruz bordada en oro, contrastaban con el alba purísima que vestía el sacerdote, quien un momento después subió solemnemente las gradas del altar, persignándose una y otra vez. Los monjes cantaron el Introito. Luego vinieron los Kiries desolados, el Gloria triunfante. Para entonces él se sentía al borde del llanto. Comprendió la necesidad que tenían de oficiar en la soledad, sólo para Él y nada más que para Él.

La severa epístola, el evangelio de amor y el fogoso credo resonaron en la nave. Cuando el sacerdote levantó la hostia, le pareció adivinar una presencia invisible. Ofrecidos el pan y el vino, una crencha de humo brotó del incensario de plata. Todo el resto de la escena estuvo envuelta en ese humo, como en una nube sobrenatural. El celebrante inciensó las ofrendas, el crucifijo, las dos alas del altar, a los monjes, uno por uno.

Le parecía un privilegio inmerecido haber presenciado la ceremonia en aquella capilla tan íntima. Como si él mismo —su cuerpo— no hubiera estado ahí y sólo su alma la hubiera visto, entrevisto. Una vez que se marcharon los oficiantes, estuvo observando el halo que continuaba sobre el altar; ya sin la necesidad del humo. Algo como el halo que deja en un escenario vacío la obra que acaba de representarse. Se persignó y salió a los senderos montañeses.

Caminaba con la vista baja y sin volverse. No fuera a comprobar que el convento y la capilla estaban completamente vacíos y abandonados.

 

Nadar de muertito

Movido por la energía que el amanecer le transmitía, Pablo hacía largas exploraciones por los acantilados, trepando, saltando, maravillándose de todo lo insólito que descubría al pie de las rocas. Suyas eran las caracolas y su música de pleamar; suyos los careyes acorazados de topacios, que ocultaban sus huevos en agujeros que luego rellenaban y barrían con las escamosas patas; suyas las piedras negras, libres de la sal marina, que sólo se encontraban encima de las más altas rocas; suyas las gaviotas mitoteras que volaban a ras del agua. En fin, suyo era el interminable horizonte repentinamente encendido ya dueño de sí mismo y de su poder. Primordial sensación de belleza gozada igualmente por el cuerpo y el entendimiento, que nacía con cada renacer del mundo. Belleza cuya conciencia, en tal soledad, se transformaba, para un joven tan emotivo como Pablo, en proclamarse dueño del mar, de la tierra, del abismo donde terminaba el cielo, como supremo usufructuario —él, él solo— de la creación.

Aquella mañana debían de ser menos de las seis cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas, su predilecta. Se tiró al mar desde una roca. El agua estaba fresca y le provocó un gran bienestar dejarse llevar por las corrientes caprichosas. Nadando de muertito, en efecto, adquirió aquella mañana tal expresión de deleite en el rostro que parecía un iluminado favorecido por alguna inefable visión.

Se dejó llevar a la deriva, así, con el cuerpo totalmente relajado, y quizá se quedó dormido, o por lo menos al volver a abrir los ojos él tuvo esa sensación porque ya estaba en pleno mar abierto.

Empezó a nadar con desesperación y enseguida supo que las fuerzas no le alcanzarían para llegar a la playa.

Olas van, olas vienen, pero la playa aún le quedaba muy lejos.

Hacía esfuerzos inauditos por dar nuevas brazadas, por jalar algunas bocanadas más de aire. La ansiedad lo empezaba a ahogar.

En cierto momento, la resignación lo dejó más tranquilo. Pensó —todavía alcanzó a pensar— que de veras ningún destino es mejor que otro si lo asumimos. La sensación de que todo tenía que ser así y no de otra manera. Había nacido para esto, por absurdo que fuera. Toda su vida se reducía ahora a la preparación de aquel momento. ¿Por qué no perdía la conciencia si ya no podía respirar? ¿Por qué, por el contrario, parecía aumentar? Todo era tan claro. Cada vivencia anterior, aun las más lejanas, las primeras de felicidad o de dolor, de rechazo o de amor, de rabia o de compasión, cobraban sentido allí y no antes, llegaban en el recuerdo a encontrar recién su destino. 

 

Los escritores

Nos preparamos para ser escritores. Con los años, y por diferentes razones, abandonamos la escritura, pero nos seguimos viendo. Antes de afrontar los riesgos de un triunfo solitario, preferimos perecer unidos en el mismo naufragio.

 

Vacuna contra el sida

En el momento del orgasmo, ella dijo el verso de un poema.

—¿Dónde lo leíste? Es bellísimo.

—No lo leí. Al eyacular, un hombre lo dijo y me lo aprendí.

La siguiente ocasión en que yo eyaculé con otra mujer, dije el verso.

Según me confesó después, se lo aprendió y al tener un orgasmo con su marido, lo dijo. Con toda seguridad, él también se lo aprendió. ¿A dónde llegaría la cadena?

 

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El cuarto hombre

Una tarde, Gustavo, hermano de Francisco Madero, entró sin previo aviso con Victoriano Huerta —amagándolo con una pistola— al despacho presidencial en Palacio Nacional.

—Por fin, después de seguirle la pista mi gente y yo durante semanas, lo acabamos de encontrar en casa de Enrique Cepeda, junto con Félix Díaz, Gregorio Ruiz y Rodolfo, el hijo de Bernardo Reyes, organizando descarada-mente el cuartelazo que nos quieren dar a partir de la toma de la Ciudadela.

Madero miró fijamente a Victoriano Huerta, imperturbable, con sus lentes oscuros y su holgado abrigo negro —así, como un ave agorera—. Sin embargo, qué extraña relación tenía Madero con aquel siniestro personaje. ¿Era quien debía sacrificarlo, colocarle su corona de espinas, volverse su Judas, y a quien, desde ahora, tenía que empezar a perdonar, según le dictaron los espíritus diez años antes? Entonces, ¿de qué se trataba en realidad este encuentro tan crucial, del que su hermano Gustavo era testigo? ¿Algo así como circunstancias que él estaría tentado de llamar ceremoniales, una doble danza encadenada del victimario y la víctima, un cumplimiento?

Pero Huerta también sabía muy bien su papel en aquel juego macabro. Sería inevitable la reacción de Madero ante el acoso mutuo que les hacía su hermano Gustavo, sin bajar la pistola, engatillada, en su sien. Por eso no parecía que hubiera un solo músculo de la cara de Huerta en tensión y su actitud era hasta francamente relajada.

El hombre gordo de mediana estatura que estaba sentado en un rincón, casi invisible, con saco de pana, camisa blanca abierta en el cuello, y cuya única característica particular era su labio inferior, estremecido por la dificultosa respiración, parecía absorto en cuanto veía y escuchaba.

Madero apartó lentamente la pistola de Gustavo de la sien de Huerta y dijo:

—El propio general Huerta me ha enterado de todos esos movimientos de nuestros enemigos. Se ha infiltrado entre ellos para conocer sus planes y hacérnoslos saber. De tal manera, Gustavo, nuestro compromiso con él es darle toda nuestra confianza y dejarlo trabajar en plena libertad… General Huerta, le reitero que estamos en sus manos…

Gustavo bajó la pistola y la otra mano la pasó por la cara, como apartando una sombra inconcebible.

En ese momento, el hombre gordo se levantó de la silla y exclamó con voz perentoria:

—¡Corten!

Se acercó a ellos y, en tono amable e insinuando una sonrisa, dijo:

—Bastante mejor. Ya casi. Piensen que es la escena culminante que le da sentido a cuanto ha sucedido y va a suceder. Vamos a hacer otra toma, quizás la última —y miró su reloj—… en unos veinte minutos. Mientras, relájense y váyanse a tomar un café.

Camino a la salida del despacho, Madero le preguntó a Huerta:

—¿Cómo me sentiste, Victoriano?

—Mucho más convincente que la vez anterior. Como dice el director, ya casi conseguimos redondear la escena. El que no me convence es Gustavo; sigue actuando como si esto sólo fuera ficción.

 

Ignacio Solares
Narrador y dramaturgo. Entre sus libros: La invasión, No hay tal lugar y El jefe máximo.

Estos relatos forman parte de Aterrizaje forzoso y otras minucias, libro de próxima publicación en la editorial Alfaguara.

 

5 comentarios en “Aterrizaje forzoso y otras minucias

  1. La densidad, la rapidez narrativa, la frase definitiva que abre al infinito, sólo un gran escritor puede construir estos misterios radicalmente reales

  2. En “Aterrizaje forzoso y otras minucias” Ignacio Solares da una vuelta más de tuerca sobre uno de sus temas favoritos: la irrealidad de la realidad. Aquí introduce claramente el tema del “eros y tanatos” y hace unas seductoras e inquietantes sugerencias sobre la pareja y su fidelidad.