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Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables


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He dicho que el Mar del Norte fue la escuela donde refiné mis conocimientos de náutica antes de lanzarme a surcar los océanos anchurosos. Pese a ser de hecho reducido en comparación con el vasto escenario de este planeta que ciñen las aguas del mar, no llegué a conocer todos sus rincones. Mi aula se encontraba en la región próxima a las costas de Inglaterra, que en el año de la paz con honor había olvidado tiempo atrás los episodios bélicos propios de su historia marítima. Era una costa apacible, agraria, industrial; eran tierras en las que habitaban los pescadores. De noche, las luces de sus muchas localidades jugaban con las nubes o, si era la noche despejada, permanecían en calma aquí y allá, formando franjas de luminosidad difusa en medio del perfil negro como la tinta que trazaba la línea de tierra. Cuántas noches no me habré encontrado faenando a bordo, a la sombra de esas costas, a la vez que envidiaba, como suelen los marinos, a las gentes de tierra adentro, que dormían a pierna suelta en sus camas, arrulladas por los ruidos del mar. Imagino que ni una sola de las cabezas que reposaban en las envidiadas almohadas sintió la menor inquietud ante la más remota premonición de las realidades de la guerra naval que en el breve transcurso de una sola generación iban a rondar tan cerca de sus hogares.

Sin embargo, lejos de aquella región de afables recuerdos, y atravesando una parte del Mar del Norte que me era mucho menos conocida, tuve una honda conciencia de la familiaridad que en mí despertaba el entorno. El día era nublado, desapacible, y los aspectos de la naturaleza no cambian, al menos en el transcurso de miles de años, o de siglos tal vez. Los fenicios, sus primeros descubridores, y los romanos, primer imperio que dominó ese mar, habían vivido días iguales que aquél, completamente distintos en la calidad invernal de la luz, incluso en una tarde de julio, de todo lo que hubieran conocido en su Mediterráneo natal. Por mi parte, habiendo llegado tan tarde a ese mar, y en calidad de antiguo alumno suyo, me divirtió reconocer el característico aspecto que recordaba de mis días de aprendizaje. Era lo mismo de entonces. Una vasta extensión de agua entre verde y gris que sonreía colérica con las crestas de espuma, mientras todo lo cubría un dosel desangelado, sin brillo, hecho aparentemente de papel secante humedecido. De cuando en cuando, un chubasco de lluvia fina pasaba de largo como una vaharada de humo sobre las manchas que a lo lejos eran los barcos de pesca, muy escasos y diseminados, cabeceando sin cesar sobre una línea del horizonte que se disolvía de continuo y se volvía a formar sin descanso.

Fuente: Joseph Conrad, “Visita a Polonia, 1915”, en Fuera de la literatura, traducción del inglés de Catalina Martínez Muñoz y Miguel Martínez Lage, Siruela, 2009.

 

Delia Juárez G.

Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.

 

Un comentario en “Joseph Conrad en el Mar del Norte