Los intelectuales son seres del pasado. Estos individuos —que generaban ideas, se involucraban e incidían en la esfera pública a partir de ellas— son cada vez más escasos y tienen menos poder. Si bien se sigue produciendo conocimiento que dialoga con la sociedad, su estructura, alcance y portavoces han cambiado. Vale la pena recuperar aquí una distinción que existe en el mundo anglosajón. Por un lado está el intelectual a secas, el individuo dedicado a actividades relacionadas con el intelecto. Siguiendo esta definición, como Gramsci señaló, cualquier ser humano sería un intelectual en la medida en que todos somos seres pensantes. Por otro lado, está el public intellectual, aquel que, además de trabajar con el intelecto, piensa y discute problemas de interés público y tiene una injerencia directa en la sociedad. Es esta última forma de intelectual la que está desapareciendo y la que aquí nos interesa.

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Los intelectuales públicos han sido sustituidos por otros actores sociales, entendidos estos últimos a la manera de los tipos ideales weberianos —categorías explicativas que no tienen por qué corresponder empíricamente con la realidad y que permiten las excepciones—. Por un lado, su lugar está siendo ocupado por los expertos (experts) y los tecnócratas, seres especializados en ciertas ramas del saber, a través de las cuales intervienen en aspectos particulares de la problemática social. Por otro lado están los académicos, también portadores y defensores del conocimiento especializado, pero desconectados del resto de la sociedad tanto por sus temas como por el tipo de discurso que producen. A éstos se han sumado los periodistas y articulistas, que sí son leídos por amplios espectros de la sociedad pero que, en realidad, no producen ideas originales ni de gran calado. Se limitan a comentar la coyuntura desde una visión particularista, que no alcanza a explicar más que la epidermis de los fenómenos sociales y que tampoco se preocupa por profundizar y teorizar, pues sabe que la noticia de mañana será otra. Son estos personajes a quienes Roger Bartra ha nombrado los “opinadores” y Jorge G. Castañeda la “comentocracia”. Por último están los activistas que, si bien participan en la esfera pública, se limitan a adoptar e impulsar ideas de terceros para atajar y pensar las problemáticas sociales a las que buscan responder.

Distinguimos, por lo menos, cuatro causas que explican la extinción de los intelectuales. La primera aparece con el establecimiento del capitalismo y la democracia liberal como modelos hegemónicos. Hoy vivimos condicionados por la impresión de que el disenso ideológico es infértil, y nuestro campo de acción político e intelectual se restringe a la resolución de problemas técnicos del modelo dado. La noción de un intelectual crítico, comprometido y generador de visiones alternativas a las presentes resulta anacrónica. No son necesarios los seres reflexivos, sino los netamente operativos.

Otra causa ha sido el surgimiento de la Academia como forma de vida e institución creadora de un orden discursivo particular. La Academia posibilitó la factura de un mundo que parecía idílico, en tanto prometía la generación de ideas por las ideas mismas. Materializó la torre de marfil: un espacio para producir conocimiento sin tener contacto con la sociedad y sus problemas. Las universidades domesticaron a potenciales intelectuales comprometidos. La crítica producida en ellas, a menudo virulenta y a veces genuinamente contrahegemónica, quedó encerrada en los salones de clase.

Además, la Academia creó un discurso que, incluso al salir de los confines de las universidades para su posible consumo, es procesado muy difícilmente debido a su oscuro lenguaje y a su hiperespecialización. En el caso de las humanidades y las ciencias sociales, se suma la adopción forzada y artificial de las reglas que, en principio, rigen a las ciencias duras o naturales. Poco a poco la escritura de libros —el producto del intelecto por antonomasia— derivó en la escritura de papers esquemáticos y con una estructura rígida.

La tercera razón tiene que ver con los medios de comunicación y, particularmente, con el inmenso poder que han adquirido. Los medios parten del supuesto de que lo importante es explicar la coyuntura, y eso precisa velocidad y brevedad. No hay tiempo ni espacio para la reflexión meditada y, por consiguiente, si hay crítica, ésta sólo se enfoca en los elementos más superficiales de las cuestiones que aquejan a las sociedades en su cotidianeidad.

Es innegable que, históricamente, los periódicos fungieron como una de las mejores vías para que los intelectuales incidieran en la realidad. De hecho, sin su existencia, hubiera sido casi imposible que los intelectuales rompieran los límites de la reducida esfera en que su conocimiento era consumido y entraran en contacto con otras. Sin embargo, el lugar que ocupaban los periódicos era secundario en su quehacer: se utilizaban como medios para la difusión de ideas, pero no como los espacios en que éstas se generaban —para ello estaban los libros—. Hoy, por el contrario, los periódicos se han vuelto la única plataforma del pensamiento. Los intelectuales públicos construían ideas por medio de sus libros y empleaban los periódicos para diseminarlas entre un público más amplio; los opinólogos y periodistas se restringen a escribir en los periódicos. Como consecuencia, proliferan las ideas superficiales, coyunturales y fragmentarias, y brillan por su ausencia las profundas, abstractas y sistemáticas.

Con la televisión lo antes descrito se ha radicalizado. En nuestra era —que incluso ha sido nombrada la “videósfera” por Régis Debray y “la sociedad teledirigida” por Giovanni Sartori— el discurso escrito, fuente central de la autoridad de los intelectuales, ha sido relegado a un segundo plano frente a lo visual. Eso dificulta que los intelectuales, tal y como los conocíamos, tengan cabida: poco importa lo que piense, lo central es la imagen del personaje en cuestión.

A lo anterior hay que sumar la aparición de la internet, la cual ha desmontado las cadenas unidireccionales de comunicación. Antes no se podía interpelar de manera directa y en tiempo real los discursos mediatizados. El carácter rizomático y de libre flujo de la internet erosiona cualquier autoridad vertical y, de manera casi automática, abre múltiples canales comunicativos. La posibilidad de expresarse sin ser cuestionado, rasgo esencial de los intelectuales de viejo cuño, no existe más.

Finalmente, atravesando estos factores, está el imperio de la lógica de la sociedad de consumo y de libre mercado. Bajo su dominio todo es convertido en mercancía intercambiable y toda industria —incluida la de los libros y las ideas— está supeditada al principio de la compra-venta. Contaminadas por la mercadotecnia y la publicidad, la originalidad y la potencial subversión de las ideas se limitan: si no venden, y si no lo hacen rápido, son desechadas.

El desplazamiento de los intelectuales por otros actores sociales es un trágico acontecimiento. Junto con ellos vemos perdida la capacidad de incidir en la esfera pública desde la reflexión profunda y en diálogo permanente con la tradición intelectual. Con su desaparición vacían el espacio de la imaginación crítica capaz de desmontar el presente y concebir futuros distintos. Aunque a lo largo de su historia varios intelectuales padecieron cierta “filotiranía” (Mark Lilla), es imposible negar que, en su mayor parte, fueron figuras que se enfrentaron al poder y, aún más, lo hicieron partiendo de una visión construida con base en sus reflexiones. Conformaron, pues, un auténtico contrapoder estructurado desde la reflexión intelectual.

Sin embargo, no anhelamos ni reclamamos el regreso de los intelectuales públicos del pasado. A pesar de las virtudes antes descritas, la estructura en la que operaban —y que perpetuaban— se definía por una serie de vicios que no deben ser olvidados. El más grave es su autoridad vertical. El poder que ostentaban no solamente estaba centralizado y personalizado, sino que era ejercido de arriba hacia abajo. Como lo señaló Zygmunt Bauman, los intelectuales eran legisladores: seres que supuestamente trascendían las consideraciones subjetivas y, por tanto, poseían una verdad superior e incuestionable.

Con su autoridad decidían a quién otorgarle validez o fama; y al hacerlo marginaban el pensamiento o la estética que no correspondiera a su visión. El dominio de los intelectuales propiciaba la construcción de una voz única. Cuando se reunían en agrupaciones colectivas (publicaciones, instituciones culturales u organizaciones políticas), o bien aparecía un individuo-eje alrededor del cual giraba la toma de decisiones, o la agrupación en su conjunto tendía a abandonar el diálogo con el exterior y a constituirse como un grupo de choque homogéneo. El objetivo supremo era convertirse en el portavoz del pueblo o, en su defecto, en héroe y orgullo nacional.

A esto habría que sumarle el hecho de que reproducían los sistemas de exclusión y dominación propios de su entorno. Su proceder meditado y contestatario no alcanzó los confines de sus propias prácticas. El saldo más notorio de lo anterior es la ausencia dentro del mundo intelectual de los distintos sujetos históricamente marginados.

Más allá de estas críticas, el papel que los intelectuales fungían tiene que ser recuperado. La crisis civilizatoria que atravesamos, para la cual no parecen existir alternativas radicales, necesita de la concepción y planeación de otros mundos. Para recuperar la imaginación crítica y el proceder reflexivo dentro de la vida pública, otrora actividades ejercidas por los intelectuales, nos vemos obligados, primero que nada, a pensar nuevos sujetos.

El camino que entrevemos, cándidamente utópico, es el de las intelectualidades colectivas: amplias comunidades conformadas para hacer lo que los intelectuales hacían, pero despojadas de sus vicios. Frente a la verticalidad las intelectualidades colectivas producirían ideas de manera horizontal, sin un centro fijo, privilegiando el diálogo democrático entre las distintas partes. Asumirían el presupuesto de la igualdad de las inteligencias defendida por Jacques Rancière: en términos intelectuales, no existe diferencia entre individuos y sus supuestas disparidades son simplemente construcciones sociales de diferenciación.

Los componentes de las intelectualides colectivas serían sujetos emancipados, conscientes de ser portadores de una voz con el mismo peso que las voces circundantes. Así, vistas con cuidado, éstas jamás conformarían una masa, sino una multitud, en el sentido en que Michael Hardt y Antonio Negri han usado este término. Recordemos que, al contrario de la masa, la multitud no conforma una unidad: es multiplicidad. En las intelectualidades colectivas el individuo mantendría su singularidad; no sería disuelto en lo colectivo; actuaría y viviría en colectividad, pero con su yo plenamente íntegro.

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Las intelectualidades colectivas, por definición, serían genuinamente pluralistas: aceptarían no sólo la existencia de múltiples intereses y visiones, sino de las contradicciones más tajantes. Abandonarían por completo la creencia en una verdad única. Por su propia configuración serían conscientes de que sólo hay presupuestos parciales y temporales que, dentro de sí, contienen su alteridad. Su condición sería el diálogo permanente y la discusión acalorada; alentarían, más que el acuerdo, el disenso. No estarían encerradas dentro de ellas mismas, sino tendiendo lazos con otras colectividades. Todas estarían felizmente condenadas a su eventual división y transfiguración en nuevas entidades ya que, al mantener en sí el antagonismo inherente a las sociedades humanas (Chantal Mouffe), no pueden aspirar a una síntesis dialéctica definitiva. Lo duradero les resultaría una tiranía insoportable y, a un tiempo, imposible.

El medio natural de las intelectualidades colectivas sería, sin lugar a dudas, internet. Gracias a ésta se podrían construir las comunidades horizontales necesarias para su aparición. Y lo más importante: se facilitaría la elaboración de un discurso colectivo, sin mediadores, jamás suturado, abierto permanentemente a la edición. No obstante, llegado un punto, también precisarían del contacto personal, de la construcción de los afectos políticos que sólo puede lograrse tras compartir el mismo espacio, permanecer hombro con hombro y lanzar consignas al unísono.

Los productos intelectuales de estas colectividades serían anónimos. Así defenderían su característica fundamental: emanar de la reflexión colectiva. Al pensar en conjunto se abandonaría cualquier indicio de especialización y se producirían visiones abarcadoras en ánimos de traspasar lo particular (y fáctico) para acercarse a lo general (y teórico). Los procesos deliberativos construirían una reflexión pausada y susceptible de ser revisitada. Por lo tanto, las ideas generadas serían críticas y, ante todo, autocríticas. La imagen de estos productos no sería la de un libro, sino la del palimpsesto.

Trabajemos para que las intelectualidades colectivas puedan acontecer. Acaso ellas sean las puertas que nos permitan librar la crisis de futuro que hoy nos aprisiona. Busquemos, en su advenimiento, el tiempo verdaderamente nuevo.

 

Luciano Concheiro San Vicente
Historiador por la UNAM y sociólogo por la Universidad de Cambridge.

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.

Este ensayo forma parte del libro El intelectual mexicano: una especie en extinción, que Taurus pondrá a circular en estos días.

 

4 comentarios en “Intelectualidades colectivas

  1. ¿Ejemplos de intelectualidades colectivas en el ciberespacio hoy en día? En Sinaloa estamos publicando una revista digital, Aldea21, que en cada número propone un tema central de discusión. Evidentemente, su limitación reside en que de ahí no resultan acuerdos o posturas necesariamente compartidas. Las coincidencias y las divergencias son tácitas, pero no expresan un pensamiento, unas consideraciones, ni mucho menos unas conclusiones “colectivas”. Me encantó el recuento y, desde luego, la idea de las intelectualidades colectivas me resulta muy atractiva.

  2. Felicito a Luciano Concheiro y a Ana Sofía Rodríguez por propiciar un debate sobre los intelectuales y sobre las implicaciones de su papel cada vez menos relevante en las sociedades actuales; ahora bien, de aquí a llamarlos “seres del pasado”, como hacen al inicio de su artículo, hay una brecha considerable, pero entiendo que es un recurso eminentemente retórico. En todo caso, creo que plantear que “el papel que los intelectuales fungían tiene que ser recuperado” y que esta recuperación es posible mediante las “intelectualidades colectivas” tiene algunos problemas. Entre ellos, pensar que esta recuperación nos permitirá volver a lo que los intelectuales hacían, pero sin los vicios propios de ese mundo de santones intelectuales que todos queremos dejar atrás. Por supuesto que las verticalidades propias de ese mundo y el servilismo que dichos santones fomentaban a su alrededor deberían pertenecer al pasado (sobre todo por lo que significaban para el debate público e intelectual), pero no creo que el “diálogo democrático”, entendido bajo el presupuesto de que la disparidades entre individuos son “construcciones sociales de diferenciación”, sea la mejor manera de “recuperar la imaginación crítica y el proceder reflexivo dentro de la vida pública” que Luciano y Ana Sofía echan de menos. Por otro lado, no entiendo lo que quieren decir cuando afirman que los componentes de las intelectualidades colectivas serían “sujetos emancipados”, ni por qué la consciencia de estos componentes de ser portadores de una voz “con el mismo peso que las voces circundantes” sea algo positivo per se. Sin duda alguna es provechoso para el debate intelectual que participen más voces en el debate público, pero ¿en qué sentido asumir que todas las voces pesan lo mismo es un paso adelante? Eso depende sobre todo de los argumentos y, por lo tanto, es más una consecuencia que un presupuesto. Por otra parte, ¿por qué los componentes de las intelectualidades colectivas deben aceptar “las contradicciones más tajantes”? Una cosa es el rechazo de la creencia en una verdad única (un rechazo que prácticamente nadie discutiría hoy en día) y otra muy distinta, me parece, es dicha aceptación. Asimismo, ante la imposibilidad de imponer un punto de vista en el debate público del mundo de hoy, ¿debemos concebir “lo duradero” como “una tiranía insoportable”? Desde mi punto de vista, “lo duradero” en términos intelectuales puede ser visto de una manera que está muy lejos del punto de vista único: básicamente, como argumentos sopesados, convincentes, persuasivos. Por otro lado, entiendo que el “medio natural” de las intelectualidades colectivas sea internet, pero a este respecto lo que para Luciano y Sofía no son más que ventajas, a mí me parecen aspectos discutibles (exceptuando un punto fundamental, ya mencionado: la posibilidad de que muchos participen en el debate público). De entrada, más allá de que no sé lo que significa cabalmente un “discurso colectivo”, ¿por qué considerar como una ventaja inherente el hecho de que este discurso esté “abierto permanentemente a la edición”? (otra cosa, por cierto, es que no estuviera abierto a la rectificación). Lo mismo cabe preguntar respecto a su carácter anónimo. No entiendo en qué sentido este anonimato implica la defensa de lo que Luciano y Sofía consideran “la característica fundamental” de los productos colectivos: “emanar de la reflexión colectiva” (una vez más “lo colectivo” como algo inherentemente positivo para el debate público e intelectual; ¿puede haber argumentos “colectivos”?). Igualmente debatible me parece asumir que este debate debe abandonar “cualquier indicio de especialización” y tender a producir “visiones abarcadoras” (las cuales, supuestamente, nos acercan a “lo general y teórico”). En suma, creo que la prisa y el apresuramiento que predominan en la red no hacen de ella el medio más idóneo para alcanzar ese “proceder reflexivo dentro de la vida pública” que Luciano y Sofía quieren recuperar. Por último, me llama la atención su llamado a trabajar para que las intelectualidades colectivas “puedan acontecer”. Sin duda mi percepción puede estar equivocada, pero creo que esas intelectualidades ya existen (pienso en un número considerable de blogs que podemos encontrar en la red, entre los que se cuentan éste, en el que el presente intercambio tiene lugar, o un experimento tan interesante como horizontal.mx/). Si esto es así, el “advenimiento” de dichas intelectualidades no representa “el tiempo verdaderamente nuevo” en lo que concierne al debate público e intelectual en nuestro país. Con variaciones notables tratándose de un país tan desigual como México y considerando que estamos hablando de ese nuevo contexto de discusión pública que la red ha creado, creo que a este debate se puede contribuir en diversas claves; a veces como intelectual público, a veces como experto, a veces como académico, a veces como periodista, a veces como comentarista, a veces como activista, a veces como internauta interesado en el acontecer nacional, etc. Cada quien escogerá los canales que quiera o pueda emplear y las batallas que quiera dar, pero, más allá de la necesidad de terminar de una vez por todas con el mundo de los santones intelectuales, no veo en las “intelectualidades colectivas” el sucedáneo que nos permita, por lo pronto y de manera efectiva, convertir a los intelectuales en “seres del pasado” (entre otros motivos porque algunos han sabido reciclarse para poder seguir participando en el debate público; otro asunto es que el magisterio del que gozaron alguna vez sea, felizmente, cosa del pasado).