27 Septiembre, 2015.
Carta de un wanabe xarnego, desde Barcelona.
Molts catalans a Méxic s’han enfadat amb mi, per culpa del tema de l’agraïment…A Barcelona hi viuen uns quants mexicans, correctes i discrets, que ja s’ha vist que no donen cap molèstia. No se m’acudirà mai d’esperar qu han d’escriure a casa seva o als seus diaris i revistes afirmant que el Tibidabo els té fascinats o que els catalans som una gent estupenda. Trobo de tot cor que l’hospitalitat no cal pagar-la així. Gairabé al contrari: si de debò ens poguessin ajudar a aclarir què ens passa, de quin peu coixegem, ens farien un gran servei.
Pere Calders (prólogo a “Aquí descansa Nevares i altres narracions mexicanes”).
La crisis migratoria más grande desde la segunda guerra mundial, de África y el Medio Oriente a Europa; el caos y la violencia en África y el Medio Oriente; el llamado Estado Islámico y el sálvese quien pueda; la destrucción de ciudades y monumentos milenarios; la debacle ecológica y moral de la especie; Grecia, su futuro y el de la Unión Europea, ese gran experimento de paz y desarrollo, el más importante que la humanidad ha aventurado en los últimos tres siglos; Crimea, Ucrania, el renacer imperial ruso; nueva vida al nacionalismo, cultural, étnico o religioso, y fuera del armario, en Alemania, Japón e India; la violencia desatada y al parecer incontrolable en México, Venezuela y Centroamérica; la crisis económica española más grave desde la depresión mundial de la década de 1970; tasas de desempleo en España de más del 20%, y de más del 50% en menos de 35 años. . . Suena a vísperas, de algo, no sé qué. Y frente a esto, el “problema” catalán y las elecciones autonómicas, revestidas de “plebiscitarias”, del 27 de septiembre parecen, en verdad, poca cosa.

No es, sin embargo, un problema menor para España y, en potencia, para Europa. España está ante su peor crisis económica, política, territorial y moral desde el intento de golpe de Estado de 1981. Y en este caldo, tiene otra textura el tropiezo del notable crecimiento de la opción independentista en Cataluña. Esto no va a pasar, sugiera lo que sugiera el inmovilismo, la altanería, el nacionalismo ramplón y la impericia política del gobierno conservador de un Partido Popular sumido en escándalos de corrupción y en pecado de chulería ibérica que más no ha habido. Pase lo que pase en las próximos meses –con elecciones generales en diciembre– nada será igual, ni para España ni para Cataluña. Pero, contra lo que sugieren los distintos independentismos catalanes, “el procès” es de entre las preocupaciones del mundo, la menor; no se trata de “un poble” privado de sus libertades, al que se le roba, oprime y subyuga, vamos como Polonia bajo la invasión nazi. No. Los independentismos, encabezado por la Generalitat, llevan dos años haciendo campaña internacional para que el mundo tome partido. Lograron que Desmond Tutu, en un descuido, y La Liga Norte Italiana —¡no me ayudes compadre!—, auparan el independentismo catalán. Pero Estados Unidos, Europa, la mayoría de los gobiernos de Iberoamérica, sólo esperan a que España y Cataluña solucionen sus problemas y dejen de hacer ruido con timbales de identidad y soberanía que nunca suenan bien a los oídos de lo que son, después de todo, Estados Unidos (de América, de Europa, de México, de Brasil…).
El presidente de la Generalitat, Artur Mas, explicado en mexicano, ha sido una suerte de Muñoz Ledo, esto es, dealer de dignidad y honorabilidad y también viejo lobo de la política, la española, vamos, un político del reino, capaz de vender el alma, en su momento, al PSOE en Madrid para ganar la presidencia de la Generalitat —lo traicionaron, sí, Muñoz Ledo no hubiera estado ni tan sorprendido ni tan ardido. También fue capaz, no hace ni tres años, de pactar con el Partido Popular para mantener el poder en Cataluña y pasar las políticas de austeridad y de abaratamiento del Estado de bienestar —por la crisis y por cojones, porque ésa es y ha sido siempre la ideología de su partido (Convergència Democràtica de la Catalunya, CDC), creado por un banquero católico (Jordi Pujol). Hoy el Muñoz Ledo catalán, el Molt Honorable President Mas, es el último y más poderoso converso a la causa del independentismo. No se convirtió como individuo, sino como presidente, y ha puesto al servicio de la nueva fe las instituciones del Estado catalán porque, eso sí, Cataluña tiene Estado, contra lo que se dice, y muy grande, y muy autónomo y está en todas partes, en la repartición de puestos y prebendas, en las reformas laborales, en la inversión inmobiliaria, en el subsidio masivo a la cultura y medios de comunicación… Por una u otra razón, buena o mala, Mas apostó por dedicar todas las instituciones del Estado catalán al logro de una nunca bien definida independencia. Decir que al hacerlo siguió el mandato de la calle, es tan válido como decir que hubiera sido un mandato popular dedicarse a gobernar y dejar la independencia de lado. Hay argumentos para ambas conclusiones. Y aquí estamos.
Los resultados de las elecciones del 27 de septiembre son claros, y ya se sabían hace tiempo, hay pocas sorpresas: con una altísima participación de más del 70% del electorado, Junts pel sí (JPS) la coalición creada por Mas y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), reclutando todo tipo de “sociedad civil” para ocultar políticos involucrados por años en políticas de austeridad y en corrupción, gana indiscutiblemente, con 62 diputados (68 logran la mayoría absoluta). Para obtener la mayoría absoluta requerirán del apoyo de la otra fuerza, más independentista, la Candidatura d’Unitat Popular (CUP): un movimiento asambleario surgidos de los movimientos vecinales y del movimiento de los “indignats”, hoy un partido anti-capitalista, dispuesto a declarar la independencia ya, a desobedecer la ley española y a salir de la Europa de las políticas de austeridad de la canciller Angela Merkel. La CUP obtuvo 10 diputados, un impresionante triunfo si comparado con sus tres diputados en las elecciones autonómicas del 2012.
Las sorpresas están fuera de la coalición independentista. Ciutadans, un partido que originalmente surgiera del desencanto de intelectuales y votantes socialistas, cansados del viraje nacionalista del Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) en la última década, se convierte en la segunda fuerza con 25 diputados, muchos menos que los del JPS, solos o con la CUP. Lo importante del dato es que Ciutadans obtiene este indudable triunfo a pesar de haberse acercado más a ser un Partido Popular sensible a Cataluña, que un renovado Partido Socialista Catalán pero español. La otra sorpresa es el fracaso de Catalunya, sí que es pot (CSP), una colación de la izquierda ex comunista, ecologista y de la nueva fuerza nacional española, Podemos. Después del triunfo de una coalición similar en la alcaldía de Barcelona hace un año, se esperaba que esta nueva coalición sería la segunda fuerza. Pero el partido de Pablo Iglesias, en Cataluña, se ha desinflado. Con sus 11 diputados no es ni la segunda ni la tercera fuerza. El PSC queda como tercera fuerza con 16 diputados. El PP y Unió Democràtica de Catalunya (UDC) son los grandes perdedores. Es un hecho, el PP no entiende Cataluña, pero no por español —el PP ha tenido siempre una fuerza indiscutible en el País Vasco, Navarra y Valencia, autonomías tan complicadas o más que Cataluña. El fracaso de UCD significa el fin del nacionalismo moderado, católico, que gobernó, en coalición con CDC, el partido de Jordi Pujol y Mas, los destinos de Cataluña desde la Transición. Parece un dato menor pero no lo es: ni CDC ni UDC existen hoy como partidos. UDC muere, pero CDC también: con el desgaste del gobierno de una terrible crisis, con los escándalos de corrupción (incluyendo la confesión de Jordi Pujol de haber ocultado dinero negro en el extranjero por décadas, y el destape de la corrupción de sus hijitos —uno de ellos, más faltaba, metido en negocios en México—), CDC ha jugado sus cartas en una coalición insostenible que no tiene más programa de gobierno que la independencia. Ya casi no es partido en el orden constitucional español. Tendrá que reinventarse a partir de hoy.
Y no será fácil. Para ser investido presidente de la Generalitat, para ser el Washington que lleve a Cataluña a la independencia, Mas requiere del apoyo de la CUP que ha dicho que no investirá al presidente de la corrupción, al gran enemigo de las clases populares (suena feo, pero no es del todo errado). Además, está el otro grandísimo problema: Mas y su coalición hicieron plebiscitarias estas elecciones parlamentarias regionales. No era legal hacerlo, pero lo han sido y todas las fuerzas las asumen como tales. Pero como elecciones plebiscitarias, Mas y todas las fuerzas independentistas han ganado pero no la mayoría absoluta DE VOTOS que exigiría una decisión del tamaño de la secesión de España y, al menos por un tiempo muy largo, de Europa. Es decir, nadie puede ningunear el resultado: la opción clara y llanamente independentista ganó cerca del 48% de los votos, entre 1.5 y 1.8 millones de los más o menos 5.5 millones de electores catalanes. Esto no es menor, es muy importante, marca el camino a seguir y de eso no hay duda. Pero no logran lo que haría inapelable un plebiscito de secesión, si lo fuera (una mayoría compuesta de al menos 51 %). Durante la campaña electoral, Mas y su coalición sabían que no tendrían mayoría de votos, por eso siempre defendieron que la “Hoja de ruta” hacia la independencia sería asumida con una mayoría parlamentaria. Es decir, unas elecciones plebiscitarias para ganar la independencia, pero sin que cuente el supuesto plebiscito. A partir de hoy, la estrategia a seguir de Mas será otra: será decir que los votos de coalición CSP (es decir el 8.9% de los votos) no pueden contarse como anti-independentistas, porque la táctica electoral de Podemos fue dejar en el aire la cuestión. Así que la primera estrategia, a partir de hoy, será decir que el 48% equivale a la mayoría del voto, porque el resto del no a la independencia, claro y llano, tienen no un 52% sino un 43% de los votos —quedan en el aire el cerca de 9% de votos de la coalición catalana liderada por Podemos, al menos para el presidente Mas y su coalición. Ningún proceso secesionista democrático debería asumir esto como un mandato, pero Mas y su coalición dicen que lo harán. Falta mucho por verse.
Los catalanes tienen derecho a decidir. Y han decidido, por más de tres décadas. Los problemas de déficit democrático, de crisis de partidos y de corrupción política no son una imposición madrileña en Cataluña, son los mismos problemas de España, Europa y el mundo. El gobierno central en Madrid está desprestigiado por su altanería —ejemplo, un ministro de educación que se harta de provocar a las autonomías con sus políticas re-centralizadoras intrascendentes, luego renuncia y pide ser representante español ante la OECD porque su nueva esposa trabaja en París, y ¡se le concede!, sin vergüenza alguna. Pero sobre todo, el gobierno central padece del desgaste producto del ataque al estado de bienestar de la posguerra y es víctima de su propia, inmensa, corrupción —el tesorero del PP, en la cárcel, guarda los hilos conductores de los miles de desvíos de recursos para usos personales y de campaña. El gobierno de la Generalitat: exactamente lo mismo, sin imposición alguna de Madrid, la corrupción, el desgaste, es lo mismo.
Ahora bien, hay sólo cuatro conclusiones posibles en estos momentos en que todo está por verse. Primero, el daño está hecho. La sociedad está partida y costará Dios y ayuda llegar a nuevos acuerdos más o menos estables. Yo soy de los que creo que Cataluña tenía derecho a no ser forzada a optar. Pero aquí estamos: la independencia es y será una opción importante y poderosa y no tiene caso echarle historia, finanzas o mucha ciencia. Es y punto. Al menos hoy. Mañana será otro día. Lo que siga ha de intentar desactivar la terrible división que ha creado todo este largo proceso y requerirá de otra política catalana y de otra política española. Ya no importa qué produjo la división, si la identidad milenaria, si un destino histórico catalán siempre traicionado por la mezquina España, si la crisis económica o si el traído y llevado “recorte” del nuevo “Estatut” —un nuevo acuerdo de convivencia entre España y Cataluña que nadie quería, al que ERC se opuso y que aprobó en plebiscito un porcentaje mínimo de los electores catalanes en unas elecciones que no superaron el 47% de participación. Ya no importa, aquí estamos, el mal está hecho. La historia juzgara el papel de Mas, Rajoy y de las distintas fuerzas. Hoy todos se sienten capítulos heroicos de un libro de historia que sólo cada uno de ellos conoce. Todo, para Mas, es “Solemne”. Todo para Rajoy es la Constitución. Nadie hace política. Igual mañana los libros de historia hablarán de este momento como Richard Hofstadter hablaba del “nacionalismo étnico” estadounidense a fines del siglo XIX (u hoy en las clientelas de Donald Trump): antes las grandes crisis económicas y el miedo a la extinción demográfica los nativismos renacen, en España o en Cataluña. La cultural, la verdadera, española o catalana, tiene poco que ver con este despliegue de odios y banderas.
El segundo punto es que, si algo muy grave no sucede, sea quien sea quien forme gobierno, y cómo, lo que sigue es esperar las elecciones generales españolas y empezar a trabajar por lo que ya no es opcional: un verdadero referéndum, legal, pactado, con todas las de ley, con protecciones para los secesionistas y para los no secesionistas, con métodos y fines bien discutidos, con claros porcentajes de participación, con clara especificación de la mayoría compuesta que se necesitaría para considerar legal un sí o un no. Y sobre todo, con un tiempo claro y largo de discusión de lo que está en juego. Hasta ahora la estrategia independentista la ha tenido fácil. No tiene que especificar nada, ni cómo gobernará, ni qué pasará con la política lingüística, ni con la inmigración, ni con Europa. Nada, todo es la explotación de la ilusión de la independencia, vamos tirando y ya iremos viendo. Cambiar la Constitución, o lograr los pactos que permitan un verdadero referéndum, no será fácil y llevará su tiempo. Pero declarar hoy o mañana la independencia, de acuerdo a los resultados de estas elecciones autonómicas parlamentarias, en las que el voto de un pueblo de Girona vale más que el de Barcelona, es una cosa más difícil y riesgosa. Además, tiempo es el que se necesitará para sanear la división, para que todas las partes armen sus verdaderas propuestas y no una simple independencia sin adjetivos que incluye lo mismo a un grupo anti-sistema que a un presidente de la Generalitat, oculto entre la lista de monjas y “gente linda”, que ha trabajado para el capitalismo catalán y español toda su vida. Cuando las partes discutan públicamente sus planes para los Bancos catalanes, para el estatus del castellano en la posible nueva república, de las pensiones y pasaportes, entonces veremos las verdaderas coaliciones que quedan y las posibilidades electorales que tengan. Pero el futuro referéndum, me parece, es el mandato de las elecciones del 27 de septiembre. No era inevitable llegar aquí, debió evitarse, pero aquí estamos. No veo por qué Madrid debe temerlo, ni tampoco la Cataluña independentista de hoy. Pero no es para hoy, llevará su tiempo y habrá muchos desencantados en el camino. Pero yerra quien crea que 48% del voto se esfumará por decreto.
Tercero, si alguna cosa hay que empezar a trabajar entre España y Cataluña no es pelear con historia (Catalunya is not Spain, Cataluña es de España), ni siquiera con concesiones fiscales y competenciales. Cataluña es región rica y paga más, si ese más es exagerado o no, ni siquiera es el punto. Los independentistas quieren la independencia aunque sean pobres, punto. De lo que se ha hablado en todos estos años de “el procès” es de dignidad, de sentimientos, de emociones. No son poca cosa. Son la política por excelencia. Uno quisiera que las cosas fueran más racionales, pero no lo son, nunca lo son. Y me temo que en esto los independentistas catalanes no yerran: así como hay en mucho del independentismo una suerte de sentimiento de superioridad ante la España profunda y cateta, hay en España un sentimiento nacionalista anti-catalán muy enraizado. Nadie ha tomado en serio los sentimientos, más que para dividir a la sociedad y armar la de Dios nos guarde. España tiene que invertir en la política de las emociones. Es necesario, es justo. Como Canadá hizo, con todas las trampas que se quiera, para hacer del francés y de la Canadá francesa parte de las instituciones nacionales, España tiene que empezar a considerar la inversión en importantísimos símbolos que harían más que estar luchando con libros de historia o con balanzas fiscales. Por ejemplo, ¿por qué es mucho pedir que un político español de escala nacional tenga que hablar, al menos entender, el catalán? ¿Por qué Madrid no abre escuelas de catalán en todas las universidades españolas para que quien quiera preeminencia política nacional aprenda el catalán como debiera aprender el inglés? Esto y no menos es lo que se espera de un político canadiense de talla nacional: bilingüismo. Se dirá que sería injusto con el gallego y el vasco. Pero si se generalizara el uso político del catalán en España, podría permitirse el uso del gallego y del vasco en las Cortes generales. No hay ningún problema para nadie en entender el gallego, y del vasco ni siquiera en el País Vasco es hablado por una amplia mayoría. Es un idioma, a diferencia del catalán, difícil de aprender para hablantes de castellano, pero permitir su uso en las Cortes Generales, aunque fuera con traducción simultánea, sería un paso grande en la política de los símbolos, en la creación de una España consciente de sus problemas. De cualquier forma, no todos los políticos vascos, ni locales ni nacionales, hablan el vasco. Por lo demás, tiene que ser el catalán la punta de lanza de esta inversión simbólica porque el catalán se habla, es importante, y representa más del 20% del PIB español. Punto. Lo que sigue, pues, es tomar en serio las emociones. “En Catalunya”, decía el gran historiador catalán Jaume Vicens Vives “el móvil primario es la voluntad de ser, no la razón francesa o la metafísica alemana”.
Por último, es necesario que el gobierno catalán que surja de estas elecciones, y el español que surja de las próximas elecciones generales de España, rescate el sentido de fragilidad de las instituciones democráticas y de la estabilidad política y económica que España, toda, ha vivido en los últimos cuarenta años. Ni españoles ni catalanes pueden negar que los últimos cuarenta años han sido los mejores de sus respectivas historias, en términos democráticos, económicos y sociales. Es mucho lo que está en riesgo, impunemente no se puede seguir jugando por mucho tiempo a dividir, a los odios y a los amores. Cuidado. Ya lo advertía, para Cataluña, Vicens Vives, “decimos Cataluña como quien dice Castilla o Francia pero los recursos demográficos, económicos e incluso morales son inferiores… Debe tenerse en cuenta esta impotencia coercitiva de Cataluña, antes de animarse a emprender acciones redentoras”. Y para España, ¿la trágica historia del siglo XX no enseña nada? Cuidado.
A mí me duele Cataluña, me duele España y Europa. Deseo lo mejor pero soy de esos que en Madrid ha recibido sus chingadazos por andar de mexicano acatalanizado, y en Barcelona la reprimenda ha sido peor, a manos de uno o dos de los “sabios” que asesoran al Presidente Mas, por hablar de estas cosas sin tener “abuelo catalán”. Y sí, yo no tengo “ni un mi abuelo que bailara una sardana”; soy en Barcelona cual sirvienta desleal de casa rica mexicana, de esas de “entrada por salida” —aunque por veinte años. Pero me duele, me duele el innecesario despertar de odios y divisiones, no dejo de reparar en los riesgos, acaso por eso, por mexicano.