Eraclio Zepeda (1937-2015), un hombre de viento

Eraclio Zepeda era uno de esos hombres extraños que llegan a la Tierra muy de vez en cuando, casi nunca. Que nos acostumbran a su andar por la vida y de pronto se van dejando un agujero luminoso en la existencia de los que nos quedamos. De esos hombres cuya piel es la libertad y que tienen la rara costumbre de ser lo mismo una biblioteca de libros que una de palabras, como veía Eraclio la casa de su infancia.

Abro un paréntesis para una evocación. Sucede en una noche de los años ¿ochenta? En Monterrey. Eraclio Zepeda cuenta uno de sus cuentos como sólo él sabe hacerlo: enfatizando, gesticulando, armando del pedacerío de historias piezas increíbles. En la antigua estación del ferrocarril, un puñado de lectores lo escuchamos con la boca abierta. Laco no para de contar la historia de un personaje cuya vida, para variar, transcurría, si mal no recuerdo, en Nuevo León.  Ahora no estoy tan seguro si el escritor adaptaba la historia al entorno de la región norteña o si los hechos narrados se ubicaban en realidad aquí, el caso es que las palabras fluían de la voz de Eraclio, se desplegaban ante el auditorio y era como si volaran. ¿De dónde le saldrán tantas palabras a este hombre, pensaba.

Una cosa me quedó clara: Eraclio nos dio una lección de narrativa oral. Y de escritura, pues dejó en claro que él primer contaba sus cuentos, y cuando terminaba de corregirlos de tanto contarlos, los mataba, primero escribiéndolos y luego publicándolos. Guardo esa noche en mi memoria como un momento trascendente en mi vida de escritor incipiente.

Otro paréntesis. Aún no salía a la luz la novela Viento del siglo, donde a partir de la vejez del coronel Ezequiel Urbina revisa la historia de Chiapas. Recuerdo la voz preocupada de Elva Macías comentándome vía telefónica que cómo es que le habíamos puesto Vientos del siglo a una antología de poemas. Se refería al título que con ese nombre publicó la UNAM en la colección Poemas y ensayos, coordinada por quien esto escribe, y que reúne a poetas nacidos entre 1950 y 1982.

Te juro, querido Eraclio, se trató de una verdadera casualidad. O al menos que el subconsciente haya traicionado a los antologadores o al propio Marco Antonio Campos. En este caso el título de Jonathan Lethem, Contra la originalidad,  no resulta obsoleto sino todo lo contrario.

Me tocó hacer los comentarios en Monterrey Sobre esta tierra. El primer hallazgo que encontré en la novela de Eraclio es un cuento breve, o una novela corta: “Muy temprano salió al corredor. Contempló el mundo. Regresó a su alcoba, tendió la cama y se acostó a morir”. Rarísimo que una entrada como ésta, que encierra la vida de un personaje en apenas tres líneas, suceda en la literatura mexicana. Yo diría, una entrada perfecta, aunque entre esas líneas y el final medien 157 páginas.

Leo a Eraclio y creo escucharlo. No es para menos, su voz se nutre de los acontecimientos de sus antepasados; de hecho no es una voz sino muchas voces las que a lo largo de sus páginas convocan al tono hablado.

¿Dónde termina la ficción y donde empieza la realidad en esta obra de Eraclio Zepeda?. Ahí está el ejército carrancista, el resentimiento, el miedo, varias generaciones de chiapanecos; ahí está la geografía nacional y los hechos, por una parte tal y como sucedieron, por la otra enriquecidos por la magia de la palabra escrita.

Sobre esta tierra podría ser la reivindicación de un pasado y de la novela que no tiene como eje las grandes urbes de los centros urbanos. También es la prosa en la que indígenas, campesinos, hacendados, soldados, formas de gobernar y costumbres familiares se enlazan a través del tiempo para que el lector se sumerja en el pasado siguiendo los hilos una prosa finamente construida que permite que lo que sucede no se quede en la frialdad de los datos y las fechas.

Personajes como la bella Lola, Ezequiel  o la propia Juana Urbina, Crisanto Cacho, Francisco Orozco y Jiménez, Carlos Caseaux… desfilan por estas páginas, no como si fueran mármol o piedra, ni como piezas sueltas sino como identidades de carne y hueso.

Escenas como una boda o una fiesta familiar nos recuerdan momentos en los que las familias y los vecinos podían convivir; hoy, en la mayoría de las regiones, muchos de estos hábitos han sido arrasados por la “modernidad”. O por la violencia.

Soy lector de Eraclio desde finales de los años setenta; sus cuentos, novelas y poemas me enseñaron que la literatura no tiene por qué tener como centro únicamente los conglomerados urbanos y a detener la mirada en el pasado para entender el suelo del presente.

Eraclio nos deja libros inolvidables como Benzulul, Tocar el fuego, Las grandes lluvias, Asalto nocturno y Andando el tiempo. También los textos poéticos de La espiga amotinada, donde Eraclio se hace presente con Los soles de la noche; y Relación de travesía en Ocupación de la palabra.

Su paso por el gobierno de Chiapas, los rencores de quienes hablan de un doble rostro político en Eraclio Zepeda, son parte del juicio de la historia. Adiós a un amigo y un narrador, como dijera Jorge von Ziegler, a la altura del hambre de nuestra imaginación.

 

Margarito Cuéllar

Autor de Las edades felices (Hiperión/ UANL, 2013. Premio Nacional de Poesía para Obra Publicada 2014 (INBA/ Gobierno de Tabasco).

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Publicado en: Sólo en línea