¿Qué hacer con los ex presidentes?

“No hay segundo acto en las vidas americanas”, escribió F. Scott Fitzgerald. Pero varios expresidentes están probando lo contrario y quienes aún no lo son aprenderán, más temprano que tarde, lo que supone dejar el poder y empezar otra vida.

La mayoría de ellos, como reacción biológica, se ve tentada, tras su salida,  a seguir influyendo, buscar la valoración de su legado, acopiar cierto blindaje personal  y hacer política desde la periferia. Mientras se dan cuenta de que es ésta la que los abandona, van descubriendo que hay que reinventarse y salir al escenario para el segundo acto que ocasionalmente es mejor. O peor, todo depende.  Por tanto, la pregunta correcta no es “para qué sirven” sino más bien “qué hacer” con los expresidentes.

Hay por lo menos dos cosas llamativas en los expresidentes. Una es explorar si alguna vez pensaron lo que significa históricamente desempeñar ese cargo. La otra es cómo reciclarse después, particularmente si tienen muchos años de vida por delante. Veamos.

expresidentes

Más allá de lo obvio  —la ambición de poder— sería fascinante conocer qué representa para ellos la presidencia en términos políticos y morales; qué sienten ante los problemas reales de la gente que alberga esperanzas de que su vida mejore; cuál es su nivel real de compromiso y con qué valores; qué entienden al estar de pronto colocados en una circunstancia única y cómo desearían ser recordados por la historia. Estas preguntas parecen apelar en un sentido evangélico al valor de la sinceridad, algo que sirve poco en política. Pero son más que eso.

En México hay escasa tradición de hacer historia presidencial como lo hace la academia norteamericana, es decir, averiguar, entrevistar, documentar y examinar rigurosamente, con datos duros y evidencia robusta y verificada, la forma como los presidentes diseñaron sus gobiernos, tomaron y ejecutaron decisiones o gestionaron crisis, de modo que sea posible obtener denominadores comunes, extraer precedentes y entender mejor la racionalidad y el contexto de la política ejercida desde el más alto nivel de poder.

Por ejemplo, cuando un presidente se enfrenta al balance de su gobierno y se entera de que su gestión no hizo diferencia alguna, que los pobres son igual o más pobres y su distancia con los ricos sigue siendo abismal, que la violencia no disminuyó o que en su gobierno la corrupción se hizo crónica y extendida ¿experimenta algún sentimiento o hace un examen de conciencia que se traduzca en algo: una acción, una contrición, un remordimiento, una disculpa, un perdón? No se trata, desde luego, de una metamorfosis religiosa  para asumir el sentimiento de culpa. La curiosidad va por el lado de saber si se hacen alguna vez preguntas de ese tipo. El asunto puede ser irrelevante desde una posición moral,  pero histórica y políticamente es a la que todos los presidentes se enfrentan más temprano que tarde.  Este es un tema.

El otro tiene que ver con la terra incognita: la vida después del poder. En los últimos años, los expresidentes de muchos países han constituido un colectivo extraño pero interesante.  Jimmy Carter, por ejemplo, obtuvo sus mayores éxitos políticos después de su presidencia: ganó un Nobel, se convirtió en una especie de gurú de la democracia electoral en países emergentes y fundó un influyente centro de estudios en Atlanta. Bill Clinton, desde que salió de la Casa Blanca en 2001, ha dado unos 550 discursos y conferencias por los cuales ha hecho más de 105 millones de dólares. Por sus memorias le dieron 15 millones de adelanto y se calcula que ha ganado más del doble por ventas.1 Impulsa la Clinton Global Initiative que dice trabajar lo mismo en la reconciliación en Bosnia que en la reconstrucción de Haití, y nunca ha dejado de hacer política. Ahora, jugará un papel importante en la candidatura de Hillary Clinton.

Fernando Henrique Cardoso, de 83 años, ganó el prestigioso Premio John W. Kluge que otorga la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, pero no por su presidencia sino por sus contribuciones académicas como sociólogo y economista, y desde Sao Paulo, donde vive, se dedica a vapulear a Dilma Roussef. Ricardo Lagos creó una fundación en Chile, presidió el Club de Madrid, formado por 80 expresidentes de todo el mundo, dicta conferencias, imparte clases en Estados Unidos, y suele tener una producción intelectual muy respetable.

Tony Blair, que dejó el cargo en 2007, ha resultado una máquina de hacer dinero al tiempo que carga con enorme desprestigio dentro de la política y los medios británicos. Según John Carlin2 tiene nueve propiedades valuadas en 38 millones de dólares (otras fuentes como Blair Inc: the Man Behind the Maskde Francis Beckett, David Hencke y Nick Kochan calculan su fortuna personal en más de 93 millones de dólares) y llevaba levantados más de 40 millones de dólares por conferencias, discursos y asesorías, incluyendo 5 millones que le pagan como consejero el banco JP Morgan y la aseguradora Zurich International, además de una compleja, controvertida y rentable red de compañías y fundaciones que ha creado para asesorar a gobiernos tan dispares como Kuwait y Kazajistán.3 Felipe González es el expresidente más solicitado en América Latina para ofrecer charlas de cualquier tema, pero además ha salido muy eficaz para operar como intermediario entre gobiernos de la región e inversionistas potenciales.

Un segundo grupo han sido aquellos, como los sátrapas árabes, africanos o de la antigua Europa del Este, que viven o vivieron a salto de mata, con el profundo terror de acabar humillados y acaso ensangrentados: el Sha de Irán, Mubarak, Gadafi, Honecker, Ceausescu, entre otros. Y el último colectivo lo forman aquellos que no supieron hacer otra cosa, desaparecieron del mapa público,  se recluyeron en sus casas a rumiar la amargura de no tener poder (“el poder desgasta sólo a quien no lo posee” decía Andreotti) y padecer el abandono de los amigos, las ingratitudes y la depresión ante una agenda vacía y un teléfono que ya no suena. Son los que ya ni odios ni rencores suscitan, y cada cual, a su manera, va muriendo poco a poco.

En el caso de México las historias han sido variadas, entre otras cosas porque los vicios de la política mexicana, los excesos del presidencialismo mexicano y, por supuesto, las responsabilidades de cada quien, generaron una cultura cívica donde, con independencia de la valoración histórica de sus mandatos, los ex presidentes sencillamente no tienen cabida en ningún lado y caen en una especie de capitis deminutio máxima. Pero hay algo más.  Cuando alguno muere afloran algunos de los rasgos corrosivos de la política mexicana: el rencor que envilece la relación entre sus actores, la falta de un sentido de Estado que en determinados aspectos esté por encima de las reyertas cotidianas y la escasez de elegancia

Los funerales de un jefe de Estado, al menos en lugares civilizados, son uno de esos momentos reveladores de la cultura política y el grado de madurez institucional con que cuenta un país.  Recuerdo ahora los de Richard Nixon, el presidente norteamericano más cuestionado en la segunda mitad del siglo XX y el único que ha renunciado. La ceremonia, en 1994, reunió en Yorba Linda, California, el lugar donde Nixon nació, a los expresidentes Bush padre, Carter, Reagan y Ford así como al entonces presidente Clinton. Hablaron en ella demócratas y republicanos, y fue transmitida entera por las cadenas nacionales de televisión. Lo mismo ocurrió con los de Ronald Reagan, en 2004, y de Gerald Ford, que perdonó a Nixon por cierto y por ello perdió la reelección, en 2006.

Cuando en 1970 murió Charles de Gaulle, que tenía ya años lejos del poder y vivía algo amargado en su casa de Colombey, el adiós lo encabezó el presidente Georges Pompidou en la catedral de Notre Dame y acudieron a él representantes de 80 naciones. Los primeros funerales de Estado de la España democrática fueron los de Leopoldo Calvo Sotelo, en 2008, cuyo mandato como presidente del gobierno no podría haber sido más accidentado pues empezó con la tentativa de golpe de 1981 y terminó al año siguiente con la promulgación de la nueva constitución, pero estuvieron todas las autoridades empezando por el Rey y por Zapatero. Felipe González, por cierto, regresó de inmediato de América para estar en la ceremonia en la Catedral de la Almudena.

Sí, es verdad, estos son otros tiempos, otros hombres y otras historias. Pero en política los símbolos importan porque van creando, de manera imperceptible, imaginarios y referentes en torno a los cuales las sociedades forjan una especie de memoria cívica colectiva. La muerte de los personajes públicos, seres complejos y contradictorios, debía ser una celebración de la porción rescatable de sus vidas, que la hay, y asumirla con la delicadeza necesaria como para alentar en las nuevas generaciones una revaloración de la política a partir de la capacidad, el mérito y la decencia, cuando estos valores se encuentran en otras vidas.


1 Fuentes: The Washington Posthttp://goo.gl/qzfF3f; Business Insider, http://goo.gl/pNtnJE; The New Yorker, http://goo.gl/iQd7Kl

2 “Tony Blair, maniático misionero millonario”, El País, junio 14, 2015

3 Ver Sarah Ellison, The which Blair Project, Vanity Fair, January 2015

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Publicado en: Sólo en línea