Sara Blanco llegó a México el 11 de septiembre de 1985. Era una adolescente gallega de 16 años cuyo padre se había cansado de vivir aquí y tener a su familia en España, así que la trajo al Distrito Federal. Llevaba ocho días en esta ciudad cuando un terremoto de 8.1 grados Richter la estremeció. Su padre ya estaba habituado a los sismos: creía que no pasaría nada y esa confianza contagió a la familia, que con calma se aproximó a la puerta sin atravesarla.

Pero el sismo no cesaba. La tierra y las edificaciones se mecieron por cerca de un minuto y medio, y los movimientos arreciaban. Cuando se decidieron a salir, la puerta ya estaba atascada: padre e hija tuvieron que romperla para poder salir.

Ya era tarde. Su edificio de 10 pisos colapsó y quedó reducido a cuatro. La familia Blanco iba llegando a la escalera cuando todo se vino abajo; el último instante en que Sara vio con vida a su hermano y su padre fue mientras corría por el descanso y le gritaron “¡Sara!”. Ella volteó y los vio sumirse con el edificio. Después: oscuridad y silencio totales.

“Son momentos muy irreales. No ubicas si estás dormido, despierto, si es una vida paralela… No crees que seas tú la que lo está viviendo”, relata Sara en compañía de su hija, Raquel. Atrapada en los escombros, repasaba mentalmente su vida para comprobar si no se trataba de un sueño, y rezaba en voz alta para mantener la conciencia. No podía ver nada ni sentía nada, al principio podía respirar bien pero después ya era mucho el polvo que aspiraba. El hueco en el que quedó era pequeño pero tenía movilidad, así que empezó su lucha por la supervivencia.

“Realmente no sé qué fue lo que pasó por mi cabeza para empezar a moverme. Sentí aire, o la famosa luz que te dicen ‘no la sigas’ yo dije ‘la voy a seguir’. Yo subía, subía, subía… había coches, había cadáveres de los que te tenías que agarrar, en ese momento eras tú y tú y nadie más que tú… Yo me acuerdo que subí mucho, mucho tiempo que estuve escalando escombros, se me hizo eterno”, relata la española que salió por su propio pie, cinco horas después, de aquella montaña de escombros ubicada en la esquina de Thomas Alva Edison y Serapio Rendón, en la céntrica colonia San Rafael. “Ya cuando me vieron los que estaban por ahí me fueron a ayudar, pero yo salí sola, y en el momento en que estaba sacando una pierna, alcancé a ver la ropa de mi mamá —estábamos en pijama— y me quise meter por ella pero ya no me dejaron, me alejaron. Había una farmacia enfrente, ahí me limpiaron pero yo insistía, para mí era la ropa de mi mamá”.

Unos muchachos lograron sacar a la señora, pero Sara le perdió la pista un rato porque una monja del colegio Anglo- Español —donde estudiaba— le vio el uniforme y la llevó a su casa para que se bañara y comiera algo. Luego volvió a los restos de su edificio pero su madre ya no estaba. En la farmacia le dijeron que se la habían llevado las ambulancias, que en este caso eran los camiones Ruta 100 llevando y trayendo heridos a los hospitales, que para ese momento ya estaban rebasados. “Yo no conocía a nadie, no sabía nada, no había celulares, si mi mamá tenía algún familiar aquí yo no los conocía en ese momento. Yo me eché a caminar, llegué a Insurgentes… caminé mucho, mucho. Llegué al hotel que se cayó en Insurgentes y Reforma, ya no me dejaron pasar así que me regresé. En ese momento yo creo que le dabas más miedo a la gente, la gente no entendía lo que estaba pasando, estaba muy asustada. Nadie preguntaba nada, yo llevaba medio uniforme roto, iba descalza, tenía rota la clavícula y dislocada una pierna”.

Regresó a la San Rafael con la idea de que, si ella había salido, tenían que salir los demás (su padre y su hermano de 19 años). Unos familiares de su madre escucharon en la radio de un derrumbe en ese lugar y acudieron a buscarlas, pero todo se dificultó porque ya estaban bloqueadas las calles y la zona acordonada. Un taxista la llevó al Hospital Español sin cobrarle nada, esperó a que la revisaran y enyesaran. Pasó todo el 19 de septiembre sin saber de su familia, hasta que aquellos parientes lograron reunirla con su madre y las acogieron en su casa, en la noche. “La peor de toda mi vida”, puntualiza.

La joven Sara pasó 11 días buscando a sus familiares, peregrinando en los anfiteatros improvisados a los que le sugerían acudir y esperando en Edison la remoción de escombros por si aparecía un cuerpo o sus pertenencias, las que no volvió a ver “porque la rapiña se presentó en la mejor de sus formas”. El de por sí terrible momento se volvió más amargo al atestiguar que en medio de la tragedia también surge lo peor de algunas personas: le vendieron una cobija en ocho mil pesos —facilitados por la señora de la farmacia— y al momento de abrir la bolsa, encontró un papel con la leyenda “Pro damnificados, del gobierno español”. Su país había mandado ayuda pero a ella le llegó en venta. “Hoy pienso que alguna banda de mafiosos se robó un camión que iba para la Cruz Roja y donde había edificio caído, allí iban. Había cobijas, zapatos, botellas de agua.. todo venía con un sello del gobierno que lo estaba donando, por eso pienso que no habían llegado ni a un sitio para que los distribuyeran. Sinceramente yo no puedo creerlo”, expresa con dolor.

En contraste, reconoce la labor de los rescatistas voluntarios que luego constituyeron la Brigada Topos de Tlatelolco, “esa gente altruista, valiente, chicos muy jóvenes que se metían a donde fuera y salvaron muchas vidas. Porque de ser por el Distrito Federal y su gobierno, todavía hoy estaríamos hablando de muertos. Esos chicos, mis respetos: valor, coraje, fuerza y encima cariñosos, un trato muy cariñoso”. Sara recuerda el trato cuidadoso que daban a los cadáveres que sacaban de los escombros, “no eran bultos para ellos” y siempre tenían una palabra de aliento para quienes aún buscaban; aunque ellos sabían cómo estaba el panorama bajo las ruinas, les decían “n’ombre, todavía hay mucho qué limpiar, van a aparecer”. 

Los cuerpos de su hermano y su papá aparecieron hasta el 30 de septiembre. Fueron trasladados a la agencia Gayosso de su misma colonia, en la avenida James Sullivan. Una vez preparados, la llamaron para reconocerlos. No podía distinguir sus rostros así que esperaba que no fueran ellos, esperaba el milagro de encontrarlos caminando por ahí, pero los reconoció por las manos y los pies. Los enterraron en el panteón Español y Gayosso les cobró el servicio de manera regular. “Gratuito no había nada. La solidaridad que en ese momento dijeron fue falsa”.

Pero ahí no terminó el calvario: los bancos no reconocían sus cuentas, las aseguradoras no les pagaban por el coche ni el departamento y lo habían perdido todo: no lograron recuperar ningún objeto de los escombros. No tenían siquiera una identificación, en un país ajeno al suyo. Su embajada la llamó una sola vez para que acudiera a tomarse la foto con el Rey de España, que vino a entregar un donativo para los damnificados, del cual ella no recibió un solo peso.

Treinta años después, Sara escapa sin pensar cuando ocurre un temblor. Protección Civil recomienda no salir a la calle porque ahí hay más riesgos, pero apenas tiembla, el recuerdo que salta en su mente es el de estar enterrada viva. “Me dicen que si me salgo me va a atropellar un coche, bueno, sí me tengo que morir, que sea de un trancazo. Pero no tener nada encima”. Cuando llega a un lugar nuevo, lo primero que hace es ubicar la puerta y las escaleras. Sin embargo, hoy vive en un departamento en cuarto piso, “porque era un reto mental. Yo tenía que probarme que podía”.

 

Un comentario en “Sobrevivir un terremoto

  1. Veo Solidaridad en éste relato… Desgraciadamente también salieron las entrañas monstruosas del diablo de la “gran ciudad”. Para mi fue una gran experiencia estar ahí y compartir sentimientos, alegrías y desdichas.