“Mis primeras patrias fueron los libros. Y, en menor grado, las escuelas”. Aquello le decía Adriano a Marco Aurelio en las memorias que escribió Yourcenar. Qué lejos estamos de ellos, qué poco hemos aprendido. ¿Qué tenemos nosotros por patria? ¿Cuáles son en realidad nuestras tragedias? En la despedida del emperador, se recorrían las virtudes y vergüenzas de lo que una vez fue lo más grande del mundo. No imaginaban que Roma caería un día, q ue unos siglos después, a la muerte de Constantino, se empezaría dividir el imperio. Puede que ahí esté nuestra única coincidencia, en la destrucción de un castillo de arena. Sólo que nunca fuimos Roma.

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Adriano hablaba de los hombres, de los pueblos, de sus gobiernos. También de sus faltas y ambiciones, de sus excesos, de la corrupción que no era nada comparada a la que narró el cura Saliviano de Marsella en el siglo V: “Todo esto que vivimos es justo castigo por la explotación económica, la corrupción política, la desbandada moral del mundo romano”. Para el final del siglo IV, cuando esa corrupción mermó las clases medias al punto en que dejaron de ser el sostén del imperio, se intentaron leyes que poco hicieron. La democracia también había fallado, se fue a la guerra en su nombre, se usó como arma para amenazar a la vida de la gente, aunque a lo lejos se erigió Constantinopla. Una válvula de escape, el último resquicio de ese mundo. La gloria le duró diez siglos, pero nosotros tampoco somos Bizancio. No compartimos su noción  de ley, de ideas, ni sus conceptos de justicia.

Incluso sin ser Roma o Bizancio, será difícil negar que en nuestro país las cosas no funcionan y puede que jamás lo hayan hecho, dando lugar a una tragedia que ocupa el vacío de la historia. Cuando cayeron los grandes imperios, tenían el recuerdo de lo que fueron. ¿Qué tendremos en el futuro para alimentar la añoranza? Si esta pregunta parece cercana a la preocupación, puede que lo sea. No veo con buenos ojos a dónde vamos y más allá de un diagnóstico, me molestan mis dudas. Sería sencillo pensar que es un mero ejercicio de pesimismo, ya he dicho que el optimismo no sólo me aburre, sino que lo considero poco inteligente. Sin embargo, si la preocupación es la anticipación a lo que todavía no sucede, puede que en los textos que he escrito acerca de nuestro país la preocupación se haya perdido al intentar analizar el momento o el suceso pasado, en lugar del porvenir. Ese que hoy contiene mi consternación anticipada.

En la historia de Occidente se ha dicho todo acerca de la justicia, de su ausencia como razón para lo que es malo aunque, como se decía en mi casa cuando se hablaba de estos temas: terminaremos siendo hipócritas al hablar de acabar con la injusticia porque lo que podemos hacer es hablar de equidad. Ahí es posible que se encuentren nuestros mayores problemas: en la hipocresía y la equidad. Las dos ocupando un nivel inferior al de la verdad y la justicia.

En un país con nuestros índices de pobreza, de mala educación, de corrupción, con una percepción de los poderes tan mala que no tenía ni el Senado de Pompeyo, con una intelectualidad que no sirve de bastión para decir que, a pesar de todo, contamos con las mejores mentes y debates, apenas podemos, como sociedad, intentar darnos las herramientas para que los que nos rodean hagan las cosas que pueden, si quieren: hacer más transitorio su paso. ¿Pero qué tan decentes somos para intentarlo?

En el último año se ha acentuado el discurso antagónico que afirma que las posibilidades de cambio están en los ciudadanos, éste se confronta con otro que esgrime las responsabilidades al Gobierno. Los dos tienen razón pero a ndamos lejos de eso, o jalá fuera ese nuestro problema.

Dependiendo del grado de cinismo, nuestra supervivencia cuenta con argumentos científicos. Si en el país, llevamos bastante más de cien mil muertos en pocos años no pasa nada. El costo humano ha dejado de ser el valor con el que medimos las tragedias. Al fin, todavía somos ciento y tantos millones más. Cuarenta y seis por ciento de un país viviendo en pobreza tampoco ha sido suficiente para exclamar más allá del editorial. Biológicamente seguiremos funcionando.

¿Cómo queremos que una democracia funcione en un universo tan dispar? ¿Qué, fuera de la retórica, hace que un voto del campo valga igual que el de una ciudad industrial? Los valores que juegan en la elección de cada uno de esos votantes tienen poco que ver unos con otros. Si la educación es la única forma que hasta ahora hemos probado capaz de aminorar las distancias, ¿de qué estamos hablando cuando las condiciones del país no se asemejan en nada y ya ni el federalismo educativo, que discutimos hasta no saber de qué se trata, es posibilidad de equidad? Si las fuerzas del Estado son imprescindibles para mantener el orden ¿qué tipo de orden pueden intentar si no hay claridad sobre en qué se igualan los ciudadanos a los que hay que ordenar?

No hay forma, sobrevivimos con dos fallas mayúsculas. La falta de equidad y el fracaso que viene del triunfo de los valores que hemos cultivado en Occidente. Hemos discutido tanto la justicia y la democracia, que no nos dimos cuenta que ni siquiera hemos logrado tener la base para poder hablar de ellas.

Para sentarnos en la mesa de la justicia, necesitamos equidad. Sin ella no tiene sentido lo que digamos porque mientras más amplia sea la brecha, menos justo será lo que es para uno como para el otro. También la necesitamos para hacer esto en la de la democracia, y puede que debamos entender los factores que la construyen: diálogo y contrapesos.

Como en la Roma del siglo IV, algunos de estos equilibrios dependían de las clases medias. No eran muy cercanos a sus dioses ni eran nobles, pero habían estudiado y hecho dinero, así que se les escuchaba. Eran suficientes para ejercer presión sobre el S enado y podían pagar su lugar en el circo. Por mucho tiempo cayó en ellas la responsabilidad de gestar los cambios cuando é stos eran necesarios porque la inequidad se hacía abismal y ellos se daban cuenta. Se trataba de una incipiente intelectualidad que reaccionaba. Eran los preparados, los que iban a escuelas, los que tenían bibliotecas y con ellas, nociones de términos ajenos a las preocupaciones diarias que se acercan más, a tener la mesa puesta. Si la alacena está medianamente llena, es más fácil pensar lo que está bien y lo que está mal.

Pero por la amplitud de la inequidad, nuestras clases medias terminaron por ser una aberración del lenguaje y los términos que las definen las hicieron tan grandes que no tienen que ver consigo mismas ni con su función. Desde las mismas clases medias se critica a la cercanía de la intelectualidad con el poder, sin darse cuenta de que, cuando quienes saben no participan del poder, sólo se logra aumentar el poder de quienes no saben y sólo mandan.

Los primeros siglos de Constantinopla, la lengua oficial era el latín. El griego era el idioma del pueblo. Hacia el siglo VII, el griego desplazó al latín. Al discurso nacional le ha pasado algo similar. Lo vulgar ya no se refiere al vulgo y lo refinado del pensamiento dejó de importar. La ligereza, la complacencia y la necesidad de aplauso han hecho a un lado el debate de altos vuelos. Ese debate se fue a las pantallas y así, las grandes discusiones no se llevan en la academia ni mucho menos, claro, en los congresos o círculos de una élite que ahora se desprecia y no se considera necesaria. Esta transformación no es propia de México, pasa en todo el mundo. El triunfo de la democracia de opinión se ha hecho enemigo de la misma y ha procurado la ausencia de una balanza que reconozca a los opuestos. ¿Qué es la democracia sin ellos? ¿Qué es una democracia que no se cultiva? ¿Cómo se cultiva sin enseñanza? La formación pasó de las aulas a la información de las masas. Será muy democrático pero también pervierte el espacio de cambio que antes creía tener una responsabilidad.

Ocupados en respondernos con soluciones nacidas , no de la reflexión, sino de la opinión que se encuentra un nivel abajo en el pensamiento — como la equidad ante la justicia—, no hemos dedicado el tiempo necesario para revisar con qué contamos. No hay solución en políticos, pero tampoco contamos con suficientes profesionales en pensar que surjan de las clases medias y vean más allá de sus propias burbujas. De acuerdo, hay excepciones, siempre las ha habido, pero parece que estamos tan escasos de ellas que si alguna aparece, poco van a contar y es posible que sean consumidas por las tribus contrarias que necesitan de la loa, tanto como la primera singularidad.

Y si nos convencemos de que los políticos no tienen remedio, olvidamos que quien se meta a sus menesteres se hará político. ¿Entonces?, ¿también lo excluimos? Para todos ellos, políticos, apolíticos politizados, brotes de intelectualidad y los pocos pensadores profesionales cuyo análisis se evapora en la horizontalidad, la corrupción se ha convertido en la bandera común. Parecemos romanos aunque, no conozco a nadie relacionado con el poder, por mínimo que sea — periodistas y ciudadanos que participen de la vida pública—, que no sepamos o no tengamos los elementos para sospechar de más de uno que haya obrado mal y, ¿ quién esta dispuesto a cortar las cabezas de sus propios conocidos?

Con las diferencias que tenemos, la corrupción puede ser inevitable, natural e incluso se asoma necesaria. Quizá se ha transformado en la herramienta que brinda la apariencia de equidad.

 

Maruan Soto Antaki
@_Maruan

*Para este texto me he apoyado en una conversación entre Ikram Antaki y Héctor Aguilar Camín en El Banquete de Platón, 1996.