La calle de Madero tiene las joyerías; la de Tacuba, una estación de Metro. Por Madero discurren algunos de los jardines selectos de la modernidad: las tiendas Zara, Mix-Up (y hasta hace poco, la legendaria High Life); Tacuba fue durante años una calle invadida por el comercio ambulante: en ella vi amontonarse discos, videos, cepillos, mochilas, cinturones y lociones “piratas”. En 1956 en Madero fue inaugurado un rascacielos, considerado entonces el más alto de México; en Tacuba hubo durante siglo y medio una vecindad de 200 cuartos. En Madero vivió un emperador, Agustín de Iturbide; en Tacuba, en cambio, habitaron periodistas, impresores y autores pobretones: Ignacio Cumplido, Manuel Payno, Ignacio Manuel de Castorena y Ursúa. En Madero, calle de la platería, vivieron los marqueses de Guardiola, los marqueses de Prado Alegre, el minero Joaquín Borda y los condes del Valle de Orizaba (que construyeron la Casa de los Azulejos); Tacuba tuvo que conformarse con recibir a un gremio tosco: el de los herreros.

Imagen de los años cuarenta en la que figura la casa de don Francisco González Bocanegra, en el número 48 de la calle de Tacuba, anteriormente llamada Santa Clara en este tramo. A pesar de las diversas transformaciones que ha sufrido esta zona al paso del tiempo, el inmueble se mantiene en pie, a unos pasos de la estación del Metro Allende.

Imagen de los años cuarenta en la que figura la casa de don Francisco González Bocanegra, en el número 48 de la calle de Tacuba, anteriormente llamada Santa Clara en este tramo. A pesar de las diversas transformaciones que ha sufrido esta zona al paso del tiempo, el inmueble se mantiene en pie, a unos pasos de la estación del Metro Allende.

 

Manuel Gutiérrez Nájera vivió en Tacuba, pero dedicó su mejor poema a la calle de Madero. En Madero se encuentra La Profesa, el templo donde la religión “echo todo su resto y competencia”; en Tacuba sólo hay una modesta capilla, que alguna vez formó parte del convento de los Betlemitas. Durante siglos, la gente de tono paseó por Madero; en Tacuba sólo había indios queseros —ahí se apostaba la yerbera que Payno convirtió en personaje de Los bandidos de Río Frío—, y bien mirado, ahí no hubo más paseo que uno religioso: la procesión del Pendón, que conmemoraba cada año la caída de Tenochtitlán.

La Independencia estaba destinada a entrar a la ciudad por la calle de Tacuba: en el último momento, Iturbide hizo desfilar al Ejército Trigarante por Madero: quería halagar a una amante tempestuosa, la Güera Rodríguez, que vivía en un palacio ubicado en esa calle. El primer café que hubo en México, el de Manrique, abrió sus puertas en la calle de Tacuba; las cafeterías más elegantes estuvieron, sin embargo, en la calle de Madero: El Cazador, La Concordia, el café de Medina.

Madero tuvo un Jockey Club, centro de reunión y exhibición de lagartijos y gomosos; en Tacuba construyeron hospitales, el de San Andrés y el de los Hermanos Terceros, a los que iban a morir los pobres.

Cuando la Revolución triunfó, Madero entró por Madero. Zapata, Villa y Carranza también entraron por Madero. El primer cine de México estuvo en la calle de Madero, la Revista Moderna dejó caer la poesía desde un edificio de Madero, la primera vez que alguien probó en México el bistec, sucedió en un café que funcionaba en la calle de Madero. En Madero se abrieron las tiendas de las modistas más acreditadas (la Madame Marnat y la Helen Kossut del poema de Gutiérrez Nájera). La peluquería más elegante de México estuvo en la calle de Madero: ahí, entre paredes decoradas con imágenes de gallos, oficiaba otra figura najeriana: el peluquero Pierre Micoló, uno de los personajes del poema “La duquesa Job”.

En Madero se transfiguró y sudó el Cristo de los Desagravios. No hay noticia de que en Tacuba haya sucedido nunca milagro alguno. De José T. Cuéllar a Martín Luis Guzmán, y de Rodolfo Usigli a Carlos Fuentes, los novelistas mexicanos han explotado al máximo la escenografía suntuosa que proporciona la calle de Madero: Tacuba no ha requerido otro afán que el de un par de desdeñados cronistas, Francisco Cervantes de Salazar y Artemio de Valle-Arizpe.

En lo personal, me inquieta Tacuba. Larga, ancha, recta, plana, “toda empedrada para que en tiempo de aguas no se hagan lodos ni esté sucia”, ya estaba ahí en 1554, cuando se escribió la primera crónica urbana y quedó demostrado que una ciudad tarda 33 años en cobrar conciencia de sí misma. Francisco de la Maza la bautizó como la calle más antigua de América: el hombre que en 1523 trazó sobre las ruinas de Tenochtitlán la nueva ciudad colonial, tomó como eje la vieja calzada que los mexicas habían diseñado. De la Maza debió considerarla, también, una de las calles más trágicas: ahí, cuenta Artemio de Valle-Arizpe, cayó el cuerpo ensangrentado de Moctezuma, luego de que Hernán Cortés le decretara “la muerte por hierro”. Ahí, bajo una llovizna que apagaba el brillo de las armas, comenzó la huida de los españoles durante la trágica Noche Triste. Precisamente ahí perdió Cortés la famosa mula cargada de oro, que le dolió más que sus soldados muertos y provocó, tiempo después, la tortura de Cuauhtémoc y de los otros señores de Anáhuac. Ahí, años más tarde, un oscuro poeta, Francisco González Bocanegra, compuso los únicos versos que se le recuerdan.

Ahí, en una capilla del Hospital de San Andrés, fue colgado el rubio cadáver de Maximiliano, que Juárez fue a ver en secreto. Ahí se realizaron, también, las pompas fúnebres de dos connotados antihéroes: los generales conservadores Miguel Miramón y Tomás Mejía.

Ahí construyó don Porfirio el último edificio del porfiriato: el Palacio de Comunicaciones, que la Revolución le impidió acabar. Ahí, después de cabalgar por la ciudad de un lado a otro —primero porque los nacionalistas lo odiaban; luego porque significó un estorbo para su majestad el automóvil—, fue a parar la estatua de Carlos IV, un rey tan menguado que el sentido popular prefirió esconder su nombre, y se refirió a la estatua, simplemente, como El Caballito.

Quisiera en este punto realizar una confesión. Es una confesión extraña: me perdí a los cinco años de edad, mientras mi madre miraba un aparador en Cinco de Mayo e Isabel la Católica. Se me informa que fui encontrado a una calle de distancia, observando las actividades de un hombre que empujaba un carrito de paletas.

“A una calle de distancia” sólo puede significar dos cosas: que caminé hacia Tacuba o que avancé hacia Madero.

Esta versión personal del Niño Perdido me hace albergar desde hace tiempo una inquietud vital: ¿habré sabido a tan temprana edad cuál era mi lugar en el mundo?

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

15 comentarios en “La calle más antigua de América

  1. Excelente articulo, me fascinan las historias de las calles del centro de México, cuando uno vive en la ciudad de México no aprecia los edificios y las estructuras históricas, hasta que sales de ahí es cuando las extrañas.

  2. Cuando leo estas crónicas se suspende el andar del reloj y la vida misma. Quienes hemos caminado en esta ciudad tenemos la enorme fortuna de disfrutar en letras lo que en nuestra existencia pasamos a veces sin percibir, es necesario leer para entonces vivir

  3. Excelente crónica que nos describen la historia de nuestra ciudad y nos hacen hacer remembranza de ella “ciudad que lloras,mía,maternal,dolorosa,bella como camelia ,triste como lagrima, mírame con tus ojos de tezontle y granito, caminar por tus calles como sombra o neblina “

  4. Excelente reseña, yo como usted amo esta ciudad y tengo la sensación de que viví en ella en el
    Siglo 19 cada vez que leo sobre ella o camino las calles del centro. Y estoy seguro que la cuadra que usted camino fue hacia Tacuba que para mi por mucho será más importante que la de Madero. Felicidades

  5. Que decir?, simple, muy interesante y sabroso relato, me encanta leer sobre la historia de mi querida ciudad y mi México lindo, muchas gracias por este gran, gran aporte enriquece la mente y el alma.

  6. Que interesante y como enriquece saber lo que paso en esta calle las cosas que cuentas y las que nuncan saldran, camine de jovem por esa calle y me agrada saber su historia, ademas la narracion la hace mas interesante gracias.

  7. Que gusto saber mas de nuestro Mexico, por calles que caminamos siempre de prisa y cuando vemos alguna placa en la pared y leemos nos damos cuenta del tiempo q ha pasodo y lo que se ha vivido en esas calles, muchas gracias por la informacion para enriqueser nuedtro conocimiento.

  8. Mi admiración y afecto para usted señor de Mauleón por su interés de compartir sus conocimientos. Vivo a dos calles del zócalo y usted me ha enseñado a apreciar mucho más lo bueno de esta ciudad y olvidar un poco todo lo malo

  9. Trabajé en 1954 en Madero 17 en el Palacio Iturbide ahí tenia su despacho el Lic Bernabé Jurado y poco tiempo después en Tacuba 53-34. Ambos edificios tenian elevador “panorámico”. En el centro pase parte de mi juventud

  10. Hablar de mi ciudad de los palacios es como si yo hubiera vivido esos momentos ….hermosa mi ciudad

  11. Interesante y ameno relato. Alguien me puede recomendar libros con la historia de las calles del centro de la Ciudad de México? Me encantaría disfrutar de ellos.