Cuando camino de noche por la avenida Juárez suelo detenerme ante la fachada gris, de enorme riqueza plástica, del templo de Corpus Christi, el único edificio virreinal que queda en esa vía. Algo me dice que una de estas noches, como en el cuento de Poe, escucharé latir un corazón.

Corpus Christi encierra una de mis historias predilectas. Hace años, mientras el templo era restaurado, los arqueólogos hallaron tras el altar una caja de plata que poseía una fecha, 1727, y la siguiente, extraña inscripción: “Donde esté su corazón, estará su tesoro” (estaba escrita en latín).

El corazón del virrey Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero, acababa de aparecer tres siglos después de ser inhumado en el templo.

Aquella pequeña caja de plata había desatado a principios del siglo XVIII una serie incontable de leyendas. Nadie podía explicarse por qué aquel viejo virrey, muerto en España después de gobernar la Colonia por seis años, había ordenado en su testamento que le arrancaran el corazón y lo trajeran de vuelta a México.

La avenida Juárez y el templo de Corpus Christi con su célebre callejón a finales de los años veinte. A su lado se encuentra la antigua residencia de José Yves Limantour, sede de la Suprema Corte de Justicia de 1919 a 1941.

La avenida Juárez y el templo de Corpus Christi con su célebre callejón a finales de los años veinte. A su lado se encuentra la antigua residencia de José Yves Limantour, sede de la Suprema Corte de Justicia de 1919 a 1941.

 

Don Baltasar de Zúñiga fue el primer virrey soltero de la Nueva España. Aunque la tarde en que desembarcó en Veracruz se aproximaba a los 60 años de edad, en cuanto pisó la capital y recibió los primeros agasajos de la corte, las malas lenguas —así le llamaban al TV Notas de entonces— no tardaron en soltar la versión de que Su Excelencia se había enamorado de una joven que al poco tiempo tomó los hábitos y se enterró en vida para siempre en el convento de Santa Isabel (donde estuvo ese convento hoy se alza Bellas Artes).

Con ese tema de gran potencial literario, el fantasioso Artemio de Valle-Arizpe escribió una crónica sentimental, cuyo título lo dice todo: “Ojos, herido me habéis”.

Un relato paralelo, y más apegado a la realidad, indica que una tarde de 1718, al regresar de la procesión del día de Corpus, el virrey don Baltasar de Zúñiga sufrió un atentado: un joven militar intentó atravesarlo con una espada. El alférez de guardia, el caballerizo mayor y varios soldados redujeron al atacante e impidieron que el virrey fuera asesinado.

El proceso criminal que vino a continuación reveló que el militar, Nicolás José Camacho, acababa de salir del hospital de dementes de San Hipólito. Su declaración fue una retahíla de incoherencias que le valió ser enviado de nuevo al manicomio, en donde se le confinó a perpetuidad. En un cuento inspirado en este episodio, Guillermo Prieto acusó al virrey de haber querido robarse a la esposa de Camacho.

Cuenta la leyenda que en acción de gracias por haber salvado la vida un día de Corpus, don Baltasar hizo construir el convento de Corpus Christi: Pedro de Arrieta, el genial arquitecto al que debemos La Profesa, el Palacio de la Inquisición y el templo de Santo Domingo, llevó a cabo la obra.

El gobierno del virrey de Valero se caracterizó por el apoyo que brindó a los indios: Corpus Christi fue un convento destinado a albergar a “las indias cacicas”, las hijas de los principales señores indígenas, las cuales, hasta entonces, sólo ingresaban en los conventos en calidad de criadas.

Aunque la determinación del marqués causó revuelo en el virreinato (los jesuitas argumentaron que, por su “escasa razón”, las indias estaban incapacitadas para tomar los hábitos, lo que desató un largo litigio), las cuatro primeras fundadoras tomaron posesión del edificio el 13 de julio de 1724.

Para entonces, sin embargo, el marqués de Valero no se encontraba ya en la Nueva España. Había sido removido del cargo en 1722 y obligado a regresar a Madrid —donde se le nombró Mayordomo mayor del rey. Murió en 1727, según su testamento, “sin haber tomado estado”.

Una tarde, el coronel Pedro del Barrio tocó las puertas macizas del convento y entregó una caja de plata que contenía un corazón. Por disposición testamentaria, el marqués había mandado que el órgano fuera conservado en la capilla de Corpus Christi.

La noticia corrió como pólvora: aquello probaba que el viejo virrey había sucumbido ante un amor prohibido. Por la ciudad cundieron los chismes, los rumores, las leyendas.

“Pocos mortales habrá que amen a esta ciudad de México tan desinteresada, tan puramente como yo”, escribió Salvador Novo. No podría jurarlo, pero creo que eso mismo quiso decir el marqués de Valero al grabar la pequeña inscripción en la caja de plata.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

6 comentarios en “El corazón del virrey

  1. Querido Héctor
    Me encantó!!!
    Romántico, con joyas, y palacios destinos inacabados, pero sobre todo por la breve y trite historia de ese paciente psiquiátrico, megalómano y paranoides, y su trágico destino.
    Beso
    Gracias
    Luz

  2. Excelente y gratísimo relato. Todo un acto amoroso el del virrey de Zuñiga, y al mismo tiempo, un amor perturbador.

  3. Las caminatas por el Centro Histórico, muchas veces intrascendentes, adquieren todo el sentido después de leer al señor Mauleon. Felicidades

  4. Esa historia, ésa Avenida! Tantas y tantas más, absorbidas, ocultas, ignoradas….componen el México de mis recuerdos! Saludos

  5. Siempre es un deleite leer lo que siempre nos quieres contar. Cuentos, crónicas, leyendas todo es grato y lo comparto con muchos que se han convertido en seguidores de tus letras. Siempre. Y como el Virrey amando lo imposible siempre…