Estados Unidos frente al espejo

No hay país que no esconda sus vergüenzas. Quizá por eso es que resulta tan difícil encarar el pasado. “La memoria se confirma y refuerza a sí misma cuando olvidamos o recordamos selectivamente. La historia, por otro lado, permanece en guardia ante el pasado, obligando a quienes la estudian a tener una visión más integral, y por ende, más desconsoladora”, ha escrito Tony Judt en Postwar: A history of Europe Since 1945. Y aunque no hay continente más hostigado por los recuerdos, Europa no debería estar sola en este predicamento.

usa

En Estados Unidos, por ejemplo, si algo ha demostrado la reciente matanza en Charleston, Carolina del Sur, de nueve feligreses que estudiaban la Biblia en una iglesia con un largo historial de lucha por la igualdad de los afroamericanos, es que en el país sigue habiendo una resistencia enconada a encarar su pasado esclavista y las consecuencias de esta ocultación en el presente. Trayvon Martin, Tamir Rice, Eric Garner, Michael Brown y los nueve de Charleston, son solo las más recientes víctimas de un odio irracional que no cede y del menosprecio por la vida de los afroamericanos.

Deslumbrada por los innegables avances habidos en el tema de las relaciones raciales, progresos que posibilitaron la elección y reelección de Barack Obama en 2008 y 2012, la inmensa mayoría de los estadounidenses prefiere ignorar o maquillar las partes oscuras de su pasado. Y esta amnesia selectiva es la que mantiene vivos los prejuicios raciales y la discriminación de la gente por el color de su piel. La calidad de las escuelas donde estudian las minorías (negras y latinas) sigue siendo inferior a la de los planteles donde estudian los blancos. Los derechos civiles de las personas de color siguen siendo atropellados por los cuerpos policiacos y las sentencias de los tribunales de justicia siguen mostrando un sesgo permanente contra la gente de color.

A 150 años de la Guerra Civil, en Carolina del Sur, el capítulo local del Ku Klux Klan sale a la calle a protestar la decisión de la legislatura estatal de retirar de su Capitolio la bandera de los Confederados (el grupo de estados que defendía la esclavitud y que veía a los negros como seres inferiores). En Alabama, cuando el gobernador Robert Bentley ordenó que se removieran cuatro banderas confederadas de un monumento en los terrenos del Capitolio estatal, más de mil personas se manifestaron ondeando cientos de dichas banderas protestando contra lo que consideraron una afrenta a su patrimonio regional. En Mississippi, a pesar de los llamados del líder de la Asamblea para eliminar de la bandera del estado el recuadro con la bandera confederada, los asambleístas han desoído a su líder, y todo seguirá igual hasta que cambie la Asamblea. En Tennessee, la polémica es por el busto del General Nathan Bedford Forrest que se exhibe en la rotonda de hombres ilustres del Capitolio. Forrest, héroe de la Guerra Civil, fue también el fundador del Ku Klux Klan local y un importante comerciante de esclavos. Hasta en California hay dos escuelas intermedias que llevan el nombre del General Robert E. Lee, comandante en jefe del ejército confederado. Lee fue un hombre de maneras refinadas que llegó a decir que se oponía a la esclavitud aunque era dueño de esclavos y que creía firmemente que la esclavitud era muestra de la voluntad de Dios. A final de cuentas, Lee fue un desertor del ejército estadounidense y un traidor a la patria.

Según el FBI, de los casi seis mil crímenes por odio que hubo en 2013 y que produjeron un poco más de siete mil víctimas, casi la mitad fueron de carácter racial y siete de cada diez fueron contra afroamericanos. No obstante, para un amplio sector de la población la persistencia del racismo en el país es una invención de los liberales anti-estadounidenses. Cuando la primera dama del país, Michelle Obama relató sus experiencias personales de discriminación racial en un discurso a estudiantes, Glenn Beck, uno de los comentaristas más populares de la cadena de televisión FOX le reclamó diciéndole, “¿Cómo te atreves a hablar de racismo cuando la gente votó por ti?” Y yo me pregunto, ¿será verdad que Beck o Rush Limbaugh, por citar a solo dos comentaristas de extrema derecha que son pilares de la cadena de Rupert Murdoch, no han visto instancias atroces de discriminación racial en el país?

En su encomio/oración fúnebre al Pastor Clementa Pincney, asesinado en el tiroteo de Charleston, Obama dijo, “remover la bandera del Capitolio estatal de este estado (Carolina del Sur) no es una acto de corrección política. No es tampoco un insulto al valor de los soldados Confederados. Es solamente un reconocimiento de que la causa por la que lucharon —la esclavitud— era la incorrecta”.

El Presidente está en lo justo al recalcar en la necesidad de reconocer que la causa central de la guerra civil fue la esclavitud pero dudo mucho que baste con hacer cambios cosméticos como remover la bandera, los monumentos, los bustos, los símbolos de los confederados de los recintos públicos o cambiarle el nombre a escuelas y calles. Así no se resuelve el problema de fondo. El racismo en este país solo podrá ser superado cuando la nación entera enfrente su pasado directamente.

¿Por qué les cuesta tanto trabajo a los estadounidenses encarar las partes oscuras de su pasado? le pregunto al experimentado diplomático y ex  embajador de Estados Unidos en Venezuela Charles Shapiro.
“Creo que hay partes del pasado que sí hemos encarado”, me responde. “Por ejemplo, el internamiento de japoneses-americanos durante la Segunda Guerra Mundial. También creo que esporádicamente hemos tratado de exponer nuestro racismo y nuestra historia de país esclavista. Pero parte del problema”, dice Shapiro, “es que los libros de texto han adoptado la versión sureña revisionista de la historia que interpreta la Guerra Civil como un encuentro entre dos modos de vida y no sobre la esclavitud”.

Esto que me dice alguien que nació en el Sur y vive en Atlanta, Georgia, es totalmente cierto. Peor aún, a 150 años de la Guerra Civil, en el Sur de Estados Unidos todavía hay muchos hombres y mujeres que se niegan a aceptar que sus antepasados, sus bisabuelos y tatarabuelos lucharon por preservar un modo de vida en el que los esclavos eran imprescindibles. Tampoco admiten las terribles fallas morales de quienes sostuvieron la esclavitud.

Un ejemplo estupendo de la tensión entre la moral y las costumbres del Sur profundo de los 30, lo presenta la novela To Kill a Mockingbird, un texto memorable publicado en 1960, que ganó el Premio Pulitzer y ha sido lectura obligada para alumnos de la escuela intermedia. La novela narra la defensa que hace un honorable abogado de un negro falsamente acusado de haber violado a una mujer blanca. A pesar de las evidencias a su favor y de sus habilidades retóricas, el abogado blanco no logra salvar a su cliente negro. En la misma novela, sin embargo, se refleja la familiaridad con la que el narrador de esta injusticia en Alabama veía al Ku Klux Klan. No hay en el libro una condena explícita al Klan por los ahorcamientos y linchamientos de miles de seres humanos que ejecutaron. No los describe como los vigilantes racistas que fueron sino como uno más de los grupos políticos locales.

*

Es evidente que Estados Unidos no es el único país que se niega a admitir sus culpas. Austria lleva 70 años tratando de ocultar al mundo el entusiasmo con el que sus ciudadanos celebraron la entrada triunfal de Hitler a Viena e insiste en presentarse como víctima del Fascismo, un status que le otorga un mal habido acuerdo de los Aliados firmado en 1943. La verdad es que antes del Anschluss, que produjo la anexión de Austria a la Alemania de Hitler, el partido Nazi austriaco contaba con más de 700,000 afiliados y que una vez empezada la guerra, más de 1.2 millones de austriacos pelearon dentro del ejército alemán. “Todavía al final de la guerra” cuenta Tony Judt, “había más de 536 mil Nazis registrados”.

En el santuario de Yasukuni, en Tokio, Japón se recuerda a los caídos en la guerra y no se excluye a los criminales de guerra. Hoy, todavía hay muchos japoneses que se niegan a admitir que la ocupación de Manchuria de 1931 fue un acto de agresión injustificable que dejó millones de muertos. Tampoco les gusta reconocer que en Nanjing murieron cientos de miles de personas o que las tropas japonesas obligaron a más de 200,000 mujeres, sobre todo chinas y coreanas, a prestar servicios sexuales en burdeles oficiales instalados por sus mandos militares.

El caso de España presenta características en cierto modo únicas. Al plantearse la transición a la democracia después de la muerte del dictador Francisco Franco, los partidos políticos decidieron no rescatar la memoria histórica. Se olvidaron del golpe militar de Franco, de la Guerra Civil y de la dictadura pensando que así la reconciliación entre la derecha y la izquierda, sería más estable. Los pactos que posibilitaron la transición democrática del país entre 1975 y 1978 condujeron a la evasión de las responsabilidades y de las culpas del pasado. Nadie tuvo que expresar su arrepentimiento porque la nueva identidad nacional partió del olvido de su traumático pasado. ¿Y las víctimas dónde quedaron? ¿Quiénes, además de sus descendientes les recuerdan en su sacrificio? ¿Son equivalentes los crímenes que cometieron los republicanos a los que cometió el franquismo durante la Guerra y durante la dictadura? Una gran parte de los testigos de esa parte oscura de su historia o ya han muerto o morirán pronto, y el país permanecerá desmemoriado, y el olvido disminuye la calidad moral del país y del sistema democrático que se debe asentar en una visión completa de la historia del país incluyendo su pasado fascista.

Pero quizá el mejor ejemplo de los peligros que presenta la memoria selectiva es el que hoy escenifica el presidente ruso Vladimir Putin y su intento de reivindicación del dictador José Stalin. Primero hizo una alabanza a su visión política por haber firmado el Pacto de no agresión con Hitler en 1938. Luego, de mayor consecuencia geopolítica, ha sido su evidente deseo de revivir las viejas “glorias” del estado soviético y su decisión de restablecer “la esfera de influencia” rusa, incluyendo no solo a Crimea sino amenazando con expandirse a los países del Báltico. Una encuesta reciente encontró que el 39% de los rusos tienen una opinión positiva de Stalin y, mucho más alarmante, el 45% de los entrevistados piensan que los millones de asesinatos perpetrados por el dictador estarían justificados. Eso solo puede pasar en un país desmemoriado.

*

La reconciliación de los alemanes con su pasado no fue fácil y yo tuve la suerte de atestiguar parte de ese proceso. En 1968, visité Berlín por primera vez y pude ver el paisaje desolador de edificios abandonados, áreas minadas, perros iracundos y alambres de púas que coronaban un muro que se extendía una eternidad. Del otro lado del Muro, me tocó observar la brutal represión policial a los estudiantes que cuestionaban el sistema político del país, el silencio de sus padres sobre su pasado Nazi, la guerra en Vietnam y la visita del Shah de Irán a Berlín. Más tarde constaté con preocupación su radicalización en bandas paramilitares de izquierda. Lo que predominaba en el país era la desunión.

Volví a Alemania en noviembre de 1987. Ya se sentían los vientos de rebeldía contra el sistema comunista que habían soplado en Hungría en 1956, en la Praga de Alexander Dubcek en 1968; en Gdansk, Katowice y Varsovia en los 80’s y en la propia Unión Soviética, que con el Glasnost y la Perestroika de Gorbachev habían aislado a Alemania del Este no solo de Occidente sino de sus propios vecinos “socialistas” en Europa Oriental. La división y la desconfianza entre los alemanes se ahondaba cada vez más ante el temor de que una vez que se derribara el Muro sobrevendría la avalancha humana y los alemanes occidentales tendrían que subsidiar a un país en bancarrota y los alemanes orientales tendrían que vivir en un mundo incierto e inseguro.

En 2005, en Madgeburg platiqué con personas que nostálgicas añoraban el estado de bienestar en el que vivían en esa parte de la Alemania Oriental y repudiaban el materialismo y la falta de solidaridad en Occidente. En 2010, durante una visita al Memorial de Buchenwald pude observar el asombro de los jóvenes alemanes al contemplar los horrores cometidos por sus abuelos. Leí sus conmovedoras palabras expresando su repulsión a esa parte de la historia de su país. De esa Alemania que se identificó con las promesas de un peligroso demagogo y a quien el pueblo le apoyó en su brutal demencia. Comprobé en este viaje, sobre todo, que los alemanes habían aprendido bien su lección.

El 9 de noviembre de 2014 estaba yo en Alemania, cuando la Canciller Angela Merkel les recordó a sus compatriotas la importancia de mantener viva la memoria histórica. Hablando desde la Bernauer Strasse, a 25 años de la caída del muro de Berlín y a casi 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, la canciller de Alemania, recordó que “la caída del Muro nos demuestra que los sueños pueden hacerse realidad y que nada tiene por qué seguir como estaba”. Recordó que en Alemania, “podemos cambiar las cosas para mejorarlas”, y yo sentí que ya el país había recuperado plenamente su identidad milenaria, que por fin había logrado “hacer las paces” consigo misma, que había habido “reparación”, o como dirían en alemán “Aufarbeitung”, una expresión que en inglés significaría “come to terms”. La liga que Merkel hizo de los dos sobrecogedores acontecimientos, la Segunda Guerra y la caída del Muro, tuvo inmensos ecos históricos. En otro 9 de noviembre, en 1938, tuvo lugar la noche de los cristales rotos. Esa negra noche en la que las brigadas Nazis anticiparon los horrores del holocausto persiguiendo a los judíos y destruyendo sus sinagogas y sus negocios por toda Alemania.

En ese mismo viaje visité el Centro de Documentación de Núremberg y vi como ahí se expone su pasado nazi con honestidad, sin disfraces, ni disculpas en la exhibición permanente Fascinación y terror. Me convencí de que en Alemania los museos educan a las nuevas generaciones sobre los horrores de su pasado; que se honra a las víctimas convirtiendo los antiguos Campos de Concentración en museos de historia y vi como se ha preservado su memoria histórica en monumentos como el Memorial al Holocausto judío, construido frente al Reichstag y a un costado de la Puerta de Brandemburgo. “No conozco otro país en el mundo que en el corazón de su capital nacional erija monumentos a sus vergüenzas”, escribió Neil McGregor en su maravilloso libro Germany Memories of a Nation.

*

¿Podría Estados Unidos seguir el ejemplo de Alemania? ¿Llegará el momento en el que los estadounidenses enfrenten las dolorosas verdades que los alemanes se vieron obligados a reconocer, no en los juicios de Nuremberg sino en la década de los años 60 y 70 cuando, como ha escrito Cees Nooteboom, “los hijos le preguntaron a sus padres ¿qué hiciste tú durante la guerra?” y estos tuvieron que contestar. Ojalá lo hicieran pero lo dudo mucho. A los estadounidenses le cuesta mucho trabajo admitir sus fallas porque estas son incompatibles con la imagen de país excepcional que les inculcan desde niños.

 

Sergio Muñoz Bata

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sólo en línea

3 comentarios en “Estados Unidos frente al espejo

  1. Pues en Washington, junto al obelisco, justo en el centro de la ciudad, a unos pasos de la Casa Blanca (la origninal) están construyendo el «National Museum of African American History and Culture». Habrá que ver como abordan el tema de la guerra civil y la esclavitud, hasta los derechos civiles.

    Y en México… sólo en el Museo del Desierto (Saltillo Coahuila) he visto una pequeña referencia a la guerra lidereada por los Liberales en contra de las tribus nómadas en el siglo XIX. Un verdadero genocidio olvidado. Añadiría también la incómoda Guerra Cristera.

    ¿Acaso no dejamos ir la oportunidad de encarar nuetro pasado hace un año al «celebrar» la defenza de Veracruz de 1914?

    1. No entiendo el porque de las comillas en la palabra «celebrar» era MUY necesario recordar la heroica defensa de Veracruz, lo de la guerra cristera fue un choque de posturas extremistas, no se compara con las mencionadas aqui donde un país realizo indiscriminadamente ataques a otros paises, si se «oculto» no fue solo por el estado si no que tambien la iglesia olabora porque salia mal parada, en cuanto a los atques a las tribus nomadas es muy simplon achacarlo a los liberales cuando practicamente todas las faccion del siglo XIX, ahora sin embargo, el peor crimen contra la humanidad en la historia de Mexico, el genocidio Yaqui esta casi enterrado por que los gobiernos de hoy estan en un proceso de limpiar la imgen de «Don Porfirio»

      1. Puse «celebrar» ya que según la visión americana ellos intervinieron para sacar del poder a Victoriano Huerta, quien asesinó a Madero. Por lo que el hecho me parece disonante: El gobierno del PRI (revolucionario) festejando la defensa de un gobierno nacido de un golpe de estado.
        Hablo de los Liberales, ya que era su postura (Incluso la de Juárez, Ver Ralph Roeder, «Juárez y su México») blanquear el país, por lo que deseaban impulsar la migración blanca en México y era necesario exterminar a las tribus nómadas. Por cierto, fueron también los gobiernos liberales quienes al dar paso a la propiedad privada, eliminaron el esquema colonial de la propiedad colectiva, la cual fue uno de los principales reclamos de Zapata.
        Simplista es decir que la Iglesia también quiso ocultar la guerra cristera. Si analizas las más recientes canonizaciones verás a muchos mártires Cristeros, quienes vistos a la distancia fueron mártires por la libertad religiosa … pero bueno supongo que en la contracultura posmoderna siempre es mejor ver a un monje budista inmolarse en Vietnam a hablar de un aburrido padre de familia, mocho, conservador y de Guadalajara.

Comentarios cerrados