A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

La Inquisición española empezó a ocuparse de los flagelantes sadomasoquistas a partir de 1606. En el derecho procesal se distinguía entre el flagelante activo, el que aplica la penitencia, y pasivo, el que la recibe. A veces se intercambiaban los papeles, pues en la variedad está el gusto.

• Diego de Burgos, fraile franciscano, el primer penitenciado por delito, intercambiaba zurriagazos con una viuda necesitada de consuelo.

• Francisco Navarro, arcipreste de Málaga procesado en 1745, era de los pasivos. Francisca Martínez, su cocinera, además de confeccionarle ollas podridas y gazpachos, según la estación tenía el cargo de ordenarle: ¡Pícaro vil echa esos calzones abajo! y luego, ya a calzón quitado, el señor arcipreste se arrodillaba ante la cocinera y le suplicaba: Tú eres mi reina y mi señora, toma esos cordeles y castígame hasta que salte la sangre. Esto era solamente para abrir boca, porque la sesión incluía también una tanda de bofetadas con diez anillos en la mano. Otra criadita de la casa, Rafaela Valverde, estaba en el secreto y solía asistir a las sesiones desde un escondite. Esta criada tenía inhibiciones y por eso el arrojo del arcipreste no tuvo cancha para otras cosas, porque luego del castigo hizo a la criada sentarse en el servicio y quiso besarle el orificio, a lo que ella se negó. El arcipreste Navarro debió ser un sujeto incorregible. Seis años después de penitenciado, reincidió y visitó nuevamente las celdas inquisitoriales acusado del mismo delito por tres hermanas a las que a cambio de socorro económico pedía que lo azotaran hasta dejarlo como un eccehomo (cristo flagelado).

• Fernando de Cuenca, cura de Caravaca, procesado en 1772, se confesó culpable de flagelar a la esposa de un pastor de ovejas a la que azotaba sobre sus rodillas, pero antes de castigarla le manoseaba las asentaderas. Interrogada la pastora declaró que nunca vio pecado en aquellas manipulaciones pues siempre le pareció que estaba en manos de un santo.

• Un capuchino de la misma cuerda admitió haber seducido a trece beatas. Les hacía creer que el propio Jesucristo le había concedido dispensa sobre el sexto mandamiento (No fornicarás) a fin de que pudiera satisfacer los apetitos de sus hijas de confesión, siempre que lo hiciera personalmente y nunca por delegación de alguien más. Las beatas, obedientes a la voluntad del Señor, se le abrían como rosas de mayo. Solamente cuatro pupilas del beaterio mantuvieron su virtud: tres porque eran viejas y la cuarta por ser fea en exceso. Tres años llevaba el trato venéreo cuando una de ellas enfermó y al creer que iba a morirse confió su secreto a otro confesor, que lo comunicó a la Inquisición. Al parecer, la moribunda siempre lo había tenido bajo la conciencia pero había disimulado y fingido creer al fraile porque así gozaba de placeres sin rubor. Lo condenaron a prisión conventual, donde murió a los tres años.

• En 1740 procesaron al sacerdote zaragozano Juan Lapaza, que flagelaba doncellicas en flor, entre catorce y dieciocho años, por no saberse la lección, y a una vecina llamada Bárbara Gómez con la que fue sorprendido en actitud comprometedora cuando le inquiría: Bárbara, ¿quieres pizquicos o zurrica? Hábilmente interrogado por los inquisidores, el mosén confesó de plano y declaró que además de los mentados azotes había incurrido en introducción de dedos “in verendis”, caña rotunda, vapulaciones serias y fuertes, otras doce o más de burlas y tres de ellas mutuas.

 

Fuente: Juan Eslava Galán, Historias de la Inquisición, Planeta, Barcelona, 1992.

04-inquisicion

 

3 comentarios en “Sadomasoquismo e Inquisición

  1. Que paradoja: Sadomasoquistas investigados, procesados, incriminados, sometidos a «sutiles» metodos de confesion, inculpados, juzgados y castigados por una institucion de sadomasoquismo profesional y oficial.