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Componía mi novela Ejemplo —refiere el cronista Artemio del Valle Arizpe— y dudaba del fin que había de tener don Rodrigo de Aguirre, personaje central del libro; ya le había comunicado esto a Ramón López Velarde, y una noche que le encontré a la puerta del Hotel Iturbide me preguntó con visible interés si ya lo había matado.

—No —le respondí—. Todavía vive y, francamente, no sé cómo despacharlo al otro mundo. Tengo que matarlo irremediablemente, sí, pero no hallo la manera adecuada, si con un veneno que le ministre en la comida, o bien  le quito la vida de un balazo.

—Me parece mejor esto —dijo Ramón—. Acaba con él de un tiro a la salida de una iglesia, ya que está hecho un beato y no sale de los templos el muy sinvergüenza.

Seguimos hablando de esta suerte y ya nos despedíamos cuando se nos acercó un sujeto mal encarado y nos dijo:

—No se vayan, amigos. ¡Acompáñenme, asesinos!

—¿Asesinos? ¡Pero qué está usted diciendo hombre de Dios!

—¡Cállense y vengan conmigo, tales por cuales! —Se comprenderá que no nos dijo eso suave de “tales por cuales”, sino palabras más sonoras.

Nos quedamos de una sexta pieza y nos condujo ese caribe a la Comisaría Roja, la Sexta, lugarcito que en tiempos de don Victoriano Huerta, en que esto pasaba, tenía fama de que el que entraba en él no salía vivo, pues allí tenía su sanguinolento campo de acción aquel famoso “policía” apodado el Mata Ratas. Ya ante el ceñudo comisario dijo nuestro aprehensor:

—Aquí están estos dos individuos que sorprendí tramando, muy a sangre fría, cómo matar al señor subsecretario, no sé cuál, u oficial mayor de no sé qué ministerio [porque había oído la palabra “ministre”] que se llama Rodrigo o se apellida Rodríguez. Son dos peligrosísimos hampones, señor comisario.

Trabajo nos costó persuadir a aquel señor que impartía esa cosa etérea que se llama justicia, que se trataba sólo de matar a un ser ficticio, al personaje irreal de una novela que yo estaba componiendo. Después de mucho insistir y de echarnos encima entre sonoras palabrotas la de asesinos, accedió a que fuese el agente delator a mi casa junto con nosotros para traer y mostrarle los papeles en que hablaba del tal don Rodrigo. Ya con ellos en la mano se convenció al fin, ¡bendito sea Dios!, de que éramos unos pacíficos e inofensivos escritores, y con un “Bueno, váyanse, ustedes dispensen” nos señaló la puerta, con lo que se quedó pasmado el troglodita policía, quien seguía insistiendo que se trataba de un crimen atroz que íbamos a perpetrar. No hicimos caso de sus razones y nos escapamos más que en las volandas.

 

Fuente: Enrique Cordero y T., Anecdotario de don Artemio del Valle Arizpe, Ediciones del Grupo Literario “Bohemia Poblana”, México, 1960.

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