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Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas  de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”.  Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables


Siena es un islote de estrechísima unidad dominada por el único contraste del sol y la sombra. Las calles angostas descienden hacia la Piazza del Campo, esta plaza que, más aún que todas las otras plazas de Italia, se abre, sorpresa a cualquier caminante, como una armonía perfecta de orden asimétrico. La concha la llaman con razón los sieneses. Rodeada de palacios —no solamente palazzos que en italiano suele querer decir casas, sino verdaderos palacios sobrios rojizos a la luz del sol— la plaza desciende, en estrías concéntricas, hacia el Palacio Comunal. Aquí, el centro de la antigua República de Siena se eleva en el Campanile altísimo, casi insensato en su altura que más amplía aún la amplitud total de este espacio abierto. Sorprende ver cómo los sieneses no se sorprenden ya de la hermosura de esta plaza. Los estudiantes van a la universidad como todos los muchachos del mundo; la dueña de la trattoria habla muy rápidamente de las ganancias de la jornada. Todo es absolutamente cotidiano. También esto es bello. A Siena los sieneses han de tenerla en la cabeza: qué bien esto de tenerla sin tener que mirarla novedosamente cada día; qué bien esto de estar en Siena como sienés de origen. Toda parece indicar una tradición todavía no interrumpida por el asfalto, los coches ni las fábricas. […]

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En la Piazza del Campo el sol proyecta alargadas líneas pacíficas que alternan con las rayas concéntricas de la concha. ¿Cómo pudo haber sido Siena ciudad de guerras intestinas, ciudad de mal gobierno y buen gobierno, ciudad de lucha con sus vecinas repúblicas? Hoy es una ciudad de paz. Solamente la catedral inacabada muestra huellas de muerte verdadera. Iniciada para competir con las mayores catedrales del siglo XIV, tuvo que detenerse su construcción por la gran peste que diezmó a los sieneses. No es la catedral lo más hermoso de Siena. Es hermosa la biblioteca de las miniaturas, es hermoso el bautisterio, es obra de maravillosa paciencia el dibujo hecho de graffitti en que Pinturicchio puso toda su delicadeza. Pero hay aquí, en la estructura de la iglesia, una tentativa que me parece poco sienesa: la tentativa de alcanzar lo grandioso. Claro está que la Piazza del Campo es grande, pero todos sabemos que entre lo grande y lo grandioso hay la misma diferencia que puede haber entre un acto bueno y la intención de cumplirlo. La catedral de Siena es como la inacabada tentativa de los sieneses por realizar lo que tal vez creyeron ser la Idea de su República. Mejor que permaneciera inacabada y trunca: no sobresale así de esta desigualdad hecha de diferencias: matices, colores, niveles, urbanización de esta ciudad que nos entrega su belleza rodeada de murallas perfectas. Afuera, el campo, con lejanos olores a vendimia que me recuerda que, en sus fantasías, los pintores de Siena olvidaron pintarlo.

Fuente: Ramón Xirau, “Siena y unas torres”, en Ciudades, Centzontle, FCE, 2011.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.