A Jacinto le decíamos Yacin. Anglosajonizar los nombres era una costumbre adquirida, y como tal, inerte: los ingleses llevaban añares residiendo en la ciudad y nos habían comunicado un poco de su carácter. ¡Qué normal presentar a alguno de nosotros con estas palabras!:

—Aquí, Tony Yanes, de los Yanes de Mena’s Farm.

Esto, y el que a Jacinto le dijésemos Yacin, p.e., se derivaba de nuestra coexistencia pacífica con la colonia anglosajona. Pero también de habernos atiborrado con cualquier cantidad de Baring, Priestley, Galsworthy & Co., en cuyas novelas hallábamos lugares comunes como el que vide infra:

—¿De quién hablas, darling? (porque los traductores eran y son lo bastante perezosos y/o mal pagados como para dejar el darling sin traducir), ¿de los Milestone de Eversham?

Alguna vez alguien debió leer, en Daphne Adeane o cualquier otra novela por el estilo, de una dama que se llamaba Lady Hyacinth Nosecuántos. Y Jacinto pagó las consecuencias. ¿Pagar las consecuencias? Personalmente, seguro que prefería el britanizado Yacin al rotundamente rústico Jacinto. Pero su lema era “Vive y deja vivir”. De modo que igual le daba un nombre que otro. Lo que a Yacin de veras le preocupaban, y ocupaban, eran sus lecturas.

01-macho-01

Ya digo que la ciudad, aunque no se advirtiera de una manera consciente, estaba anglosajonizada. El té, a las cinco. Gibraltar, inglés. Y en las (dos) librerías lo más frecuente era encontrar los libros de W.S.M., G.B.S., H.G.W., G.K.Ch., amén de los ya referidos Baring, Priestley, Galsworthy & Co., sin olvidar a Agatha Christie y Graham Greene (¡y J.D. Carr!).

No faltaban tampoco los inevitables Stefan Zweig y Lajos Zilahy. Ni algún que otro exótico Knut Hamsun. Y a veces, pocas, un español; desde entonces me suena el nombre de Baroja.

La ciudad, como Londres, se asoma a un río. Como Roma, está rodeada de siete colinas.

El río es una masa de agua verde con un incesante tráfico de pesqueros y mercantes, un gran muelle que avanza curvándose hasta la mitad de su cauce, otros muelles y diques, y al fondo, el cementerio de gigantes que una salina debe parecer a vista de pájaro. Los días de lluvia y de niebla, la ciudad se reviste de un aire que puede llegar a lo escocés; los impermeables se nos antojan macferlanes. Para colmo, muchos fumamos en pipa. Y en este ambiente se desarrolló nuestra juventud.

Yacin era socio del Club de Golf —aunque no entendía ni palabra de aquel deporte para topógrafos—, del Club de Tenis y del Club de Futbol. La ciudad, donde tan temprano llegaron los ingleses, fue la primera de España donde hubo un once de futbol legalmente constituido, y era un honor tener un número bajo en la tarjeta de socio del Recreation Football Club of Welbah. Aún hoy —¡cuánta ingenuidad!— se le sigue llamando “el Recreativo”. A causa de sus pésimas campañas, yo propuse alguna vez que le empezásemos a decir “el Aflictivo”.

Los clubs informaban nuestro carácter de una manera sutil. Los del Golf, gente silenciosa y elegante. Los del Tenis, virgueros. Y los del Futbol, la canalla: “la canalla moscovita”, los definió un virguero, incorporando al acervo municipal un slogan político de los más usados por lo que todavía llamábamos “el parte” de Radio Nacional.

Pero lo de Yacin no eran los deportes (sólo practicaba un poco la natación), lo de Yacin era leer y leer. No advertía el veneno. En realidad, no lo advertíamos ninguno. Yo, por aquel entonces, devoraba montañas de Jakob Wassermann, y puesto que me habían destinado a la carrera de leyes, saboreaba libros como Laudín y los suyos; yo sería Laudín y el mundo estaría lleno de Lúes, las tirantas de cuyos sostenes se caerían con facilidad.

Yacin y yo teníamos mucho en común. Conversábamos. Eckermann I era él, y yo Eckermann II. No había ningún Goethe lo bastante olímpico en toda la ciudad. Sí, los poetas y escritores de nuestra bendita ciudad eran bosta. No salían de sus railes ni por error. Los railes se llamaban y se llaman: descubrimiento de América, hispanidad, hermanos Pinzones, Colón, Alonso Sánchez, Juan Ramón Jiménez, y toda esa —en manos de ellos— deleznable basura. Yacin quería leer otras cosas. Yo quería escribir otras cosas. Nuestras respectivas vocaciones de lector y escritor no encontraban campo adecuado en el detritus local.

Paseábamos por la orilla del río y también por el camino serpenteante que asciende a través de dos colinas hasta la ermita de la virgen local. Desde allí se oteaba todo el panorama, y los crepúsculos eran siempre —vistos desde allí— un espectáculo digno de otro escenario.

En cuanto a nuestras conversaciones y discusiones, partíamos de una convención tácita: no era necesario —mejor dicho: no debía, no podía ser necesario— un acuerdo final. Estábamos en la edad en que se cree que de la discusión nace la luz. De manera que Yacin y yo jamás concluíamos de esa manera tan española (“el que no está conmigo está contra mí”), pero tampoco nos poníamos nunca de acuerdo.

Yacin era católico, yo pagano. En otro orden de cosas, yo no estaría nunca dispuesto a admitir que G.K.Ch. fuese superior a G.B.S., y Yacin por su parte jamás admitiría que Charles Morgan escribía mejor que Huxley, Aldous.

Desde luego: nuestras conversaciones no eran nunca tan áridas como pudiera desprenderse de lo que llevo dicho. Yacin me contaba sus experiencias al margen del sexto mandamiento, yo le correspondía con las mías propias. Y charlábamos también acerca de política: él era carlista —¿cómo no?— y yo federalista —¿cómo no?

Otro inagotable tema de charlas: nuestro futuro. Una tarde nos habíamos sentado de espaldas a los árboles del camino, en un banco Morrison del Paseo a la ermita. El cielo, en esa hora del ocaso, era un Van Gogh king size.

—He leído un cuento de W.S.M. que no conocía.

—Maugham es un cínico simpático —admití.

—No sé si tú lo conoces.

—¿Cómo es? —¡ya era atrevimiento en Yacin el insinuar que yo pudiera desconocer una página de W.S.M.!

—Es una pareja que llevan muchos años casados —contó Yacin— y llega un tipo joven que viene de Borneo o de por ahí, y va y agarra viaje con ella, pero sin que suceda nada más allá de un par de besos, y después el muchacho ese tiene que regresar a Borneo y se pone de acuerdo con ella en que ella pedirá el divorcio para irse a Borneo y casarse con él. El caso es que cuando  el muchacho llega a Borneo o donde sea, le escribe a ella diciéndola que lo que ha pasado es todo una locura, etcétera, pero ella ya se lo había dicho todo al marido y éste se ha suicidado, de modo que cuando llega la carta del otro se queda helada, o sea, compuesta y sin novio.

—¿Y qué conclusión extrae Maugham de todo eso? —había leído el cuento, coño, claro que sí, pero no lo recordaba ahora en todos sus detalles.

—Maugham dice que si ella se hubiese acostado con el muchacho,  no hubiera pasado nada. Lo que jodió la marrana, dice Maugham, es que ella era una virtuosa dama. ¿Qué te parece?

—Supongo que lleva razón Maugham, pero literariamente está tan traído de los pelos…

—Pero presentándolo así, ¿crees que Maugham tiene razón?

—Presentándolo así, sí.

—Claro, porque una mujer que no lo hace, termina por convertirse en un mal social. Porque hace todo el mal que puede a sus semejantes, ¿no es eso?

—Y hasta te pondría ejemplos —le dije pensando en una insoportable solterona que teníamos por profesora en el colegio.

Cuando el sol despidió su rayo verde (que Julio Verne nos había obligado a espiar cada atardecer), bajamos a la ciudad. Y no volvimos a hablar nunca de ese tema.

 

En verano las familias de la high society emigraban por tres meses a la playa. El éxodo se efectuaba en barcos de pasajeros que hacían el servicio regular entre la ciudad y la umbría punta del delta de sus ríos. A Punta Umbría, en aquel entonces, no se podía viajar en auto, aunque se hablaba de construir una carretera desde que Alfonso XIII supo decir ñam-ñam. Y la no existencia de otro acceso que el fluvial, confería a la playa un carácter agreste y selvático que nos encantaba. Algo que desaparecería en el momento en que hubiese una carretera, con su secuela de olor a gasolina, ruido de motores, bocinas y “¡Aprende a conducir, animal!”. Pero por el momento no había nada que temer. Era fama que uno podía irse a Punta Umbría llevándose un bañador y un cepillo de dientes por todo equipaje.

Lo malo eran los domingos. Los domingos, las familias que no eran de la high, llegaban en manadas para pasar el día en Punta Umbría. Pero esta invasión de “los israelitas” —como los definió un virguero del Tenis— sólo duraba 24 horas; y después “el Mar Rojo —que en este caso es el río Tinto— se vuelve a interponer entre ellos y nosotros”.

En Punta, mi ocupación favorita de los tres últimos veranos respondía al nombre de Maridulce.

Maridulce veraneaba todos los años en Punta Umbría. Era la primera nieta de los abuelos de Yacin, y prima hermana de Yacin y Loli. Maridulce vivía en Madrid el resto del año. Estaba “como un tren”, hablaba inglés y podía mantener una conversación inteligente. En fin, teniendo en cuenta el promedio nacional, la prima de Yacin era uno de esos ejemplares dignos de museo. Maridulce y yo habíamos llegado a un statu quo muy especial, en el cual éramos novios y no lo éramos, al mismo tiempo y bajo el mismo respecto. Por mucho que ello pudiera contrariar y enojar a mi profesor de filosofía y francés, que —bien sûr, M’sieur!— se bañaría con un salvavidas de paralelepípedos de corcho, en cada uno de los cuales habría pintado en blanco los Barbara, Celare, Dario y Ferio de marras. Sí, Maridulce y yo éramos novios hasta lo que una joven de la belle époque hubiese considerado ese mal paso que alguna vez se da y que exige por parte de un hombre de honor una determinada reparación amenizada con música del hijo de Mendel, Félix. No lo éramos de ahí en adelante, porque ni ella pensaba casarse conmigo ni yo con ella, ni cometíamos errores cronológicos, ni era yo —en último término— un hombre de honor. Me parece que está todo claro.

A menudo hacíamos largas y solitarias excursiones a la laguna, una experiencia que para mí continuaba siendo la búsqueda del vellocino de oro o del agua de la juventud. Y entre los pinares, lejos del mundo, en paz de Dios, Maridulce simulaba dejarse convencer, y accedía de nuevo.

El asunto era bien sencillo, pero la tía Leonor no lo comprendía. La tía Leonor, hermana del padre de Yacin y de la madre de Maridulce, vivía en la ciudad, donde poseía su propia casa, pero pasaba también el verano en Punta Umbría, en la casa que construyó el abuelo. Allí era donde veraneaba toda la familia, y la reunión de un grupo de personas tan singular convertía aquel chalet en un Arca de Noé bastante simpática.

A Maridulce y a mí nos importaba un rábano la tía Leonor, que al fin y al cabo no llevaba vela en el entierro. La tía Leonor se aferraba todavía a las convicciones que le fueron inculcadas en su adolescencia. Y según  esas convicciones, un noviazgo era —así: “era”, del verbo ser—, apenas concurrían ciertas y determinadas circunstancias. Y cuando un noviazgo era, debía adquirir estado oficial y debía proclamarse la ley marcial sobre los interesados.

Excuso decir que la tía Leonor hubiese puesto el grito en las más altas esferas celestiales, de haber sabido que su sobrina Maridulce tenía tanto de virgen como yo de arzobispo de Constantinopla. Pero insisto en que tanto a mí como a Maridulce nos importaba un rábano la opinión de la tía Leonor.

—Rickie.

Estábamos tumbados en la arena, a media tarde.

—¿Sí?

—¿Vamos a ir mañana al baile?

En la ciudad eran las fiestas anuales conmemorativas de aquel tres de agosto de milcuatrocientosnoventidós cuando nuestros valientes y esforzados marineros largaron velas y aproaron el mar tenebroso he dicho (grandes y prolongados aplausos… pero dejemos el resto a la bazofia local). Lo cierto es que había bailes al aire libre, en pistas especialmente acondicionadas entre los jardines de los muelles del puerto. Las pistas, que llamábamos casetas, diferenciaban la high de las restantes societies de una manera absolutamente hindostánica. Y los veraneantes en Punta Umbría, al llegar estas fechas, hacían una escapada al baile de gala y regresaban con los vaporcitos de la primera hora de la mañana: adormilados y oliendo salobre.

—Habrá que ir de etiqueta y fíjate el calor que hace —refunfuñé.

—Traje oscuro y corbata, nada de smoking —replicó.

—Iré —dije a regañadientes. Y:— ¿Vendrá Loli?

—Sí. El que no viene es su hermanito.

—¿Yacin? Eso no te lo crees ni tú.

—Te lo tendrás que creer.

—¿Puede saberse qué bicho le ha picado?

I don’t know, my dear.

—¿Es una broma?

No, sir!

—Que me empalen como a Caupolicán si soy capaz de imaginar por qué no viene. La estatua de Colón verterá copiosas lágrimas al verme pasar solo, y yo, para colmo, tendré que cargar con Loli.

—¿Con Loli? Estás loco. Loli hará su gambito de caballo.

—¿Cómo? ¿Es en serio que le interesa ese animal de Tony?

—Claro, darling, ya tiene edad para que le empiecen a interesar esa clase de animales.

—También es verdad —y suspiré:— ¡Nos hacemos viejos!

—¿De veras, Matusalén?

—En cierto sentido, sí.

—¿Y en qué sentido no?

—En “ése”, malpensada.

Aquella noche fuimos a bailar a la terraza de un restaurante cerca de la orilla atlántica. Estaba Yacin, y no pude convencerle para que depusiera las armas y se viniese a la ciudad al día siguiente. Tendrá sus razones, pensé. Y al día siguiente lo vimos aparecer en el embarcadero, para despedirnos. Loli le metió candela:

—Lo que pasa es que eres un rácana, Yacin, que gastas menos que Andorra en espías.

Yacin sonrió enigmáticamente y nos hizo adiós con la mano cuando La Belleza de Alicante se despegó del muelle.

01-macho-03

 

Ni qué decir tiene que la tía Leonor tampoco vino con nosotros a la ciudad:

—Yo ya no estoy para esos trotes.

La tía Leonor era todo un personaje. Si Yacin hubiera mostrado beligerancia (una sola vez) con mi bienamado Charles Morgan, yo le habría mostrado un párrafo que consideraba como cortado a la medida de la tía Leonor. Lo descubrí durante una relectura y se lo mostré Maridulce.

Estábamos en la laguna. Lo leyó en  voz alta:

— “…una de esas mujeres que detestan toda consideración sobre su cuerpo, que se imaginan a sí mismas siempre vestidas, siempre caminando a campo abierto…”.

—Sáltate unas líneas.

—“…no acuden al médico…”

—Eso es, sigue ahí.

—“…hasta que el dolor las rinde: se ponen una pieza de ropa antes de quitarse otra, temerosas de su más íntima desnudez, y si la necesidad las obliga a desnudarse, son incapaces de hacer cualquier movimiento”. ¿Sigo?

—Si no te escandalizas —sonreí malévolo.

Por poco me fulmina con la mirada. Y continuó leyendo:

—“…movimiento”. Aquí. “Por la misma razón, la práctica física del amor es a menudo para ellas una extrema agonía de placer; bajo su acción, desfallecen, mueren mil muertes, a cada humillación entregan una nueva virginidad…” —cerró el libro—. ¡Joder con Charles Morgan! —dijo, de lo más madrileña.

—Sí, pero ¿es o no es la tía Leonor?

Su respuesta era “Sí”, y sin embargo, la tía Leonor era la hermana de su madre, y yo, después de todo, un extraño.

—Sí contestó sin mirarme.

Pero yo podía conseguir que Maridulce leyese ¡un párrafo! de un libro de Charles Morgan. Yacin leyó en inglés Challenge to Venus, in illo tempore, y desde entonces era irreductible. Lo consideraba pagano y ambiguo. Una de esas extrañas antipatías ilógicas. Como la de ViQui por D.H. Lawrence, ¡cuando todo lo que escribía ViQui era una reubicación, a la medida de nuestra ciudad, de la opera omnia del gran Lorenzo! De manera que Yacin no conocía ese párrafo de Morgan que yo consideraba capital para la comprensión del carácter de su tía Leonor.

El rostro de la tía Leonor recordaba mucho el de alguno de nuestros místicos; si bien no era tan femenino. Frente alta y despejada, nariz recta y labios finos. Una grisazulada luz en las pupilas, como el casco bruñido de un buque de guerra. Tenía una cuarta parte de sangre inglesa (Davis), otro cuarto de sangre vasca (Jáureguiberri) y el resto andaluz, con un octavo de sangre francesa que le venía del bisabuelo normando afincado en la ciudad a mediados del siglo anterior. Esta mezcla de ancestros le proporcionaba una especie de descuidada altivez y hasta cierto sentido del humor. El pelo corto, recogido a la altura del lóbulo de las orejas, contribuía a remarcar su semejanza con algún místico en concreto: Juan de la Cruz. Poseía, además, la propensión por el cilicio. Quiero decir que no cultivaba la elegancia de su guardarropas. Su educación como señorita de la high society se había debilitado en este punto.

01-macho-02

Ese otoño la tía Leonor cumpliría ¿39, 40? años. Pero a pesar de todo, ¿habría que clasificar a la tía Leonor ex aequo con la típica solterona española?

Desde luego que yo, ocupadísimo en aprender la asignatura en otras cátedras, no me había puesto nunca a intentar clasificar en tales parámetros a la tía Leonor. Pero ¿y si alguien, no imagino por qué causa, me hubiese preguntado acerca del asunto?

Entonces, tal vez, yo habría caído en la cuenta de que la tía Leonor podía ofrecer a nuestra sacrosanta curiosidad el espectáculo de sus largas y doradas piernas, de su generoso busto y de su no excesiva anchura de caderas (afeada algo por ser lo que un virguero calificaría “de motor bajo”). Pero nada más. Porque yo no había llegado aún a ese periodo, al parecer fatal, en que las maduras tienen más atractivo que las verdes. En esto, lo confieso sin pena, desoía los consejos de mi primo Manolo El Sueco. Manolo, un día, me puso la mano en el hombro, me miró fijo y formuló su primer artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre:

—Folla con las de tu edad, pero también con las veteranas; y habrás follado el doble.

Volviendo a la tía Leonor; yo conocía puntos y comas de su vida, que me sugestionaban a la manera como me sugestionaron algunos personajes literarios: la farisea de Mauriac, la Browne de Graham Greene (de los Browne de Holland Park), etcétera.

Yacin y yo hablamos varias veces de ella. Nunca pudimos explicarnos por qué no se había casado. No era un adefesio. No era un estafermo. Y si esto era así —y así lo era— ni Yacin ni yo nos explicábamos la causa cierta de la soltería de su tía.

Podíamos, claro, tener nuestras ideas propias al respecto. Cuando Yacin andaba leyendo a François Mauriac y yo saqué a relucir el asunto de la tía Leonor, nos enfrascamos en una tarea comparativa, expusimos nuestros puntos de vista, y al final, estábamos como al principio.

—Lo más asegurable es que la tía Leonor no se haya preocupado mucho de la cuestión. La educaron en su día como se educaba a las señoritas en su día: para la caza y captura de un buen marido. Pero apenas se casó la tía Alicia (la madre de Maridulce), ya no eran dos niñas a quedarse solteras. Y ni los abuelos le insistirían mucho ni ella se desesperó. Luego se casó mi padre, nacimos los sobrinos y entonces ya tuvo más trabajo que si nos hubiese parido ella misma.

Esperó en silencio.

—Probablemente —dije al cabo.

—¿Pero?

—Verás, quiero decir que un día u otro verá vacía su vida. Volverá la vista atrás y verá su vida hueca. La mujer, tarde o temprano, se acuerda de la escena del Paraíso.

—¿Siempre?

—Siempre.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Estoy seguro, sencillamente.

—No sé, la tía Leonor ha cumplido ya 36 años y…

—Ahora me contarás el divertido cuento de la menopausia.

—¿Es un hecho o no lo es?

—Sí.

—¡Entonces!

—Yacin, escucha, yo no digo que ese día que vuelva la vista atrás y vea su vida hueca, agarre y se meta a puta. Tampoco digo que le vaya a guiñar el ojo al primer forastero de paso que vea, aun cuando no sería la primera que practicase ese deporte en Huelva, ¿me comprendes?

—Claro —asintió preocupado.

—Lo que yo digo es que ese día, ¡qué sé yo cuál!, volverá la vista atrás y le dará una pena inmensa, y esa pena se hará piedra y no se la podrá remover del pecho. Es un fenómeno común a la solteronía, y perdona la palabra que me invento.

—Puede que lleves razón.

—¡Claro que llevo razón!

Y esto era todo lo que yo, y también Yacin (pero Yacin sin haber leído a Charles Morgan), podíamos pensar y decir de la tía Leonor.

 

Salimos de Punta Umbría, proa a la ciudad, a las 5 p.m. (porque se hace preciso seguir la notación anglosajona, y esto de las horas a.m. y p.m, es de muy buen tono. Los virgueros interpretaban esas siglas ad libitum y decían por ejemplo “las tres y cuarto, aproximadamente más o menos” o “poco más o menos”).

Vimos cómo Yacin se alejaba, embarcadero adelante, en dirección al pueblo.

Yacin llegó al chalet. Nadie había quedado en él, excepto la tía Leonor, quien —supuso— estaría en su cuarto, o tal vez tomando su maldito five o’clock. Eran las 5 p.m., claro. Yacin cerró la puerta del chalet.

La tía Leonor estaba efectivamente en el living, con las persianas graduables corridas, defendiéndose del ardoroso calor de la tarde. Escuchaba la radio: un programa de música clásica, el clásico programa de las 5 p.m. “Bela Bartok” se dijo Yacin. Percusión y cuerda.

—Hola, tita.

—¿Cómo?, ¿no vas al baile?

La tía Leonor nunca se enteraba de nada, e incluso parecía poner interés en no enterarse, para hacerse la mártir (Loli dixit!).

—No, no quiero ir al baile.

—Vaya, vaya, con que no quieres ir al baile.

—No.

La tía Leonor se acomodó en la tumbona de lona, dejando antes la taza de té sobre la mesita de ruedas.

—¿Y eso, Yacin?

—No tengo ganas.

—Ah, el niño no tiene ganas de ir al baile. Vaya, vaya.

—Sí, no tengo ganas.

Yacin paseaba indeciso, con las manos en los bolsillos.

¡Yacin! Vestía habitualmente una camisa blanca de cuello vuelto, y unos pantalones tejanos bien angostos y deslucidos. Tenia los ojos azules, como la tía Leonor, y se dejaba crecer el pelo descuidadamente. Pese a todo lo cual era considerado un excelente ejemplar de varón.

La tía Leonor lo miró afectuosamente.

—¿Qué le pasa al Yacin que yo conozco? ¿Lo plantó alguna chica?

—No, pero puede que suceda.

Había una extraña seriedad en su expresión.

—Vaya, ¿y eso?

—Cosas.

—Ajá, cosas. Cosas —preguntó risueña:— ¿Ángeles?

Ángeles era una chica a la que Yacin había magreado en el pleistoceno.

—Por Dios, tita, Ángeles pasó a la historia, como el caballo del Cid.

—Ah, no van los tiros por ahí ¿eh?

La tía Leonor pensaba que era bueno que Yacin no se hubiera ido. Así no sería tan aburrida la tarde, ni la cena después. Eso si conseguía retenerlo. Aunque él no parecía dispuesto a marcharse. Y eso era bueno porque, de no haberse quedado Yacin en Punta Umbría, la tía Leonor estaría condenada a oír a Bartok o Bach o cualquier otro, hasta las 6 p.m., y luego esos horribles programas de música barata, hasta las 7 p.m. Pero ¿le sucedería algo de verdadera importancia, auténticamente grave, a Yacin? ¡Como nunca se enteraba de nada!

—Yacin.

—¿Sí?

—Vamos, puedes tener confianza en mí, ¿no vas a tener confianza en la tía Leonor? —y al rato, viendo que Yacin no decía esta boca es mía:— Vamos a ver, dime qué te pasa.

—Nada, no me pasa nada.

—No me lo quieres decir —sonrió entre humorística y molesta consigo misma:— ¿Es algo que no le puedes decir a una solterona, Yacin?

Le pareció haber acertado, porque Yacin tardó mucho en contestar. ¿Alguna enfermedad de “esas”? Cuando Yacin contestó, lo hizo de una forma sorprendente:

—¿De verdad que te consideras una solterona?

La pregunta la agarró de sorpresa. Apenas si pudo balbucear:

—¿Por qué?

—Quiero decir si tú, en tu fuero interno, te consideras, ya, una solterona.

—Vaya, no creo que tengamos que tratar de eso precisamente ahora.

Se sentía irritada contra no sabía qué, y dio la callada por respuesta.

—No contestaré tu pregunta  mientras tú no contestes la mía  —dijo Yacin.

—¿Eres gallego?

—No.

—Lo creo, porque no has vuelto a contestarme con otra pregunta.

La tía Leonor no era tonta, y retomaba el mando del diálogo. Pero Yacin era pugnaz:

—De todas formas no voy a contestar a lo que me preguntaste si no contestas a mi pregunta.

—¿Y por qué quieres saber si me considero una consagrada a vestir santos? ¿Es una forma de buena educación a la moda que me preguntes eso?

—Vamos, tita, no te enfades.

—Si no me enfado.

—Sí, sí te enfadas, y yo noto que te enfadas. No es para tanto. Te he hecho una simple pregunta ¿no?

 Ella estaba nerviosa. Ah, Yacin, si hubieses leído a Charles Morgan sabrías la causa. Pero no, ¿leer tú al viejo Charlie? ¿En qué cabeza cabe, habiendo por ahí un tal Aldous Huxley? Aunque ¿no fue Huxley quien dijo?… “los votos de castidad… El que los presta cree que el voto será una cadena irrompible sobre su carne. Pero se equivoca. Cuando la sangre está fría, es sólido. Pero cuando con el natural renacimiento del apetito la sangre se enciende, este fuego quema el cáñamo, le quema, y la carne se escapa en libertad”. ¡Pues claro que fue Huxley, sí, Yacin, tu admirado Huxley, quien también habría comprendido el nerviosismo de la tía Leonor. La cual miró a su sobrino preguntándose adónde quería ir a parar.

—Yacin.

Yacin se estaba sirviendo un buen vaso de coñac.

—Sí, tita. ¿Quieres?

—No. Yacin.

—Sí, tita.

—¿A qué viene esa pregunta?

—¿La de si ya te consideras una…?

—Si —le interrumpió.

—Necesito saberlo —y se echó un trago de coñac entre pecho y espalda, como un hombre hecho y derecho.

—¿Por qué necesitas saberlo?, ¡eso es lo que no acabo de entender!

—Necesito saberlo, eso es todo de momento.

—Y suponiendo que te lo diga, ¿responderás a mi pregunta?

—Sí te lo prometo.

Yacin bebió de nuevo.

—¿Bien? —preguntó.

—Me parece que te lo diré. Después de todo, casi me alegro de que uno de los míos se interese por saberlo.

—Eso es. Uno de los tuyos. Muy bien. A tu salud.

Y terminó de beber ese coñac, sirviéndose de nuevo.

—Verás, Yacin. Si me considero una solterona, eso no quiere decir que ya esté para vestir santos.

—No.

—No. Pero ya he pasado la edad en que una mujer normalmente suele casarse.

—¿Tú crees?

—Sí. Cuando una mujer no es joven ni bonita ni está comprometida ni se ha casado ni es viuda, es una solterona.

—Aaaaah —exclamó Yacin, como descubriendo que 2 + 2 = 4.

—¡Deja de portarte como un imbécil! Estoy hablando en serio, ¿no te das cuenta? —dijo al borde de las lágrimas.

—Sí, sí, por supuesto, perdóname, tiíta guapa —y fue a su lado, meloso, la lengua algo trabada.

—¡Y déjate de arrumacos! —le conminó.

—Sólo pretendía que me perdonaras —dando marcha atrás y volviendo a beber su vaso de un trago.

—Estás bebiendo mucho, ¿me oyes?

—Estoy bebiendo exactamente lo necesario, tiíta.

—No te entiendo.

—Ya me entenderás. Estoy bebiendo exactamente lo necesario para poder decirte una cosa, tita —y volvió a llenar el vaso de coñac.

—¡Deja de beber, Yacin! ¿Qué cosa es esa que me tienes que decir?

—Una cosa.

Apuró el nuevo vaso, como si tuviera sed.

—Yacin, ya está bien de beber, ¿me oyes?, se lo diré a tu padre.

Cheers! —dijo, porque había llenado un nuevo vaso, y estaba por hacerle sitio entre los que ya llevaba bebidos.

—¿Es que quieres emborracharte?

—No, no quiero emborracharme. Y tú eres una jodida tonta corta de entendederas si no comprendes lo que quiero, tía Leonor.

El insulto la hizo enrojecer y levantarse de la tumbona:

—¡Yacin!

—Te estoy diciendo de una vez por todas, tita, que no me parece que seas una solterona.

—¿Y para eso necesitas insultarme?

—No, para eso necesito hacer otras cosas.

—Yacin, estás borracho.

—No.

—Sí.

—No. Mir…

Estaban muy próximos. Y antes de terminar de decir “Mira”, ya la había agarrado inesperadamente por la cintura y la apretó contra su pecho y la besó en la boca despidiendo un aliento al que resultaría peligroso acercar un fósforo encendido.

Ella logró desasirse, roja de vergüenza como una cereza:

—¡YaYaYacin! pero ¿qué es esto?

—Te dije que tenía que demostrarte que no eres una solterona.

—Estás loco, Yacin.

—No. Mir…

Y volvió a abrazarla y estamparle en los labios otro ejemplar filatélico de la República de Afrodisia.

—¡Yacin, basta!, ¿no te das cuenta de que pueden vernos desde fuera?

La soltó azorado:

—Yo no… —balbuceó.

—No te habías dado cuenta ¡ay Dios mío! ¡ay Dios mío!

Y salió corriendo y llorando, escaleras arriba, hacia su cuarto. Yacin se sirvió un descomunal coñac doble. Antes de beber, se relamió los labios.

“En el nombre de Dios Todopoderoso, Jacinto, no está bien lo que haces. ¿O sí? Pero ella no es una solterona, y tengo que sacarla de ese error porque si no le va a hacer daño a sus semejantes. Por Dios Recontratodopoderoso que si llega a la menopausia sin haberlo probado, ¡hará tantísimo mal!”.

Bebía mientras pensaba. Sentía un calor pegajoso y tibio. Se despojó de la camisa y las sandalias. Positivamente bebido, subió las escaleras. Llegó ante la puerta del cuarto de la tía Leonor, la empujó.

Era un cuartito ni grande ni chico, con las paredes pintadas de azul, al temple. Las persianas estaban echadas, y un rayo de luz intensamente blanca, penetrando por los intersticios, iluminaba la portada de una revista argentina, sobre la mesilla de noche.

La tía Leonor yacía en la cama, de bruces, y lloraba inconteniblemente. Al sentirlo llegar, se revolvió como una fiera:

—¡Vete, monstruo, vete, vete, vete!

Yacin se acordó de muchas películas (¡Gilda!) y siguió avanzando a la par que decía:

—Te pones más guapa cuando lloras, tiíta.

—Cachondéate encima, eso es.

—Pero tita, por Dios, ¿qué palabras son ésas en una señorita de la buenísima sociedad?

—Hablaré con tu padre. ¡Con tu padre! ¿Te enteras?, y se lo diré todo, todo, todo. ¿Te enteras?

Yacin se sentó al borde de la cama, le acarició el pelo:

—Ea, no llores.

—¡No me toques, Yacin, no me toques!

—Ea, no llores ni hagas escenas ¿eh?

—Monstruo, se lo diré a tu padre. ¡Dios mío, qué disgusto en esta casa!

—Pero tita, parece mentira cómo te has puesto.

—¿Que cómo me he puesto?

—Sí, parece mentira cómo te has excitado, total, simplemente porque quiero demostrarte —recalcó ahora:— y te lo demostraré, que no eres una solterona.

—¿Que me lo demostrarás? ¡Lo que vas a hacer es largarte de aquí inmediatamente!

—No —dijo con firmeza. Ella se sobresaltó. Continuó Yacin:— No, tita, no. Necesitas una prueba. Todo el mundo la necesita. Todo el mundo. A este mundo no venimos solamente a hacer lo que nos da la gana, sino a demostrar o a dejarnos demostrar para qué cosas somos útiles, ¿comprendes?

Se levantó de la cama y la tía Leonor le miró sin ser capaz de reaccionar.

—Tita.

—¿Qué quieres? —le temblaba la voz.

—Tiíta, ahora vas a desnudarte.

—Estás loco?

—No, tita.

La tía Leonor mordió la almohada para no gritar, porque no quería dar un escándalo. Pero sentía al mismo tiempo cómo desde el fondo de sus entrañas (las físicas, no las retóricas) le subía un suave cosquilleo que la iba dejando inerme, y expectante. Se notaba casi piedra.

El sobrino se sacó los pantalones y se tendió junto a ella en la cama, acariciándole un hombro.

—¿Serás buena y lo harás tú solita?

La besó con suavidad, sin encontrar resistencia, sólo pasividad.

—No te mueras del susto, tiíta. Tú sabes que todas las mujeres deberían pasar por esto —y más bajo:— desnúdate, anda.

¡Pero Charles Morgan tenía razón! ¿Me oyes, Yacin?, ¡Charles Morgan tenía razón!, las mujeres que son como la tía Leonor, “si la necesidad las obliga a desnudarse, son incapaces de hacer cualquier movimiento”, y por eso tuviste que ser tú, pedagógicamente, con toda tu dulzura y todo tu cariño y todas tus bien asimiladas lecturas de las mujeres del círculo de Bloomsbury, quien le sacase toda la ropa menos el sostén, que tuvo que hacerlo ella porque tus dedos de bebido no daban para más en aquel dédalo de encajes y enganches disimulados; y tuviste que ser tú, completamente solo, quien le demostrase a la tía Leonor, de manera sencilla e inequívoca, como quien enseña que 2 + 2 = 4, que no era una solterona, que no lo era en modo alguno, sí, fuiste tú, Yacin, quien le restituyó el atrofiado movimiento rotatorio, el milenario juego de los músculos ad hoc, la gramática universal del amor físico, quien le regaste los canales secos por el sol de los años que pasan y pasan y no dejan de pasar, pero, but!, yo te digo que a pesar de todo y/o cuando menos inicialmente, Charles Morgan tenía razón, ¿me oyes, Yacin? Claro que no me oyes; pero estás dispensado.

¿Una hora, dos horas después? La tía Leonor suspiró bajo las sábanas, despeinada, desnuda y descalza.

—Yacin, hijo.

—¿Sí?

—Gracias, hijo. Gracias.

—Cállate, tiíta, procura dormir  un poco.

La verdad es que la pobre estaba groggy, de manera que se durmió. Y cuando la vio muy dormida, liberó su entrepierna de los dedos de ella, enredados allí como rosados tirabuzones.

Lo hizo suavemente, para no despertarla, y abandonó la cama de la misma forma, muy despacito.

La dejó bien arropada, murmurando entre dientes:

—Parezco una hermanita de la Caridad.

Luego cerró la puerta del cuarto, encendió un cigarrillo:

—Ya, no será una solterona.

Y bajó al living para decirle a Bela Bartok (entre tanto ya se trataba de Antonio Machín) que hiciera el puñetero favor de irse con la música a otra parte.

 

Después del “espléndido lunch” (sic: vide prensa local) servido en el mejor hotel de la ciudad —of course!, la residencia de los ingleses—, nos disgregamos.

Habían pasado un verano, un otoño, un invierno, una primavera, y éste  era un nuevo verano que, como  todo el mundo, y como William Faulkner, de los Faulkner de Oxford/Mississippi, calificábamos de “largo y cálido”.

Maridulce y yo rumbeamos hacia el centro de la ciudad, camino del puerto.

—¿Qué estás pensando? —le  pregunté.

—Pensaba que “always the unexpected happens”, que siempre ocurre lo inesperado. Es una expresión de un dramaturgo inglés llamado Shakespeare, y usada por don Andrés Maurois para titular uno de sus cuentos.

—Cierto —dije, pues yo mismo había leído ese cuento.

—Pobre Rickie, don Andrés Maurois te ha robado un título estupendo, ¿no es verdad?

—¿Robado? ¿Un título?

—Claro. Podrías escribir un cuento con el asunto de la tía Leonor y de su boda, ¿no es cierto?, ¿no ha sido inesperado?, ¿no es una bomba?

—¿Es eso lo que estabas pensando todo el tiempo?

—Claro. Tú eres nuestro Homero, my dear, y tienes la obligación de dar cuenta de nosotros. ¿O no vas a escribir ese cuento?

—¡¡No!! —grité enojadísimo. Luego añadí más piano:— Por ahora.                       

—Claro —se rio.

—Pero ¿qué es lo que piensas exactamente, Mari?

—Ya te lo he dicho. “Always the unexpected happens”.

—Deja a Shakespeare tranquilo. Dime lo que piensas.

—No: lo incluirías en el cuento que escribirás.

—¿Y qué te importa si así fuera?

—Me importa mucho, y además eres ya mayorcito, lo bastante, como para extraer tus propias conclusiones.

El calor apretaba y decidimos regresar a Punta Umbría. El barco tardó en llegar, y dio tiempo a que la pandilla entera recalase en el embarcadero. Todos dispuestos a regresar a Punta Umbría y a darse un baño reparador. Porque a la boda hubo que asistir de chaqueta y corbata —por lo menos—. Las mujeres lo habían soportado mejor, excepto por el inevitable sombrerito. Yacin vino a sentarse en nuestro banco Morrison:

—Bueno, ya hemos casado a la solterona, ¿no?

—Yacin —preguntó Maridulce—, ¿por qué se ha empeñado la tía Leonor en que tú fueses el padrino? Te juro que era todo un espectáculo, ¿verdad, chicas? Jacinto Bonhome junior, con su trajecito negro cruzado, ¡a sudar, negro!, de padrino. Y la gorda y reluciente suegra de la novia, con su sangre de pescado azul hinchándole los carrillos, la madrina. Qué pareja ¿eh, chicas?, Jaimito y la reina Victoria.

Pero llegó el barco, y embarcamos, y hubo una suerte de algo parecido a la redistribución de los sexos, igual que si acabásemos de salir de Sodoma y Gomorra. Así es que, durmiéndome de pie, fui a sentarme al lado de Yacin. Estábamos aislados, en la popa, y la bandera de España nos abanicaba y nos abofeteaba según el capricho del viento. Encendimos un cigarrillo cuando los “hipocampos de vapor” (según la definición de un virguero) ronronearon río abajo, en dirección sursudoeste.

01-macho-04

—¿Conoces El fin de la aventura?  —me preguntó a bocajarro.

—Sí, la leí hace un par de años.

—¿Recuerdas cuando la adúltera confiesa que tiene una gran desconfianza del catolicismo?, ¿que esa figura sangrante, humana, eso es: humana, de Jesús clavado en la cruz, incluso con aquello tan humano que esconde el taparrabos, se le pone como un obstáculo en el camino de su salvación?

—Sí, es un hermoso razonamiento en una adúltera.

—Justamente. Es un hermoso razonamiento en una adúltera.

—¿Y? —enarqué las cejas.

—Nada. Tal vez algún día, cuando seamos viejos y haya muerto alguna gente, te lo contaré.

—Esperaré pacientemente. Y cambiando de tema —así lo creía yo— ¿no sabes lo que me ha dicho Maridulce a propósito de la boda de la tía Leonor? Dijo: “Siempre sucede lo inesperado”.   

—Ah sí, Shakespeare, “always the unexpected happens”. Pero yo no creo que en realidad se trate de nada inesperado.

—¿No?

—No. La esperanza es lo último que se pierde. No es un dicho vacío. Hay que esperar, esperar siempre, y después de desesperarse, continuar esperando. Para quien espera, no existe lo inesperado. Siempre termina por ocurrir aquello que estábamos esperando. Es como aquello que decía Quino de los nombres, no sé si te acuerdas. Un señor nace y se llama José María Amo. Amo. ¿Te das cuenta? Ese señor no puede ser un cualquiera. Efectivamente: llegó a ser uno de los alcaldes más famosos de esta puta ciudad. Y así sucesivamente. Si yo soy un Bonhome, las mujeres de mi familia serán buenas mujeres, y las buenas mujeres no se quedan para vestir santos…, ¿lo ves claro? Quino tenía razón.

—Y la Biblia. Es el título de un libro.

—Desde luego, Rickie. Lo que pasa es que tú eres un maldito pagano y se te importa un rábano de la Biblia. Pero la Biblia lo dice: “Cuando estaba el rey en su recostamiento, el mi nardo dio su olor”.

—¿Y eso, con qué se come?

—Y el siguiente versículo, Rickie de mi alma, dice: “Cual al manzano entre los árboles silvestres, ansí mi amado entre los hijos; en su sombra deseé, sentéme, y su fruta dulce a mi garganta”.

—Te felicito por tus progresos en sefardí, y ahora dime: ¿qué significa este puñetero galimatías?

Me puso la mano en el hombro y se dejó caer con la cuadratura del círculo:

—Significa, my dear, que estamos ¡¡podridos!! de literatura.

—Es verdad —convine tristemente.

A proa se había firmado un armisticio, y todos —ellos y ellas— ya estaban cantando a coro una de esas canciones que creemos tan españolas:

Tengo que subir al árbol,
tengo que cortar la flor…

Adán y Eva subieron y la cortaron, en las grávidas ramas del Árbol de la Ciencia. La consecuencia somos nosotros. Así pensé entonces, recordando que un día, al hablar de Leonor Bonhome con su sobrino Yacin, cité la escena del Paraíso Terrenal. E imaginé después, mientras Punta Umbría asomaba a lo lejos su verde flanco, si la noche de bodas de la tía Leonor sería una extrema agonía de placer y si a cada ¿humillación? entregaría una nueva virginidad. ¿Por qué no?, reflexioné; después de todo, quizás fuera ese el verdadero sentido de la frase de Shakespeare que Maridulce y, sobre todo, Yacin, citaron tan a la ligera.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

Un comentario en “Macho dulce

  1. Felicidades por tu relato, y gracias. Aunque tus actuales publicaciones vayan por otros derroteros, el que tuvo, retuvo y, salvando las distancias de espacio y tiempo, es obligado, para los que vivimos aquella época, recordar tus dos radioteatros semanales, muchos de los cuales me tocó interpretar.
    Un abrazo.
    Javier