A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Entonces tuvo un sueño:
que enterraba las garras y los dientes
en vientres sonrosados
y pechos de mujer; y que engullía
por postres delicados
de comidas y cenas,
como un tigre goloso entre golosos,
unas cuantas docenas
de niños tiernos, rubios y sabrosos.

—Rubén Darío, “Estival”

En algunos momentos de la historia la gente se ha visto obligada a comer a sus congéneres por la escasez de alimento, por alguna situación límite como quedar varado en medio de la nieve, a kilómetros de distancia de la civilización. El consumo de carne humana ha sido también un elemento simbólico, un elemento ritual dentro de la magia y la religión y un recurso para conservar el poder político.

El término caníbal proviene de la palabra caniba, utilizada por algunos habitantes de las costas del Mar Caribe para designar a grupos antropófagos. Cuando Cristóbal Colón llegó a América escuchó la palabra y, alrededor de 1515, se comenzó a utilizar este vocablo con la connotación que le damos hoy en día.

Comer al prójimo es un tema que fascina en las sobremesas, tan es así que fray Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria y Michael de Montaigne, entre otros, se ocuparon de él.

Habrá que imaginar el asombro de los europeos al llegar a tierras mexicas y encontrarse con escenas como la que fray Bernardino de Sahagún describe:

Después de haberles arrancado el corazón y vertido la sangre en un recipiente de calabaza, que el amo del hombre asesinado recibía, se comenzaba a hacer rodar el cuerpo por los escalones de la pirámide. Terminaba por detenerse en una pequeña plaza situada debajo. Allí algunos ancianos, a los que llamaban quaquacuiltin, se apoderaban de él y lo llevaban hasta el templo tribal, donde lo desmembraban y lo dividían a fin de comerlo.1

Es bien conocida la defensa que fray Bartolomé de las Casas hizo de los indígenas. Más allá de las atrocidades que los mexicas cometían con indígenas de otros grupos se centraba en defenderlos a todos de las atrocidades que los españoles cometían, sin embargo, no negó, aunque sí matizó, los actos de canibalismo:

Algunas veces, los sacerdotes viejos comían estos corazones; otras, los enterraban. Hecho aquel sacrificio, daban con el cuerpo de las gradas abajo. Y si era de los presos en guerra, el que lo prendió con sus parientes y amigos llevábanlo y hacíanlo guisar, y con otras comidas, componían un regocijado banquete.2

Antes de que los sacerdotes o aquellos que tuvieran el derecho de comer el cuerpo resultante de un sacrificio, la primicia era para los dioses:

Los dioses aztecas devoraban seres humanos. Comían corazones humanos y bebían sangre humana. Y la función explícita del clero azteca consistía en suministrar corazones y sangre humanos frescos a fin de evitar que las implacables deidades se enfurecieran y mutilaran, enfermaran, aplastaran y quemaran a todo el mundo.3

El sacrificio y el consumo del cuerpo humano han sido, en diferentes culturas, uno de los elementos más importantes para mimetizarse. Por ejemplo, los guerreros celtas comían el corazón de sus adversarios muertos en combate; entre más valeroso haya sido el oponente, mayores beneficios habrá al ingerir sus entrañas. Y así como sucede con los dioses aztecas que devoran a sus adoradores, puede pasar lo contrario: la comunión católica es el ejemplo más claro, en donde se come el cuerpo y la sangre de Dios.

07-canibalismo-01

Theodore Sturgeon, escritor de ciencia ficción, cavila sobre este alimento sagrado en su novela Cuerpo divino. En un pueblo estadunidense profundamente puritano aparece de repente un hombre pelirrojo. El autor jamás dice que se trate de Jesucristo, pero lo inferimos a pesar  del color de su cabello. Conocemos la sobremesa más famosa de la historia: después de la última cena, Judas Iscariote entrega al Mesías para su sacrificio. En la historia de Sturgeon  el discurso que precede a la traición es diferente al que conocemos por  las instituciones religiosas. En esta obra el Salvador explica que la única forma de estar en contacto con la divinidad es a través de un cuerpo amado. El Mesías de Sturgeon no sólo acepta la comunión por ingerir otra carne, para él el contacto más cercano con Dios ocurre por medio del sexo. Esto me hace pensar en las interpretaciones sexuales del canibalismo.

Imaginemos un lujoso restaurante con mesas de maderas exóticas, manteles exquisitos, delicadas vajillas. Un portentoso cocinero se encarga de preparar los más finos platillos, mismos que no serán apreciados por cualquiera, se necesita un paladar educado que un vil ladrón no posee. Sin embargo, el ladrón es el dueño del lugar y, ante sus maneras vulgares y groseras, su refinada esposa se busca un amante apasionado de la literatura, la buena mesa y los modales. Al descubrirlo, el ladrón asesina al amante. La esposa, en venganza, le sirve el platillo más sorprendente: el cuerpo rostizado del amante acompañado con diferentes guarniciones. Es la película El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (1989), de Peter Greenaway. El director describe su obra como un “cuento moral sobre las aventuras del canal alimenticio, que empieza en la boca y termina en el ano”.

Pero no sólo se trata del canal alimenticio. En una de las escenas donde se degustan platillos franceses, es el mismo ladrón quien explica: “Las partes osadas y las partes sucias están muy cerca, prueba de que el comer y el sexo están relacionados”. Quizá por eso decimos que queremos comernos a besos a la gente y en varios idiomas (el portugués, por ejemplo) se utiliza el verbo comer para referirse al acto sexual.

Greenaway también se refiere,  de manera metafórica, a la voracidad caníbal como principal rasgo  del capitalismo.

En un mundo donde sólo unos cuantos gozan de fortuna y miles mueren de hambre, el escritor irlandés Jonathan Swift, autor de los reconocidos Viajes de Gulliver, escribió en 1729 un ensayo titulado “Una modesta proposición”. La propuesta de Swift para “impedir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y hacerlos provechosos para la sociedad”, era que los acaudalados comieran a los niños con menos recursos. De este modo se le pagaría a los padres una cuota —con lo cual se lograría que no maltrataran ni a los niños ni a las mujeres embarazadas—, y las familias importantes gozarían de suculentos platillos con alto nivel de proteínas. Una especie de “canibalismo humanitario”. Negocio redondo con beneficio para todos. Pocos entendieron la ironía.

“Hay más barbarie en comerse a un hombre vivo que en comérselo muerto, en desgarrar mediante tormentos y suplicios un cuerpo todavía repleto de sentimiento, asarlo lentamente, hacerlo morder y herir por los perros y los cerdos… que en asarlo después de su muerte”.4 Son las reflexiones de Montaigne a propósito del canibalismo de los indígenas brasileños y de las guerras que en el siglo XVI golpeaban a Europa.

07-canibalismo-02

No puedo asegurar que el artista francés Roland Topor se inspiró en Montaigne, Swift o Hannibal Lecter, lo que sí puedo afirmar es que Topor creó una nueva tendencia gastronómica que hubiera fascinado a cualquiera de los tres. En su libro Cocina caníbal ofrece varias recetas —acompañadas de perturbadoras ilustraciones— a manera de poemas. Entre los platillos que se destacan están un “Filete de vendedor de vino”, un “Campeón en el podio”, un delicioso “Puré de cabeza de jefe”, una dulce “Mamá con rosas blancas”, los “Muslos de chicas con piernas al aire” y los muy apetitosos “Enamorados en causa desesperada”.

Sin que mi intención sea convertir estas reflexiones en una clase de cocina, permítaseme reproducir aquí la receta del “Bebé salteado a la brissac”:

Troce al bebé en lonchas no muy gruesas; deje que adquiera un poco de colorcillo en mantequilla caliente, después añada chalotes y perejil picado muy fino. Déjelo cinco minutos, espolvoree una cuchara de harina y cuando la harina esté mezclada con la carne, condimente con una lágrima y un vaso de leche.

Salpimiente y deje cocer durante una hora. Diez minutos antes de servir, añada una cuchara de jarabe contra la tos.

Este modo de preparar a los bebés es excelente, lejos de endurecer el alma, la enternece.5

La falla de Topor es que no aporta  recetas de postres. Y el mejor postre caníbal es el ojo. Robert Louis Stevenson, en Los mares del sur, usa la  expresión “golosina caníbal” para referirse a lo que podría ser algo delicioso para los aborígenes. George Bataille retoma este término y lo utiliza en su Historia del ojo. Por su parte, Margo Glantz, al hacer la introducción a esta obra de Bataille (Ediciones Coyoacán, 1994), explica que el ojo genera inquietud por representar la conciencia, por ser la entrada de la seducción que se roza con el horror, por ello pocas veces nos atreveríamos a morder un ojo (humano o no).

El libro de Topor es el deseo de Hannibal Lecter cumplido: refinamiento ante todo, hacer de la muerte y del alimento obras maestras —la conjunción perfecta entre lo escrito por Thomas de Quincey en su ensayo “El asesinato como una de las Bellas Artes”, y lo que el gastrónomo más famoso, Anthelme Brillat-Savarin, manifestó en sus tratados de cocina. Este último sostiene: “Las ganas de comernos es común con las fieras; sólo presupone hambre y la necesidad de acallarla”.

Comer a nuestros congéneres nos deshumaniza, nos acerca a las bestias o, mejor dicho, nos vuelve inferiores a ellas. Es el estado más degradante del hombre. Recordemos el viejo dicho: “Perro no come carne de perro”. No obstante, el canibalismo también puede resultar en el estado más elevado, al menos así lo refieren los asesinos seriales —reales y ficticios— que comen a sus víctimas, o las religiones que manifiestan que con el consumo de carne humana se contacta a la divinidad. Todos somos caníbales en potencia, “caníbales que toman el té con pastas”.6

Supongo que lo que el caníbal busca, lo que más anhela, es saborearse a sí mismo: aquel que me coma saboreará su propia carne. Por eso Hannibal nos come, porque quiere probarse. Por eso los dioses exigen nuestro cuerpo como alimento, porque estamos hechos a su semejanza. El que come a su semejante degusta su propia esencia, devela los misterios de la vida y la muerte. Y quizá se convierta en poeta, como el famoso caníbal de la colonia Guerrero que comía a sus novias y después les escribía versos.

En las Metamorfosis de Ovidio se cuenta la historia de Erisictón, un hombre que por no dar ofrendas a los dioses es castigado. Demeter lo condena a un hambre eterna, insaciable. Erisictón termina por comerse a sí mismo para acabar con su tormento. Después de un acto de esta naturaleza no hay postre ni sobremesa posibles.

“El hombre es el mejor alimento del hombre”, dice Topor. El cuerpo humano es el alimento último, total, conclusivo. Comerlo significa —como diría el cantante Joaquín Sabina— que al punto final de los finales no le sigan dos puntos suspensivos.

 

María Emilia Chávez Lara
Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y miembro de la Asociación UC-Mexicanistas (Intercampus Research Program). Es autora de La canción del hada verde. El ajenjo en la literatura mexicana 1887-1902.


1 Fray Bernardino de Sahagún, citado por Marvin Harris en Caníbales y reyes, Alianza Editorial, Madrid, 1987, p. 158.

2 Fray Bartolomé de las Casas, citado por Luis Español Bouché en La independencia del caníbal y los Estados caníbales, 2002.

3 Marvin Harris, op. cit., p. 144.

4 Michael de Montaigne, citado por Luis Español Bouché op. cit.

5 Roland Topor, Cocina caníbal, Tropo Editores, Zaragoza, 2008, p. 31.

6 Luis Español Bouché, op. cit.
En general, para ahondar más sobre estos temas, también se puede consultar el libro de José Assandri, Entre Bataille y Lacan. Ensayo sobre el ojo, golosina caníbal, Buenos Aires, Ediciones Literales, 2007.

 

3 comentarios en “El asombro ante el canibalismo

  1. La verdad muy impresionante no habia escuchado de estos libros de recetas humanas, pero veo que cada dia se aprende cosas nuevas.

    Muy buen escrito Maria Emilia