Era un auditorio de buen tamaño con más de un centenar de sillas colocadas frente al estrado. Lejos de mi casa, de mis rutas y de cualquier punto que, hasta la fecha, sea capaz de ubicar a pesar de ser diestro con los mapas. Una escuela que, como otras tantas, se pierde en áreas en las que se vive como se puede. Podría parecer el inverso absoluto de un presidio, pero en los dos lugares el aprendizaje es un vehículo de cierta libertad; y cuando la libertad de un individuo está limitada por su propio entorno, habrá que revisar de qué se está hablando al pronunciar tal palabra. Algo hubo en esa experiencia que me hizo a buscar lo que para muchos es futilidad máxima: llevar libros a las prisiones.

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A esa escuela, ubicada en una zona menos amable que su gente, llegué gracias a dos maestros que me llevaron a las afueras del D. F. por una de las carreteras que ya son parte de la ciudad. El camino ha mejorado, lo sé porque he vuelto, pero en esa primera ocasión los dos carriles se hacían uno que perdía sus características urbanas y daba aviso de pertenencia con una gigantesca figura de la Santa Muerte a la puerta de una iglesia. Cuatro municipios prefirieron olvidarse de la encrucijada para evitar discutir a quién le corresponde hacerse cargo de un abismo en medio de cuatro fronteras locales. La solución fue sencilla: a nadie y que se las pillen solos.

En la zona hay drogas, prostitución, violencia. Las hay en todas pero la jerarquía de cada una es distinta. En este caso afectaba a los estudiantes de la escuela a la que fui invitado para hablar de un libro.

—Si los chicos regresan a sus casas tienen todo lo malo —me dijo uno de los maestros, el que me llevó hasta allá en su propio auto—. La única forma de alejarlos de la delincuencia es la cultura o el deporte. Nosotros leemos, mi mujer y yo damos clases. Vemos cómo se compran treinta libros y hacemos que los lean todos. Son quinientos alumnos.

Esa generosidad suena extraña en esta época, y posiblemente en todas. Han formado un grupo de lectura para que los estudiantes se mantengan en las aulas tres tardes a la semana. Les tomó unos seis meses para que todos los alumnos leyeran la novela de la que yo debía hablar. Al auditorio entraron los que ganaron asiento, unos ciento sesenta. Si ya conocían lo que yo había escrito, me tocaba a mí escucharlos.

—¿Por qué escribir? —me preguntó una de las chicas.

—Por las mismas razones por las que lees. Escribir puede ser un acto de justicia. Si la vida pinta mal, al momento de llevarla a un cuento puedes cambiar cómo termina la historia —contesté sin darme cuenta de que esa respuesta daría pie a uno de los mejores diálogos que he tenido acerca del oficio, rompiendo todos mis prejuicios. Dos horas y media de preguntas alrededor de lo que rodea una novela, los escenarios y los personajes, sus intenciones, las mías al escribirlo.

La literatura permite un acercamiento empático con los demás. En su posible futilidad, la aproximación a la otredad puede ser su gran virtud. La ausencia de los otros es un detonador a la exacerbación de la violencia, esa que aparece cuando no hay diálogo, cuando no hay con quién dialogar. En el mundo es costumbre ver noticias que muestran la mayor barbaridad. Lo incomprensible de cualquier acto de salvajismo hacia un hombre por manos de otro hombre parte en gran medida de la falta de conciencia de la otredad. Cuando la víctima no se percibe como a un semejante, tampoco hay límite en lo que se le puede hacer.

En la literatura encontramos uno de los principales vehículos para acercarnos a los otros. Es una herramienta para vernos en personajes que viven, disfrutan, sufren y se preguntan lo que todos. Sin embargo, el nosotros se hace pequeño y dependerá de las condiciones de cada quien, lo que a cada uno le interese. Sería necesaria una humildad improbable para entender cómo es leído un libro por todos los lectores, aunque siempre sobrevive un denominador común entre las páginas: existirán los demás y, sin importar lo ajenos que sean a uno, se podrá entrar al mundo que se lee y, con ese ejercicio, se conocerán realidades y espacios que permitirán soñar. Cuando a lo lejos hay esperanza, incluso si ésta es producto de la ficción, algo de la realidad se puede cambiar.

No es rara la empatía que sentimos con diversos grupos sociales, los chicos de la escuela, por ejemplo. Igual que con otras comunidades marginadas, es casi natural. Sin embargo, es difícil encontrar un sector de la población más olvidado por la sociedad que aquellos que viven en prisiones, ya sea que hayan cometido delitos graves, faltas ligeras o que hayan sido encarcelados bajo serias dudas sobre su culpabilidad. De estos últimos, muchos enfrentan condenas por la instrumentación deficiente de un sistema legal sobre el que ningún gobierno, en el fondo, duda que hay que trabajar.

El estigma de un reo es suficiente para que encuentren el rechazo permanente. El bribón al calabozo y si resulta que era un bueno, mala pata, que en la cárcel tuvo escuela para convertirse en hampón. Así, el juicio de todos los que estamos libres caerá nuevamente sobre ellos y no faltará quien afirme que no se parecen a él. Si hoy, mientras se leen estas líneas, se levanta un motín en el centro penitenciario que se antoje y la gresca resultara en quinientos muertos, no habría noticiario que evite la nota. Pero, al día siguiente, no sorprendería que la atención se fuera a los funcionarios responsables de evitar el conflicto —lo que por supuesto sería imprescindible—, pero la vida de quinientos presos pasaría a segundo plano. Eran malos.

Los libros pueden ayudar a romper esa barrera que impide ver a la otredad en ambos lados de la celda.

La ciudad de México tiene diez penales para adultos. En ellos habita una población que sobrepasa el sesenta por ciento de su capacidad, pero en todos estos centros penitenciarios hay por lo menos una biblioteca. De las condiciones dentro de los penales se ha dicho mucho más de lo que toca a discutir sus funciones. Las penas han aumentado y son en parte responsables de la sobrepoblación; el incremento a la severidad de los castigos, poco discutido, se ha usado como arma política. La nuestra es una sociedad que pide venganza como forma de justicia, perdiéndose en su forma más primitiva. Las reglas del pentateuco estarían en boga si fueran permisibles. Referencia rápida: en una encuesta realizada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, cuarenta por ciento de los encuestados no se oponía a la pena de muerte. Al ser ésta afortunadamente inaplicable por infinidad de razones, lo más cercano es la cadena perpetua.

Hacen falta matices y México es un país lleno de ellos. Ni todos los que habitan los penales son villanos, ni todos los villanos son irremediables. Claro que están los realmente malos, pero con muchos de ellos es complicado esperar algo y me rehúso a caer en el enaltecimiento de un criminal para el que no debería haber mayor futuro que aguantar su castigo. La indiferencia se encuentra al más por más, he encontrado posturas que se van a los extremos y la que muestra más desprecio es preocupante. Entre el allá ellos y el abandono, vemos un fracaso social que esgrime la ausencia de otredad, incipiente par a la del violento. De la idea de reinserción o readaptación se habla poco. Seamos honestos, ¿cuántos le negaríamos un trabajo a un tipo de veintidós años que pasó tres en la cárcel? Me niego a pensar que si somos tan decentes, desechemos la esperanza de todos los reos por igual.

Cuando uno habla de sueños se refiere a dos conceptos, uno es la esperanza que da hablar con alguien, compartir experiencias y pensamientos. El diálogo con el que se puede dibujar un futuro aunque sea improbable, como el niño que leyendo aventuras imaginó ser Athos —los que imaginaban a D’Artagnan me caían muy mal—. Esa esperanza puede ser el único motor necesario para retomar una vida. Sin ella, mejor quedarse en la celda o si se sale, arreglárselas para volver. El otro es el sueño evidente, ese que viene dormido y se construye de lo que se vive, y se soñará mal si toca vivir con cuatro en una crujía para dos. No hay materia para hacerlo y puede que en ambos casos, una ínfima parte de ese material se encuentre en la literatura.

Un grupo de autores, editoriales, periodistas, empresarios y funcionarios nos hemos reunido para llevar algunos libros a las bibliotecas de los centros penitenciarios, por lo pronto, de la ciudad de México. El primer grupo de obras ha sido seleccionado por gente que ha dedicado su vida a leer, en una curaduría posible gracias a una condición, quizá la única en que he sido irreductible: ni un solo recurso del erario. El dinero público obliga a un proceso de selección objetivo, imposible, por fortuna, de aplicar en una decisión subjetiva como lo es el gusto por una novela. De ahí mi molestia con uno que otro premio o sistema de apoyo estatal a la creación literaria. Así, desde un inicio, se sumó Jorge Alberto Gudiño, que es mejor lector que yo. En el proyecto participarán escritores tan diversos como Emiliano Monge, Jorge F. Hernández, L. M. Oliveira, Carlos González Muñiz, Alberto Ruy Sánchez, Ramón Córdoba, Raquel Castro, Alberto Chimal, Alberto Barrera y José Luis Trueba, entre otros. Paola Tinoco, autora y promotora cultural, ha posibilitado una valiosa selección de obras.

Las editoriales y distribuidoras involucradas hasta ahora otorgarán un cuarenta por ciento de descuento sobre el precio de venta al público de sus libros y los autores mantendrán sus regalías habituales. Por control y transparencia, las compras se harán directamente entre el patrocinador —empresa o ciudadano— de cada publicación y la editorial o el distribuidor. Los libros llegarán a los centros penitenciarios con la intención de que se encuentren en las bibliotecas al momento en que sean presentados por sus autores, acompañados por otros escritores y periodistas, entre los que están Yuriria Sierra, Mariana H., Karla Iberia Sánchez, Julio Patán y Carlos Puig. Su participación no sólo obedece al encuentro entre gente que conozco y que son lectores espléndidos; los reos los ubican, por naturaleza, más que a los escritores. Su familiaridad es el primer vínculo de acercamiento a esa comunidad.

Luego de medio año trabajando con los involucrados, la primera presentación será en agosto.

En una sociedad que se presume progresista no han faltado las reacciones negativas. “¿Por qué los presos?” Y el discurso de los malos florece. ¿Por qué no los niños de comunidades como la de la escuela en donde inició la reflexión que llevó a esto? Porque uno no excluye al otro y si alguien invita a colaborar en una iniciativa similar, seguramente ahí estaremos. Por lo pronto, algunos nos hemos enfocado a ésta, que con cuidado puede evitar la ideologización y permite que quien se quiera sumar levante la mano.

Los reclusos de la ciudad pueden pasar tiempo en sus celdas o en la biblioteca. El objetivo es convencerlos de que tomen un libro que ya tienen a su alcance. Después, cuando lo hayan leído, como en aquella escuela, los autores regresaremos para ese diálogo que sólo permite la literatura.

 

Maruan Soto Antaki
@_Maruan

 

15 comentarios en “Leer en prisión

  1. Trabajo en un cereso ddel estado de Puebla, Huejotzingo.-La idea es muy buena ,aunque la sobrepoblacion , la falta de espacio son un problema,pero de ninguna forma para iniciar con esta noble labor, .-Pido informes para establecer contacto y aterrizar estre proyecto,gracias

    • Estimado Marcos, aprovechando tu generosidad —con la que estoy de más agradecido— te pido que releas el texto. Este proyecto, como se explica, nace de tomar a la literatura como vehículo para aproximar las nociones de otredad. Sería de una construcción poco lógica, tomar a la sobrepoblación como razón para esta iniciativa, dicha condición es solo una de las muchas a las que se enfrenta cualquier sistema penitenciario. A partir de las futilidades de la literatura —aquí otra colaboración con el tema: https://www.nexos.com.mx/?p=25383 —, es que el proyecto se encuentra perfectamente aterrizado y, en caso de considerarlo interesante para el centro en el que trabajas, me puedes contactar en la dirección de Twitter que se encuentra en la firma de este texto o bien, a través de mi página: http://www.maruansotoantaki.com

  2. Trabajo desde hace casi 4 años facilitando un taller de desarrollo humano a mujeres en reclusión. Hemos dado círculos de lectura. Me gustaría conocer su proyecto. Un abrazo DDW

  3. Me gustó mucho tu proyecto. Soy maestra y llevo muchos años en el fomento a la lectura, comparto totalmente la idea de que a través de la litaratura es como se eatablecen los mejores diàlogos y vínculos, esun proyecto maravilloso, te felicito.

    • Yo también colaboro de vez en cuando en el reclusorio de Huauchinango, Puebla dando platicas sobre desarrollo humano y temas de economía y política. me gusta lo que están haciendo me gustaría sumarme a ustedes. si es posible estoy a sus ordenes.

  4. En septiembre de 2012, me uñí a una colecta de libros para la Cárcel de Mujeres de Santa Martha, sin lugar a dudas fue motivada por diversas situaciones, entre ellas que iniciaba una licenciatura, que por cierto ya concluí, entre mi trabajo, escuela, amigos y familiares, junté 3 mil libros, mismos que se entregaron dando un total de 9 mil, guauuu, eso hicimos, en esa población existían clases desee alfabetización hasta una maestría, se imaginan cuànto sirvió?, pues tal vez más aún. Hoy justo, llamé a un órgano del gobierno del DF, y podemos unirnos a una colecta para una biblioteca que sólo tiene un poco más de mil libros, para personas que ya han compurgado y que desean y necesitan libros para continuar con sus estudios. Me parece muy interesante y voy a hacer la difusión necesaria en redes.
    Me enorgullece leerlos y saber que no estamos solos los que hacemos esta labor.

    • Si es para este proyecto, se pueden comprar los libros de los autores que participan y cuyas obras han sido seleccionadas en la curaduría que menciono. Si es el caso, por favor déjemelo saber. Si quiere hacer una donación de diversos ejemplares que usted tenga, permítame averiguar si existen los mecanismos e informo por este medio. Gracias.

  5. Hace un año comenzó, dentro declos reclusorios del D.F. un programa que se había extendido en diversas sedes académicas y culturales llamado Círculos de Lectura de la UACM. La trascendencia, el valo cualitativo de lo que se fomenta en esos espacios han sido de gran valía. En mi caso, fui coordinadora del Círculo de Lectura, primero José Revueltas y, posterior, Julio Scherer en el RPVN con un desenvolvimiento por demás nutrido y creativo, ya que, la palabra trascendió a escritura y mis alumnos, compañeros de este viaje, me enseñaron lo maravilloso de compartir sin estigmas ni juicios personales. Las palabras abrieron camino traspasando muros de concreto y agonía.
    Un saludo y muybuen artículo.
    Asmara Pereyra

  6. Hace un año comenzó, dentro del los reclusorios del D.F. , un programa llamado Círculos de Lectura de la UACM que iniciara el maestro Carlos López con el fin de llevar las palabras a lugares menos propicios.
    Fui coordinadora del Círculo de Lectura, primero José Revuelta y después Julio Scherer, en el RPVN donde conté con la participacion de estudiantes de todos los niveles educativos , ya que lo realicé abierto, a la población en general , para obtener un maravilloso comienzo a través de las palabras y la creación propia que generó cada uno de mis compañeros de viaje dispuestos a apostar la palabra por encima de cualquier muro.
    Saludos
    Asmara Pereyra

  7. Fui coordinadora de los Círculos de Lectura de la UACM que se llevaron a cabo dentro del RPVN del D.F. Lo que se vivió dentro de este proyecto, originado desde el pensamiento del maestro Carlos López y realizado, con gran ahínco, por muchos voluntarios. Este proyecto ha trascendido todos los muros de concreto, muros de los lamentos y de mucha incertidumbre. El quehacer de nosotros es transmitir un poco de lo que hemos aprendido y compartirlo con todos lo que acepten la invitación a las letras. Poetas, narradores, cronistas y mucho más, es lo que se origina en el centro mismo del RPVN. Un año no fue suficiente para lograr objetivos un poco más visibles, sin embargo, se ha sembrado la semilla. Vienen nuevas generaciones dispuestas a llevar a estos centros penitenciarios, varoniles y el femenil, una oportunidad que sólo las letras otorgan: trasladarse y salir del encierro.
    Saludos. Asmara Pereyra.

  8. Fui coordinadora de uno de los Círculos de Lectura de la UACM dentro del Reclusorio Preventivo Varonil Norte. Iniciamos un proyecto pionero dentro de estos centros penitenciarios con el objetivo de fomentar no sólo un hábito, también un gusto por las letras y la creación.
    Este proyecto nació con el Maestro Carlos López y lleva ya más de cuatro ciclos dándose por todo el Distrito Federal.
    Lo que viví, al compartir un poco de lo que he aprendido, ha sido muy satisfactorio. Los logros no son sólo en el plano numérico, lo cualitativo me ha sorprendido en gran manera. Poetas, narradores, cronistas y un sin fin de escrituras que han fluido por los muros del Reno, han sido valiosos y valientes. La palabra ha subsistido a pesar del cemento y la corrupción que hiere a los de adentro y los que habitamos afuera.
    Un saludo
    Asmara Pereyra

  9. Es un placer leer esta nota, y más que interesante, que lo es y mucho, yo lo catalogo –su trabajo- como una impérate necesidad de hacer un NOSOTROS, el tocar al otro por medio de la literatura en un centro penitenciario, es eso hacer un NOSOSTROS, pero, también, desde mi humilde opinión es acercarnos a la otredad –marginada carcelariamente- y, hacer, formar, proponer la concreción de una nueva idea de: Un Rescate de Un Espacio Público, en efecto la cárcel no lo es, pero porque no hacer un espacio con todos esos sentidos y significados que aluden al espacio público.

  10. Estoy en un Internet publico y no tengo mucho tiempo para leer, con su permiso, voy a copiar y me lo llevo para leer y regreso a dejar mi comentario. Por lo pronto me parece muy buen proyecto. Yo misma pude saltarme las barreras de mi entorno, gracias a la lectura, aunque no tuve quien me dijera que leer, entraba a las librerías y escogía lo que me latía y para lo que me alcanzaba. Me llene de libros y no los pude leer todos porque siempre trabaje tiempos completos y los guarde esperando un día poder leerlos todos. Por azares del destino me fui de la ciudad de México y mande mis libros en tren junto con otras cosas. Se extraviaron. Los perdí. De cualquier manera, los que leí, me sirvieron. Pude salir del cerco en que nos mantienen encerrados las ideas preconcebidas.