El viejo coleccionaba horas.

Como buen coleccionista, no hacía nada con ellas: eran un tesoro que contemplaba, acariciando la idea de la riqueza contenida en tanto tiempo. A veces sentía que era momento de usarlas, aunque luego se detenía pensando que todavía no eran suficientes. No por avaricia: por esa extraña forma del amor que es la venganza.

Había empezado a juntarlas cuando agonizaba su hija. En sus ratos de lucidez, ella suplicaba tener un poco más de tiempo, poder completar algo de lo que había emprendido. Le repetía a su padre cuántas ganas tenía de viajar: le contaba que quería irse a buscar esas imágenes que presentía; que cuando las encontrara, las dibujaría al óleo. Que se sentaría al borde de un río, como tantos otros pintores; que recorrería ciudades y bosques hasta dar con esa realidad que había intuido. Y sonreía.

Una sonrisa triste como la enfermedad. Una imagen que el viejo querría nunca haber encontrado. Su hija necesitaba tiempo y él se lo daría. Empezó a pasearse por el hospital, tarde cada noche, recogiendo las horas que las enfermeras dejaban escurrir frente a la televisión, las que los enfermos desperdiciaban viendo al vacío, todas esas horas de los familiares tomando café en las salitas.

Juntaba las horas y se las ofrecía a su hija al amanecer, como flores. A veces, ella tenía fuerzas suficientes y podía usarlas. Recibía las llamadas preocupadas de sus amigos, escribía un poco, intentaba hacer algunos trazos con su pincel. Pero cuando el viejo no lograba despertarla, las horas que le había conseguido se le iban, también a él, de entre las manos.

Buscó, pues, la manera de almacenarlas.

Los frascos ocupaban demasiado espacio, y hacían ruido en los corredores oscuros. Los tubos de pinturas al óleo no eran mala idea, siempre y cuando ella estuviese en condiciones de pintar. Y en efecto, algunas mañanas el viejo contempló maravillado cómo ella transformaba en escenas brillantes las coloridas horas que él le ofrecía. Pero cuando se pasaban días sin que ella lograra pintar, o cuando los tratamientos le hacían sentir náuseas frente a los óleos, las horas se descomponían por efecto de los solventes, y cuando por fin las usaba, sus escenas dejaban ver la rancia angustia del tiempo que se dejó pasar sin remedio.

Logró disolver algunas horas en agua, y ella las bebía agradecida, cuando podía; pero cuando estaba débil no podía tragar.  Con el paso del tiempo, los únicos líquidos que toleraba le entraban sólo por las venas. A él se le ocurrió entonces almacenar las horas grabándolas, sólo para descubrir, descorazonado, que se necesita tanto tiempo para usar una hora grabada como una real.

Así que se las empezó a poner. Era el método más fácil y más rápido de juntarlas, y se conservaban a la perfección. Pero cuando se las quiso entregar, se dio cuenta de que ya formaban parte irremediable de él. La única solución sería llevarla a recogerlas en persona. No lo logró: un padre triste y solo pasa desapercibido en las noches impasibles de un hospital: los demás se descuidan y él puede echar mano de cuantas horas perdidas encuentre por ahí. Pero un padre triste llevando en trágico paseo a su hija moribunda es otra cosa. Las enfermeras se aprontan a ayudar; los demás padres salen del sopor y lo compadecen: nada, ni unos minutos de qué echar mano.

Cuando ella murió, él ya no pudo romper el hábito. Seguía deslizándose en parques y cafés, escamoteándoles a los demás las horas que dejaban pasar. Del dolor azorado de los primeros días, de la oscuridad viscosa que rodea a la injusticia, de tanto mundo vacío para siempre de sus descendientes fue emergiendo como una esperanza la riqueza contenida en tantas horas acumuladas. Si no había podido darle más tiempo a su hija, por lo menos viviría él mucho más de lo que le tocaba: un intento, humano al fin, de ajustar cuentas con la vida. Si ella había dejado tantos lienzos sin pintar, él haría esos viajes que le permitieran encontrar las imágenes internas de su hija. Se volvería un experto en lo que a ella le había interesado, terminaría los estudios que ella dejó inconclusos. Tanto mundo y tanto qué hacer y él, solo con su tiempo. Sin embargo, conforme más planes hacía, más pensaba en todas las horas que le harían falta para llevarlos a cabo, y volvía a salir a buscar…

Pero su vida, como la de todos, tenía un fin predeterminado, y un día al viejo le llegó su hora. No se murió, desde luego, porque al ponerse las horas robadas, éstas se habían acurrucado en sus pulmones, en su corazón, en sus piernas, en su cerebro. No se murió porque no se podía morir. Pero ya no le estaría permitido salir a dar vueltas por el mundo: ni viajaría, ni pintaría los cuadros inconclusos de su hija ni volvería a abandonar su casa.

Ahí, en esa casa, hay quienes dicen que a veces se oye el llanto desesperado de quien lamenta tener todo el tiempo del mundo.

 

Gabriela Arroyo Couturier

literal-coleccionista