—Se lee como novela. —Me dijo un tipo el otro día, al recomendarme un ensayo del que no tenía el menor interés.
—¿Y qué novela ha leído últimamente? —Le pregunté al hombre, muy amable, que se acercó a mi mesa en un restaurante que frecuento últimamente.
—No, bueno, en realidad tengo poco tiempo para leer novelas. —Me confirmó segundos después, tras un orgulloso titubeo que le sirvió para decir con una convicción que supongo es envidiable: leo lo que es más útil.

Es casi habitual. He encontrado esa misma respuesta en más de uno, muchos de ellos escritores, analistas políticos, académicos, parte de la intelligentsia mexicana o bien, lectores comunes. Gente que uno supone encontrará en el instrumento análogo de la realidad una fuente de reflexión.

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Parece que el asunto es de poca importancia. Leer novelas, por buenas que sean, no va a mejorar el amargo y translúcido café de una oficina en la mañana, tampoco resolverá el más complicado conflicto nacional, ni hará que los fundamentalistas de la bicicleta logren un acuerdo con los pésimos conductores en la ciudad que se antoje. Ya alguna vez en la presentación de un libro le tuve que confesar a una mujer que levantó la mano, presumiendo un interés que sueño genuino, que leer una de mis novelas no le servirá para absolutamente nada de lo que ocupaba su vida o la de prácticamente cualquier otro.

Quitando el fraseo cursi y vacío que da las razones para leer en las infames campañas de promoción a la lectura, el rechazo a la literatura está disfrazado de una ausencia que no deja de parecer tremenda, la falta de reconocimiento a las máximas características de hominización de nuestra especie: el lenguaje y si hablamos sólo de la ficción, la cosa se pone más grave; despreciamos la imaginación, producto de esa virtud única: la capacidad de pensar.

Si todos los que se quejan de que en este país se lee poco, leyeran, no tendrían tanto de qué quejarse. En realidad, la queja es floja. Si bien será difícil que seamos una sociedad de lectores —intervienen muchos factores—, al momento de espetar nadie toma en cuenta a cuántos lectores equivalen los porcentajes, tampoco los distintos mecanismos de lectura, desde la fotocopia universitaria, el librero de mercado o de viejo y el afortunado préstamo de ejemplares. Ese que hace pasar libros como si fueran cuna de recién nacido, cambiando de manos gracias a unos padres que al ver al hijo de su vecino cursar el mismo grado que terminó el crío de la casa, no dudan en confiar unas páginas, suerte de estafeta con miras a mejorar.

En realidad el número de lectores oficiales me importa poco y no me llena de angustia. Esa fascinación por las cantidades ha mandado al traste temas que a mí me resultan más interesantes: ¿cómo leemos?, ¿qué buscamos?, ¿por qué?, ¿qué estamos haciendo —como lectores— con la literatura?

Se buscan las respuestas a nuestra falta de conocimiento sobre un hecho histórico, sobre un chisme político o una tragedia noticiosa en las novelas que más se venden, esas que narran un momento preciso que pocos desconocen o, al menos, conocen en parte. Una aproximación sencilla a la realidad que nunca ha ostentado una pizca de sencillez. La poesía, afortunadamente, no la veo muy afectada por esta mescolanza aunque sí por otra, la impostura ideológica que, por forzada, cada vez funciona menos bien. En la ficción, el mundo de adentro y afuera, ese equilibrio necesario para aspirar a la buena literatura —que ninguno de los que escribimos sabemos si llegaremos a ella—, se diluye con los “basado en”, “la verdadera historia de”, “lo que usted quiso saber…”; aquello que vende lo que el lector desconoció hasta que alguien logró descubrir con mentiras (porque el género es ficción), las marañas también falsas de una historia reescrita hasta la inverosimilitud.

Esa necesidad absurda de encontrar en la literatura respuestas fáciles, justificaciones, para tomar a la novela como un manual que nos rescate de la ignorancia. No me refiero al montón de publicaciones de fórmula con sus distintas promesas culinarias o financieras, libros que sirven para mantener una industria y no compiten en la búsqueda de lectores literarios. Me ponen los pelos de punta las supuestas cualidades que se encuentran en menoscabo de otros géneros en los que es difícil encontrar el equilibrio donde la ficción sirve para decir lo que no se puede decir de otra forma, como hace un par de años me recordó mi editora, citando a alguien que ahora se escapa de mi memoria.
En los meses de esa conversación dentro de la editorial, un temor me incomodaba y lo sigue haciendo. Acababa de publicar Casa Damasco, una novela en el escenario de la guerra civil siria que me resulta tormentosamente cercana. Mis dudas a su alrededor aún no claudican. ¿Cómo escribir al respecto sin que el entorno —el mundo de afuera, la guerra—, gane sobre los personajes que había inventado? Supongo que pasará un tiempo para que me quite eso de la cabeza, si es que lo hago, y vea si llegaron a buen fin mis esfuerzos por evitar una novela informativa o, peor, lo que se entiende como literatura comprometida, que tanto detesto. Es natural que un autor escriba de lo que lo rodea, acerca de las preocupaciones que se ciernen sobre él todos los días; sin embargo, cuando en los intereses del autor y de un gran grupo de lectores, lo que se dice sobrepasa el cómo se dice, se rompe la línea que permite situar la historia en un entorno que se aventura en la ficción. Al no arriesgarse en las trampas de la literatura, puede que estemos destruyendo a la literatura misma.

¿Qué elementos de una novela se usan para conquistar lectores? Los que los lectores pedimos. Si de la novela X dijéramos que se trata de un hombre que quiere encontrarse con sus hijos, es posible que no goce de muchos interesados pero, si mencionamos que ese hombre es el verdadero asesino de un dictador famoso y sus hijos huyeron a Sudamérica por la vergüenza que les provocaban las labores de su progenitor, un doble espía que colaboraba de igual manera con su gobierno que con el círculo cercano al Papa en el Vaticano, la cosa puede cambiar pasando por alto la prosa fantástica de la hipotética obra. Ahí perdimos por completo el equilibrio que la salvará del olvido. Es este el escenario al que muchos textos se enfrentan en la búsqueda de un mayor número de lectores.

¿En qué momento una novela, para ser verosímil y atractiva, tiene que recurrir a situaciones cercanas o absolutamente reales para poder construirse? En el que creemos que la novela tiene una función utilitaria, explicarnos de qué se tratan los entornos donde se desarrollan antes de mostrarnos a nosotros mismos. Cuando no le damos el valor suficiente a las convenciones de la ficción, que permiten a unos personajes totalmente falsos, reflejar las preocupaciones, perversiones y cosas buenas de nosotros los reales. Convenciones que permearon lo más profundo de nuestra existencia para convencernos por unos siglos de qué se trata el amor, la felicidad, de cómo se manifiesta el temor, la angustia y tantas otras pasiones.

Todo novelista puede caer en esta tentación, será de sí lograr que su trabajo tenga más que la narración correcta e investigación meticulosa de un evento que como él, cualquiera con intenciones pudo descubrir entre libros e internet. La perversión tiene dos caminos, también recurrentes. El segundo perturba a más de un editor. Si en el rechazo indiscriminado a los asideros de la realidad se elimina todo rastro de un mundo exterior, por soberbia, para dicha novela los anaqueles de librería pueden volverse sinuosos.

¡Pero de esta historia puedes hacer una novela! Como si las novelas trataran de eso, como la recurrente recomendación de la tía regordeta que en las cenas familiares insiste en contarle al narrador de la mesa la anécdota que sólo ella sabe, y asegura dará para escribir doscientas paginas. No, las novelas no se hacen de eso. Personajes que evolucionan como nosotros —las menos veces— lo hacemos, contradicciones, la dosificación de la información en pos de la creación del suspenso y una prosa, dejo estético, que obliga a muchas otras cosas más que ricas. El uso del lenguaje, de los tiempos, de las figuras que hablan de lo que no está escrito, implícito; que separan al libro de la literatura. Tampoco puedo olvidar que la literatura es tan grande que da para tanto donde se encuentran en la literalidad, ensayos, ya decía poesía, la cumbre más alta del lenguaje e incluso, algunos de los textos que leemos a diario en páginas de periódicos. Este olvido por las posibilidades del lenguaje y del pensamiento que ha permitido el desprecio de la novela, la poca importancia que se le da a la poesía y el desecho del ensayo literario, se hacen en la pobreza de las palabras que nos hemos acostumbrado a leer.

Artículos y ensayos de revista se construyen a partir de citas, referencia tras referencia son consecuencia de lo mismo que afecta a la novela. Todo lo dicho podrá ser válido desde lo escrito por otros; lo dijo tal, entonces es incuestionable y si aún queda duda, también lo comentó ese fulano de otros tiempos. No puedo estar equivocado si menciono tres fuentes que en su nombre sustentan alcurnia; da igual lo que yo piense y cómo lo escriba. A las ideas cada vez se les exige menos sostenerse por sí mismas como por la reafirmación desde ideas anteriores. La época de las comillas ahorra el esfuerzo de pensar y evita el todavía más inútil trabajo estético, ese que como todo arte viene del ocio y de nuestras dos grandes virtudes, posiblemente las únicas que valen la pena en la especie: el lenguaje y la imaginación. Pensar y la capacidad de hacerlo, de expresarlo. Los dos elementos principales de la literatura, que está hecha de lo mismo que nosotros.

 

Maruan Soto Antaki

 

6 comentarios en “En defensa de la literatura

  1. Está muy bien escrito pero me parece que es una opinión muy pasional de algo que se ha discutido seriamente en otros medios (i.e. http://www.theguardian.com/books/2015/jun/26/is-there-a-crisis-in-high-calibre-non-fiction-publishing-sam-leith?CMP=share_btn_tw). Considero que confundes lectores con consumidores, lamentablemente, no es lo mismo conseguir un lector que un comprador.
    Por otro lado siento que mezclas temas sin hacer una reflexión un poco más profunda. Entiendo que hay una tiranía de las citas y los números, pero eso pasa por la relación que suponemos entre la razón (Kant) y la verdad (me atrevería a decir que lo que está en crisis no es la literatura sino la palabra “crisis” en sí).
    Me parece que es un gran ensayo para contarnos cómo percibes (y haces, como lector y escritor) literatura, pero resulta muy flojo para explicar cuál es el verdadero problema: el consumo que nos condena a perseguir el deseo que siempre está en otra parte. Si mezclaras tu experiencia (que se lee apasionante) con una reflexión mas sustancial sobre el verdadero “enemigo”, tendríamos un diagnóstico que reivindique a la literatura no desde los síntomas de un escritor, sino desde las causas producto de una estructura.

    • Precisamente, lo único que busco es contar cómo percibo la literatura. Lo otro, si le interesa a alguien más, que lo escriba. ¿Reivindicar la literatura, a estas alturas? Saludos.

  2. Tu ensayo es divertido. Retomo una frase que me llamó la atención: “Leo lo que es más últi”. Este enunciado Peñista me lleva a recordar a decenas de compañeros que leen memes porque son divertidos, están ilustrados y no implica un compromiso con el lenguaje y la imaginación, factores que tú señalas como uno de los problemas que conllevan el involucrarse con la lectura. Efectivamente, si bien los medios nos han puesto al alcance de mucha información los hemos enviciado también pero principalmente, hemos decapitado (una buena parte de la sociedad) la capacidad de imaginar (crear). En las escuelas, solo se preocupan por la estadística de alumnos que aprueban los exámenes de comprensión lectora, este término “comprensión” es a medias porque en realidad, se lee para contestar una pregunta cuya respuesta es buena, otra mala y dos que sólo hacen ruido, pero en cuanto a proporcionar un espacio para desarrollar una idea que se tenga con respecto al texto es nula, porque los evaluadores no leerían más de 400 y tantas respuestas. Leer No ayuda en nada como tampoco manifestarse. Los que se manifiestan son los malos, los que estorban, los inconscientes que NO PIENSAN EN QUE PERJUDICAN A LOS QUE SI TIENEN ALGO QUE HACER. Mientras sigamos pensando de esta manera, mientras sigamos pensando en el bien individual y no en el común como solía pensar Sócrates todo por lo que luchemos y lo que leamos será inútil. Y pues, en defenza de la literatiura podemos decir muchas cosas: el goce estético, o como señaló Felipe Garrido, descubrir el placer que hay en los libros.
    P.D.: Cuando alguien (con todo respeto) te dice que tu trabajo es “un gran ensayo pero algo flojo” es tan absurdo como cuando un alumno te dice: “es una novela muy interesante pero difícil de entender, pero trata de esto….” Rayos.
    Saludos

  3. Existe un aspecto que hay que analizar, la utilidad de la literatura. ¿Para qué sirve leer, para qué sirve la literatura? Desde que algún mono se le ocurrió la brillante idea de las competenciase instaurarlas en el plan de estudios de las escuelas, todo tiene que tener una causa efecto, como un problema médico. Es decir, tu cuerpo presenta estos síntomas (efecto), la causa la provoca esta enfermedad, la solución es esta. Como un procedimiento. En una ocasión un maestro d ematemáticas me dijo que leer es perder el tiempo, porque los 5 minutos que el desperdicia leyendo un cuento o una reseña lo puede aplicar en algo más productivo. Y bueno, si pensamos, las matemáticas las aplicamos para que no nos hagan tranza en las cuentas, sobre todo los que tienen un negocio (que igual terminan transándolos), las matemáticas las usan los ingenieros y arquitectos para trazar caminos y levantar edificios, entre otras cosas, la biología es un acercamiento al mundo de las células, los organismos microscópicos, el cuerpo humano y los médicos lo saben pero ¿qué onda con la Literatura? ¿en qué es útil? La mejor herramienta de ésta, el lenguaje, los abogados lo emplean para desarmar al contrincante y convencer al público de lo bueno o malo que es un individuo. Los políticos se aprovechan de él para envolver en promesas a los votantes y hacerles creer que todo es por el bien común. Acaso no le creemos al presidente Peña Nieto cuando emplea el lenguaje oral y nos dice que cancelar su viaje a París sería un acto irresponsable y más si éste traerá beneficios a México. Que del Chapo se encarguen otros. Y curiosamente sin el lenguaje (espíritu de la literatura) no podríamos activar al resto de las disciplinas. Alguien que ande por la calle y vea una palabra como “Comida” pero que no sepa qué quiere decir difícilmente lo comprenderá, alguien podrá decir, para eso existen los iconos, pongo a un señor comiendo o el dibujo de unos cubiertos o un plato de sopa y en términos Sausurianos asociaremos una imagen guardada en mi mente, pero para que eso ocurra, debe existir el otro elemento útil que es lo oral.
    Me siento motivado con este tipo de ensayos. Gracias por permitirme expresar mi idea. Se aceptan réplicas. :)

  4. El texto está algo “messy” y contaminado con promoción personal presentada como reflexión escéptica. Deberíamos evitar la expresión “en realidad” porque es una muletilla. Sobre libros, lectura y escritura, recomiendo el blog de Tim Parks en The New York Review of Books.