Como la gran mayoría de los miembros de las generaciones de universitarios de la segunda mitad del siglo veinte a la fecha, sucumbí al nada discreto encanto de la écriture paciana. De su poesía, pero sobre todo de sus ensayos sobre literatura, estética, historia y política. Los jóvenes inquietos de aquella izquierda de la Universidad Democrática, Crítica y Popular de mediados de los setentas a mediados de los ochentas en Sinaloa, fuimos tocados también por El laberinto de la soledad, Posdata, El ogro filantrópico, Tiempo nublado o, aunque un poco vergonzantemente, algunos de sus libros de poesía como Pasado en claro o El mono gramático; todavía nos sorprendemos eventualmente en la bohemia diciendo de memoria, o acaso declamando porque la declamación era casi una costumbre generacional, algún pasaje de Piedra de sol.

Apenas terminé de leer el ensayo “Mi querella con Paz” de Héctor Aguilar Camín, publicado en el número de abril de la revista nexos. Un escrito que, sin duda, estimulará la curiosidad por abordar el estudio de Octavio Paz como el complejo  y excepcional  personaje histórico que es, más allá de (o, mejor dicho, junto con) su diversa obra poética y ensayística.

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A las lecturas hechas por autores como Enrique Krauze, Alberto Ruy Sánchez, Guillermo Sheridan o el reciente Octavio Paz en su siglo de Christopher Domínguez, debe incorporarse ahora, desde una mayor lejanía de su vida personal, esta mirada crítica de algunos de los erizamientos todavía poco trabajados, o trabajados-sólo-desde-una-cierta-perspectiva, de la presencia pública de nuestro Poeta.

Si, como recién ha escrito Fernando García Ramírez refiriéndose a “la biografía coral que se viene escribiendo en los últimos años desde el núcleo de Vuelta”, en cuyo curso, “‘Huérfanos a su manera’, cada uno está escribiendo esta biografía colectiva” (“Catálogo de reseñas”, en Letras libres No. 196, abril de 2015, p. 66), estoy convencido de que la contribución de Aguilar Camín se propone como un válido y acaso saludable contrapunto precisamente a dicha “biografía colectiva”.

No es que los temas, episodios y pasajes a los que alude sigan pendientes de revisión, varios de ellos han sido tratados por Krauze y el propio Domínguez Michael, entre otros escritores cercanos a Paz. Y justo en eso reside el atractivo del acercamiento, en ocasiones personalísimo, de Aguilar Camín: en que se trata del relato de un periplo intelectual de alguien que no se formó “en torno a la gravedad de un jefe espiritual” (las palabras son de Christopher Domínguez), de alguien que no fue su compañero de barco, aunque, como queda constancia en la reseña, en más de un sentido sí un compañero de trechos en el viaje.

Aguilar Camín parte de un malentendido inaugural de su querella con Paz: el que tuvo que ver con los escritos publicados en aquel suplemento de La cultura en México en cuya portada aparecía el título “En torno al liberalismo de los setentas” (9 de agosto de 1972), interpretado como “intento dogmático de la izquierda de ‘expulsar’ a los liberales del ‘discurso público’”.

De ahí se sucedieron una serie de desencuentros que marcaron el surgimiento de “una sensibilidad divergente” en relación con episodios históricos como el 68: la lectura que exploraba en Posdata la “vena sacrificial” de nuestro origen  y la “explicación mítica” de la matanza del 2 de octubre, frente a la cual la generación de Aguilar Camín demandaba una crónica de los hechos, unos responsables políticos y el castigo de los culpables.

Pertinencia de un contrapunto

Esta sensibilidad divergente tuvo episodios muy marcados de desencuentro que Aguilar Camín comenta, como buen historiador, dibujando un telón de fondo social, cultural y político que ofrece una mirada más panorámica que la habitual en el relato cronístico o en la mera narración periodística.

Uno de ellos fue el del acercamiento de figuras como Carlos Fuentes y el propio Paz con el Presidente Luis Echeverría. Ya se sabe cuál fue  el desenlace histórico de la “apertura democrática echeverrista”: “el tono populista que lo puede y lo quiere todo, aunque acabe normalmente arruinándolo todo”. Quiebre de las relaciones clientelares con los empresarios, surgimiento de movimientos guerrilleros en el campo y la ciudad, inestabilidad y arranque de las crisis cíclicas de la economía y las finanzas públicas.

Un momento señero: el golpe a Excelsior en 1976, la renuncia de Paz a la revista Plural. De ahí la cascada de publicaciones que, en más de un sentido, refundaron el espacio de lo público en el país: Proceso (1976), Vuelta (1977), el diario unomásuno (1978) y la revista nexos (1978).

Se registra entonces el desencanto hasta dramático de Octavio Paz en aquel artículo de Proceso: “1978: entre las convulsiones y la inmovilidad”, y el reclamo del joven Aguilar Camín al “plato de sangre” y a la visión apocalíptica que el Poeta ponía sobre la mesa de la opinión pública nacional en su escrito. Después vendría la primera crítica al Ogro filantrópico: “Por eso puede decirse que Paz —como el Estado o la Revolución Mexicana— es inferior a su pasado y está, políticamente, a la derecha de Octavio Paz”.

Ya en los ochentas,  a propósito de “El diálogo y el ruido”, discurso leído por el Poeta en la recepción del premio de la Paz otorgado por los libreros alemanes, aquella izquierda letrada, motivada por la profusión con que empresas como Televisa difundieron las críticas a la revolución sandinista y la revolución salvadoreña, encontró la ocasión de deplorar, en el marco de ciertas posturas tercermundistas que el propio Aguilar Camín reconoce que no suscribiría hoy,  un “eurocentrismo colonizado”. Desde entonces queda debidamente asentado el deslinde, bien justo y necesario, de las acciones de los grupos de la ultraizquierda cerril (la quema de la efigie de Paz), y que ciertamente amenazaba a la propia inteligencia de izquierda en el centro del país y las regiones (las acciones del grupo de los “enfermos” en Sinaloa es uno de los casos trágicos y terribles que el autor cita en su ensayo).

Es en esta parte del escrito que aparece una de las consideraciones más valiosas de Aguilar Camín, y en la que, me parece, se localiza en buena medida su pertinencia como contrapunto a otras lecturas de la vida pública de Paz. Cito in extenso:

Creo que una pedagogía pública más explícita de su camino de Damasco hacia el desengaño de la Revolución, habría facilitado el diálogo con la izquierda o, al menos, lo hubiera puesto en su verdadera lógica histórica. Paz habría podido decir: yo padecí ese sueño y les cuento que termina en pesadilla, la pesadilla del socialismo real del siglo XX. Una discusión más abierta de su propia fe desencantada, lo habría ayudado quizá a ser más tolerante, desde luego más convincente, frente a la ceguera que combatía. Quizá eso hubiera abierto el espacio a un diálogo, incluso a un combate, no a la gritería que dominó aquella divergencia” (nexos, núm. 448, abril de 2015, p. 67).

Vendrán luego los encuentros en torno a los procesos electorales de Chihuahua en 1986, las elecciones federales de 1988 y las opiniones matizadas y críticas acerca del neocardenismo, el gran desencuentro del Coloquio de Invierno y la pugna de las revistas Vuelta y  nexos, la crítica de Paz al supuesto ninguneo de sus posiciones históricas desde Plural en la novela La guerra de Galio de Héctor Aguilar Camín, hasta el reencuentro de opiniones acerca de la rebelión de Chiapas en los noventa.

Un mandarinato a plenitud

Después de ganar el Premio Nobel en 1990, el mandarinato de la cultura en México, como lo denomina el propio Aguilar Camín, fue ejercido a plenitud por Paz. Un ejemplo claro: la disputa a propósito de la realización del Coloquio de Invierno por CONACULTA, la UNAM y la revista nexos en 1992. La denuncia de lo que el Poeta llamó “La conjura de los letrados”, vista como “una vasta maniobra para apoderarse de los centros vitales e institucionales de la cultura mexicana”, culminó con la salida del primer presidente del entonces flamante CONACULTA, Víctor Flores Olea.

Este fue el momento en que adquirió mayor visibilidad la manera de asumir su condición de mandarín de la cultura mexicana (mientras que para sus allegados fue más bien un “jefe espiritual”). Por una parte, el sentimiento de ninguneo y hasta de linchamiento, y por otra, su actitud de rechazo y condena total a los “letrados” conjurados contra él. A propósito del maltrato y la exclusión de que se sentía objeto, Paz escribía en abril de 1992:

Aquí he sido aceptado tarde y de mala gana. En los últimos años alcancé alguna notoriedad. Fue peor: mi nombre, antes rodeado de silencio, ahora provoca denuestos e improperios. Mis amigos me dicen: “No hagas caso, esos gritos son los de una minoría vociferante, siempre resentida y hoy más por su gran derrota histórica en Rusia y en todo el mundo. Tú eres uno de sus chivos expiatorios”. Quizás es cierto. De todos modos es inquietante que parte de la prensa y de la opinión ilustrada en México pertenezca a esa minoría chacarrachaca y que los más sensatos no intenten siquiera callarla” (“La conjura de los letrados”, Vuelta, núm. 185, abril de 1992. Citado por HAC).

Y apunto aquí algún matiz a la reseña de Aguilar Camín. Ciertamente, como él lo documenta puntualmente, las elecciones de 1988 (dudas sobre resultados aparte) lo llevaron a una importante coincidencia con Paz: la urgencia de la modernización política del país, la ingente necesidad de la democracia en México. Por un lado debido a las dudas mismas acerca de los resultados de los comicios, pero por otro, y de modo muy especial, por lo que representaba el redivivo movimiento cardenista, en palabras de Paz: “…demagogia y populismo; adoración del padre terrible: el Estado y, en fin, nostalgia por una tradición histórica respetable pero que treinta años de incienso del PRI y de los gobiernos han embalsamado en una leyenda piadosa: Lázaro Cárdenas” (“Rompimiento del arca de la alianza”, La Jornada, 11 de agosto de 1988. Citado por HAC).

En efecto, ya  desde 1987 Aguilar Camín sostenía, y esto es algo que no aparece en su escrito, que “El reto final de la modernidad mexicana de fin de siglo es el de la modernidad política. Subrayemos para empezar la contradicción acumulada en el corazón de nuestro presente: México ha vivido una extraordinaria modernización económica y social, pero no una modernización política. La sociedad mexicana es mucho más compleja y diversa que sus instrumentos de dominación y participación política” (Héctor Aguilar Camín, “México y su modernidad”, en nexos, núm. 119, noviembre de 1987. Cursivas mías, RGV).

Menos de cinco años después, afirmaba rotundo, sin embargo, que no hay que “extraer la conclusión errónea de que México está sumergido en un asfixiante miasma predemocrático, turbio, intolerable. No es así, al menos yo no lo creo. En estos años apasionantes de su nuevo tránsito a la modernidad, México es un país extraordinariamente vivible desde el punto de vista de sus libertades civiles y políticas, de sus libertades públicas ejercidas diariamente. El verdadero rostro de nuestra opresión no es político, sino social” (Héctor Aguilar Camín, “La obligación del mundo”, nexos, no. 172, abril de 1992. Cursivas mías, RGV).

Precisamente de afirmaciones de esta naturaleza, en tiempos del mayor dominio salinista, proviene en buena medida la suspicacia que despertó la pretendida relación de Aguilar Camín con el grupo en el poder con-proyecto-transexenal en aquellos días. También de esto va esta historia de caminos que se bifurcan y se encuentran por trechos. Pero eso es harina de otro costal.

Como se echa de ver en una carta dirigida al Poeta en esas fechas, Héctor Aguilar Camín tuvo más coincidencias que divergencias con Octavio Paz durante su último tramo de vida. En ocasión del alzamiento zapatista en Chiapas, escribía: “He echado de menos en su obra política, y es una de nuestras diferencias de perspectiva, un tratamiento más intenso de los problemas de la desigualdad, la pobreza, y la opresión que ambas cosas implican. Pero en términos de los instrumentos intelectuales y literarios que usted ha elegido, hay en su obra más preocupación por esos problemas, más compromiso íntimo con el mundo indígena y más eficacia en el señalamiento de los agujeros sociales del país, que en las preguntas de buen efecto, pero en el fondo demagógicas, del subcomandante Marcos” (citada por HAC, pp. 75-76).

Aguilar Camín culmina subrayando la paradoja histórica y biográfica (¿son cosas distintas?) que surcó la imagen de Paz en sus días postreros: la fama pública nacional e internacional, el ejercicio del mandarinato cultural (que “fue una construcción de sus últimos años”), opacará su extraordinaria obra poética y ensayística, su inapreciable pasión crítica. “La posteridad –escribe HAC- tendrá que descubrir otra vez ese autor y esa obra bajo el abundante follaje de las consagraciones automáticas que cubren por lo pronto a Octavio Paz.”

Colofón desde el semitrópico

Quien esto escribe es sinaloense: tengo para mí que el ejemplo de la polémica, la forma de organizarse y de proponerse la conquista de espacios que ilustran la vida, obra y presencia pública de personajes como Héctor Aguilar Camín, deberían estimular una reanimación y una actualización de la vida cultural en las regiones.

Hace tiempo, platicando con el escritor Elmer Mendoza, nos hacíamos las preguntas tan fatigadas en el medio cultural local: ¿por qué todas nuestras empresas literarias, artísticas y culturales están condenadas a la medianía?, ¿por qué nos declaramos derrotados tan fácilmente?, ¿por qué dependemos tanto de lo que se haga o deje de hacer en el centro del país?, ¿por qué no buscamos un lugar propio en el mapa de las letras nacionales?

No por reiterado deja de ser válido el lugar común: se trata, en principio, de una perniciosa herencia histórica. La cultura del altiplano central ha avasallado y subordinado siempre a las demás culturas nacionales. Lo mismo ha ocurrido, por cierto, en otros ámbitos como el político o el religioso. A qué abundar en algo que todos sabemos y padecemos. Somos provincia precisamente porque fuimos sojuzgados, o literalmente, vencidos. Y en efecto, tal vez se trate de una condena histórica. Así como Pedro Infante fue Pedro Infante en México y no en Guamúchil o Mazatlán, así Gilberto Owen fue Gilberto Owen en México y no en El Rosario. Acaso no haya salvación en este país de liberales y federalistas victoriosos en el papel y derrotados en la realidad.

Pero este reconocimiento, por lo demás bien sustentado, puede conducir a la fácil negligencia fatalista. De la mano de ese determinismo chabacanamente estoico, podemos optar, sin complicaciones de conciencia, por abandonar todo esfuerzo extra, por no tomarnos en serio a nosotros mismos, por descalificarnos o autodescalificarnos sin más, por estar a la caza del galardón parroquial en turno,  por no hacer, para empezar, el saldo de cuentas con las mistificaciones de nuestra historia y nuestra vida cultural.

Un mínimo de autenticidad intelectual es imprescindible para explicarnos nuestros juicios (y prejuicios) de ayer y hoy. Para ponernos en este caso, quizá el señor Enrique Guacho Félix, mito fundador de la cultura sinaloense moderna, no fue ese gran pensador del que nos hablaron los miembros de su generación: una suerte de Vasconcelos semitropical. Quizá no fue más que un romántico vivo cuando el romanticismo estaba ya muerto. Señal no indiciada de nuestro secular anacronismo.

Igual tenemos cuentas pendientes con nuestro pasado intelectual inmediato, y no se diga con nuestra discusión intelectual hoy en día. ¿Qué hay con aquella disputa entre liberales y socialistas de los jóvenes universitarios de hace 45 o 50 años? ¿Quién ha intentado un balance, toda proporción guardada, al estilo de un José Revueltas o un Rubén Salazar Mallén, aquí, en Sinaloa? Bien que hayamos resuelto avanzar por la fatigosa vía democrática y no por la apasionante vía revolucionaria, pero, ¿qué con lo bueno o lo malo, qué con lo mucho o lo poco que quedó, si es que algo quedó, de aquellas fragorosas y encendidas batallas “ideológicas”, como se les solía llamar en la época?

Es cierto, pues, que algo tiene que ver la historia política del país. Es cierto que los grupos culturales del centro se han llevado los dineros y los prestigios de la cultura en México. Pero no lo es menos que la misma gente de ideas, los opinadores, creadores, escritores de provincia, hemos aceptado dicha condena debido a esa especie de autodesprecio y a nuestro escaso interés por revisar los caminos que antes y ahora recorrimos y recorremos en el espacio de lo simbólico en esta parte de México.

Tímidamente todavía, pero ya se asoman a escena jóvenes escritores, pintores, ensayistas e historiadores que expresan, de alguna manera, un incipiente comienzo. Son generaciones más enteradas, más arriesgadas, más universales y al mismo tiempo más preocupadas por su vida propia: su ambiente, su ciudad y su cotidianidad están ligados a sus lecturas, al ancho torrente de la historia y a sus sueños.

A esto habría que apostar, esperando que el presumible renacimiento no sea el anuncio, otra vez, de un ciclo demediado en nuestra historia cultural regional.

Ronaldo González Valdés

 

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