Eduardo Lago (1954), narrador, ensayista y traductor español que se ha ganado un lugar relevante en el mapa literario contemporáneo, presenta en estas páginas una pieza en la que desgrana aspectos contundentes de su vida en Nueva York: el derrumbe de las Torres Gemelas, la recepción de la noticia del suicidio de David Foster Wallace y la convivencia inevitable con la luz oblicua de septiembre. Y en entrevista con Alejandro García Abreu, el ganador del Premio Nadal 2006 conversa, entre otros temas, sobre su proceso creativo, los ecos de James Joyce y Vladimir Nabokov en su escritura y las exigencias de la traducción


I

Año 2001

Día 11. 9:50 a.m., Grand Central Station. Al pasar por delante de la tienda de revistas y periódicos de Hudson News veo que hay mucha más gente de lo normal. Agolpados, los transeúntes leen con extraña atención los titulares electrónicos de luz roja que dan vueltas alrededor de la bóveda del techo. No llego a ver qué dicen ni me pregunto qué puede haber pasado. Voy con el tiempo justo y tengo miedo de perder el tren. Cuando emergemos del túnel, tras recorrer el Alto Manhattan, al cruzar el puente de hierro azul que atraviesa el río Harlem, observo que la inmensa mayoría de los pasajeros está pegada a las ventanillas del lado izquierdo, mirando fijamente hacia el sur. Me sumo a ellos y veo que una gigantesca nube de humo negro se eleva en el cielo, por lo demás de un azul impoluto. Jeremy, un estudiante mío que suele coger el mismo tren que yo, se me acerca con aire desconcertado. Unos aviones de pasajeros se han estrellado contra las Torres Gemelas, dice. La frase es tan absurda que no llego a registrarla y le digo cualquier cosa a Jeremy, que se aleja tan desorientado como cuando se acercó a hablarme. Cuando llego a Sarah Lawrence media hora después, no hay nadie en clase. El encargado de correos se acerca a decirme que el Rectorado ha convocado a todo el college en el auditorio de Reisinger. Han instalado una pantalla gigante de televisión en mitad del escenario. Las imágenes las está viendo todo el planeta en directo. Lamento haber salido de Manhattan. Los túneles y los puentes están cerrados y no hay modo alguno de volver a donde siento que debería estar. En la universidad se empieza a organizar cómo alojar a quienes vivimos en la isla. Hay un lapso de varias horas que no sabría explicar cómo transcurrieron: recuerdo que había gente tratando de calmar los ánimos. Muchos hablaban de amigos, de familiares que trabajaban en el World Trade Center, de los que no se sabía nada… Los teléfonos celulares no funcionan, sólo el correo electrónico, de manera irregular. Mi amigo, el escritor Ernesto Mestre, mi futuro traductor al inglés, me pregunta qué voy a hacer, y le digo que hay que encontrar algún modo de volver. Vamos juntos hasta Bronxville, y una vez allí entramos en un bar, donde todo el mundo está pendiente de la televisión. Vemos las mismas imágenes que antes, sin acabar de entender bien qué significan. El encargado del bar cambia a veces la cadena, pero las imágenes son siempre las mismas, con ligeras variantes. Los aviones, estrellándose contra la masa vertical de las torres, el penacho de humo negro, una llamarada horizontal, y la inmensa verticalidad de cada edificio, desplomándose de manera escalonada. Individuos con el rostro cubierto de ceniza corren despavoridos por los estrechos callejones del South Sea Port y Wall Street, perseguidos por una nube que se expande violentamente por el asfalto. Más adelante las imágenes se sosiegan, mostrando masas de gente que abandona de manera ordenada la ciudad. Los helicópteros nos muestran a miles de personas que desfilan atravesando a pie los puentes, en dirección a Brooklyn, Queens, el Bronx o New Jersey. Los canales hispanos son los únicos que muestran escenas de gente saltando al vacío, los demás las evitan cuidadosamente. El camarero las mantiene apenas unos momentos y enseguida cambia de canal. De nuevo, riadas de ejecutivos que abandonan el sur de Manhattan subiendo por Broadway y las vías aledañas. Millares y millares de personas huyen del Distrito Financiero, los hombres con chaqueta y corbata, las mujeres con traje de negocios, la mayoría sin la cartera o el portafolio de trabajo, que tuvieron que abandonar precipitadamente en la oficina. Dejamos de mirar. Los móviles siguen sin funcionar y nuestra única obsesión es volver a Manhattan. Cuando decidimos acercarnos a la estación de Metro North, aún no ha oscurecido. Varios trenes pasan velozmente por delante de nosotros, pero ninguno se detiene, hasta que al cabo de quizás media hora, vemos un convoy que avanza muy despacio y por fin se detiene. No hay nadie en el andén, sólo nosotros. Las puertas se abren y un grupo de trabajadores se baja del furgón de cola. Delante de donde estamos se abre una puerta por la que asoma un hombre de unos 50 años, de raza negra, que lleva un mono azul y casco amarillo. Sólo equipos de rescate, dice y le hace una señal a alguien que se encuentra a la cabecera del convoy, dándole a entender que se puede arrancar. Somos trabajadores de rescate, me apresuro a decir. El tipo se quita el casco, se rasca la cabeza, me mira muy serio a los ojos, hace un leve movimiento con la cabeza y nos deja pasar. Media hora después llegamos a Grand Central. No recuerdo la configuración de luces del vestíbulo ni si había mucho movimiento de gente alrededor del reloj de cuatro esferas ni en las gigantescas escaleras de mármol, sólo que los accesos de metro que hay dentro de la terminal estaban cerrados. Cuando salimos a la calle es noche cerrada. La luz de los faroles se estrella contra un cielo opaco que se cierne sobre el asfalto muy de cerca, como si hubiera acabado de nevar. Es cierto que en el aire flotan corpúsculos en los que se refleja de manera extraña la luz artificial, ascuas que pudieran ser de papeles quemados. Hay trozos de cartón y otros residuos en la acera y la calzada. Nueva York parece una ciudad bombardeada. Los autobuses no funcionan y los vehículos que circulan por la Calle 42 lo hacen velozmente, como ráfagas de luz sin forma. Me recuerdan las líneas luminosas que dejan los faros de los coches en algunas postales, como látigos que describen una trayectoria borrosa. No recuerdo en qué momento me despedí de Ernesto ni qué camino seguí cuando eché a andar, probablemente fui pasando de una avenida a otra en zigzag. Muchas veces, al doblar las esquinas, atisbo luces azules o rojas que destellan a lo lejos, o el parpadeo ámbar de un vehículo oficial que se ha parado en mitad de la calzada. Pasan taxis, pero no transportan pasajeros. Los ha incautado la policía, igual que las furgonetas de reparto. Llevan las luces del techo apagadas y se desplazan a gran velocidad. Les han quitado los asientos traseros para facilitar el transporte de cadáveres, dirán más adelante las noticias. Sobre toda la ciudad pesa un profundo, extrañísimo silencio, que sólo rompe de cuando en cuando la cuchillada puntual de una sirena. Las señales que llegan del cielo tienen su propia lógica. A lo largo del día, vi pasar innumerables grupos de cazas sobrevolando Bronxville. Ahora, en el cielo nocturno de Manhattan pululan enjambres de helicópteros. A veces se quedan fijos en punto, tableteando, y al cabo de un rato que puede ser muy largo, se alejan, solos o en grupo. Mirar en dirección sur resulta extraño. Ha desaparecido el perfil de las torres y Nueva York es impensable sin ellas. Después de contemplar aquel vacío inexplicable unos instantes, vuelvo la vista hacia midtown, buscando un asidero, y efectivamente lo encuentro. Aunque está totalmente apagado, el Empire State Building sigue en pie, recordando que todavía hay algún punto de anclaje con la realidad. En 1945 a las 9:40 a.m., un bombardero aéreo B-25 de la Fuerza Aérea se extravió en la niebla y se estrelló contra el Empire. Murieron los 14 tripulantes, pero el rascacielos se mantuvo incólume. También se mantiene erguido el Chrysler, unas manzanas hacia al norte, en dirección nordeste. Su corona de lucecitas blancas está intacta. Bajo hacia Chelsea caminando por en medio de avenidas semiiluminadas por las que de cuando en cuando pasa un coche que hace caso omiso de los semáforos. De cuando en cuando me tropiezo con un cordón de seguridad, pero la sensación no es de peligro, sino de extrañeza. Por las calles deambula gente que parece no saber adónde se dirige. Seguramente yo doy la misma impresión. Creo que la imagen que se me ha quedado más profundamente grabada es la de una pequeña tribu de homeless que está en el parquecito que hay en la Séptima Avenida a la altura de la Calle 28, junto a un hospital de beneficencia. Normalmente se congregan allí, siempre gritando y bebiendo. Hoy están calmados, leyendo en silencio el New York Post, que ha sacado una edición especial. Todo el oeste, por debajo de Canal Street, ha sido evacuado, dice uno de ellos. Al llegar a Chelsea veo que alguna gente habla por los móviles, apaciblemente, en voz baja, sin histeria. Compruebo el mío, pero sigue sin funcionar. En algunos lugares se empiezan a juntar grupos de gente. Alguien explica que no se puede pasar de la Calle 14. Un retén de policía ha establecido una frontera de vallas azules, y no dejan seguir sin documentación que demuestre que se está domiciliado al sur de aquel límite. Día 12. La sensación de extrañeza es más intensa que ayer, ahora que se empieza a tener una idea más clara de lo que ha pasado. Siguiendo las instrucciones del alcalde, Rudolph Giuliani, no ha ido nadie a trabajar. Desde las seis de la mañana hay gente que ha salido a comprar el New York Times, pero los camiones del reparto no llegan. La totalidad de los establecimientos están cerrados. Los neoyorquinos, cosa insólita, se buscan unos a otros; salen a hablar y se sientan en las escaleras de los porches; algunos sacan la televisión al patio, prefieren verla en grupos, mejor que solos, cada uno en su casa; algunos cafés empiezan a abrir. Nadie inventa historias que resulten exageradas: es imposible hacerlo, dada la realidad de los hechos. La gente pasea despacio por la Novena Avenida, por la que no transita ningún vehículo público ni privado. Hace un día perfecto de luz y sol y temperatura, como ayer. Sólo hay unos cuantos días así en todo el año. Los habitantes de Nueva York no sabemos bien qué sucede al sur de la ciudad, sólo lo que dice la televisión. Cuando nos cruzamos por la calle, nos miramos sin decir nada, comunicando algo que no se puede expresar con palabras. Por todos lados se ven cartelitos ofreciendo alojamiento, comida, ayuda psicológica, y pidiendo que se done sangre en unidades móviles o en los hospitales. Pero lo importante no es el número de heridos, sino el de los muertos que están atrapados entre los escombros. Hay alguna gente que siente necesidad de dar salida a un sentimiento de odio. En algunos barrios la policía obliga a los árabes a cerrar los delis, para protegerlos. Pero no es el sentimiento predominante: lo que se manifiesta de una manera que no es posible explicar bien, es una tristeza infinita. La ciudad entera trasluce ese sentimiento. Ahora que se pueden recibir llamadas, a veces se bloquean las líneas. Muchos de mis amigos han pasado la noche fuera de casa, no porque no pudieran volver a la suya, aunque algunos la han perdido, sino porque por una vez tenían necesidad de hablar con alguien en esta ciudad de solitarios, de sentirse cerca de alguien tan vulnerable como ellos. A media tarde empieza a llegar gente a nuestra casa de Chelsea. En algún momento llega a formarse un grupo de unas 20 personas. La hija de un amigo escultor, de seis años, repite como en un sueño que ha visto gente saltar por las ventanas. Estamos todos alrededor de la televisión, viendo las noticias. Hay una imagen de las ruinas del World Trade Center y los edificios que aún se sostienen un pie. A través de la ventana de la terraza se escucha un estruendo sordo, un fragor inidentificable. Unos instantes después vemos qué era en la pantalla: se acaba de derrumbar un edificio más en los aledaños de las ruinas. Si tuviera un sentido de cómo transcurría el tiempo podría decir cuándo se disgregó el grupo y yo volví a salir a la calle, pero no lo sé, sólo que estoy paseando por Greenwich y que por todas partes han empezado a aparecer carteles de otro tipo. Como si alguien hubiera dado instrucciones muy precisas, son de formato casi idéntico: fotocopias en color del tamaño de un folio, con la imagen y el nombre de la persona, el número de planta del World Trade Center donde trabajaba, para qué compañía, en qué torre, y un teléfono al que llamar. La cantidad de personas que participan en las labores de rescate ha aumentado enormemente. Vienen de todas partes del país. En la Décima Avenida presencio una escena insólita: las mesas de un restaurante de lujo ocupadas por gente en traje de faena, con la cara y la indumentaria cubiertas de polvo, comiendo atendida por camareros elegantes. Hoy, son los únicos clientes. En la puerta un cartel invita a los equipos de rescate a que entren por lo que necesiten, y en los momentos de descanso, a la ida o a la vuelta de un trabajo sin horario, los trabajadores pasan al interior, por un momento. De noche, en la Calle 23, veo otra escena insólita: hileras de catres, cubiertas con una sábana blanca, en el hall de un edificio situado frente a London Terrace, para los que no tengan donde dormir. En la acera hay puestos de café, bebidas y bocadillos. Se han habilitado algunas escuelas para que sirvan de dormitorios. Ayer por la tarde el viento dejó de soplar hacia Brooklyn y desde entonces flota sobre Manhattan un intenso olor a quemado, del que no es posible tener recuerdo pero que aun así resulta extrañamente identificable: a metal y a carne chamuscada… carne que sabemos que es humana. Es un olor acre y penetrante, que impregnará el aire durante muchos días y del que resultará muy difícil desprenderse, porque después de desaparecer seguirá adherido a la memoria. También, según dicen, hay partículas de amianto flotando en el aire. Mucha gente lleva mascarilla blanca. Día 13. Por la mañana todo está en silencio, tan extraño y profundo como el de ayer. Vuelvo al check-point de la Calle 14, a llevarle leche y algo de comer a unos amigos que viven en la Calle Worth y tienen niños; al regresar, en la esquina con la Sexta Avenida hay un pequeño revuelo alrededor de un transeúnte, un anciano que está de pie, gesticulando. Un policía se le acerca, y trata de explicarle que no se puede pasar, pero no es eso lo que quiere el anciano. Es negro, de unos 70 años, alto y enhiesto. Hace un gesto negativo con la cabeza, dando a entender que no tiene intención de pasar, ni quiere gastar palabras para explicar algo así. Es otra cosa. El policía lo entiende y se queda mirando, expectante. El anciano levanta la mano muy despacio y señala hacia el sur. Hay una nube estática de humo y polvo en el lugar donde antes se elevaban las torres. Su altura, impresiona recordarlo, era de casi casi medio kilómetro. El hombre apunta unos instantes con el dedo índice hacia el punto del espacio del que han sido borradas. Un pequeño círculo de gente está pendiente de él. Estaban ahí, dice. El policía vuelve la mirada hacia el lugar que señala el hombre, pero no dice nada. ¿Lo entiende, agente? El policía no contesta y antes de seguir andando, el viejo sentencia, ante la mirada atenta de la gente que lo rodea: no las volveremos a ver.

01-septiembre-01

 

II

Año 2008

Recuerdo que era sábado. Greenwich Village estaba muy tranquilo, quizás con algo menos de tráfico de lo que es habitual a aquella hora de la mañana, las 10. Hacía una temperatura muy agradable, propia del final del verano. En el aire una luz que sólo se da en esa época del año, una luz limpia y silenciosa, que desde 2001 se quedó para siempre grabada en mi memoria como la luz del 11 de septiembre, una luz que cuando regresa tiene una configuración sumamente precisa: el cielo en un grado de azul que se repite con exactitud cada año, los rayos del sol con la misma inclinación. La luz de septiembre, que cambia su perfil cuando se acerca el primer viento del otoño. Me encontraba en la confluencia de la Calle 10 con la Sexta Avenida y me dirigía al paseo que discurre a orillas del río Hudson, en bicicleta, cuando sonó el iPhone. Me acerqué a la acera y sin desmontar contesté. Era Iker Seisdedos, de El País.

¿Podrías hacernos la necrológica de David Foster Wallace?

Siempre se tarda unos segundos en registrar una pregunta que nuestro umbral de comprensión no es capaz de aceptar. Son segundos que tienen una duración psicológica mucho más extensa que el tiempo físico en el que transcurren. Pese a su brevedad real, la mente es capaz de configurar una larga sucesión de imágenes.

Tuve el privilegio de entrevistar a David Foster Wallace cuando se publicó La broma infinita en español. La impresión que dejó en mí fue la de un hombre extraordinariamente reservado, que hubiera preferido no estar allí. Muchas veces se mira sin mirar, se observa sin ver, hasta que de pronto es una impresión sensorial la que te despierta. Aquella mañana del 14 de septiembre de 2008 fue la raya rectilínea de vapor blanco que dejaba un reactor al surcar el cielo de Manhattan. Volví a oír la voz de Iker, preguntándome si seguía ahí.

¿Ha muerto David Foster Wallace?, pregunté.

Se ha suicidado.

Vi una línea de puntos luminosos flotando delante de mí. Cuando desapareció le dije a Iker que no me sentía capaz de escribir nada. Unos segundos después de colgar, con la bicicleta todavía detenida al borde de la acera mis pensamientos se empezaron a ordenar. La súbita tristeza que se había apoderado de mí no estaba justificada. El tiempo que transcurrió mientras hablé con David Foster Wallace no había podido dejar en mí ninguna huella afectiva. La idea carecía de sentido. Entonces, ¿por qué aquel desasosiego? El ruido de otro reactor me hizo levantar la vista inconscientemente. La infinidad del cielo es una metáfora perfecta para el vacío que deja en nosotros la noticia de una muerte. Decidí llamar a Iker:

¿Cuánto tiempo me das para escribir esto?

Tienes dos horas.

Subí al piso, inundado de la limpísima luz de la mañana. Esto es parte de lo que se publicó al día siguiente:

David Foster Wallace, de 46 años de edad, el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana en la época a caballo entre los siglos XX y XXI, apareció ahorcado en su domicilio de Claremont, California, el viernes por la noche. El cuerpo fue descubierto por la esposa del escritor, Karen Green, que inmediatamente se puso en contacto con la policía local. La noticia se hizo pública 24 horas después, y ha causado una fuerte conmoción en la comunidad literaria estadunidense, que se debate entre la consternación y la incredulidad. Una de las notas más persistentes entre quienes escuchaban la noticia por primera vez fue el recuerdo de que hace unos años el propio escritor pidió que lo internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria pues no se sentía capaz de controlar su pulsión suicida. Foster Wallace era un personaje muy querido tanto por sus estudiantes y colegas de la Universidad de Pomona, donde impartía clases de escritura creativa, como por sus compañeros de oficio. Tal vez uno de los rasgos más llamativos de su personalidad fuera el contraste entre el afecto que inspiraba en cuantos trataban con él y su marcada propensión a sumergirse en estados de ánimo sumamente sombríos.

Nació en Ítaca, en el estado de Nueva York, en 1962, hijo de profesores universitarios, su padre de filosofía y su madre de literatura. Sus primeros libros La escoba del sistema (1987) y La niña del pelo raro (1989), escritos cuando tenía veintitantos años, llamaron la atención por la fuerza incendiaria del lenguaje y la radicalidad de sus planteamientos literarios. El interés se elevó a asombro con la aparición en 1996 de la monumental Broma infinita, edificio narrativo de más de mil páginas, que contaba con un complejo aparato de varios centenares de notas, muchas de considerable extensión. La novela adquirió el estatus contradictorio de ser considerada una obra de culto, pese a que gozó de una extraordinaria difusión. El consenso, sobre todo entre los escritores, es que se trataba de la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en mucho tiempo…

01-septiembre-02

Lo cierto es que David Foster Wallace trasciende los límites de lo literario. La suya es una fuerza inexplicable que va más allá de la tragedia, de la fuerza oscura que lo arrastró al suicidio. Por razones que no alcanzo a explicar, pero me gustaría intentar hacerlo, encuentro una conexión muy profunda entre su obra y la de David Lynch. Hay algo en el talento creador de estos dos hombres que guarda relación con lo mítico. En una de sus crónicas, Wallace observa de lejos cómo actúa Lynch. Asistió al rodaje de Lost Highway, pero en ningún momento llegó a hablar con el cineasta. David Foster Wallace publicó Infinite Jest cuando tenía 33 años… “la edad a la que mueren los genios”, dice una frase de la novela. La broma infinita, escribí en la necrológica de su autor, es un escrutinio devastador de la soledad del individuo en nuestro tiempo. Cuando lo entrevisté me llamó la atención la insistencia con que lamentó que a casi todo el mundo se le hubieran escapado los aspectos más sombríos de la novela, que consideraba una obra cargada de matices trágicos. Se sabía parte de una generación de gente acomodada, que había tenido acceso a una educación privilegiada, que no había sido víctima de ningún tipo de discriminación, pese a lo cual pesaba sobre todos ellos una honda sensación de malestar, una tristeza y un desasosiego muy profundos. Habló con terror de la sombra de episodios históricos recientes, como la guerra de Vietnam, y denunció con impotencia el advenimiento inminente de una nueva matanza, esta vez en Irak. De Wallace me impresiona su lucidez, su radical honestidad como creador, algo gracias a lo cual su obra llegó a los umbrales mismos de una nueva forma de entender la literatura. Diagnosticó con asombrosa clarividencia el poder desgarrador de la industria del entretenimiento. Era un ser atormentado, y como creador vivió abrazado a una arista, consciente de la obligación de renovar inherente a toda forma de arte, pero por encima de todo creía en el poder del sentimiento, sin el que lo demás carece de sentido.

“Lo esencial”, me dijo, y jamás podré olvidarlo, “es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada”.

 

III

Año 2010

Deberían poder verse, pero no es así. Desde que faltan las Torres Gemelas, cada año se instala una poderosa base de emisión en los alrededores de la Zona Cero desde la que se lanzan hacia el cielo dos haces de luz verde, dos rayos láser de gran potencia. Nítidamente cinceladas, dos siluetas de humo verde horadan el aire, subrayando cada 11 de septiembre desde hace ocho años —uno después de que se perpetraron los atentados— la ausencia de los rascacielos que definían el perfil de Manhattan Sur. Me he levantado en plena madrugada para contemplarlas, pero no están encendidas. Deberían estarlo, pero no es así. Los ingenieros encargados de mantenerlas activadas han decidido dejar el aire en sombra. La ausencia le confiere un aire de espectral normalidad al cielo nocturno y a esta crónica. Al caer la oscuridad sobre Manhattan, mientras paseaba por la Séptima Avenida en dirección sur, vi que la silueta de las torres de láser aún se cernía sobre el perfil de la ciudad, pero lo hacía débilmente. Dos horas después, los ingenieros habían vuelto a apagarlas.

01-septiembre-03

Cada ciudad tiene una luz propia, inconfundible, muy distinta de la de las demás ciudades. Es algo muy difícil de captar por medio de la palabra. A los artistas visuales les resulta más fácil hacerlo que a los escritores, aunque Louise Bourgeois, la artista francesa que fijó su residencia para siempre en Manhattan, y que fue vecina mía durante los 10 años que viví en Chelsea, le dedicó un poema a la luz de Manhattan en el que logró fijar la cualidad indefinida de un fenómeno que en realidad es inatrapable. Los rayos de láser que han desaparecido del cielo esta noche, Louise Bourgeois lo hubiera visto así, eran dos esculturas de luz que carecían de límites.

Reflexionando ayer sobre esto, me di cuenta de que es algo idéntico al mecanismo empleado por Marcel Proust cuando describe la reacción sensorial que experimenta Swann al paladear una madalena humedecida en té. La sensación gustativa desencadena el nacimiento de una serie sucesiva de universos que provocan el regreso ordenado de innumerables capas del pasado. La cadencia de la prosa requiere infinidad de páginas para ir situando el pausado alud de evocaciones en el espacio armonioso de la narración. Se recupera así en toda su plenitud el tiempo perdido. Lo mismo sucede, comprendí ayer, con la luz de septiembre en Manhattan. Lo que nos hace recuperar a quienes estábamos el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York las imágenes vividas aquella mañana es la configuración de la luz. Como les ocurre a los lectores de Proust, sobreviene un sensación que nos transporta, sin que nos demos cuenta de cómo tiene lugar algo así, a un momento sumamente preciso del pasado. Es la luz de septiembre, una luz oblicua, del final del verano, que se repite de manera idéntica cada año, lo que provoca el efecto. Es un fenómeno gradual, que se empieza a percibir unos días antes, y va cobrando forma lentamente, de la misma manera que después de vaciarse la luna va llenándose hasta formar una esfera luminosa perfecta.

Llevo unos días estudiando el cielo, y la configuración que alcanzó la luz la mañana del 11 de septiembre de 2001 no tendrá lugar hoy. La presencia de las nubes lo impedirá. La limpidez del cielo que asocio a aquella fecha la anuncia la pantalla de mi iPhone para mañana, sábado. Pienso en la limpidez que tenía el cielo la mañana en que me anunciaron que había muerto Foster Wallace, idéntica a la que tuvo el día en que se derrumbaron las Torres. Pese a que lo asocio con dos momentos trágicos, los días de septiembre en que se fragua en el cielo de Manhattan esa perfección luminosa se experimenta una intensa sensación de extraña paz.

A principios de los noventa viví durante un año en el número 2 de Pierrepont Place, en Brooklyn Heights, en un estudio que daba a un jardín que se asomaba a la promenade. La casa está situada directamente enfrente de la línea del cielo de Manhattan Sur. Resultaba prodigioso observar los fenómenos cambiantes de la luz al reflejarse en las Torres Gemelas, tanto a lo largo de un solo día como a medida que cambiaban las estaciones. El momento más misterioso, independientemente de la época del año, era inmediatamente después de ponerse el sol, cuando empezaban a encenderse los cuadriláteros de luz de las ventanas al tiempo que el cielo se empezaba a salpicar de estrellas. Ya no existen, pero lo más extraño es que su ausencia (como dicen que ocurre con las víctimas bélicas a quienes les han amputado un miembro, que lo siguen sintiendo después de haberlo perdido) es aunque las Torres ya no estén, los neoyorquinos que vivieron con ellas y las vieron desaparecer, siguen sintiendo su presencia. Por eso los haces de láser, ahora lo entiendo. Cada año, unos días antes del 11 de septiembre, al anochecer, irrumpen en el cielo dos torres de luz. Después del amanecer, el día 12, la intensa sensación de pérdida se diluye. Declina entonces de manera definitiva el verano. El título de un poema de Kate Johnson resume con precisión el tránsito: Final del verano, rosas. Sólo los poetas son capaces de percibir algo tan delicado como las gamas del silencio o las variaciones de la luz que hacen que cada día tenga un perfil distinto. De manera semejante, un verso de Lezama capta desde dentro el misterio de ser flor: “hila la rosa su cristal”. Así también la manera en que cada año se hila la luz alrededor del momento en que se derrumbaron las Torres, inundando de humo la perfecta luz del cielo.

 

Eduardo Lago
Escritor y traductor. Ha publicado: Llámame Brooklyn, Ladrón de mapas y Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee. Ha sido traducido a numerosos idiomas.