El primero fue en Berlín, a comienzos de junio de 1982. Dentro del denso programa del Festival Horizontes, en aquella ocasión dedicado a América Latina, estaba incluida una lectura pública de Juan Rulfo. Como es habitual en estos casos, otra persona, por lo común el trujamán del autor en cuestión, leería asimismo la traducción al alemán. Pero en Berlín la traducción de Rulfo la leyó nadie menos que Günter Grass, y la verdad es que nunca, ni antes ni después, he visto tal gesto de modestia y de compañerismo en ningún autor de su categoría, y mucho menos si el otro autor es uno de un país dizque no primermundista.

En Berlín, a sugerencia mía, se leyó primero la traducción y luego el original, y no al revés, que suele ser lo habitual en Alemania. Argüí que a la parte del público que desconocía el castellano, podría servirle de ayuda haber oído antes la traducción para mejor entender la prosa de Rulfo, y lo mejor que recuerdo de aquella tarde es la cara de sorpresa de Grass cuando leía Rulfo a continuación, aquellos originales maravillosos y con su voz inconfundible, y el público (en su mayoría hispano, o conocedor de nuestro idioma) se reía en determinados pasajes. Günter Grass, tan avezado en la aventura de leer en público, bajaba entonces la vista al mismo pasaje en la traducción, y debió llegar a la conclusión de que aquel texto no estaba a la altura del original. Pienso sobre todo en la carcajada unánime que sonó al leer Rulfo estas líneas:

—¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al Gobierno?

Les dije que sí.

—También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del Gobierno.

Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron sus dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.

Al estallar aquí las risas del público, Grass miró más inquieto que nunca las páginas que tenía delante: ¿no le habrían dado quizás la traducción de un texto distinto del que leía Rulfo? Doce años después, en El Escorial, en 1994, tuve ocasión de confirmárselo. La traducción de Luvina y el original de ese cuento incomparable, aunque son hermanos mellizos, no lo son gemelos. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

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Exactamente tres años más tarde, a principios de junio de 1985, Günter Grass estaba en Madrid, participando en una Semana del Libro Alemán que tuvo como escenario el Palacio del Conde Duque. Lo que se me quedó grabado en la memoria fue su comprensible indignación cuando formó parte de un panel con Juan Benet y Álvaro Pombo, y ambos se dedicaron a una de las actividades más hispánicas que conozco, y es la de tomarles el pelo a los extranjeros. Lo hicieron —aumentando su diversión con cara de póker conforme iba en aumento la indignación de Grass— diciendo sencillamente que no creían en la literatura comprometida. Tengo la impresión de que Grass, que era lector de Unamuno, sacó una pobre impresión de la clase intelectual española contemporánea…, si bien debo añadir, en honor a la verdad, y sabiéndole asimismo lector de nuestra novela picaresca, que su indignación le hacía perderse un espectáculo picaresco para el que tenía butaca de primera fila. Sólo que en aquel momento lo que yo hacía era recordar algo que dijo Unamuno para explicar por qué no le gustaba Anatole France: “No sabe indignarse”, fue lo que adujo don Miguel. Y Grass sí sabía indignarse.

[Al margen: En ese panel los asistentes españoles que no sabían alemán lo seguían a través de los audífonos, así como también los alemanes que no sabían español, y quienes dominábamos ambos idiomas estábamos a salvo de ese galimatías. Así es que grande fue nuestra sorpresa cuando Günter Grass, en su intervención, hizo una cita de una famosa novela de Sartre, y de pronto todos los asistentes españoles dejaron sus audífonos y como un solo hombre, aunque sin ponerse de acuerdo, se volvieron hacia la cabina de los intérpretes y gritaron “¡La náusea!”, algunos de ellos muertos de la risa. ¿Qué era lo que había pasado? Que Grass mencionó el libro por su título en alemán, Der Ekel, y la pobre intérprete, que a lo mejor ni siquiera sabía quién era Sartre, lo tradujo correctamente como… El asco.]

 

Sólo mes y medio después, mediado el mes de julio de ese mismo 1985, se nos murió Heinrich Böll. Es muy difícil, muy difícil, casi imposible, explicar lo que significó la muerte de Böll para quienes amamos este país, esto es, para quienes amamos “la otra Alemania”. El pueblito Merten, en las estribaciones de la cadena montañosa del Eifel, la región volcánica de Alemania, a la vista de Bonn y de Colonia, se llenó de una multitud callada y triste que ya sentía el desamparo en que nos dejaba la muerte de Don Enrique (así lo llamé siempre). El féretro lo llevaron, desde la iglesia al pequeño cementerio, los dos hijos de Böll, René y Vincent, su sobrino Viktor, y tres compañeros: Lew Kopelew, Günter Wallraff y Günter Grass. Por motivos que son estrictamente personales, conservo la foto del momento en que el féretro es depositado en la tumba, y en la que se ve al círculo familiar más íntimo alrededor de ese hueco definitivo. Todos están mirando ese hueco, todos menos Grass, que está casi en el centro de la foto, un paso atrás entre la viuda de Böll y su hijo René. La mirada de Grass, por encima de sus gafas de medios cristales, es una mirada dolorida pero que, al propio tiempo, parece estar asumiendo el duro fardo de la púrpura, la obligación del relevo. No en vano, cuando le concedieron el Nobel a Böll, en 1972, lo primero que Don Enrique preguntó al enterarse fue: “¿A mí solo?, ¿y no con Günter Grass?”.

 

Habrían de pasar más de siete años hasta que volviese a ver a Grass. En mayo de 1992 se editó su novela Unkenrufe, vertida al castellano por Miguel Sáenz con el título Malos presagios, y ese mismo año, en octubre, cumplía 65 e iba a estar presente, como era su costumbre, en la feria del libro de Fráncfort del Meno. Logré que se me incluyera en la apretadísima agenda de entrevistas personales con él, dentro del recinto ferial, y cuando llegué más que puntual al pabellón de su editorial, Steidl, lo encontré rodeado (sitiado) por un grupo numeroso de gente joven con la que estaba platicando y discutiendo, animadísimo; y al cabo de un buen rato llegué a la conclusión de que sería una pendejada hacer valer mis pobres derechos a una entrevista concertada un mes atrás, cuando lo realmente fructífero —me dije mientras recordaba nuestro desamparo al morir Böll— sería dejar a aquellos jóvenes seguir charlando con Grass. Así se lo expliqué a Clawdia Glenewinkel, el alma buena de la editorial, y ella estuvo por completo de acuerdo conmigo.

La suerte quiso recompensarme porque ese mismo día me encontré con Juan Cruz y me contó que con motivo del lanzamiento de Malos presagios por Alfaguara, Grass había accedido a recibir en su casa, cuarenta y ocho horas después de la fiesta familiar de su cumpleaños, a un grupo de periodistas españoles, “y tú tienes que ser de la partida”, concluyó Juan.

 

Y así fue como conocí por fin personalmente a Günter Grass y pude conversar con él. A la quinta fue la vencida. En Behlendorf, una aldea de Schleswig-Holstein, junto al camino de sirga de un canal del río Elba, su salida al mar, a cuya orilla, casi al otro lado del Báltico, nació Grass el 16 de octubre de 1927 en la antigua Danzig, hoy Gdansk. El paisaje donde se desenvolvía la parte más íntima y familiar de su vida limita al norte con los Buddenbrooks (Lübeck) y al sur con Till Eulenspiegel, el final de cuyas travesuras tuvo lugar cerca de Behlendorf, en Mölln, la pequeña ciudad que al año siguiente haría tristemente célebre otro vesánico atentado contra una familia turca: Grass fue de los primeros en acudir allí para solidarizarse con los nuevos parias de la Alemania de hoy.

De aquel encuentro inolvidable en su casa de Behlendorf recuerdo los dos grabados de Goya que campeaban encima de su pupitre: Grass, como Hemingway, escribía de pie… y a mano, a no ser que no quisiera correr mucho, me explicó su esposa, porque entonces se sentaba y lo hacía a máquina, con sólo dos dedos y muy, muy, muy laboriosamente.

El único que hablaba alemán, de todo el grupo español, era yo, y antes de viajar a Behlendorf había puesto en claro, con Juan Cruz, que acudiría allí como periodista y no como intérprete. Así es que uno, contratado especialmente para la ocasión, le traducía a Grass las preguntas de mis compañeros, y a ellos las respuestas de Grass. Y en esos momentos se notaba a las claras que yo era el único (además del intérprete) en entender directamente a Grass, porque cuando hablaba iba ya anotando sus respuestas, mientras mis colegas debían esperar a que se las tradujeran. Me detenía yo, comenzaban ellos. Me detenía yo, comenzaban ellos. Una y otra vez. Parecía un sketch de Buster Keaton. Y Grass me miraba de vez en cuando, con una semisonrisa cómplice.

Los resultados de semejante asimetría pudieron leerse al día siguiente en la prensa española. Como el intérprete era un profesional, pero no estaba especializado en lenguaje literario, su traducción “aplanaba” igual que un tanque oruga la rica orografía del idioma de Grass, tan expresivo hablando. Baste como botón de muestra: cuando Grass, respondiendo a la pregunta de por qué lo trataban tan mal en su propio país, dijo que en Alemania se lo consideraba “der Schwarzseher vom Dienst”, esa hermosa imagen se convirtió en un simple y prosaico “el que todo lo ve negro”. Yo, claro está, traduje lo que Grass había dicho: “el agorero de guardia”.

Recuerdo asimismo que al cabo de tres horas de preguntas y respuestas, en el primer silencio que se hizo, Grass apuntó entre humilde y cansado: “Hasta ahora sólo hemos hablado de política, me animo a recordarles que también soy escritor y pintor”. Y conservo además el recuerdo de una anécdota que nos contó a Juan Cruz y a mí, después de la entrevista. Una vez, estando en Calcuta, sentado con su esposa en un banco de una avenida, esperando que pasara un autobús o un taxi, cruzó por delante de ellos un indio que ralentizó el paso al verlos, los miró fijamente y al fin se decidió y le preguntó a Grass, desde luego en inglés: “¿Es usted un autor alemán?”. “Sí”, respondió Grass. “¿Es usted el autor de El tambor de hojalata?”. “Sí”, volvió a contestar Grass. “¡Ah —le dijo el indio, con una sonrisa resplandeciente—, entonces es usted Graham Greene!”.

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A ese hombre modesto aunque no ignorante de quién era y cuánto significaba, a ese buen colega comprometido y capaz de indignarse contra quienes predican el no compromiso, solidario con el dolor, abierto a la juventud y tan generoso con su tiempo, amén de saber reírse de sí mismo (que es la clave más alta del sentido del humor), a ese hombre que era —¡ay, ahora, ya, era!— para nosotros, los extranjeros que vivimos en Alemania, el auténtico Günter Grass, a ese hombre es a quien salí a recibir en Barajas, a media tarde del 17 de agosto de 1994: estaba invitado a los Cursos de Verano de la Universidad Complutense en Madrid, en El Escorial, uno de ellos dedicado a él y a su obra, y lo íbamos a dirigir Miguel Sáenz, su traductor por antonomasia, y yo.

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Me tocó ser quien los acompañara en el auto hasta el Real Sitio escurialense, a él y a su esposa, Ute, con quien había conversado largamente en la jornada de Behlendorf. Durante el trayecto no sólo rememoramos ese día sino también la lectura a dos voces con Rulfo, y Grass me hizo recordar un detalle perdido en los recovecos de mi memoria; y es que a la hora de leer Rulfo, descubrió que había olvidado sus gafas en el hotel y leyó con las del propio Grass, las cuales (yo diría que no por casualidad) le iban perfectamente. También repasamos a conciencia el programa previsto para los días del curso, y Grass expresó una vez más el deseo de que ojalá no le hicieran tan sólo preguntas sobre política.

A la vista del Guadarrama se impuso la cita del poema que envió Bertolt Brecht como adhesión al Congreso de intelectuales antifascistas, en Valencia 1937, en plena guerra civil, ese poema en el que Brecht habla de un hermano piloto que vino a pelear a España porque era un conquistador: “nuestro pueblo vive estrecho/ y hallar espacio es,/ entre nosotros, un viejo sueño.// La tierra que mi hermano conquistara/ está allí en la Sierra del Guadarrama,/ y un metro ochenta mide en longitud:/ poco más que medía su ataúd”.

En la terraza del Euroforum los organizadores de los cursos le presentaron a Bioy Casares, fue una gozada verlos juntos a esos dos grandes inventores, el del pantógrafo y el del grito vitricida. Y esa misma noche nos reunimos en un restaurante, arriba en la montaña, con los representantes de los principales suplementos culturales de la prensa española. Juan Cruz decidió que fuese yo quien condujese la rueda de preguntas, y al cabo de un rato un compañero me hizo llegar una nota: “¿Se le puede preguntar por Ernst Jünger?”. Y claro que se le podía preguntar por Ernst Jünger, y por el lucero del alba, Grass no eludió ninguna cuestión, atacaba su pipa, tomaba un sorbo de su vino y respondía pausado y sin vacilaciones, como solía hacer siempre.

Miguel Sáenz y yo dirigíamos el encuentro, ya lo dije antes, pero más que nada gobernábamos el tiempo libre de Grass, para que su primera estadía en El Escorial le permitiese conocer el lugar y no sólo a los medios de masificación comunicada del Estado español. Así, cierta tarde estuvo dedicada a una larga visita del Real Monasterio, que le sugirió el comentario de que lo único realmente vivo que había visto allí era la documentadísima cicerone que nos acompañó…, si bien es cierto que se detuvo un buen rato ante los cuadros de El Bosco en los aposentos del Rey Prudente. Después de la visita vino el ascenso a La Silla de Felipe II, la montaña desde la que el monarca vigilaba la construcción de la dizque “octava maravilla”, y en ese otro real sitio quiso el azar que nos pasara una historia simpática de a deveras y con un final sorprendente.

Al llegar allí encontramos a algunos turistas que reconocieron a Grass (“lo vimos en la tele”) y que se marcharon enseguida, dejándonos solos. Ocasión que ni hecha de encargo para que Grass se sentase en la silla esculpida en la piedra y que ostenta las iniciales S.M. [=Su Majestad]. Los demás —su esposa, Miguel y la suya, yo— nos acomodamos en el suelo o en los salientes de la breve meseta, gozando el panorama, y al poco llegó un grupo de chicas muy jóvenes y con una guitarra, y también reconocieron a Grass. Preguntaron si nos molestaría que cantasen, les aseguramos que no, pero andaban cohibidas y no se atrevían. Por fin una de ellas apuntó a la que estaba a mi lado y dijo: “Ella es polaca”. Le pregunté que de dónde. “De Masuria”, me contestó, y hablaba un español impecable. Dispuesto a romper el hielo, recurrí al poemario de Grass recién publicado en Visor, y siguiendo la feliz sugerencia de Miguel lo abrí por “Bandera polaca” y le pedí que lo leyese en voz alta. Lo hizo, la aplaudimos y le pasé mi bolígrafo para que Grass le dedicase el ejemplar. La chica no se lo quería creer, ¡tanta suerte!, pero Grass se lo dedicó y firmó, y ya estaba roto el hielo, cantamos a coro la estudiantina “Fonseca”, luego me obligaron a cantar mi fandango de Grass (“Empiecen la cuenta atrás,/ que en menos que canta un gallo/ despacharé el rodaballo/ guisado por Günter Grass”), y ellas nos bailaron unas sevillanas y todos nos despedimos contentos. Pero cuando llegamos abajo, siguiéndolas, tres de ellas corrieron a su minibús y se devolvieron de nuevo a la carrera hacia nosotros, diciendo que también ellas nos querían hacer un regalo, y le entregaron a Grass una biografía… ¡de Escrivá de Balaguer!, ¡en italiano! No pudimos evitar una risa que nos duró hasta el Euroforum: Con el Opus Dei hemos topado, amigo Sancho.

Esa misma noche, en una cena que ofrecía Alfaguara, tuvimos ocasión de oír espléndidas voces: la de Fanny Rubio, por ejemplo, pero también la del propio Grass, quien me hizo el honor de cantar hasta en kölsch, la lengua de Colonia; y luego Grass y su esposa, con Grita Sáenz y la esposa alemana de Ramón Buenaventura nos dieron una lección de canto coral. Grass, Miguel y yo terminamos la noche en la terraza del Euroforum, y esa fue la noche en que Grass le ofreció el tuteo a Miguel, una ceremonia alemana que sirve para sellar de manera casi protocolaria la firmeza de una amistad. Antes de acostarme, luego, anoté además que el poeta le había dicho a su traductor: “En ‘Bandera polaca’ hay un verso que podría ser de Lorca: Das Bett zum roten Inlett überreden [al lecho en funda roja lo persuaden]”.

Por la mañana del viernes, el último día, se produjo el emotivo encuentro de Grass con la Agrupación Nacional Presencia Gitana, que el año anterior le había otorgado el Premio Hidalgo y ahora acababa de publicar su clarividente Discurso de la pérdida. Siguió la conferencia de prensa, soportando temperaturas saharianas sin que Grass se quejara ni tampoco diese muestras de cansancio en ningún momento, aunque luego, al concluir y reunirse de nuevo con nosotros, comentó que lo habían dejado seco. Y no sé cómo derivó la conversación a una visita que hizo una vez al Museo Pushkin, en la ex Unión Soviética, y habló del amor que sienten los rusos por sus escritores y poetas: “La cicerone del museo me enseñó con lágrimas en los ojos la casaca agujereada por las balas que Pushkin vestía en el duelo donde lo mataron. ¿Ustedes pueden imaginarse que alguien iba a llorar si algún día hubiese en un algún museo alemán un saco mío perforado a balazos?”. Y volvió a repetir lo que ya nos había dicho un par de veces en esos días: “En España y en Polonia me quieren más que en Alemania, aquí me siento ahora de vacaciones, estoy haciendo vacaciones de Alemania”.

Su discurso de clausura fue una lección magistral, en todos los sentidos de la palabra, y fue magistralmente improvisada. La coronó leyendo a dos voces, con Miguel, su hermoso poema autobiográfico “Kleckerburg” [=Castillo de arena mojada]. En él hay un verso que dice: “Sí, en Historia siempre fui bueno”. Pero mi recuerdo personal más acendrado de aquellas jornadas se relaciona con la lectura pública, en el auditorio del Euroforum con lleno hasta la bandera, de los poemas de Grass. Pocas veces en mi vida he sentido una emoción tan intensa como la de leer sus poemas, turnándonos Miguel y yo al hacerlo, e irlos oyendo a continuación en la voz del autor, en un silencio donde se podía oír el vuelo de una mariposa. Un rato más tarde, sentados en la terraza, Grass me dio un consejo acerca de la lectura en voz alta de “Matrimonio”, que él sabía que es mi favorito entre los suyos: “Si alguna vez lo tiene que volver a recitar, haga lo que yo hago cuando lo recito. Al terminar el penúltimo verso deténgase, busque con la mirada una mujer en el público, mírela fijamente a los ojos y dígale a ella el último verso: Tú. Sí, tú. No fumes tanto. El efecto es seguro”, me aseguró.

 

Dos apuntes más para redondear este memorial de mis encuentros con Grass. El penúltimo fue sólo telefónico, cuando en junio 1999 se anunció que era el primer escritor de un idioma no castellano a quien se le concedía el Premio Príncipe de Asturias. Lo llamé a su teléfono privado, en su casa de Behlendorf y le hice una entrevista para mi emisora, la Radio Deutsche Welle. Al editarla para la transmisión la cerré de este modo: “Sólo deseo añadir unas palabras que ya dije en público alguna vez, y en presencia del propio Günter Grass, con motivo del homenaje que le rindió la Universidad Complutense durante los cursos de verano del año 1994, en San Lorenzo de El Escorial: ‘A los extranjeros que hemos hecho nuestra la Alemania que nos tocó vivir, Günter Grass nos resulta imprescindible para la supervivencia. Él es, como nosotros, judío, gitano, turco, sudaca, negro e incluso, incluso, alemán oriental: casi polaco’. Y ahora, además, un gran Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Ojalá que la próxima vez que lo llame sea porque Grass tenga que ir en diciembre a recoger un premio que le deben en Estocolmo. Ya va siendo hora”. No me las quiero dar de profeta, porque no lo soy. Pero créanme que estuve de lo más feliz al ver lo pronto —¡menos de cuatro meses!— que me hicieron caso los señores de la Academia Sueca.

El anuncio del Nobel coincidió, como viene siendo costumbre en los últimos años, con la feria del libro de Fráncfort del Meno, a la que Grass acudía puntualmente todos los octubres y en la que solía festejar sus cumpleaños. Quiso de nuevo el azar, ese transparente seudónimo del Destino cuando actúa de incógnito, que nos encontrásemos en la cola de uno de los minibuses pendulares de la feria. Lo descubrimos recién al sentarnos, en asientos uno detrás del otro, y lo primero que hizo fue preguntarme por mi salud, porque al despedirnos cinco años antes, en El Escorial, yo andaba con el principio de una depresión. Le agradecí que se acordase de ello y a mi vez le pregunté por su salud y su esposa, y me respondió con unas palabras que no olvidaré: “Pues ya ve, preparándonos para nuestros encuentros de este año con las testas coronadas de Europa”, y sonrió como hubiese sonreído Oskar Matzerath, mientras le daba una chupada a su pipa. Al bajar del pendular, en la misma parada, nos despedimos con un apretón de manos.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

Un comentario en “Mis encuentros con Günter Grass

  1. Cada frase de su crónica-recuerdos, don Ricardo, es una muy buena dosis de conocimiento, sobre Grass y sobre usted.
    Muchas gracias.