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Para un novelista nato el ensayo es un género innecesario. Le parece estorboso, confuso y carente de una dirección definida. Si el novelista quiere expresar un pensamiento por medio de la literatura le basta con poner a un personaje a pensar. Las largas conversaciones entre los hermanos Karamazov no dejan fuera casi ningún tema moral. Los personajes discuten hasta el agotamiento respecto del bien y del mal. Y si uno compara la ficción escrita de Jean-Paul Sartre con su obra ensayística no puede dejar de reconocer que si bien en su filosofía el escritor francés es contradictorio, no lo es en La náusea ni en La puta respetuosa. No puede serlo porque el novelista no persigue la misma verdad que el ensayista. Su obra es un golpe que la imaginación le propina a la realidad y su contundencia o certeza no depende de la contradicción o de la erudición de la trama. Más bien depende de la voluntad de convertirse en un hecho que conmueva y lo lleve a formar parte de nuestra vida.

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Hoy el cine ha tomado en gran medida el papel destinado a la novela como hecho que no tiene por qué ser pensado. Una película puede despertar una polémica o estimular la conversación filosófica, pero en esencia está ahí para sernos entregada. Es alimento y energía. A partir de este retiro involuntario de la novela —motivado en gran parte por el cine—, el ensayo toma mayor fuerza porque carece de poder de concentración: no sabe hacer otra cosa que distraerse. Y si los libros dedicados a un tema preciso, sea científico o histórico, son más un asunto propio de la academia, el ensayo literario tiene como motor la divagación y el devaneo con la filosofía o la crítica. Y no obstante que su relación con la filosofía es amplia y diversa el ensayo no se escribe para probar algo. No creo que los ensayos que Milan Kundera o Enrique Vila-Matas le han dedicado al arte de la novela tengan como finalidad decirnos la verdad, sino, en todo caso, sugerir y extender hacia una dirección u horizonte la escritura. Como el simple hecho de comenzar a caminar por una calle que desembocará en otra y que a la vez es también el comienzo de algo que forma parte de un guión que aún no ha sido pensado. Es el movimiento la sustancia del ensayo: el movimiento y la —en apariencia absurda— misión de avanzar en la escritura haciendo uso de todas las armas literarias posibles. Una ocurrencia, la explicación de una filosofía o la atracción que puede causarnos una mujer pueden tomar su lugar en el ensayo literario siempre y cuando el movimiento de su escritura nos engañe lo suficiente como para hacernos creer que vamos hacia algún lado.

La novela, en cambio, no necesita engañar porque es el engaño mismo. Y si uno acepta entrar en ella sin poner mayores obstáculos que el gusto o la pura intuición es porque la novela no aspira a ser un juego en el que los lectores seamos dotados de una estrategia o de una política. No necesitamos ser convencidos, sino sólo atrapados por una red que nos ha sido tendida a mitad del mar. Yo, como casi cualquier lector común, quedé atrapado en la red o almadraba literaria en mi juventud, al abandonar la adolescencia, pues en esta época no me hallaba en condiciones de defenderme y todo en mí decía sin grandes rodeos: “Es hora de creer en una historia”.

En una de sus breves líneas célebres Ernst Jünger escribió algo así como: “Una prostituta que elige, traiciona su condición”. Y es en razón de una apreciación como ésta por lo que una novela —la prostituta— no puede elegir a un lector seduciéndolo nada más por medio de su historia, sino que su papel es solamente el de representar al engaño. Ningún novelista importante ha dejado de lado esta inconmovible fuerza con que la mentira literaria se transforma en verdad. No lo hizo Kafka, ni Dostoievski ni tampoco Joseph Roth. Y cuando lo hicieron fue porque, sin necesidad de acudir al ensayo o a la filosofía académica, pusieron a alguno de sus personajes a reflexionar o a pensar.

Es probable que las razones anteriores y el alejamiento de la juventud y de la ingenuidad me hayan lanzado de bruces a la lectura de ensayos y me haya sorprendido a mí mismo holgazaneando de pronto a la hora de leer novelas. Ya no es tan sencillo conmoverme y he dado un giro diametral en mi aprecio por la lectura de historias ficticias. Ya no permito que se me impongan la gravedad y la gracia de una obra de arte literaria. Me resisto a ser seducido porque la realidad social y política en que vivimos me ha dado ya demasiados golpes y me ha convertido en un boxeador derrotado, pero alerta. Hoy prefiero el engaño mesurado y el juego nada trascendental del ensayo. Sobre todo del ensayo de filosofía escrito con calidad literaria suficiente como para poner en entredicho las fronteras. Y ahí me paso las horas.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

2 comentarios en “El engaño

  1. ¿Que libros recomiendas? En estos momentos yo también he dejado de lado las ficciones literarias y a cambio leo ensayos filosóficos. Ahora gasto mis horas de lector con Castoriadis y Arendt.

  2. Como siempre buen artículo, y pues… hay que seguir buscando entre las ficciones novelescas y las sugerencias del ensayo, el cine con todos sus méritos y deméritos que tenga es también una opción sin embargo siempre valdrá la pena la exploración en esos y otros espacios.