9 a.m. Sin trabajo

Es por culpa de mi padre que me veo expulsado de la casa toda la mañana y la mayor parte de la tarde. Se supone que debería estar buscando trabajo. No exagero cuando digo expulsado. Porque se trata de una expulsión. Ha creado una atmósfera en la que si me encuentra en casa, digamos, a las once de la mañana, me sentiré culpable y espantosamente mal. Hasta mi madre se ha impregnado de ella, aunque la doña es mucho más gentil y no se da cuenta de lo que ocurre y de cómo estoy siendo forzado.

Orgullo e Inversión: empleo estas palabras para brindar el sentido completo de su actitud: “Un buen muchacho, un muchacho listo, norteamericano, tan bueno como cualquier otro —pero no tiene trabajo”. Uno. Dos: “Date cuenta del dinero que he gastado en él”. Lo que él cree es que cuando se ha invertido tanto dinero en alguien no sólo no debería tener dificultad para encontrar trabajo sino que incluso debería ser buscado por los empleadores. “Cientos de gente busca muchachos tan bien educados. Debería anunciarse en el periódico. Entonces verías”, alega con mi madre.

Para que quede constancia ya ha puesto anuncios dos veces. La primera no nos avisó, quería darnos la sorpresa. Pero nunca hubo respuesta, por supuesto. Una noche de desesperación, una noche cualquiera después de la cena, se le ocurrirá una o dos veces que es mi culpa. Yo lo percibo. Él me mirará entonces, ya sea en la sala o en el pasillo, desde la oscuridad. Pero nunca dice nada. Luego se retira, preguntándose qué pasa, estoy seguro.

02-monologos

Yo preferiría quedarme en casa en la mañana y leer Dick Tracy, aunque no me encanta la casa ni me gusta que los vecinos me vean durante el día. Con frecuencia quisiera que el ejército me hubiese reclutado para marcharme y apartarme de ellos, especialmente de él, por un motivo bien fundado. Tal vez debería enrolarme como voluntario. No hace falta que les diga cuánto me gustaría irme. Pero ocurre, también, que soy sensato y, sobre todo, que tengo principios. Me conozco muy bien, tanto en lo interno como en lo externo —es decir, en lo privado como en lo estadístico. Prácticamente estoy fregado. ¿Qué clase de salida sería esa? Hágase la suma como sea, de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba, no habrá diferencia, la suma será siempre fregado.

Mi padre se niega a rendirse. Sacude la cabeza cuando estamos a la mesa, cenando. Para él, resulta razonable que… Para él todo es muy claro. Los hijos de fulano y de zutano están trabajando por tanto aquél y por tanto el otro. Y son unos estúpidos. De manera que, ¿por qué…? Las cosas son así y asá. Para mi desconcierto, insiste. Para él todo es muy simple. Y nunca se cansa.

“Eres maestro, ¿no? Cinco años en la universidad. La mejor. Bien. ¿No puedes conseguir un empleo como maestro? ¿El mercado está saturado? Pues consíguete otro trabajo mientras”. Ésa es su fórmula para todo. Cuando sucede que no va a trabajar y estamos juntos en casa, vuelve una y otra vez sobre el tema, muele y muele. “Pero ocurre”, se atreve a decir uno, “que mucha gente no tiene trabajo”. ¡Imagínense! ¡Tener que decir algo como eso! “¡Oh, sin duda!”. Asiente con la cabeza. Ya lo sabe. Millones. Es cierto. Pero por alguna extraña razón nunca parece capaz de relacionar eso conmigo. Es verdad para otros, en mi caso es absurdo.

Aquellos anuncios que puso eran chistosos, muy chistosos. Mi madre y yo le rogamos que no pusiera mi nombre. “Jacob, eso no se hace. Basta con el número telefónico. Tiene razón, mejor escúchalo a él”. El primero fue horrible. Ojalá que nadie lo haya visto. Yo no quería mi nombre en el periódico. Siempre he evitado exhibirlo. No lo soporto. No recuerdo una época de mi vida en que no haya tragado saliva antes de pronunciarlo. Y luego al lado de ese anuncio…

 

Es lo mismo cada mañana. Entre mis padres, entre las mismas circunstancias, entre los helechos y el sofá tapizado de angora, oloroso a café y a sueño, mi madre en el fregadero lavando una olla o cortando naranjas, mi padre enfriando su té. Es el mismo callejón, el mismo buzón en el callejón, la pequeña placa de estaño en el buzón con el número 666. Y era igual desde antes de que fuera a la escuela, igual en la secundaria, en la preparatoria, en la universidad. Acaso los escalones se han vuelto más oscuros, más vencidos y se han abierto más en las junturas. Pero eso es todo. Yo traía mis libros a casa y me sentaba en la mesa de la cocina a leerlos. Así leí Dapple Gray,1 así leí a Walter Scott y luego Los monederos falsos. Mi padre compró esta casa antes de que yo naciera. La perdió hace unos cuantos años pero seguimos viviendo en ella, en el mismo piso.

Después del desayuno toma su maletín con sus overoles y su pala y se va a trabajar. Luego mi madre me acompaña hasta la puerta y me da mi lonchera. Usa una bata vieja y unas medias que se le enroscan bajo las rodillas. A veces trata de darme un beso de despedida y yo dejo que lo haga. En general me es tan ajena como si no existiera o se hubiera muerto. Pero luego, cuando cobro conciencia de que está viva —no sólo de que vive, sino de que me prepara mi jugo de naranja antes de que me vaya y me entrega mi almuerzo— siento un nudo en el estómago. Soy su único hijo.

Aparte de mi almuerzo recibo cincuenta centavos para cigarrillos, para mis pasajes, para una bebida y para un periódico, quizás. Cosas esenciales.

Espero el tranvía. Un tranvía de la ruta Cottage Grove, en la esquina cerca de la miscelánea de los Poland. Los Poland me conocen muy bien. Han estado en esa esquina durante muchos años. El señor Poland me saluda con la mano detrás de la caja registradora. Saca una mano del peto de su mandil, y me sonríe mostrando sus grandes dientes cuya decoloración produce un pequeño destello matinal gracias a la luz de la tienda. Usa una gorra anticuada con hebilla. Algo le dice a la señora Poland, quien corta un racimo de plátanos de una penca tras la vitrina. ¿Qué podrá ser si no, “Mami, el muchacho de los Mandelbaum todavía está buscando empleo?”. Su hijo, Bobby, es un contador. Somos más o menos de la misma edad.

El recorrido es largo. Con alguna frecuencia, cuando no tengo prisa, me bajo y camino. Así he cubierto a pie toda la ruta y conozco todo lo que hay en cada tramo de ella —estacionamientos, lavanderías, almacenes de reventa, cimientos de futuras casas, tiendas de autopartes, de semillas—, todo en dos colores: arena y gris. No hay otros. Es decir, son los colores de la temporada. Cerca de la Calle 22 hay varias fábricas nuevas con fachadas impecables y luces de neón en las ventanas. Y luego, cuando el tranvía da vuelta en Wabash Avenue, un poco más allá de las casa distribuidoras de cine, se ven los enormes anuncios de besos e intrigas y asesinatos. Pero por lo general leo un libro y pongo poca atención mientras el autobús se bambolea rumbo a la estación del metro, salvo para ver qué hace el sol. De vez en cuando lo contemplo por unos momentos, justo antes de que el autobús entre bajo las vías del tren elevado. Qué esperanzas puede tener el pobre, me digo. Si me sobrevive no será por mucho tiempo. Esta mañana no me hace pensar en nada más importante que un desayuno empacado en una caja con un sello de papel. Jalas el papel y la caja se abre. Encima de la comida encontrarás un juguete de regalo: un avioncito, unas botitas para la nieve, una copa diminuta.

 

Hará unos ocho meses circuló la noticia de que la guerra abriría nuevas plazas y por espacio de una semana anduve de un lugar a otro renovando solicitudes. Mi padre estaba emocionado. “Ahora sí vas a conseguir empleo. Vas a conseguirlo. Espera nomás, ya lo veremos”. Había grandes multitudes. Yo odiaba hacer esas rondas porque me encontraba con muchos conocidos. Había que detenerse a saludar. Nos mentíamos unos a otros y todos nos avergonzábamos. Después descubriría que a fin de cuentas no había ninguna necesidad de ello…

Se corrió la voz de que las compañías estaban contratando y las agencias se vieron sorprendidas por un tremendo flujo de cazaempleos. No era verdad y no había empleos, pero hubo un revuelo temporal y yo cruzaba los vestíbulos de los edificios con paso rápido, la cabeza erguida, rumbo a los elevadores, como si mi asunto estuviera respaldado por un propósito, dinero e influencia. Pero al llegar al piso al que iba me reducía a la muy recordada espera, sentado en una banca, cruzando y descruzando las piernas al igual que los demás, leyendo los letreros que prohibían fumar y estipulaban las tarifas de la agencia. Ahora la gente se comportaba de manera diferente en esos lugares. Antes solían sentarse aparte, más concentrados en sí mismos, atentos a escuchar sus nombres. Trataban de tener un aire de formalidad. Tal como le aconsejan a uno en la escuela. Que tu empleador se encuentre con un joven o una joven modelo —limpios, bien presentados, prudentes, confiables. Ahora eso se había acabado. Parecían haberse desplomado en el asiento y ya nos les importaba tener un poco de mugre bajo las uñas.

Allí estábamos, pasándonos los periódicos, tratando de alisar las arrugas en nuestras ropas, leyendo las noticias sobre los barcos que habían sido torpedeados recientemente y enterándonos del pleito entre las cortes y los apostadores.

A lo largo de toda una semana me mantuve ocupado así. No tenía tiempo para comer mis sándwiches —una rebanada de carne pálida con pan blanco, habitualmente— y los guardaba en el bolsillo del saco, de donde brotaba un aroma ligeramente acre por la tarde. Una de las señas entrañables de mi identidad.

Jamás habría imaginado pasar el tiempo como lo hacía, golpeando el muro en que habían inscrito la leyenda posible empleo con la esperanza de encontrar el panel secreto que abriera la puerta corrediza.

El principal problema es encontrar la manera de pasar el día. Ir a casa, como ya he dicho, está prohibido. ¿Los parques? Son los puntos del vecindario en donde muchos otros se han inscrito exitosamente. Pero uno encuentra recursos insospechados, aprende a comerse sus sándwiches, a ordenar sólo café, a permanecer por varias horas en un mismo lugar, a extraer hasta la última gota de una bebida y a chuparle hasta la médula a cada cigarrillo. La primavera y el verano son mejores que las estaciones frías, pero más costosas. Uno quiere comprarse un trago de algo frío, o se le ocurre hacer un extravagante paseo en bote.

Andando el tiempo, las cosas se arreglarán. Pero el espacio que hay entre ese momento y el presente es lo suficientemente largo como para que uno meta en él las piernas.

Hénos aquí. ¿Qué será hoy? ¿La biblioteca? ¿El museo? ¿El palacio de justicia? ¿Una convención?

 

11:30 a.m. El apostador

¿A cuánto asciende la apuesta? Cierro los ojos y elijo —¿por qué no?—, da lo mismo: casi siempre se pierde. Perder es amargo, pero ningún sistema sirve y tratar de hacer trampa es inútil. La suerte en el juego no es algo que uno pueda buscar en sí mismo, extraerlo y exhibirlo ante los demás, prueba sólida. Los naipes son siempre enigmáticos; los dados, hasta que dejan de rodar. Aun los caballos. ¿Aun ellos? Mejor dicho, ellos especialmente. A mí no me toman el pelo con eso. Nosotros, los de hasta abajo, somos a quienes menos se engaña.

Muy temprano por la mañana, antes de que uno coma algo, el cigarrillo marea. Si anduviese a pie me tambalearía. La cara me queda rígida después de rasurarme. Es todo un trabajo abrir la boca y tragar. El papel se pega a los labios, el humo es sedoso al ondular ante el espejo sobre el cristal cortado y la toronja.

Al parecer hoy el ganador seguro es Filomelo. Filomelo se llevará la herradura de flores. O la pantufla de lodo, tal como corren los caballos. O el equino enjoyado. Eso, si de veras los corren. Cruzará bufando la línea de meta. No estaría mal verlos escaparse uno de estos días. Lejos del corredor de apuestas de la tabaquería, más allá del local donde ruedan las pulidas bolas de billar. Bueno, creo que todavía alcanzaré a llegar.

A esta hora tan temprana de la mañana es cuando lo sientes más. ¿Qué clase de vida es esta? Una cama plegable a la pared en un triste cuartucho. Puedes escuchar las regaderas hasta el salón donde las muchachas pasan con sus carros de lona. Recogen las toallas mojadas, las sábanas a las que todavía se aferra el sueño, mientras el tocino se tuesta en la cocina. Y sin embargo, cuando salgo, zapatos elegantes, pantalones sin arrugas, el sombrero caído sobre el ojo, paladeando el primer cigarrillo rumbo al arrancadero…

¿Y qué hay de él? El cabrón tiene que limpiar la parrilla, voltear los huevos, empapar el pan en mantequilla derretida. Yo no podría trabajar doce horas como él, ni las doce horas escalonadas de la muchacha —ocho llevando los libros de apuestas y cuatro prostituyéndose, según he oído. Es una manera de vivir imposible. Gracias, mi hermano, pero no es para mí. Aunque sé que no podríamos arreglárnoslas sin ellos, mientras que sí podríamos arreglárnoslas sin mí. ¿Quién nos escoge? ¿Quién o qué decide el lugar que ellos tienen y el mío? De todos modos, no es para mí. Lo que cuenta es llevársela suave. Zafarse de las situaciones difíciles. Aun en la Gran Nacional en beneficio de los soldados en tiempos de paz se arreglan las cosas. Pero eso ya me lo esperaba. Habría sido gracioso salir con un perdedor habiendo tantos chivos expiatorios. Tampoco creo que me agarren. Si lo lograran me tocaría a mí cubrir todos los ángulos. Uno siempre se puede abrir camino a través de las grietas. Esta ciudad, este país, está lleno de grietas y a la gente como yo le toca encontrar una manera de pasar a través de ellas.

Hay que ser capaces de reconocerlas. Si lo ves de esa manera es como si manejaras cartas de espadas y de corazones. Lo que importa es leerlas correctamente. Igual que en el juego. Tienes que estar muy alerta cuando hay que deshacerse de cartas, ligar el par, armar tu escalera y tomar la indicada cuando aparece. Pero también ocurre lo contrario, es la otra cara de la misma moneda, como cuando dos aviones chocan habiendo todo el espacio del mundo, o das un paso y te arrolla un tren, o pescas una bala mientras caminas por el campo. Un buen ejemplo de ello es el de esa pareja que estaba besuqueándose en Bucarest en su Ford cuando un rascacielos les cayó encima.

El asunto es, entonces —hablo del asunto central—, ¿hay una manera de arreglar un juego? Tan pronto parece que sí como tan pronto parece que no. Eso te hace angustiarte y te hace jadear en busca de ese diez que traes bajo el chaleco. Los habituales sienten eso a veces, pero quienes son más importantes para el juego son las mamás que van de compras. A veces hasta las mismas muchachitas que te animan a jugar a los dados tienen ganas de apostar.2 Sé que eso ha ocurrido. Como le ocurre a los niños con sus equipos de beisbol.

Cuando uno se pone a pensarlo se da cuenta de que mucho tiene que ver con lo que de ello conservamos desde la niñez. Sí, aunque parezca que los billetes grandes nada tienen que ver con ella. Sí, y no me refiero sólo a jugar volados con centavos y cupones. Los niños creen que pueden controlar el mundo. Camina de un lado del cuarto al otro y sonará una campana; arroja una piedra al cielo y espera a que llueva. La próxima vez lloverá. Recuerdo eso. Pisa la grieta en la banqueta y observa. Yo solía observar a los otros; me enojaba con aquellos que no se fijaban y pisaban donde no debían echando todo a perder. Qué más. Jugar con monedas en la cama cuando uno está enfermo. Despliégalas sobre la colcha, haz un triángulo con monedas e inviértelo moviendo sólo dos. Súmalas al revés y obtén más. Esos trucos los trae uno en la sangre.

Luego uno cree que todo tiene que ver con la manera en que te manejas. Si te manejas bien serás un tipo importante. Manéjate bien y nunca morirás. Dale a la muerte con un palo en la cara. Está en tus manos y en tu poder hacerlo.

Camina por el filo del abismo sin caer. Si caes, gruñe, date a ti mismo una bofetada cuando nadie te mire. Eso es todo, ¿sabes?, el borde, el abismo, la migaja del minuto anterior a que salga cualquiera de los doce, cincuenta, ocho o treintaisete. El último minuto sin aire, sin aliento, sin fin. Aunque la emoción decrece cuando juegas todos los días y los tiros de larga distancia son tan certeros como lanzamientos de beisbol muy precisos; ganas con cautela, sin el más mínimo nerviosismo, como quien recibe un sobre con su pago.

Pero se pierde también. También, de manera más frecuente que infrecuente. Así es como se dan las cosas. Debes dinero, pospones el pago de la renta, tu guante se agujera, no puedes comprar más que un huevo y tabaco barato. Entonces escuchas esa especie de chasquido en el corazón como un mazo de cartas que se barajan, y las manchas crecen bajo las axilas.

 

Saul Bellow
Escritor. En 1976 recibió el Premio Nobel de Literatura. Algunos de sus libros son: La Víctima, El Planeta de Mr. Sammler y El legado de Humboldt.

Traducción de Rafael Vargas


1 Dapple Gray es el título de un cuento infantil de la época victoriana que cuenta la historia de un caballito de madera que se escapa de casa de su propietario porque desea participar en una carrera en el hipódromo. Hay también un sinnúmero de rimas y canciones. [N. del t.]

2 El original dice: “The Twenty-six girls themselves are sometimes bit”. Bellow se refiere al “26”, un juego de dados que se originó en las cantinas de Chicago a finales de los años veinte y fue muy popular allí hasta comienzos de los cuarenta, cuando acabó siendo prohibido. El juego consistía en tirar 13 veces 10 dados apostándole a un número específico y que ese número apareciera por lo menos en 26 ocasiones. Al ganador se le pagaba con tragos o botanas. Las jóvenes que animaban a los parroquianos a participar en el juego portaban los dados y llevaban la cuenta de los tiros eran conocidas como “chicas 26”.