Llegamos de noche a Caracas, Venezuela. En el aeropuerto, personal militarizado recibe a los nacionales y extranjeros. Preguntas recelosas como en todas las aduanas, pero más suspicaces: “¿A qué viene? ¿Qué hace? ¿Dónde se va a hospedar?”. “Vengo invitado por la embajada de México para participar en la Feria Internacional del Libro en Venezuela”. Al salir de la estación aérea me recibe el encargado de asuntos culturales de nuestro país, Fernando Espinoza Prieto. En la velocidad del auto, el presentimiento del mar muy cerca y una autopista moderna que corre rumbo a una montaña.

La montaña, el monte Ávila, separa a la ciudad del mar y crea en la urbe un clima insólito al pie del Caribe. Lo caliente y lo fresco entremezclados, un poco —me sorprende— como en la ciudad de México. Las dos metrópolis, definidas, marcadas, rodeadas, defendidas por una sierra prominente.

Cruzamos el espinazo por modernos túneles larguísimos y, al salir, aparece una multitud de torres en la oscuridad. En el color pardusco de la sombras, entre los pinchazos de luz, un tejido de concreto en viaductos y edificios. No lo podemos expresar, pero es extraño correr en una ciudad solitaria un jueves por la noche y también es raro sentir una mirada fija todo el tiempo en las perspectivas o en los puntos de fuga. Aquí y allá, las alcabalas militares, los retenes. Los soldados atentos al paso del escaso tráfico. No agresivos, pero tampoco amables. En la distancia, vigilantes y ominosos.

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Al día siguiente, en la mañana, salimos del hotel. En la luz del sol parpadeante bajo las nubes y en el nudo ciego de un tráfico inimaginable, toda clase de representaciones del presidente que gobernó Venezuela de 1999 a 2013: Hugo Chávez en grafiti en los muros de las calles; Hugo Chávez en espectaculares inmensos; Hugo Chávez en pequeños carteles en los postes de luz; la firma de Hugo Chávez en una pared; Hugo Chávez frente a Bolívar en una caricatura; y, lo más inquietante, los ojos de Hugo Chávez en escaleras, en viviendas, en edificios, por todas partes. Hugo Chávez contempla a la ciudad y a los ciudadanos como si éstos lo pudieran olvidar o no seguir el credo, su credo, bolivariano. Nicolás Maduro, el presidente actual, no está o casi no está en las imágenes del entorno urbano. El muerto sustituye al vivo o el muerto vive en el vivo o, mejor aún, el muerto es “el socio” del vivo.

Visitamos la Plaza Bolívar. Un hermoso jardín, muy pequeño si pensamos en el Zócalo de la ciudad de México. Al centro de la glorieta, el libertador de América monta un caballo en posición de ataque o de conquista del futuro. En una esquina, chavistas vestidos con camisetas rojas y gorras de beisbol, también rojas, hacen barullo y reparten propaganda. La gente pasa y mira. Unos se quedan. Otros se van. Hombres y mujeres de todos los colores: blancos, mulatos, morenos. Muchas señoras y mozas tienen pechos y traseros inflados con prótesis. Es triste ver la belleza desfigurada en la búsqueda de más belleza. Hay pobreza, pero no hay pobreza extrema. Nos detenemos en una cafetería. Para recibir el servicio hay que hacer fila. La chica que nos atiende nos dice con mucha dulzura que no desesperemos, que todos tienen que esperar. Después de un largo rato llega el café. Delicioso. Mucho mejor que el colombiano. Tenemos que hacer otra vez fila para pagar. Todo corre lento en las hileras de compra, de pago, de abastecimiento.

Cuando abandonamos la cafetería, caminamos hacia el sitio donde nació Bolívar. Entramos en una casa no enorme, pero señorial con cuatro o cinco crujías de fondo. La segunda y la quinta, hermosos patios interiores con aljibes. En los muros de las habitaciones hay óleos con escenas memorables de la vida del libertador de América. Dejamos la casa que es un monumento a Bolívar y que hoy es también, indirectamente, un monumento a Chávez. En la rambla, un grupo de camisetas rojas caminaba a quién sabe dónde, en un silencio lleno de política y de servidumbre.

Tomamos un taxi y llegamos a la librería Lugar Común en la Plaza de Francia (rotonda emblemática de la resistencia al régimen de Maduro). La librería es un oasis. Libros del Fondo de Cultura Económica, de la UNAM, de Monte Ávila, de Ayacucho y de un sinfín de otras editoriales, muchas pequeñas. El tiempo se nos va mirando novedades o libros viejos. Me topo con un ejemplar de Juan Villoro, publicado por Almadía, o con Arabian Knigth de Manuel Ulacia publicado por Pequeña Venecia. Cuando llega Garcilaso Pumar, el dueño del establecimiento, se alegra porque él ha vivido en México y le da gusto ver a un mexicano. Los libros que compramos no valen nada en el cambio de dólares a bolívares. La moneda de Venezuela está muy devaluada y, además, usa cuatro tipos de cambio diferentes. Especular es una actividad inevitable de todos los ciudadanos. En la conversación nos enteramos de que la librería de Katyna Henríquez, El Buscón, se encuentra no muy lejos de la Plaza de Francia a donde ha llegado la Guardia Nacional Bolivariana. En el famoso presidio conocido como Helicoide se acaba de suicidar el aviador Rodolfo González. Maduro teme que la plaza sea tomada por los adversarios y descontentos políticos. La gente mira al armado cuerpo motorizado con incomodidad.

Nos lanzamos al Buscón. En el mall, nos perdemos en el laberinto de las tiendas y de los múltiples pisos en zigzag en donde se encuentra un pequeño espacio cultural. Quién sabe cómo, damos con la librería de Katyna (quince años atrás ella fue representante de Monte Ávila en México y difundió en serio la cultura venezolana). Hace 12 años que no la veo. Su librería es espléndida. Además de muchos libros sobre Venezuela, ofrece en las vitrinas del exterior miniexposiciones, tanto del arte plástico de Venezuela como de los objetos que son característicos de ese país: porcelanas, telas, bonetería… Todo exhibido con una gran delicadeza y, al mismo tiempo, con una precisión de miniaturista. Enfrente de la librería El Buscón hay una sala de exhibiciones de arte moderno. Katyna nos lleva a conocerla y nos revela la pintura y las muñecas impresionantes de Armando Reverón. Con las muñecas, el pintor había establecido una relación como si fueran mujeres reales. En su mirada de trapo, las muñecas no te miran, sólo observan a Reverón. Al lado de la galería hay una boutique de chocolate. Venezuela tiene un cacao de gran calidad que exporta a Bélgica. Probamos una taza de la bebida y nos vamos a dormir.

A la mañana siguiente volvemos a entrar al tráfico insoportable y enfrentamos de nuevo la imagen poliédrica de Chávez y, sobre todo, la mirada que siempre surge inesperada en algún lugar. El mausoleo de Bolívar nos desconcierta: es horrible por fuera. Una plasta de materiales en parábola construida detrás de una iglesia. Pero por dentro tiene verdadera majestuosidad. Silencio indudable. Uno puede sentir la grandeza de algo activo y exagerado. En el centro de la sala, como si fuera un altar en el fondo del edificio vacío, sin objetos y adornos, se eleva un túmulo blanco. El monumento lo resguardan cuatro soldados vestidos con trajes rojos ribeteados de amarillo y con morrión del mismo color. Todos son mulatos. Sostienen la espada en la mano apuntando al suelo. No se mueven, parecen de piedra. Pasan, en esa posición, horas. El mausoleo de Chávez, ubicado en una fortaleza, tiene exactamente el mismo “protocolo”. Cuatro soldados mulatos lo resguardan, pero en este caso no hay silencio. Diversos grupos populares y organizaciones políticas cantan, bailan, pronuncian discursos a su alrededor. Chávez es un tótem, un talismán, un latido en el sarcófago de granito.

Salimos al patio del alcázar bajo un azul purísimo y blanquísimas nubes. Es el azul y el blanco de Venezuela. Mucha gente hace fila para entrar a ver la tumba. Los chavistas con sus gorras y camisetas rojas. Es el rojo del comandante. Salimos de la fortaleza ubicada en un alto montículo rodeado de barrios populares, casi en el centro de la ciudad. Desde allí se puede ver el Palacio de Miraflores (el Palacio Nacional). Desde allí se puede ver la guarnición que protege a Miraflores. Desde allí Hugo Chávez conspiró hace 20 años. Desde allí el socio de Maduro continúa observando a Venezuela.

 

Víctor Manuel Mendiola
Poeta, narrador y ensayista. Su más reciente libro es 4 para Lulú.

 

Un comentario en “Venezuela: Populismo con “socio”

  1. Buena crónica. Sobre todo me gusta la decencia con la cual juzga lo que va viendo y encontrando. Esto nada tiene que ver con lo que generalmente publican sobre Venezuela, terrinlemente deshonestos.