Las teorías que fundamentan una idea de ciudad suelen partir de la base de un consenso racional supeditado a la existencia de sujetos con los mismos derechos representados por gobiernos democráticos y eficientes. Sin embargo, en los países subdesarrollados —donde los excluidos de los beneficios sociales y políticos se cuentan por millones y donde la democracia es un proceso en constante construcción— la base conceptual sobre la cual se construye la idea de ciudad necesariamente difiere de la establecida en países con estructuras democráticas y prácticas sociales más desarrolladas.

Esto nos obliga a aceptar que la concepción y producción de la ciudad es siempre situada y que por tanto se debe partir del reconocimiento de la realidad y no de un conjunto de parámetros e ideales urbanos generados en países con realidades distintas, sin que por ello los ideales deban ser desdeñados. En el contexto nacional es claro que aún no existen condiciones permanentes para un consenso racional donde la percepción de ciudad y democracia, en su sentido amplio, sea realmente compartido.

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En la práctica, la idea de ciudad se encuentra directamente relacionada a la experiencia cotidiana de la mayoría de sus habitantes, en este sentido, para esta mayoría la ciudad es entendida como la ausencia de la propia ciudad. Por tanto, esto nos obliga a pensar en la ciudad en negativo, es decir, a determinar la idea de ciudad a partir de su ausencia y a plantearnos la cuestión de ¿qué se entiende por ciudad a partir de su ausencia? La respuesta inmediata es la falta de los satisfactores y oportunidades que, al menos en teoría, debe ofertar la ciudad a sus habitantes.

 

Todos tenemos una idea prerreflexiva de la ciudad a partir de nuestro cotidiano urbano, pero al mismo tiempo la idea de ciudad es a menudo genérica. Hablar de ciudad es hablar de lo edificado, de lo perceptual y de lo temporal; pero en los distintos usos del término, para cada uno de nosotros, la ciudad significa un conjunto de relaciones entre un concepto general de ciudad y su aplicación en el territorio construido a partir de lo cotidiano. Para la gran mayoría de la población la ciudad —su ciudad— es un amplio conjunto de ausencias y aspiraciones inconclusas, de promesas incumplidas y deseos inacabados o fragmentados.

Para la oligarquía que ejerce la planeación urbana y la arquitectura, la idea de ciudad —el modelo urbano a desarrollar o a replicar— se aplica al orden del todo y a las reglas necesarias a las que debe recurrir para que un conjunto sea efectivamente un todo regulado y, por ende, ordenado. La ciudad ausente es aquella que se sale de ese orden, que lo transgrede y que, por tanto, no existe al no garantizar los mínimos satisfactores que por su propia condición de ciudad estaría obligada a otorgar. En este sentido la ciudad es aquella que cumple con las normas y objetivos establecidos, en suma, lo conforme al deber de la ciudad. Se podría hablar entonces de una ciudad deontológica,1 de la ciudad del deber ser.

Sin embargo, la idea de ciudad a nivel nacional se ha construido en otra idea, una idea que si bien reconoce y convive territorialmente con la ciudad de las normas y objetivos, sobrepone cotidianamente su concepto propio de ciudad sobre las leyes que la rigen; se crea y desarrolla por su convicción interior de ciudad, por su condición de exclusión y por su apremiante necesidad de acercarse lo más posible a la ciudad deontológica, al menos desde la perspectiva de la planeación.

Los barrios populares o las Gated Community —tanto periféricas como centrales— se desarrollan con base en su convicción interior de ciudad; generando así lo que podemos llamar la ciudad teleológica,2 aquella que sólo persigue causas finales. Es decir, sus propias causas y no las del territorio compartido —la nación— negando así el concepto de democracia y afirmando la exclusión social.

La ciudad de las normas y objetivos comunes, la ciudad como un todo, no termina de garantizar las necesidades de sus habitantes ni de representar a la ciudad individual. De hecho, la relación se ha invertido; la ciudad se conforma a partir de la necesidad individual o de grupo, de ellas se derivan el tipo de relaciones que se guardan con los demás y, a partir de éstas, las normas de la ciudad.

Con base en estas dos relaciones, en la práctica, se han desarrollado dos modelos de ciudad: la ciudad central o globalizada, aquella que se concibe a partir de las reglas y de las normas urbanas y económicas que deban cumplirse; y la ciudad periférica, aquella que concibe a la ciudad a partir de las acciones que deban cumplir con o sin esas reglas para alcanzar condiciones mínimas de sobrevivencia y adaptación al marco urbano territorial en el que se insertan.

 

Tenemos entonces dos ideas de ciudad, la primera es la idea de la ciudad desarrollada que se da conforme al orden global del capital y de sí misma; y la segunda la idea de ciudad local, basada en la necesidad individual, donde cada individuo y grupo social están interiormente convencidos de su idea de ciudad.

Para la primera idea, la ciudad se manifiesta en sentido normativo, en códigos de conducta, en la suma de las máximas universalizables. Por tanto, un orden urbano es considerado justo si en él rige un sistema de normas sin excepción; una ciudad es un todo ordenado conforme a ciertos principios generales, no admiten excepción en una sociedad donde nadie estaría excluido.

Para la segunda idea, la ciudad se rige no sólo por las normas —en la mayoría de los casos inexistente, incoherente o simple letra muerta—, sino por el fin que se quiere realizar, a partir de este comportamiento se juzga la bondad de la norma de tal modo que ésta se considera justa en la medida que ordene acciones buenas o justas (que permiten el acceso, de manera formal o no, a satisfactores básicos como vivienda, empleo, servicios y transporte), no porque la acción es buena es porque cumple la regla, sino que la regla es buena o justa porque permite la realización de una vida buena, por el bien final que persigue.

En ambas ideas de ciudad existe una concepción distinta de la exclusión. En la primera idea de ciudad nadie estaría excluido del cumplimiento de las normas generales cualquiera que fuere su situación social. En la segunda visión nadie quedaría excluido en la medida en que participara conforme a su situación del fin social bueno o justo que todos persiguen. En la segunda, también, la idea de igualdad adquiere otro sentido, se actúa en función de las necesidades de cada quien, donde el derecho a la ciudad es la voz interior que nos dice que es nuestro propio bien, la ciudad como reflejo de un sector de la sociedad de una condición personal.

 

A partir de esta reflexión debemos preguntarnos cómo formular una idea de ciudad que permita integrar ambas realidades para consolidar una idea democrática en términos del territorio y, por ende, incluyente, una concepción compartida y efectiva del “derecho a la ciudad”. Para ello debemos reconocer que las dos ideas de ciudad son complementarias; para comprender la complementariedad de las dos visiones podemos recurrir a una distinción conceptual que John Rawls3 puso en relieve en su teoría de la justicia, donde expone a la justicia como rigth (lo correcto o debido) y la justicia como good (lo bueno o valioso).

Si somos capaces de aceptar que un orden urbano consiste en una red de acciones en constante relación, el orden es pertinente si todas las acciones obedecen a un mismo sentido de reglas, misma que no tiene sentido si no realiza un fin bueno. Podemos así juzgar una acción de dos maneras: primero, la acción es justa si cumple las leyes que la rigen (rigth); segundo, la misma acción es justa si cumple un fin valioso (good).

La idea de ciudad está sujeta a su transformación en el tiempo y por ello en cada etapa de la historia se plantea una idea superior de ciudad que permita superar las diferencias que se presentan. La ciudad es, por tanto, una construcción constante, una interrelación permanente de cada vez más actores, de cada vez más sujetos con responsabilidad e influencia en la transformación y, por ende, en la construcción de una idea. La ciudad es una utopía cambiante que aspira a verse materializada en la forma urbana y en cada uno de sus elementos, en lo debido y en lo valioso para la mayoría y en consecuencia a su derecho de ocupar y construir un territorio, un barrio, una ciudad, una metrópoli, una nación  incluyente con una estructura urbana capaza de garantizar condiciones de igualdad territorial.

Si la pauta para juzgar las normas es el bien y ya no la norma, la vía para establecer una idea de ciudad y de derecho a la misma será la construcción de una idea de ciudad compartida en lo general, basada en el reconocimiento de los legítimos valores de los distintos actores que inciden en la ciudad, para que con base a este marco los ciudadanos exijan sus derechos y cumplan con sus obligaciones y así poder ejercer su derecho a la ciudad. El Estado deberá sentar las bases para que por medio de la planeación (la idea de ciudad), las normas urbanas (lo justo) y el principio de equidad (democracia) sean la base para repartir equilibradamente los costos y los beneficios que todo desarrollo urbano genera.

 

Gustavo Gómez Peltier
Diseñador industrial y maestro en urbanismo. Es consultor en desarrollo urbano, turístico e inmobiliario.


1 Deonteología (del griego δέον “debido” + λόγος “Tratado”; término introducido por Jeremy Bentham en su Deontology or the Science of Morality/Deontología o la ciencia de la moralidad, en 1889) hace referencia a la rama de la ética cuyo objeto de estudio son los fundamentos del deber y las normas morales. Se refiere a un conjunto ordenado de deberes y obligaciones morales que tienen los profesionales de una determinada materia. La deontología es conocida también bajo el nombre de “teoría del deber” y, al lado de la axiología, es una de las dos ramas principales de la ética normativa.

2 El término teleología proviene de los dos términos griegos Télos (fin, meta, propósito) y Lógos (razón, explicación). Así pues, teleología puede ser traducido como “razón de algo en función de su fin”, o “la explicación que se sirve de propósitos o fines”. Decir de un suceso, proceso, estructura o totalidad que es un suceso o un proceso teleológico significa dos cosas fundamentalmente: a) que no se trata de un suceso o proceso aleatorio, o que la forma actual de una totalidad o estructura no es (o ha sido) el resultado de sucesos o procesos aleatorios; b) que existe una meta, fin o propósito, inmanente o trascendente al propio suceso, que constituye su razón, explicación o sentido.

3 John Rawls, filósofo estadunidense, profesor de filosofía política en la Universidad Harvard y autor de Teoría de la justicia, Liberalismo político, The Law of Peoples y Justice as Fairness: A Restatement.

 

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