El terror negro.

(Trad. Manuel Arbolí Gazcón). México, Editorial Extemporáneos, 1975.

“La anarquía es hacer del mancomún todos los bienes de la Tierra. Sí, la anarquía sería una gran familia donde el más débil estaría protegido por el más fuerte, en la que cada uno comería según el hombre que tuviera, sin preocuparse por si su vecino tiene envidia. Si estamos decididos a aterrorizar es para hacer reflexionar, para hacer meditar. Si se nos conociera más, en vez de considerarnos como criminales, se nos tomaría por lo que somos, por auténticos defensores de los oprimidos”.

Así define a la anarquía Ravachol, el libertario francés de sombrero hongo, levita y guantes, que habla ante el gran jurado del Sena. Cinco asesinatos, una violación de sepultura, una evasión espectacular y dos atentados con bomba, fundamentaron la máxima pena para Ravachol, ejecutado en 1892, el mismo año en que aparecía La conquista del pan, donde kropotkin se manifestaba justamente por hacer del mancomún todos los bienes de la tierra. Ravachol es uno de los anarquistas libertarios que pululan por las páginas de esta crónica del movimiento libertario que abarcó lo segunda mitad del siglo pasado y los primeros del nuestro (!).

Sumamente regocijante a veces, terriblemente dramático otras y siempre parcial a favor de un grupo de individuos por el que es difícil evitar la simpatía, El terror negro de André Salmon -periodista, ensayista, novelista y poeta francés nacido en 1881-, rescata los nombres y las actividades de quienes en Francia se contagiaron de las ideas de Godwin, Proudhon, Bakunin y Kropotkin.

Buscando revisar con un peculiar estilo “algo del clima de una época que tan poco se parece a la nuestra”, Salmón se limita a cumplir su cometido; la ausencia de un análisis profundo y crítico nos deja en El terror negro sólo éso: el clima de una época. El entusiasmo, la pasión, la compasión, la exaltación acompañan invariablemente su trabajo descriptivo que arranca de 1871 para llegar a “nuestros días”: 1937.

En 1871 habían muerto ya William Godwin y Pierre Joseph Proudhon; al fornido Mijail Bakunin le quedaban cinco años de vida para seguir detestando al talentoso pero no menos irascible Carlos Marx. Para llegar a 1871, la generación de franceses que vivió el clima que Salmón describe hubo de sortear, cuando menos, la revolución de julio de 1830 que llevó al poder a Luis Felipe; las sublevaciones de Lyon de 1831 y 1834, originados por conflictos obreropatronales y violentamente reprimidas; la revolución de 1848 que derrotó a Luis Felipe; la insurrección general que tomó las calles durante las jornadas de junio de 1848; el represivo imperio de Napoleón III y sus guerras con Rusia, Africa, México, lndochina y Prusia; la revolución del 4 de septiembre de 1870 contra el imperio, motivado en gran parte por la derrota ante los prusianos; la revolución del 18 de marzo de 1871 que llevó al poder a la Comuna de París: 72 días de gobierno proletario, en los que la Comuna controló los poderes ejecutivo y legislativo en un Estado laico para terminar con la semana sangrienta de mayo. Después de que estalló la última bomba anarquista, en 1894, el pueblo francés no volvió a estremecerse interiormente sino hasta las jornadas de mayo de 1968. La C.G.T. (Confederación General de Trabajadores), fundada en 1895, se encargó de canalizar la energía contestataria desde el momento de su creación. Todo esto lo ha dicho la historia y lo ha callado Salmón.

Fue Proudhon “quien en primer lugar concretó con lenguaje bello el pensamiento anarquista”, dice André Salmón, quien tampoco abunda sobre un hecho significativo no sólo para la historia del movimiento anarquista sino también para la teoría y praxis marxistas: la escisión entre estas dos teorías. Proudhon había conocido a Marx en París durante el invierno de 1844-45, cuando ambos tenían muchas cosas en común: las teorías de los socialistas utópicos Saint-Simon, Owen y Fourier, y las de los economistas Adam Smith, Ricardo y Say. Marx introdujo a Proudhon al pensamiento hegeliano, para gran desgracia suya”, como diría más tarde. Las ideas sobre la familia y el trabajo, la libertad y el Estado, la política, la economía y, fundamentalmente, sobre el papel de la clase trabajadora en la praxis revolucionaria que el autor de ¿Qué es la propiedad? (publicado en París en 1840) expondría posteriormente en la Filosofía de la miseria, serían muy diferentes de los que Marx había elaborado. La dura crítica de éste cayó muy pronto sobre Proudhon, en tal forma que La miseria de la filosofía, de Marx, provocó la ruptura inmediata y definitiva entre ambas. En 1865, cuando las teorías anarquistas se habían propagado ya en Europa y América, Marx concretaba y resumía su crítica a Proudhon, recién fallecido, en las páginas del Sozial-Demokrat, periódico berlinés, negándole hasta la paternidad de la frase “La propiedad es un robo”, con la que respondía a su pregunta ¿qué es la propiedad?

La ruptura personal de Marx y Proudhon fue también la ruptura entre dos teorías, el marxismo y el anarquismo; la ruptura de la lucha de clases y la dictadura del proletariado, con la idea de la desaparición del Estado, y la propiedad, del trabajo cotidiano como recreo de una hora “más o menos”, como proponía Godwin en su proyecto de sociedad ideal. El marxismo, con su crítico de la economía, su lucha de clases, su conciencia de clase, su estructura y superestructura, su movilización proletaria, habría de competir de manera incansable con la propaganda por el hecho, la violencia secular, la federación de comunas con producción de autoconsumo, el asesinato político, la abolición del Estado y de la propiedad que proponía el anarquismo. En el seno de la Internacional terminó la enconada competencia al ser expulsados de ella los anarquistas, Bakunin al frente.

La pretensión de Salmon de narrar “el desenvolvimiento panorámico del movimiento libertario tal cual se ha venido desarrollando en el mundo” es finalmente poco panorámico en sus resultados. Son muchos los anarquistas célebres que escapan a su empresa, y múltiples y capitales las acciones anarquistas en Rusia, Alemania, Italia, España y Estados Unidos, que no consigna o menciona de paso. Parecería que Salmon encontró en el movimiento libertario sólo el tema para emprender una crónica. Los espectaculares procesos de los anarquistas en desgracia ante la ley, su devastador ingenio ante los jueces que más de una vez debieron suspender un proceso por las carcajadas de los asistentes, la conmoción de la pequeña burguesía después de cada atentado, las peripecias de ciertos anarquistas malogrados -como el misma Ravachol, quien con las mejores intenciones se equivocaba el piso cada que debía poner una bomba crucial para la causa- puede ser visto como hechos regocijantes o dramáticos como un buen material para el periodista, o como la abigarrada imagen que se encuentra al otro lado de una rebuscada moneda. Sin embargo, las actitudes de quienes mediante la acción directa y sin miedo alguno pusieron a la vista de todos que si el Estado puede aterrorizar al pueblo para conservar el poder, el pueblo puede también recurrir al terror para arrebatarle el poder al Estado, son dignos de un análisis más serio y profundo.

Salmon distingue poco entre la teoría y la práctica anarquistas, y no establece diferencias entre las distintas corrientes del movimiento: anarquismo utilinario, anarquismo campesino, anarcosindicalismo, anarquismo colectivista, anarquismo conspiratorio, anarcomunismo, anarcoindividualismo, son las ramas que brotan del árbol que sembraron Godwin y Proudhon, y que Salmon no consigna, paradójicamente en un texto colmado de detalles.