Paraíso cerrado, cielo abierto.

Ed. Joaquín Mortiz, México, 1977, 174 pp.

Mientras la tierra se debate en una Tercera Guerra Mundial, dos grupos de hombres, uno de prisioneros y otro de celadores, conviven en un campo de concentración español apartados del conflicto y dedicados a una rutina diaria de intercambio de ajedreces y conversaciones triviales. La novela de Roberto Ruiz registra, desde un hipotético año dos mil, sin robots ni invasiones extraterrestres, las relaciones de unos cuantos prisioneros de guerra de distintas nacionalidades y jerarquías con sus guardianes a partir de un inventario casi exhaustivo, de objetos que circundan la isla-prisión, de contendientes beligerantes, de itinerarios detallados, de elementos y etapas del desayuno, de sonidos que se escuchan durante el almuerzo, de breves e insignificantes anécdotas personales, de interrogatorios monosilábico acerca del nombre del padre de Baudelaire. Una especie de “visión total” crónica de unos cuantos días de convivio, la novela de Ruiz se inscribe dentro de esos experimentos de estructuras y lenguajes novedosos y “modernos”. La “prosa impecable” y la “estructura pasmosa” que anuncia la solapa, son apenas un lenguaje monótono y pretendidamente poético, que se suma al desinterés total que puede despertar una estructura tan involuntariamente arbitraria. Y si añadimos a esto un rígido humorismo académico, la novela de Roberto Ruiz se puede leer con un poco de paciencia, tiempo libre y gusto por la sensiblería de folletín y la vanguardia de oportunidad.