Intenté avisarle a Lavínia que iba a pasar a su casa, pero seguro había salido, el teléfono no contestaba y el celular debía de estar descargado, como siempre.

Yo tenía llaves del departamento de Lavínia, y ella tenía del mío. Pero ninguno de los dos iba a la casa del otro sin avisar. Vivir en casas separadas es lo mejor. Incluso puede ser en la misma colonia, pero no en la misma calle. De esta manera el amor dura más y, junto con el amor, la felicidad. Era nuestro caso, ella y yo nos amábamos y éramos felices. Eventualmente Lavínia dormía en mi casa, pero yo nunca dormía en la suya.

Además de que vivíamos en casas separadas, no nos veíamos todos los días. En ocasiones apenas una o dos veces a la semana. Lavínia tenía sus actividades y yo las mías. Conozco parejas que se llevaban muy bien hasta que se fueron a vivir juntos. Al principio hasta les parecía interesante, pero no pasaba mucho para que la relación se volviera aburrida, y después del aburrimiento venía el hastío, y después los disgustos, y después el desaliento, y después la indiferencia y finalmente una insoportable repulsión.

A Lavínia y a mí no nos pasaba nada de esto. Los fines de semana a mí me gustaba ir a la Región de los Lagos pero a ella no le gustaba asolearse, y entonces me iba solo, con amigos, y ella no me preguntaba con quién había ido ni qué había hecho. En esas ocasiones se iba a la sierra, a Itaipava, y yo tampoco le preguntaba con quién había ido o qué había hecho. Nuestra relación era de lealtad y confianza. Si le hablaba por teléfono y me decía que no podía recibirme porque estaba atendiendo a una amiga que le había ido a pedir ayuda, yo entendía. Lo mismo sucedía si era yo quien cancelaba una cita.

Fue graciosa la manera en que nos conocimos. El primer encuentro entre un hombre y una mujer puede ocurrir de mil maneras, pero creo que el nuestro fue diferente. Estaba caminando por la calle cuando algo me cayó en la cabeza. Por algunos segundos perdí el sentido. Cuando recuperé la conciencia, estaba acostado en la banqueta, a mi lado había una maceta rota y tierra regada por el piso. Al pasarme la mano por la cabeza me di cuenta de que sangraba. En ese momento, Lavínia apareció pidiéndome disculpas, diciendo que la maceta se había caído de su ventana en el cuarto piso, y que me iba a llevar al hospital. Le respondí que me sentía bien, que iría solo, ella insistió, discutimos, y acabamos yendo juntos.

Me dieron ocho puntos en el cuero cabelludo. No creo que muchos noviazgos hayan empezado de esta manera.

Como decía, intenté avisarle a Lavínia que iba a pasar a su casa, pues había encontrado el chocolate belga que le encantaba, pero como no estaba en casa decidí darle una sorpresa. Llevaba también un bote de helado de chocolate. Mi idea era poner el helado en el congelador y la barra de chocolate encima de la mesa para que tuviera una grata sorpresa cuando llegara.

De todas formas, al entrar a la sala llamé a Lavínia en voz alta. No respondió. Puse el chocolate sobre la mesa de la sala, bien al centro, y el helado en el refrigerador. Noté que la puerta del cuarto estaba abierta y la del estudio también, pero la del baño estaba cerrada, con la luz prendida. Lavínia seguro estaba en el baño.

Cuando Lavínia se metía al baño se tardaba una eternidad. Tomaba un largo y demorado baño de tina, después se aplicaba cremas en la piel meticulosamente, después se cepillaba el cabello, y finalmente se maquillaba. A mí me gustaba sin maquillaje, sin una gota de pintura, pero ella alegaba que se veía muy pálida, con grandes ojeras. Me veo ojerosa, decía, el adjetivo le hacía gracia.

Puse el oído en la puerta del baño y no oí el más mínimo ruido. Preocupado, toqué levemente diciendo, Lavínia, te traje un chocolate.

Al oír hablar del chocolate ella siempre abría la puerta, no importaba lo que estuviera haciendo. Pero aquel día Lavínia no abrió la puerta ni se manifestó de ninguna otra forma. Toqué más fuerte y la llamé más alto, te traje helado y un chocolate belga, si no abres rápido me los voy a comer.

Nada. Tal vez también estaba preparándome una sorpresa. ¿Cuál? ¿Se había cortado el pelo? Yo prefería que la sorpresa fuera otra, a mí me gustaba mucho el cabello largo y negro de Lavínia.

Toqué más fuerte. Lavínia, ¿te cortaste el pelo?

Entonces abrí la puerta y entré al baño.

Lavínia estaba recostada dentro de la tina con las dos muñecas cortadas. El agua estaba tinta en sangre. Lavínia era pálida, pero nunca la había visto así, blanca como un lirio, con ojeras negras que hacían que su rostro se viera aún más lindo.

Me senté en el piso del baño. Oí mis propios gemidos. No lloraba, resollaba como un animal mortalmente herido que no logra rugir. La mujer que amaba estaba muerta, la había perdido para siempre. Me extendí en el piso y di un grito agónico tan fuerte que hizo eco por toda la casa.

No sé cuánto tiempo me quedé tirado, encogido, sobre los azulejos del baño. Recordé que Lavínia solía decirme que si madre, que se llamaba Alzira, a quien nunca había visto y con quien nunca había platicado, ni por teléfono, vivía en Tijuca. Necesitaba avisarle. Después llamaría a la policía, conforme decía la ley.

La computadora del estudio estaba prendida, Lavínia nunca la desconectaba. Busqué en la lista de direcciones el nombre de Alzira. No lo encontré. Pero encontré la palabre mamá.

Llamé. Pedí que me comunicaran con la señora Alzira. Cuando contestó, logré controlar mi emoción y le dije que Lavínia no estaba sintiéndose bien, que era algo muy grave, que viniera inmediatamente, acompañada por alguien, a la casa de su hija.

La espero, señora Alzira, le dije, reprimiendo un suspiro profundo que quería explotar en mi pecho.

¿Gilberto?, preguntó la señora Alzira.

Me quedé callado.

¿Hicieron las paces, Gilberto? Qué bueno, porque ella estaba muy deprimida cuando te peleaste con ella. ¡Ay, Gilberto, Dios escuchó mis oraciones!

Le repetí a la señora Alzira que viniera inmediatamente y colgué.

Después regresé al baño y contemplé el lindo rostro de Lavínia.
Lentamente salí del baño, lentamente salí del departamento, lentamente caminé por la calle, lejos, lejos.

 

Rubem Fonseca

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