Cine Español en el exilio.

Barcelona, Editorial Lumen, 1976, (Col. “Palabras en el tiempo”): 239 pp.

Si los acontecimientos del 39 en España truncaron definitivamente la labor de muchos profesionales del cine, el exilio en cambio, permitió a otros continuar e incluso diversificar sus carreras y provocó de paso que muchos intelectuales y artistas ajenos al medio cinematográfico, se incorporaran a él obligados por los circunstancias. Fue así como el cine hispano quedó sumergido durante tantos años en un letargo del que aún no logra emerger del todo, y como también pudieron los emigrados jugar papeles de relevancia en el desarrollo de cinematografías como la mexicana, la Argentina y, más modestamente la norteamericana y la francesa.

El trabajo de Gubern, ha consistido principalmente en reunir en un mismo texto, la obra que “más de un centenar” de cineastas españoles han desperdigado por su exilio, reclamándola para la historia del cine español.

Cinco de los capítulos están dedicados a una a varias especialidades y a la enumeración de los directores, actores, guionistas, etc., que el investigador ha localizado. Cuando se trata de personalidades notables, se ofrece una amplia referencia de la obra y la trayectoria, como en el caso de la actriz María Casares, de los actores Francisco Regueira y Pedro Elviro `Pitouto, del crítico Emilio García Riera, los directores Luis Alcoriza, Carlos Velo y -por su puesto- Luis Buñuel, entre otros.

Aunque la importancia del libro radica precisamente en su intento de recobrar un fenómeno colectivo, 73 de sus páginas se dedican al trabajo de un solo hombre: Luis Buñuel. La mención del gran director aragonés como “máxima figura de la emigración cinematográfica española” (p 91), es inevitable, pero la nueva (y mediocre) revisión que intenta Gubern del cineasta quizás más biografiado y manoseado de todos es en sí misma fallida. Por lo demás ni en el fragmento de Buñuel, ni en los dedicados a Vela o Alcoriza, se insinúa siquiera la influencia que el medio mexicano o cualquier otro, pudo haber tenido en el trabajo de éstos exiliados. Cintas como “Los Olvidados” o “Pedro Páramo”, parecen en el análisis de Gubern como fruto de una generación espontánea o, en todo caso, productos de mentalidades impolutamente hispanas, instaladas por casualidad en una nueva pero inocua realidad. Sobre la novela de Rulfo, Gubern comenta que su acción está “situada en Nueva Galicia (Costa accidental de México) en donde el director gallego (Velo), encontró mitos y elementos de su tierra natal” (p. 110). En el prólogo que la censura le impuso a “Los olvidados”, imposición que denota de porsí la directa alusión que Buñuel hiciera de las dramáticas condiciones de vida del lumpenproletariado mexicano y que buscaba descomprometer al filme, quiere el investigador encontrar la mejor evidencia de cómo el cineasta no se dejó contaminar por una problemática específica en la consecución de una obra que en mucho, sería imposible imaginar en otro ámbito.

Justo es reconocer la lucha de quienes, oponiéndose a un destino adverso, supieron comenzar o continuar un trabajo de importancia fuera de su patria, como también lo es, reconocer la decisiva huella con que los emigrados marcaron los medios artísticos e intelectuales de las naciones que los acogieron. Pero no conviene embarcarse en una empresa de tan cortas perspectivas como la de olvidar que no fué su nacionalidad, sino su capacidad para interpretar críticamente la realidad de su país y propugnar por su transformación, lo que llevó a los españoles más progresistas a tener que abandonarla y a poder advertir en sus tierras adoptivas, contradicciones e injusticias análogas a las que los habían llevado a la militancia en la propia. Y que al verse -sin embargo- despojados de toda posibilidad de participación política directa, consagraron sus mejores esfuerzos a una labor de impugnación y de denuncia que a final de cuentas y en algunos casos más que en otros, los comprometió de lleno con su nueva realidad.